Nadie que me acompañe
Nadine Gordimer –


Nadie que me acompañe es el título de un libro que cayó en mis manos en un momento de infinita soledad y vacio. Cada una de esas letras saltaron de la portada y prácticamente me obligaron a llevarlo conmigo hasta la tibieza de mi cuarto. No sabía mucho de su autora NADINE GORDIMER, algo había escuchado acerca de su obra, considerada por la critica mundial como el mejor reflejo de la situación social de Surafrica, sabía de su posición critica ante el racismo y la censura política, pero nada de esa información me llevó nunca a comprar un libro suyo, menos aún a buscarlo en las bibliotecas.

Títulos como La suave voz de la serpiente (1956); Seis pies de tierra (1956); La huella del viernes (1960); No para publicarlo (1960); El conservador (1974); La hija de Burguer (1974); La historia de mi hijo (1990), entre otras, no tenían el atractivo suficiente para estremecer mi tan disipado interés.

Así que decidí darle una oportunidad, quizás este libro, tras su carátula me regalara ese sentimiento profundo y trascendente que busco desesperada. Mis ojos se detuvieron en el siguiente párrafo: “De pronto usted resulta odiando a alguien, apenas si se aguanta las ganas de estrangularlo, y es por una tonteria, por un pedazo de cuerda para amarrarse un zapato; una vez tuve una pelea por el turno en la ducha. Y éramos los mismos que, cuando estábamos en huelga de hambre, jurábamos hacer cualquier cosa el uno por el otro... yo no podía creer que fuera yo...”

Más adelante el libro cayó en lugares comunes mientras intentaba describir la humillante condición del hombre negro a manos del blanco y sus intereses económicos, igual que hace quinientos años, igual que siempre, desde que tenemos conocimiento de la humanidad. No importa, - me dije - el libro perdió interés, la autora también se me refundió en la memoria, sin embargo me quedó ese algo trascendente que buscaba: el interrogante sobre la condición humana.

Si el libro te interesa ya puedes correr a buscarlo, se lee fácil y de una sola tirada.

Por: Ágata