28 de Julio, 2007, 11:20: Ricardo AbdahllahGeneral

El Miércoles de Ceniza de 1999, después de rezar un par de plegarias en memoria de un amigo muerto exactamente cincuenta años atrás, Isidoro Bosnio salió de la catedral y atravesó el Parque Santander. Todos los días, con un portafolio debajo del brazo, cruzaba el parque una y otra vez, haciendo diligencias como sólo las podía hacer alguien que llevaba cuarenta años recorriendo las oficinas públicas. Isidoro, con su sombrero pequeño y su paraguas debajo del brazo, era más viejo que casi todos los edificios altos y que muchas de las instituciones donde pasaba sus días. La gente lo quería y como casi todo se lo regalaban, hacía muchos años había dejado de subir sus tarifas de mensajero. No pagaba el café con que desayunaba, ni el cuarto donde vivía amontonado entre los papeles de las vueltas que no se hicieron. Pero ese día Isidoro, casi sin cabello pero sin una sola cana, tendría una buena razón para actualizar sus precios. Milena Orozco, vestida con blusa roja, falda escosesa y botas cortas, estaba parada en la entrada del edificio La Triada, el más nuevo del centro. Era nueva como el edificio y sus ojos parecían ventanales de cristal. Joven y real. Sin duda esperando a alguien, pues no dejaba de mirar su reloj de pulsera y golpear rítmicamente el suelo con cierta impaciencia que, mientras Bosnio cruzaba el parque y esquivaba los taxis para alcanzarla, se convirtió en resignación. Como se sabe, la gente sólo le habla a los desconocidos cuando hay nieve, quizás por eso ella se sorprendió. Pero no fue descortés y por primera vez en muchos años Bosnio no se sintió tratado como un abuelo. Se quitó el sombrero y besó su mano. Ella sonrío y fue como si su sonrisa hubiera estado esperando mucho tiempo para salir. Intercambiaron nombres. Él preguntó si ella esperaba a alguien y ella dijo que ya no, que ya era tarde.  Para Bosnio era inexplicable que alguien le incumpliera una cita a una muchacha así. Dijo que trabajaba en una oficina del piso trece y Bosnio dijo que él más o menos trabajaba en todas las oficinas, llevando papeles y razones. Que cualquier cosa él estaba para servirle. Se despidieron. ¿Cuántos años puede tener ?. dieciocho, ventidós, Sólo sé su nombre, un nombre de seis letras, el resto son suposiciones. Podría ser una gerente o una practicante. Debe ser una practicante porque tiene mirada inocente y cómo se vería su mirada inocente en mis ojos cansados. Tal vez fue gentil porque me le parecí a alguien. A su padre. No, a su abuelo. Quizá su abuelo usa sombrero. No, no era esa gentileza. Era algo diferente. Trabaja en una oficina del piso trece de La Triada pero nunca antes la había visto, debe ser nueva. Debe trabajar en la del doctor Aguas o en la de Gómez, el contador. La visitaré un día de estos. La visitaré de hoy en ocho. Mañana. Cerca del mediodía para que ya no haya nubes lluviosas que la hagan pensar que soy un ser de invierno. La visitaré un par de veces al día sólo para verla, para escucharla.

El funcionario # 365B, uno de los que le encargaba favores a Bosnio, estaba sentado en su oficina. Hablaba por teléfono y parecía tenso. Cuando Bosnio entró, le señaló una carpeta con papeles que debían ser entregados en varias oficinas del centro y sin dejar de hablar con ese del otro lado de la línea (debía ser un empleado de menor nivel, porque #365 B daba órdenes) sacó un billete igual al de todos los días. Isidoro tomó el billete y los papeles pero no se movió ;  #365B tuvo que esperar hasta el final de su llamada para darse cuenta que Isidoro  seguía ahí.

“¿Señor ?”

“Disculpe, ahora dupliqué mi tarifa”

El oficinista lo miró de arriba a abajo y sonrío. Amablemente preguntó

“¿Y eso por qué”

“Por las flores. Ahora necesito comprar flores”

“¿Una dama, señor Bosnio ?”

La Dama, la más bella de las damas”

“No puedo creerlo. Después de 7 décadas de soltería”

“ No tanto eso sino de falta de amor”

#365B le dio otro billete e Isidoro lo agradeció. Compró flores en el parque y se las llevó esa tarde. La encontró en el piso trece, afuera de las oficinas, y la invitó a tomar un café en la plazoleta del primer piso. Tuvo toda la intención de pagar pero la cajera no aceptó “Tranquilo, señor Bosnio, usted sabe que aquí no tiene que pagar su café”. A ella le encantaron las flores, dijo que eran sus favoritas . Luego caminaron por el parque, él llevaba las flores pero ella no dejaba de decir que le habían encantado. Acordaron encontrarse más tarde para ir a cine. Él  la esperó (tuvo que dejar algunos tramites incompletos para estar a tiempo) y ella llegó a la ahora exacta. Todo mundo parecía estar a favor de Isidoro, la vendedora de boletos del cine se equivocó y cobró una sola entrada lo que le permitió a Isidoro comprar crispetas y gaseosa. Aprovechando los cortes de las películas, estaba claro  el proyeccionista era nuevo en su oficio, Isidoro se acercaba para oler su cabello. Era el olor que nunca había encontrado, el olor ausente que le había hecho ganar fama de soltero disipado en sus años de juventud y de viejo solitario en los últimos años. La película era muy rápida y él no la entendió, pero en un par de ocasiones Milena se aferró a su brazo. Salieron del viejo teatro del Parque Centenario y caminaron subiendo por la calle 33. Él le ofreció su brazo esperando que, ahora que la película había terminado, ella aún deseara estar cerca. Ella tomó un taxi en la Carrera 27. Isidoro regresó a su cuarto, se quitó los zapatos y se recostó a mirar el techo. Hubiera querido no dormir pensando en ella o soñarla, pero al cuerpo no se le puede engañar como a los hombres y simplemente se quedó dormido en un sueño profundo y estático.

(Día siguiente, oficina de #365B. Isidoro luce feliz y renovado)

 

Oficinista: Señor Bosnio! ¿Cómo estuvo su cita?

Isidoro : Estuvo bien, fuimos a cine

Oficinista : Vamos progresando, entonces.

Isidoro : Voy a esperarla para invitarla a comer.

Oficinista : Vamos bien, señor Bosnio.

Isidoro : Quisiera pedirle un favor

 

Idea del oficinista :

No me queda duda, Isidoro Bosnio debió ser guapo en su juventud, pero nunca se casó y hace años se le veía solo. No todo su vida lo había estado y a veces hablaba de sus amigos intelectuales de finales de la década del 50, de los que no volvía a saber hasta que el anuncio funerario de cada uno de ellos iba apareciendo en el diario local. Ayer me pidió dinero para comprar flores y hoy para una cena. Se ve feliz.

Conocí a Milena Orozco hace una semana y cuando la vi supe que era ella, era la mujer que había esperado toda mi vida. Estuvimos en cine, luego fuimos a cenar y tomamos juntos una cerveza. Hace años no tomaba cerveza. Hace años no iba a cine tampoco. #365B me dijo que debía haberla invitado a un teatro que no fuera de los del centro pero ella disfrutó la película.  Las cosas han cambiado desde mis días y  #365B me ha hecho sugerencias. Quiere conocerla y yo quiero que la conozca. Ayer la esperamos pero ella tardó un poco y llegó sólo un par de segundos después de la partida de #365B. Salimos a escuchar música. Supuse que ella, reina de los ángeles quisiera decirle, preferiría un lugar moderno, pero le gusta el tango. Ella es joven, es hermosa, el cabello, negro ala de cuervo, le cuelga hasta la cintura. A pesar de su juventud le gustan las mismas cosas que a mí. La gente nos mira extraño y a veces murmura, pero no me importa. Me siento bien y los que me conocen dicen que me ven un poco mejor y que estoy comiendo más que antes. Caminamos mucho por el centro y ella siempre nota cuándo me pesa la fatiga, entonces me abraza, toma un taxi y se va. La adoro porque sabe partir. No sé dónde vive. No me lo ha dicho. Tal vez vive con su familia y no puedo acompañarla. Pensé que ella querría grandes cosas, pero no. Tal vez luego, cuando ella crezca un poco y yo no exista, ella cambie de parecer y sueñe viajes y un pintor joven que la pinte desnuda sentada sobre una piedra en medio de un río cristalino y una casa lujosa en un bosque a las afueras de una gran ciudad, por ahora estoy yo, un viejo que hasta que la conoció vivía del recuerdo de mujeres lejanas.

Isidoro, a pesar de las muchas mujeres que tuvo en su juventud, sabe poco de ellas. Quizás porque sus amantes nunca pasaron con él más que un par de noches. (tal vez fue marinero o soldado, alguna profesión errante, en todo caso algunos de sus amigos recuerdan que vivió una temporada en Escocia. ). Alguna vez le dijo a #365B que nunca había amado a nadie. Hoy el oficinista, mucho más joven que él y aún así ya casado y divorciado, le prestaba dinero para que comprara una botella de vino y una caja de chocolates. Isidoro no escribió un diario sobre estos hechos, pero si lo hubiera escrito iría así :

 

Marzo 5

Todos los días me levanto pensando en ella, en sus ojos de delfín, en su manera de hablar y en cómo escucha mis historias, ninguna de ellas reciente o particularmente interesante. La espero a la salida del edificio de oficinas donde trabaja y caminamos y vamos a cenar o vamos a cenar y caminamos. Milena insiste en pagar pero, por supuesto, no puedo permitírselo. Siempre toma el taxi en la carrera 27. Estiro la mano, el taxi se detiene, abro la puerta, ella sube y seguimos hablando y no cierro la puerta hasta que el taxista se muestra incómodo por la tardanza. Cuando se va me pongo a pensar que la amo y que está bien que la ame en los últimos días de mi vida. Que ella soportará el escándalo y lo olvidará cuando yo ya no esté.

 

Marzo 12

Es cierto que he vuelto a sentirme vivo en los últimos días de mi vida. Cuando camino por la calle siempre voy pensando en su nombre, en la primera vez que nos vimos y en la segunda  vez y en todas las veces que nos hemos visto. En la manera cómo mueve los labios, en sus mejillas, en su cuerpo escondido bajo la ropa. La invité a mi cuarto y vendrá esta noche. Vendrá perdonándome por anticipado mi vejez y mi pobreza. He limpiado todo y arrojado muchos recuerdos a la basura y me sorprendió encontrar tantos años convertidos en un montón de papeles amarillentos y fotografías desteñidas. No recuerdo los nombres de las mujeres de algunas de las fotos, aunque a veces recuerdo los lugares. No amé a ninguna. No volví a saber de ellas. No me importa, Milena Orozco, el último regalo que me hizo el destino, llegará en un par de horas y la espero con impaciencia.

Isidoro despertó mucho antes, pero no quiso moverse para no perturbar el sueño de la joven que dormía su lado. Sobre la mesa de noche había aún media botella de whisky y medio paquete de cigarrillos y medio cigarrillo que no se había consumido del todo. Ella no había fumado, él sí, aunque hacía años no lo hacía. Todo era nuevo en esa madrugada. Isidoro la amaba.  En la penúltima noche de su vida había logrado desnudar a la mujer que amaba. Ella despertó tarde y partió a la oficina. Isidoro salió a caminar. Era una mañana fría y lenta. Caminó en medio de los vendedores de hierbas y frutas de la 34 y se sorprendió de que le tomara tantos años darse cuenta que cada día todo era nuevo y magnifico. Las ruinas del antiguo mercado y el fuego que las había consumido y los árboles que habían nacido entre las ruinas. El viejo temible que vestido de negro y con sombrero vendía cuchillos al voltear la esquina de la carrera 15 y los vendedores de pescado seco. Isidoro subió las escaleras del mercado del centro saludando a los desconocidos y tomó jugo de frutas y mirando por un balcón sonrió por fin a la ciudad.  Luego visitó a #365 B, le contó la historia sin muchos detalles, llevó un par de documentos de una oficina a otra, se quedó mirando un culebrero y un payaso con una perra maromera en el Paseo del Comercio. La esperó, la recordó con el temor de empezar pronto a olvidar los detalles de la última noche, compró flores de nuevo y le escribió un poema con rima que uno de los viejos poetas del centro revisó y aprobó.  Milena salió a las 6 y 43 de la tarde. Fueron a comer y luego a tomar un par de cervezas a una cantina vieja y luego al cuarto de Isidoro. Se desnudaron y más tarde se quedaron dormidos. Aunque ella no podía escucharlo, él, Isidoro, a sus setenta años pasados, le dijo de corazón que la amaba. 

Al día siguiente el hijo de la dueña del inquilinato lo encontró sonriente. Entre él y los demás inquilinos lo vistieron y cubrieron y en su funeral, dos días después, aún conservaba la sonrisa. Lo importante era no morirse sin haber amado, había pensado Isidoro Bosnio el Miércoles de Ceniza, y con fidelidad cabal a ese pensamiento había amado hasta la muerte en los últimos días de su vida. El hecho de que Milena Orozco nunca hubiera existido más que en su imaginación carece completamente de importancia.

Por: Ricardo Abdahllah

28 de Julio, 2007, 11:10: Toni HervidaGeneral

 

 

Estaba sentado yo ahí sin hacer nada, y sin sentirme motivado por nada ni para nada.

Entonces me empecé a preguntar cómo es la muerte, cómo es estar muerto.

Enseguida tuve la repuesta, sin pensar mucho, ni haberme propuesto como en las tardes filosóficas hacer un análisis profundo y cuasicientífico, sobre la muerte, sobre el estar muerto.

Supe entonces qué era la muerte.

La muerte llega y aunque uno este esperando no se da cuenta, con la muerte el ruido de la calle se hace soportable, uno tiene de pronto menos frío. Y menos hambre, aunque lo de el hambre es discutible.

En la muerte deja de sonar el celular, de pronto casi no recibimos mensajes de texto, solo esos que generan las computadoras centrales de los sistemas.

Aunque no reguemos las plantas están altivas haciéndose las duras y acompañándonos sin sentir más la necesidad del riego.

En la muerte no suena más el teléfono y cuando llamamos a alguien, no contesta.

Porque querés que esa vos que atendiera el teléfono cuando estabas vivo, te traiga de vuelta al lugar donde estabas. Cuando estabas vivo.

Es porque estamos muertos.

La muerte es una sala de espera donde estamos por hacer un trámite, del cual nos vamos olvidando en la medida que más esperamos.

Y hay que esperar mucho.

Con el tiempo de muertos nos vamos acostumbrando a esperar y esto te va dejando de joder, como cuando estábamos vivos y había que esperar y nos poníamos impacientes. Porque queríamos hacer otra cosa en vez de esperar. Otro tramite en otra sala de espera.

En la vida perder el tiempo tenia sentido.

En la muerte ya te digo, uno deja de exasperarse. La muerte no tiene fin.

En la muerte te vas dando cuenta que estas muerto cuando no te atienden a la puerta y aunque volvés a llamar, enseguida, al mismo timbre y sabés que no te van a atender porque estas muerto, lo volvés a hacer.

En la muerte te dejan de llegar Correos electrónicos o sea mails, y los que mandas te los devuelven con una notita: Unzustellbar: Delivery Status Notification (Failure)

A la tercera vez borras el destinatario de tu libreta de direcciones hasta que solo quedan tres o cuatro, correoldelectores@clarin.com, prensa@revistasietedias.com.ar, atencion.cliente@oca.com.ar y otras por el estilo.

Y con el tiempo los SPAMS se borran solos.

En la muerte van dejando de llegar facturas para pagar. Dejamos de deberles plata a los otros. Y el cigarrillo deja de hacer daño.

En la muerte empiezan a dejar de pasar autos por la calle. Y los que pasan casi no hacen ruido.

Al principio ve a pasar uno cada hora, un Renault Gordini azul mediterráneo y después a lo mejor una Estanciera IKA. Verde.

Después cuando más muertos estamos, uno por día.

Un Falcon.

Luego te vas a quedar años pensando cuando pasó el último auto. ¿De que color era?

Entonces una tarde de muerte de sol ardiente pero frío, sentís algo raro.

Un murmullo. (Es que viene un auto) te dirás. Te paras, te abrochas la camisa.

Corres hacia el ruido, para ver de qué color es, para ver un ser humano, que no se va a fijar en un muerto parado descalzo en la vereda pero con la camisa abrochada hasta el último estúpido de sus putos botones. Y no vas a escuchar tu risa al darte cuenta de que estas en calzoncillos.

La muerte te duele sólo cuando te acordas de ella, que no va atender el teléfono.

En la muerte no vas a encontrar a ningún musulmán gozando de sus 70 vírgenes que el profeta le habría prometido, pero si, seguramente vas a ver a un tipo que mientras con unos trapos blancos y firuletes negros y los restos de una lata de aceite marca Shell se tapa los intestinos que se derraman del abdomen para afuera, hojea una Playboy y se masturba.

Mientras gotitas de sudor se mezclan con hollín y sangre que le baja por la sien hasta lo que queda del hombro izquierdo.

 

Por: Pipo Roig © 2007

28 de Julio, 2007, 10:56: Charo GonzálezHablando de...

"Retoma las huellas borradas de la arena, construye castillos con inmensas puertas y ventanas y déjalos ser uno en tus sueños."

"El cielo se volvió tierra, la tierra se transformó en cielo y el hombre voló"

"Quiso perderse, abandonar la senda, pero las estrellas le construyeron un nuevo sueño."

"Pequeños momentos de grandes retos, tan grandes como hacer del despertar el primer acto maravilloso del día que nos espera."

"Las alas de la conciencia aletean desesperadas cuando viendo su destino nosotros no las dejamos despegar aún."

Por: Charo González 

28 de Julio, 2007, 10:45: Ricardo SuárezUn libro para ti

SI, YA ME ACUERDO….

Un actor, un documental, un libro

 

Un día del año pasado, curioseando entre los libros de promociones de la librería Panamericana de la calle 72 (Bogotá) descubrí una auténtica Joyita.: Se trata de “Sí, Ya me acuerdo” la versión en libro del documental del mismo nombre, realizado por la italiana Ana María Tató, sobre Marcelo Mastroianni, cuando el actor hacía su última película (Por entonces él no lo sabía) en las montañas del nordeste de Portugal, en Septiembre de 1996, bajo la dirección del maestro portugués Manuel de Oliveira.

Yo había intentado ver el documental sobre este mito del cine italiano, pero infortunadamente llegó a mis manos una copia defectuosa por lo tanto la intención se imposibilitó. En todo caso, una vez leído el libro además de la inevitable emoción me impactó la certeza de cómo corre el tiempo en el mundo del cine, y cómo, quienes apenas ayer eran dioses de la pantalla son desplazados con alarmante celeridad por los nuevos nombres y rostros que pueblan el cine de hoy.  ¿Comparten el cine y la vida la misma dimensión del tiempo?... En los años ochenta un libro sobre Mastroianni hubiera sido un acontecimiento de primera mano, acaparado codiciosamente por los fanáticos del cine y nunca uno más en las veleidosa sección de las promociones.

A pesar de que los cineclubes y las cinematecas del mundo entero velan porque las joyas del cine del pasado – incluso del reciente pasado - y sus protagonistas pervivan, la descomunal avalancha audiovisual contemporánea los van desdibujando de forma implacable y casi imperceptible. No sé, pero presiento que la literatura y la música corren con relativa mejor suerte. No es una queja, es una realidad. Digo esto porque actores de los grandes tipo Marlon Brando, Richard Burton, Alberto Sordi, Vittorio Gasman, Jean Gabin y el mismo Mastroianni (Esto sin nombrar a las grandes divas) van quedando atrás y lo que es mas inquietante, sin que se vislumbren los justos relevos de su talla. Me parece que el único en esa línea de los grandes que hoy hace cine es el británico Anthony Hoppkins.

El libro “Si, ya me acuerdo” suscita una nostalgia, en especial por una época fabulosa del cine italiano, sin que por ello desvirtuemos las películas de hoy. Es probable que la inusitada pluralidad de expresiones cinematográficas (inequitativamente distribuidas) y su tumultuosa oferta de nombres sean la marca característica de nuestros días.

A mi me gustaría que el cine se diera de esa forma amplia tal como se da la música en las emisoras, en donde conviven cotidianamente la música electrónica y los controvertidos ritmos del momento con las rancheras, los boleros, las baladas del pasado en todos los idiomas y, claro, los clásicos del Jazz y el blues.

Pero Volvamos a Mastroianni y al libro. Ana María Tató logra con este retrato del actor revelar a un verdadero maestro. Maestro no solo de su oficio _mas de 170 películas realizadas además de una apreciable trayectoria teatral- sino  maestro de su vida. Con entrañable sinceridad y despreocupada lucidez Mastroianni desmitifica al divo y al actor mundano para dar paso al simple hombre común y al simple trabajador de la actuación, como siempre se vio y quiso que lo vieran.

Desfilan además por esta semblanza gran parte del cine italiano y del mundo de la segunda mitad del siglo XX ; proverbiales vivencias con directores como Fellini, Visconti, Fermi, De Sicca, De Filippo, etc; Su infancia pobre, su vida de barrio se funden con pasmosa fluidez con su vida de divo de la pantalla y con su itinerancia internacional, llevando a cuestas la etiqueta de Latín lover la que siempre ridiculizo y despreció.

El actor, en una experiencia única para quien le interesa la actuación, reflexiona bellamente sobre su oficio desmontando sin soberbia el discurso manido de los triunfadores, dando así una clase singular de humildad, amor, humanismo  y constatando una viva sensibilidad por todo aquello cuanto incidió en su vida de actor y su vida afectiva. Sueños, decepciones, amoríos, ciudades., amistades, obras maestras y películas del montón, su gran coestrella Sofía Loren, su pasión francesa Catherine Denueve,, la vida que pasa, la vejez y la muerte.  Y siempre la elemental cotidianidad, unido todo a innumerables personajes, dan forma a este entrañable retrato de un hombre que quería a todos los que le rodeaban y por encima de todo la vida misma.

A manera de prólogo el libro trae una divertida y desmitificadora charla que realizó Eugenio Escalfari, fundador y director del diario la Republica de ROMA, con Vittorio Gasman y Marcello Mastroianni en julio de 1996.

Aunque no están de moda, referencio tanto el documental como el libro (Ojalá los pesquen por ahí) para que conozcamos de su propia voz a Mastroianni y no lo olvidemos….Porque los poetas no deben morir.

 

Por: Ricardo S.

28 de Julio, 2007, 10:26: GladysGeneral

 

Los antepasados decían que si se entornaban los ojos y se miraba fijamente entre las plantas del jardín, ellas aparecerían saltando de hoja en hoja, sus alas se vestirían de brillantes colores al darles la luz del sol, sus cuerpos gráciles ondearían como pompas de jabón. Es una pena porque llevo tanto tiempo en el mundo que casi he echado raíces en él y nunca las he visto.

Todas las noches me acostaba con la expectación de que pasara pronto la oscuridad,  para que al abrir los ojos a un nuevo día, su presencia me confirmara su existencia. Mi último pensamiento antes de entregarme al sueño era para ellas, las pintaba en mi mente con lujo de detalles, incluso nombre y personalidad les endilgaba, me atrevía hasta darles las buenas noches, citándolas quedamente para el día siguiente, pero nunca logré verlas.

Ahora, al cabo de tantos años de espera siento que mis párpados ya no tienen fuerza para abrirse a contemplar el nuevo día, el soplo vital me  falla ante el menor movimiento, no me atrevo a dirigir mis ojos hacía el jardín por temor a espantarlas y en esa inmovilidad el mundo se ha ido poblando de entes inanimados, pero decididamente corpóreos, pesados, concretos que ya no dejan espacio para los diminutos cuerpos de las hadas.

Creo que tengo la culpa, en algún momento de mi existencia se me coló por las rendijas del entendimiento la realidad y fue tan avasalladora que ahogó la fantasía con que fui concebida.

Y aquí me tienen,  a mi lado yacen los restos de todas las pieles que me han cubierto todos estos años, pieles de infancia, adolescencia, juventud y vejez; todas están ahí, todas llevan la huella de realidades impresas en su opaca superficie, si alguien descifrara esos jeroglíficos, podría leer fácilmente los hechos que construyeron mi vida, quizás podrían llevarlo a reflexionar sobre mí y lanzar teorías acerca de mi existencia. Lo cual no me importa mucho, cuando esta vulva viscosa se seque al rayo del sol, ya no me importará si me entendieron o no, mucho menos me preocupa el destino que le den a mis restos, lo que si me inmoviliza es mi ceguera testaruda que me impidió conocer las hadas.

Ya la muerte ha iniciado su acercamiento, el cuerpo húmedo empieza a resecarse, la parálisis se ha apoderado de mí, mis sentidos se están desvaneciendo, sólo me queda algo de visión, borrosa, claro, pero lo demás está irremediablemente perdido: el gusto, el tacto, el olfato… sin embargo algo de oído sí me queda. A lo lejos percibo ruidos, quizás el murmullo de una fuente, el susurro de las hojas movidas por el viento intentan decirme que aún estoy en este mundo, unas pisadas fuertes resuenan sobre las piedras del jardín, tras ellas un fru fru de faldas parece hacerle coro. Es inútil, a pesar de que los siento cerca, no puedo identificar nada, intuyo que un niño corre y su madre va tras él, pero a lo mejor es otra de mis alucinaciones, una respiración agitada, como un huracán me levanta desprendiéndome de la humedad de mi tierra.

 

- ¿Qué fue eso mamá?

- un hada deshaciéndose sobre la áridez de la tierra.

                                                                                                Por: Gladys

28 de Julio, 2007, 10:17: La direcciónGeneral

... después de unas maravillosas vacaciones y dispuestos a daros lo mejor de nosotros.

La Dirección