Estaba sentado yo ahí sin hacer nada, y sin sentirme motivado por nada ni para nada.

Entonces me empecé a preguntar cómo es la muerte, cómo es estar muerto.

Enseguida tuve la repuesta, sin pensar mucho, ni haberme propuesto como en las tardes filosóficas hacer un análisis profundo y cuasicientífico, sobre la muerte, sobre el estar muerto.

Supe entonces qué era la muerte.

La muerte llega y aunque uno este esperando no se da cuenta, con la muerte el ruido de la calle se hace soportable, uno tiene de pronto menos frío. Y menos hambre, aunque lo de el hambre es discutible.

En la muerte deja de sonar el celular, de pronto casi no recibimos mensajes de texto, solo esos que generan las computadoras centrales de los sistemas.

Aunque no reguemos las plantas están altivas haciéndose las duras y acompañándonos sin sentir más la necesidad del riego.

En la muerte no suena más el teléfono y cuando llamamos a alguien, no contesta.

Porque querés que esa vos que atendiera el teléfono cuando estabas vivo, te traiga de vuelta al lugar donde estabas. Cuando estabas vivo.

Es porque estamos muertos.

La muerte es una sala de espera donde estamos por hacer un trámite, del cual nos vamos olvidando en la medida que más esperamos.

Y hay que esperar mucho.

Con el tiempo de muertos nos vamos acostumbrando a esperar y esto te va dejando de joder, como cuando estábamos vivos y había que esperar y nos poníamos impacientes. Porque queríamos hacer otra cosa en vez de esperar. Otro tramite en otra sala de espera.

En la vida perder el tiempo tenia sentido.

En la muerte ya te digo, uno deja de exasperarse. La muerte no tiene fin.

En la muerte te vas dando cuenta que estas muerto cuando no te atienden a la puerta y aunque volvés a llamar, enseguida, al mismo timbre y sabés que no te van a atender porque estas muerto, lo volvés a hacer.

En la muerte te dejan de llegar Correos electrónicos o sea mails, y los que mandas te los devuelven con una notita: Unzustellbar: Delivery Status Notification (Failure)

A la tercera vez borras el destinatario de tu libreta de direcciones hasta que solo quedan tres o cuatro, correoldelectores@clarin.com, prensa@revistasietedias.com.ar, atencion.cliente@oca.com.ar y otras por el estilo.

Y con el tiempo los SPAMS se borran solos.

En la muerte van dejando de llegar facturas para pagar. Dejamos de deberles plata a los otros. Y el cigarrillo deja de hacer daño.

En la muerte empiezan a dejar de pasar autos por la calle. Y los que pasan casi no hacen ruido.

Al principio ve a pasar uno cada hora, un Renault Gordini azul mediterráneo y después a lo mejor una Estanciera IKA. Verde.

Después cuando más muertos estamos, uno por día.

Un Falcon.

Luego te vas a quedar años pensando cuando pasó el último auto. ¿De que color era?

Entonces una tarde de muerte de sol ardiente pero frío, sentís algo raro.

Un murmullo. (Es que viene un auto) te dirás. Te paras, te abrochas la camisa.

Corres hacia el ruido, para ver de qué color es, para ver un ser humano, que no se va a fijar en un muerto parado descalzo en la vereda pero con la camisa abrochada hasta el último estúpido de sus putos botones. Y no vas a escuchar tu risa al darte cuenta de que estas en calzoncillos.

La muerte te duele sólo cuando te acordas de ella, que no va atender el teléfono.

En la muerte no vas a encontrar a ningún musulmán gozando de sus 70 vírgenes que el profeta le habría prometido, pero si, seguramente vas a ver a un tipo que mientras con unos trapos blancos y firuletes negros y los restos de una lata de aceite marca Shell se tapa los intestinos que se derraman del abdomen para afuera, hojea una Playboy y se masturba.

Mientras gotitas de sudor se mezclan con hollín y sangre que le baja por la sien hasta lo que queda del hombro izquierdo.

 

Por: Pipo Roig © 2007