Los antepasados decían que si se entornaban los ojos y se miraba fijamente entre las plantas del jardín, ellas aparecerían saltando de hoja en hoja, sus alas se vestirían de brillantes colores al darles la luz del sol, sus cuerpos gráciles ondearían como pompas de jabón. Es una pena porque llevo tanto tiempo en el mundo que casi he echado raíces en él y nunca las he visto.

Todas las noches me acostaba con la expectación de que pasara pronto la oscuridad,  para que al abrir los ojos a un nuevo día, su presencia me confirmara su existencia. Mi último pensamiento antes de entregarme al sueño era para ellas, las pintaba en mi mente con lujo de detalles, incluso nombre y personalidad les endilgaba, me atrevía hasta darles las buenas noches, citándolas quedamente para el día siguiente, pero nunca logré verlas.

Ahora, al cabo de tantos años de espera siento que mis párpados ya no tienen fuerza para abrirse a contemplar el nuevo día, el soplo vital me  falla ante el menor movimiento, no me atrevo a dirigir mis ojos hacía el jardín por temor a espantarlas y en esa inmovilidad el mundo se ha ido poblando de entes inanimados, pero decididamente corpóreos, pesados, concretos que ya no dejan espacio para los diminutos cuerpos de las hadas.

Creo que tengo la culpa, en algún momento de mi existencia se me coló por las rendijas del entendimiento la realidad y fue tan avasalladora que ahogó la fantasía con que fui concebida.

Y aquí me tienen,  a mi lado yacen los restos de todas las pieles que me han cubierto todos estos años, pieles de infancia, adolescencia, juventud y vejez; todas están ahí, todas llevan la huella de realidades impresas en su opaca superficie, si alguien descifrara esos jeroglíficos, podría leer fácilmente los hechos que construyeron mi vida, quizás podrían llevarlo a reflexionar sobre mí y lanzar teorías acerca de mi existencia. Lo cual no me importa mucho, cuando esta vulva viscosa se seque al rayo del sol, ya no me importará si me entendieron o no, mucho menos me preocupa el destino que le den a mis restos, lo que si me inmoviliza es mi ceguera testaruda que me impidió conocer las hadas.

Ya la muerte ha iniciado su acercamiento, el cuerpo húmedo empieza a resecarse, la parálisis se ha apoderado de mí, mis sentidos se están desvaneciendo, sólo me queda algo de visión, borrosa, claro, pero lo demás está irremediablemente perdido: el gusto, el tacto, el olfato… sin embargo algo de oído sí me queda. A lo lejos percibo ruidos, quizás el murmullo de una fuente, el susurro de las hojas movidas por el viento intentan decirme que aún estoy en este mundo, unas pisadas fuertes resuenan sobre las piedras del jardín, tras ellas un fru fru de faldas parece hacerle coro. Es inútil, a pesar de que los siento cerca, no puedo identificar nada, intuyo que un niño corre y su madre va tras él, pero a lo mejor es otra de mis alucinaciones, una respiración agitada, como un huracán me levanta desprendiéndome de la humedad de mi tierra.

 

- ¿Qué fue eso mamá?

- un hada deshaciéndose sobre la áridez de la tierra.

                                                                                                Por: Gladys