Yo no tengo la culpa. No sé cómo explicárselo. No sé de qué forma le puedo hacer entender lo que en realidad sucedió. Mire usted, llevo aquí más de tres horas repitiéndole lo mismo; cosa que me hace dudar – y perdone que se lo diga – de la capacidad de su cerebro. Yo no tuve la culpa, me entiende: n o  t u v e  l a  c u l p a; fueron ellas o más bien ellos, sus negros y gruesos abrigos que me hechizan cada vez que llegan las lluvias, los que me impulsan a tocarlos con la punta de acero, es una ebullición de adrenalina en estado puro, ¿le sucedido alguna  vez algo parecido? No, creo que no. Pues bien, al principio me siento un tanto cohibido, es algo así como retardar el placer, como cuando uno deja un trozo de chocolate sobre la lengua y espera que se derrita un poco hasta que las muelas no aguantan más y se hincan sobre éste inundándonos la boca de partículas que... ay, perdone que me salga del tema. Bueno, recapitulo. Luego me lanzo directamente a las costillas de los pasajeros y no me detengo hasta encontrar el hueso, seguidamente me escondo entre los pliegues de la tela de raso, a veces cambio de sitio, más que nada para evitar la rutina, y así una y otra vez hasta que inevitablemente me entra el aburrimiento, entonces me dirijo a los huesos de los pies, sobre todo de las mujeres, aunque ahora con esas botas. ¡Es la moda, sabe! Pero no nos extraviemos. Ahora que lo pienso, también me atraen los placeres lentos, como el ir acercándome despacito hasta las piernas de las colegialas y cuando ya casi estoy rozando su piel, me estremezco como poseído de un arrebato epiléptico y les lanzo todas las gotas que he acumulado. Entonces ellas saltan, chillan o me lanzan improperios dignos de las mejores verduleras de antaño. ¡Hay que verlas sí señor!

    Por último y para no aburrirlo demasiado, a veces me entra la nostalgia, entonces me enrosco sobre el espaldar del asiento, en algún bar, donde aún me dejan entrar, claro, y voy dejando caer poco a poco la lluvia acumulada mientras se van dibujando mundos que jamás habitaré. Sí, usted dirá que esas son chiquilladas en cambio lo del cóctel de ojos es una burrada. Pero ¿qué quiere? Tiene que entenderlo, son muchos meses escondido en un cajón del armario.

 
Por: M. Gladys Fuentes G.