25 de Agosto, 2007, 11:19: Gonzalo López CerrolazaGeneral

 

Eva Fel camina despacio. El calor cae hasta acariciar su frente en un baile de playa y arena que hace olvidar la siesta. Las huellas de sus pies no aguantan mucho tiempo el vaivén de las olas. De pronto, un perro le ladra moviendo la cola y, detrás, Él, ni muy bajo ni muy colorado, pero el demonio al fin. Sí, es el demonio en toda regla. “Hola, Eva, le has gustado a mi perro y no es de los que se encariñan con cualquiera, te regalo esta manzana”. Roja, jugosa, brillante, Eva muerde el fruto sin pensárselo dos veces para caer rendida en un desmayo. El paseante de canes desaparece en un plisplás y medio tris. Los bañistas siguen soltando cartas, untándose cremas, leyendo, jugando con la arena... ninguno ve a Eva en la orilla, sólo las olas se ocupan de mecerla.
Adán Despato corre por la orilla. La lluvia baja y sube hasta tocar el horizonte iluminado por los últimos rayos de sol. Su sombra se separa intermitente de su cuerpo ante la risa de las conchas. De pronto, un perro le ladra moviendo la cola y, detrás, Él, ni mucho tridente ni muchos cuernos, pero el demonio al fin. “Hola, Adán, no le haces gracia a mi perro y no es de los que se llevan mal con cualquiera, le daré una de tus costillas para cenar”. Sangre, goteo, densidad, Adán maúlla de dolor hasta caer aturdido en un desmayo. El paseante de canes desaparece en un plisplás y medio tris. Los amantes siguen soltando besos, untándose caricias, leyendo labios, jugando con la espuma... ninguno ve a Adán en la orilla, sólo las olas se ocupan de mecerlo.


Eva y Adán, quizás soñando, quizás en su paraíso, seguramente inducidos por el paseante de canes - el demonio al fin -, descubren, unidos en un abrazo, la importancia del feldespato.

Por: Gonzalo López Cerrolaza

 

 

25 de Agosto, 2007, 10:58: Giovanni GonzálezGeneral


Cuando el presidente Chávez anunció el giro que tendría una economía tradicionalmente liberal como la venezolana los ojos del mundo se volcaron en torno a la hermana nación, pues, sin duda, la noticia prometía marcar un nuevo rumbo en la política mundial. Ya no sólo se trataba de otra arremetida en la nacionalización de la industria y ninguna otra de las moderadas medidas de choque en contra los intereses del sector privado; de ninguna manera, las declaraciones de Chávez, lejos de ello, representaban el retorno de una doctrina que parecía muerta y enterrada desde hace 18 años, cuando millones berlineses derogaron el sectarismo de una sociedad que se jactaba de defender la libertad, bien fuera individual o colectiva.
A partir del 12 de noviembre de 1989 el sueño socialista pareció abandonar las dimensiones de lo posible, mientras la victoria capitalista preparaba el terreno para consolidar sus vías en todo el mundo. Impulsado por un populismo extremo y nocivo o por una audacia política difícil de emular, Chávez resucitó el discurso marxista leninista, fortalecido por nuevas tendencias que calificó de progresistas y lanzó su proclama de fundación de algo que él ha llamado “el socialismo del siglo XXI”, desde luego, no sin encender todas las alarmas de sus furibundos detractores en todo el mundo.
Pero ¿qué significa esto en el debate político internacional?¿Será retornar a la confrontación ideológica que marcó el siglo XX?, ¿la reaparición de las viejas alianzas político-militares o una nueva polarización ideológica entre derechas e izquierdas?. Entre tanto, el mundo político se encuentra a la expectativa y no se abstiene de especular; mientras los “cavernícolas del socialismo” creen revivir los debates entre el modelo de autogestión financiera o el presupuestario de financiamiento, el chino o el soviético, los fetiches del neoliberalismo vaticinan una intención conspirativa que atenta contra la economía global de mercado, “una iniciativa retardataria que pondrá en jaque la economía venezolana”.
Olvidando la paranoia de algunos y la insulsa demagogia de otros, el anuncio de Chávez pone de manifiesto el exitoso proceso de reversión de dos realidades que antaño parecieron indelebles: la dependencia política y económica de los pueblos latinoamericanos y la materialización del socialismo como doctrina del Estado en nuestros territorios. Así, el estadista venezolano, más que desatar la polémica, ha logrado conducir una transformación por la que miles de hombres lucharon infructuosamente en el curso de la historia. Bolivarianos, martianos, sandinistas, guevaristas e incluso camilistas, observan con optimismo cómo su lucha por las reivindicaciones sociales encuentra por fin un vehículo lo suficientemente amplio como para dar cabida a todas sus consignas de liberación.
Como el ave Fénix, las banderas marxistas-leninistas han renacido, llevando de la mano las reclamaciones sociales de nuestros lesionados pueblos, ahogadas por la represión, la injusticia y el sectarismo, históricamente presentes en el continente. El anuncio de Chávez representa, por tanto, el punto de giro de una nueva etapa de la historia, una historia que narra radicales transformaciones en las relaciones políticas y económicas de los pueblos y de las mismas doctrinas bajo las cuales se han desarrollado.
Pero el socialismo de Chávez, si bien lejano del ortodoxo, no es una innovación, es más probablemente la adaptación de un modelo que ha debido reformarse, siguiendo los principios del materialismo dialéctico que lo inspiran. Cuba ha ejercido la iniciativa de vanguardia que ha hecho de esta doctrina un modelo aplicable y sostenible, luego de la caída del comunismo en Europa oriental. Fue bajo esta presión que los isleños debieron superar la discusión entre el modelo de autogestión financiera, defendido por los burócratas, y el modelo presupuestario de financiamiento, planteado por el Che y defendido por los guevaristas, formulando un híbrido en el que la propiedad privada deja de ser satanizada y la noción de público  cambia el igualitarismo por la equidad con justicia social.
Así como la Cuba socialista ya no es el monopolio de los medios de producción por parte del estado, Chávez se ha esforzado por controlar los abusos del sector privado, venezolano, pero sin arrebatarles todo el control de la economía y sin declarar la abolición de la propiedad privada, como lo consignara la revolución bolchevique. El socialismo del siglo XXI promulgado por Chávez parece ser una mixtura entre las tendencias liberales y la transformación de la izquierda, pero, sobre todo, una posición independiente en la que se vislumbra la posible ruptura entre la América Latina y la anglosajona.
El nuevo socialismo, aplicable o no, consolida el giro de Latinoamérica hacia la izquierda, giro que seguramente no habría sido posible sin las alianzas estratégicas previamente establecidas por el mandatario venezolano. El respaldo que le brinda el petróleo y las buenas relaciones con varias potencias económicas y militares, han permitido que Hugo Chávez y el fortificado eje de izquierda latinoamericano establezcan la contra al dominio histórico de Norteamérica sobre la región. Parecemos estar adportas de una nueva lucha bipolar en la que por vez primera “los sudacas” somos protagonistas y no la carne de cañón y quedará por demostrarse si este nuevo orden representa la materialización de los sueños altruistas por la que tantos hombres entregaron su vida.

Por Giovanni González Arango


18 de Agosto, 2007, 12:05: Charo GonzálezHablando de...

 

"Somos presencia, amor, reconocimiento y omnipotencia. Constantes principios y eventuales finales. Eterno devenir nutriéndose de la libertad del ser. Somos al ser en nosotros y siendo entre nosotros."

"Ante los silencios reconocimiento, ante las palabras pensamiento, cimientos de comunicación que sostenta el sentimiento."

"Tengo certeza del paso y dudo en la dirección del giro pero la música nunca deja de sonar."

"Figuras sin defenición en sus límites para continuar sus contornos cuando necesitemos adaptar nuestra realidad."

"La oscuridad de las piedras, los agujeritos de sol dibujando en pizarras de distintas texturas, la vida en luces y penumbras."

  Por: Charo González
18 de Agosto, 2007, 11:54: Ricardo AbdahllahGeneral



Una vez encontré una chica, ¿O debería decir que ella me encontró a mí?. En ese entonces  acababa de montar un bar en un pequeño local alquilado en Haight Ashbury, no muy lejos del derruido edificio de apartamentos donde había vivido Charles Manson y del 122 de Lyon Street donde había vivido Janis Joplin, y las cosas no despegaban, pero aún estaba optimista y audicionaba saxofonistas y cantantes negras de soul que no cobraran demasiado. Mientras tanto el show central lo hacía un viejo jubilado irlandés al que pagaba con comida y botellas de vodka que me llegaban de Warsaw. Fue entonces cuando tuve una discusión con la mujer con quien andaba, Michelle Lumière, una argelina recién llegada de París que reunía dinero en Frisco para emigrar a Hollywood, fui al bar, saqué dos de las botellas de vodka y las bebí mientras caminaba por la calle, subiendo y bajando colinas, hasta Ocean Beach. Me senté en la arena y di buena cuenta de lo que quedaba en un solo trago. Unas pocas personas jugaban con sus mascotas en la arena y los dos o tres más arriesgados se lanzaban al mar a pesar de que octubre ya estaba bien entrado y el viento helado hacía pensar más en fogatas que en deportes de playa. Al llegar el atardecer ciertamente estaba triste y pensé que por tristezas similares mucha gente se había lanzado de los acantilados cercanos. ¿Lo haría yo? No, tenía hambre y caminé dos cuadras hasta el Safeway en busca de un buen pollo asado. El supermercado estaba lleno, mucha gente daba vueltas sin comprar nada, tan solo para evitar el frío de la calle. “Kurwa!” pensé, “no habrá pollo asado” y tomé rumbo directo a la sección de comida. Ciertamente no había pollo, pero una joven de trenzas y pañoleta roja al cuello hacía lo que podía para meter algunos pollos al horno. Después de hacerlo, Valentina, ese era el nombre escrito en la placa blanca que tenía prendida al delantal, se reclinó sobre el mostrador para acercarse y preguntarme qué quería. Le dije que un roasted chicken y ella pareció disgustarse, luego comprendí que había sido por el aliento a vodka. Me dijo que el pollo tardaría 45 minutos y le dije que esperaría. Mientras lo hice recorrí una y otra vez todos los pasillos del supermercado regresando de vez en cuando para cruzar un par de palabras con ella. Cuarenta y cinco minutos exactos, creo que el horno tenía algún cronómetro. Regresé y ella no estaba, un nuevo empleado empacó el pollo, y me preguntó si lo quería con potato wedges o biscuits. Le dije que no importaba, que dónde estaba Valentina, me contestó que acababa de salir.
La encontré a unas dos cuadras del supermercado, llevaba un abrigo grueso, guantes y bufanda. Le dije que un pollo asado era demasiado para una persona y la invité a comer, entonces regresamos a la playa; el cielo se había despejado, lo que ciertamente tiene características de milagro en los grises octubres de San Francisco, pero aún hacía mucho frío. Después de comer, tomamos el mismo autobús hasta Market y nos separamos, ella se fue en uno de los tranvías de Powell &  Hyde y yo caminé hasta el bar. Cuando llegué, Phil,  el irlandés, estaba sentado en la barra con el cantinero, no había un solo cliente y cerramos temprano.

Visité el Safeway de Ocean Beach un par de veces con cualquier excusa, generalmente increíble, como que repentinamente había querido ir a comer buffalo wings junto al molino holandés o algo así, sólo para ver a Valentina. Le di la dirección del bar por si acaso quería visitarme. Michelle se había ido a Los Angeles sin avisarme y me mandó una postal diciéndome que vivía en un cuarto compartido y en las noches la ciudad, como San Francisco, se cubría de niebla. No tenía dirección y pensé que nunca más sabría de ella. Tal vez luego se iría a buscar a una hermana perdida que tenía dando vueltas por suramérica. La partida de Michelle me agravó el pesimismo y como el bar no despegaba retomé a medio tiempo mi antiguo empleo en un hotel cerca de Union Square. En otra época había sido un hotel elegante pero ahora, a pesar de que todas las habitaciones tenían bañera y buena vista del centro de la ciudad, su clientela estaba compuesta por turistas en viaje de bajo presupuesto que preferían, a pesar de todo, un cuarto privado a los hostales de la YMCA. Trabajaba como supervisor del turno de 2 a 11. Cuando salía del hotel pasaba por el bar y ahora vivía ahí para reducir aún más los gastos.

Recuerdo que era jueves, había trabajado como un perro y deseaba de corazón que no hubiera clientes para cerrar y dormir como un tronco. Al llegar el bar escuché una voz femenina acompañada por la guitarra del irlandés y entré lleno de curiosidad. ¿Cómo podría bailar con otra después de verla parada ahí ? Valentina estaba en el escenario cantando una de las canciones de la época rocanrolera de Beatles y el publico, que no era numeroso por cierto, deliraba con su voz. Cuando terminó la canción y bajó del escenario la invité a bailar “Debe ser rock and roll para que bailes conmigo” dijo y le pedí al barman que pusiera alguno de los acetatos viejos de Elvis, “Mejor Beatles” dijo ella. Entonces bailamos hasta que el último cliente, casi todos eran oficinistas que debían trabajar al día siguiente, se fue del bar. Le propuse que cantara en el bar, que la paga no sería muy alta pero al menos mayor que la de Safeway “No me importa mucho el dinero” dijo y comenzó la noche siguiente.

No nos tomó mucho tiempo armar la banda, Phil siguió en la guitarra y como baterista conseguimos a Jo Jo, que había dejado su hogar en Tucson, Arizona, para buscar algo de hierba californinana. El bajo sería para Johnny B., un veterano músico callejero que había perdido la mitad de sus dientes en peleas por cerveza, y en la segunda guitarra estaría un amigo de Valentina que había escuchado música de Beatles toda la vida y se hacía llamar Lennon. “Mis papás me concibieron escuchando Sgt. Pepper’s”, solía decir. La primera noche que tuvimos lleno total invité a la banda y al cantinero a quedarse para celebrar y beber buen vodka, es decir, vodka polaco. Valentina nunca lo había probado y decidió tomar un trago largo sin respirar. Cuando terminó cayó al suelo. Dijo que había sentido cada gota cayendo en su estomago hasta que todo colapsó. A todos nos hizo gracia y nos pareció un buen augurio.

El negocio mejoró en cuestión de semanas. Los oficinistas grises de los primeros días fueron multiplicándose y cediendo espacio a jóvenes estudiantes y turistas. Pudimos subir los precios y cobrar la entrada y compré un Ford 55 que utilizábamos los lunes y martes, los días que Valentina no cantaba, para escapar hasta Lake Tahoe. Lennon compró un Subaru vinotinto con el parabrisas roto. Lógicamente Beatles se convirtió en mi banda favorita, siempre había sido la banda favorita de Valentina, y compré para ella toda la colección en LPs. Cambiamos toda la decoración del bar. Incluso pude poner dos posters originales que compré en un almacén de coleccionistas cerca de Telegraph Hill. El público, con razón, amaba a Valentina. Había que verla sobre el escenario cantando canciones de todos los álbunes. Había que verla tomar el micrófono y decir “Bueno levántese todos para bailar una canción que era un éxito antes de que sus mamás nacieran” y a todos cantando, felices. También yo la adoraba. Era imposible no hacerlo. Le prometí que iríamos a New York en invierno y la llevaría a Strawberry Fields para que viera el mosaico que está en el lugar donde mataron a John Lennon.

¿Hay alguien que quiera escuchar la historia? Cuando vuelva a ver a Valentina, estoy seguro que será pronto, diré en mi defensa que nunca quise herirla y que no supe por qué las cosas pasaron así. Primero comenzó a molestarme su amigo Lennon, no sé por qué, porque él era un buen tipo y a pesar de que había tenido algo parecido a un romance con Valentina, ahora tenía un affaire con una casi niña que viajaba en autostop desde Portland y había conocido cuando ella pedía monedas a la entrada del McDonald’s de Market and Hyde. Se llamaba Britney y odiaba el pop, más bien le gustaba la onda Seattle. Digo esto para evitar molestas confusiones. De habitud no se la llevaba con Valentina pero un par de veces cantaron juntas. No, Lennon no era mi rival, pero sospechaba y llegué a sentir celos de cualquiera que se le acercara, empezando por los admiradores al final de cada concierto. Un día vi que Lennon tenía una pañoleta de colores que yo le había regalado a Valentina y él me dijo que la había encontrado botada en el bar y no sabía que era de ella. Discutimos un par de veces y por todo argumento a mi favor, dije que no era mi culpa si yo había nacido con una mente celosa. Las cosas habían cambiado, ya no hacíamos el amor todo el día como antes, aunque siempre me alegraba escucharla cantar a toda hora como una niña enloquecida antes de tiempo. Luego regresó Michelle, mi bella Michelle, dijo que le habían ofrecido algo bueno en Hollywood pero prefería regresar a mi lado. No le creí, su delgadez y sus ojeras daban testimonio de que había lidiado con el hambre, pero me hizo gracia que regresara.  Los celos con Valentina desaparecieron y ya no me importó más que saliera con quien quisiera. La quería, ciertamente una mujer que canta nunca se olvida, pero Michelle estaba atada por siempre a mi largo y tempestuoso camino. Intenté ser rudo con Valentina. Le dije que yo no iba a estar ahí siempre, que pensara por ella misma y simplemente sonrió y me dio la espalda. Hacia septiembre, un año después de conocernos y sin que nunca hubiéramos ido a New York como se lo había prometido, le pedí que regresara a su antiguo apartamento y aceptó sin ni siquiera preguntar por qué. Michelle ocupó su lugar en mi cuarto, pero Valentina seguía llegando a la hora en punto y cantando en las noches con la banda. Se enredó con Desmond Jones, él no sé por qué le decía Molly,  que le regaló un anillo de oro de veinte quilates y le prometía cuidarla hasta que tuviera 64 años, pero duraron juntos sólo un par de meses. Ella me lo contó todo. “¿Qué te hace pensar que me importa ?” le contesté “¿qué te hace pensar que eres algo especial cuando sonríes ?”.  Insisto, la trataba así sólo porque nunca podría dejar a Michelle y Valentina, pensaba yo en ese entonces, nunca sería más que la persona que yo llamaba cuando necesitaba a alguien.

Y finalmente se fue, dijo en su carta de despedida que partía hacia el norte con Lennon pero junto a la carta había un mapa del sur de California con varias ciudades y pueblos señalados sobre la ruta, desde Oakland pasando por varias ciudades del Bay Area, y luego Stockton, Modesto, Merced, Madera, Bakersfield. Todo hasta la frontera. Estoy seguro de que siguieron esa ruta y es más, estoy seguro de que Valentina dejó el mapa intencionalmente para que la siguiera. Quemé la carta, apagué las cenizas con Vodka y guardé el mapa pensando que podría servirme en el futuro. Michelle y yo la pasamos bastante bien entonces,  pero el prestigio del bar comenzó a decaer. Phil, Jo Jo y Johnny B. siguieron tocando canciones de Beatles pero muchas personas que frecuentaban el bar sólo por escuchar a Valentina dejaron de hacerlo. A pesar de eso no tuve que regresar a mi empleo en el hotel y pude conservar el Ford. Como a Michelle no le gustaba salir de la ciudad, mi automóvil permanecía mucho tiempo estacionado, al menos hasta ayer porque ahora lo alisto para un largo viaje de carretera. Fue una señal, alguien allá arriba o allá abajo nos habla con señales. Ayer lo vi en las noticias de la tarde. George Harrison había muerto, George Harrison, Valentina y Los Beatles. Sólo entonces comprendí que mi destino estaba atado al suyo, que nunca había amado a una mujer tangible por la manera cómo cantaba, que Valentina era la única y siempre iba a ser la única.

Michelle y Phil se encargarán del bar hasta mi regreso que imagino pronto. Tenemos recuerdos más largos que el camino que se me presenta. En un par de horas estaré cruzando el Puente de la Bahía, viajando a alta velocidad porque sé que en algún pequeño pueblo del sur Valentina me espera y sin quitar sus ojos de la autopista canta que habrá una respuesta, que hay que dejar que así sea.

 Por: Ricardo Abdahllah

18 de Agosto, 2007, 11:39: GladysGeneral

 

Una mañana, cuando las cobijas aun conservaban sus átomos esparcidos entre sus pliegues, Javier sintió que algo parecido a lo que imaginaba era el valor se había anidado en su ser y se sintió feliz. Rápidamente recogió sus partículas, las unió firmemente y desenredó sus piernas de entre las sábanas. Su cuerpo olía a sexo y eso que no había practicado sus viejos rituales desde hacía varios días, sin embargo ese olor lo envolvía como una segunda piel. Por un instante dudó, qué tal que otras personas se dieran cuenta de su olor en cuanto saliera a buscar el desayuno. No le importó. Era más urgente lo que tenía en mente.

Al salir de la ducha, se vistió sin pensar mucho en lo que se ponía, una camiseta y unos pantalones estarían bien. ¿Quién se preocuparía de la moda en esos instantes? Victoria Beckhan, sin duda, pero ella estaba en los Estados Unidos bebiendo champan en una gradería de fútbol e ignorando olímpicamente su existencia. ¡Esta bien que sea así!

Después de peinarse con los dedos, volvió a su cuarto, abrió el armario, sacó las cajas de cartón empolvadas, fue seleccionando objetos llevado más bien por la intuición. ¡A la mierda la razón y la lógica! Ésta sí, ésta no. Uno a uno iban cayendo sobre la cama. Luego corrió a su escritorio, después a un armario que había en el pasillo y que no abría desde hacía varios años, buscó luego en el salón, en el comedor, en su mesilla. No importaba en qué lugar se hallaban. Todos los objetos volaban por al apartamento y aterrizaban en su cuarto.

Al cabo de un par de horas ya no se podía ver la cama,  se hacía difícil entrar a la habitación. Juntó las cosas y fue formando bultos que ataba con  lo que encontraba a mano. En eso empleó todo el día. Al anochecer decidió meter los objetos en el coche y se dirigió a la playa. Allí, abrió agujeros en la arena donde colocaba los objetos. Luego los cubría totalmente esforzándose en que no se notara lo que  ocultaban, sin embargo, inconscientemente, antes de irse se preocupó de cercar los lugares de sus entierros con pequeñas tablas de madera encontradas por ahí.

 

 

Al amanecer, cuando las cobijas aun conservaban sus átomos esparcidos entre sus pliegues, Javier sintió que algo parecido a lo que imaginaba era el pánico, se había anidado en su ser y se sintió aterrorizado.
    Rápidamente recogió sus partículas, las unió firmemente y desenredó sus piernas de entre las sábanas. Su cuerpo no olía; eso lo aterrorizó aún más, no podía hallar su olor a pesar de que se olfateaba las axilas, el sexo, los pies, no lograba encontrarlo. Por un instante pensó en que tal vez otras personas se dieran cuenta de su inoloridad cuando saliera a buscar el desayuno, pero el miedo lo paralizó.  No se atrevió a ducharse por pánico a quedar oliendo a sanex, ni cepilló sus dientes, pues el olor a Colgate nunca había sido su favorito, en cuanto al desayuno, ¡ni pensarlo! El olor de los huevos fritos con tocineta, upsss, o el ácido del jugo de naranja… en cambio el del café, el de los panecillos calientes…

 

Con el último bocado de la masa de los panecillos entre su boca, sintió que debía ir a la playa. Raro, porque a el no le entusiasmaba mucho la idea de tostarse al sol, pero sus pies eran más tercos que su razón.
    Dio muchos rodeos, evitó los senderos directos, se detuvo ante las vidrieras de las tiendas a contemplar a los absurdos maniquís, se sentó en los bancos a fumar los últimos cigarrillos, se devolvía con el pretexto de haber vislumbrado a un amigo  - a sabiendas de que no los tenía – Era inútil, debía de continuar con lo inevitable.

Allí, frente a él, alguien había colocado tablas de madera cercando ciertos montículos en forma de espiral.

La luz de sol agonizaba ondulante sobre el mar, Javier contempló esos montículos cercados, supo que ahí estaba oculto el secreto de su existencia, y algo parecido a la felicidad…

Por un instante tuvo el impulso de quitar las maderas, de desenterrar lo que ocultaban, pero se detuvo, miró al mar y decidió caminar por esa superficie agonizante hasta rozar con sus dedos el sol en el último estertor.

Menos mal que en el último momento se le había ocurrido otro argumento impostergable.  

 

Por: Gladys
18 de Agosto, 2007, 11:32: SelváticaAlaprima


María calcula el infinito espacio que hay entre el lugar donde está y el sitio a donde debe saltar para alcanzar el cielo. Lanza la piedra aplanada que escogió con mucho cuidado para jugar a la rayuela, la acaricia como dándole la orden de respetar los límites establecidos dentro de las reglas del juego. La lanza y contempla con gozo como ésta le obedece y cae justo en el recuadro del cielo. Ahora es el momento decisivo, lanza su cuerpo al aire y sus piernas temblorosas caen justo un centímetro antes del borde. Un descuido y habría perdido.

 

María se pregunta cómo llegó a sus manos esa piedra plana mientras intenta secar las lágrimas ante la tumba de su amor.

Por: Selvática

 

         

 

18 de Agosto, 2007, 11:24: Selváticaminirelatos


Lo que me hace inmensamente feliz, mientras un trago de ron helado se desliza por mi garganta, es haberme dado cuenta que soy capaz, desde hoy  en delante, de dejar para mañana todo lo que podría hacer hoy.

Así que mañana empiezo a construir mi mundo feliz, en una ciudad invisible. No sea que algún listo me robe la idea.

¡Salud!

Por: Selvática
18 de Agosto, 2007, 10:19: ÁgataUn libro para ti


Conversaciones con Billy Wilder
Por: Cameron Crowe
Cine y Comunicación
Alianza Editorial

Nada más adecuado para nuestra lánguidez veraniega que un libro inteligente, ameno, divertido y revelador, que satisface nuestro intelecto mientras saboreamos un cubata bien helado, cómodamente atrincherados en una hámaca y  acaricados por la brisa del mar. No podía ser menos cuando se habla de un ser humano como Billy Wilder * y con un interlocutor como el no menos interesante director Cameron Crowe, director, entre otras películas de Jerry Maguire. Por eso, si le gusta el cine, este libro le abre las puerta al millón de detalles que se ocultan tras las cámaras. He aqui algunos botones de muestra:

"CC. De todas las actrices de sus películas, ¿por cuáles sintió más afecto?"

"B.W. Me gustaba trabajar con Audrey Hepburn...Y, aunque fue en una película muy mala (Bésame, tonto), como ya he dicho, me gustó mucho Kim Novak. Tengo afecto por todas mis actrices, excepto, tal vez, Marilyn Monroe, y eso era cuando me había hecho esperar un día entero, o incluso tres días a veces. (Pausa) Pero era fantástica cuando rodaba una larga escena de diálogo sin equivocarse ni una sola vez. Me gustaba su cadencia al hablar. Me caía bien. Al final, la esperaba y me tragaba mi orgullo."

    "...La última escena de Con faldas y a lo loco la escribimos un fin de semana n el estudio. No la teníamos. Teníamos a los dos héroes que escapaban y saltaban a la motora de Joe E. Brown. Y un poco de diálogo entre Marilyn y Tony Curtis. Luego llegábamos a la revelación, cuando Jack Lemmon dice: <No puedo casarme contigo porque ...fumo>. Y, por fin, se quita la peluca y dice: <Mira, soy un hombre>. Necesitábamos una frase para Joe E. Brown, y no dábamos con ella. Pero, en algún momento de la discusión, al principio Iz había propuesto: <Nadie es perfecto>. Y sugerí, vamos a usar esa frase. En el preestreno, en Westwood, el oúblico estalló. Era divertida esa forma de hacer cine.”


Y si de pronto, al recorrer sus páginas, sientes las ganas de ponerte a escribir un guión, aqui te transcribo algunos consejos del admirable Willy Wilder. ¡Salud!

"1.- El público es voluble.
 2.- Hay que agarrarle por el cuello y no soltarle.
 3.- Desarrolla una línea de acción clara para el personaje principal.
 4.- Ten claro hacía donde vas.
 5.- Cuanta más sutileza y elegancia se tiene para ocultar los elementos de la
      trama, mejor escritor se es.
 6.- Si tienes problemas con el tercer acto, el verdadero problema está en el primero.
 7.- Un consejo de Lubitsch. Deja que el público sume dos y dos. Te querrán siempre.
 8.- Al hacer naraciones en off, ten cuidado de no describir lo que ya está viendo  el público. Añade algo nuevo a lo que ven.
 9.- Lo que ocurre al final del segundo acto es lo que desencadena le final de la película.
10.- El tercer acto debe ir creciendo, creciendo, creciendo, en ritmo y en acción, hasta el último suceso, y entonces...
11.-Ya está. No le des más vueltas.

 

Por: Ágata

* Filmografía de Billy Wilder:
Mala semilla ( Mauvaise graine) 1934 – Midnight 1939 -  Si no amaneciera (Hold back the Dawn) 1941 – El mayor y la menor (The major and the minor) 1942 – Cinco tumbas al Cairo (Five graves to Cairo) 1943 – Perdición (Double indemnity) 1944 – Días sin huella (The lost weekend) 1945 – El vals del Emperador (The emperor waltz) 1948 – Berlin Occidente  (A foreign affair) 1948 – El crepúsculo de los Dioses (Sunset Boulevard) 1950 -  El gran Carnaval (Ace in the hole) 1951 – Traidor en el infierno (Stalag 17) 1953 – Sabrina 1954 – La tentación vive arriba (The seven year itch) 1955 – El espíritu de San Luis (The spirit of St. Louis) 1957 – Ariane (Love in the afternoon) 1957 – Testigo de cargo (Witness for the prosecution) 1957 – Con faldas y a lo loco (Some like it hot) 1959 – El apartamento (The apartment) 1960 – Un, dos tres (Une, two three) 1961 – Irma la dulce (Irma la douce) 1963 – Bésame, tonto (Kiss me stupid) 1964 – En bandeja de plata (The fortune cookie) 1966 – La vida privada de Sherlok Holmes (The private life of  Sherlok Holmes) 1970 - ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (Avanti) 1972 – Primera plana (The front page) 1973 – Fedora 1978 – Aqui un amigo (Buddy buddy) 1981.

 


12 de Agosto, 2007, 14:17: GladysGeneral

 


Termino este juego y me marcho, pensaba excitado Juan, pero el juego se le resistía, perdía una y otra vez, pero no quería abandonar como un perdedor. Obstinadamente su mano derecha volvía a pedir cartas y de nuevo perdía las opciones de colocarlas en el orden establecido por él mismo para ganar.
    El juego de carta blanca del ordenador suele ser sádico con los adictos, la imagen de las cartas sobre el tapete verde de la pantalla hacen sentir casi la suavidad del terciopelo de una mesa de juego, y en el ir y venir de las cartas se le van yendo las horas a Juan como si de agua sucia por un sifón se tratara.
    Tiene mucho tiempo, eso es lo que le sobra, los familiares cercanos están trabajando más horas de las que debieran, simplemente porque a ellos les gusta, se dice Juan sin ningún remordimiento. Los pocos amigos que tiene, también son gente inquieta que le gusta hacer cosas, como pintar, escribir o rodar pequeños cortometrajes institucionales o para publicidad. Alguna vez y más por insistencia de ellos que por voluntad de Juan le han pedido que haga pequeños papeles de extra, que, desde luego lleva a cabo perfectamente bien, pero que le roban tiempo a su pasatiempo preferido, la carta blanca.
    Una vez terminados los ensayos o las grabaciones corre literalmente hasta su casa y enciende el ordenador.
    No hay internet que se le compare a la emoción de ver desplegadas las cartas sobre la pantalla verde.
    Ese juego de rojas y negras es lo único que disuelve su existencia de la realidad, quien le lima las asperezas de su vida rutinaria y que lo hace feliz, hay que confesarlo de una vez por todas.
    Es un juego menos aburrido que el solitario, pero, al igual que este, tiene que hacerlo solo. Ya una vez lo intentó, eso de jugar en red pero tuvo que dejarlo, no soportaba la torpeza de sus compañeros.
    Vuelve el ordenador a preguntarle si desea barajar.
    Da un golpe suave al ratón y en un segundo se le ofrece de nuevo un abanico maravilloso de figuras.
    Este aquí, el nueve negro sobre el diez rojo...Dios mío, que más puedo hacer, se preguntaba Juan al darse cuenta de que estaba a punto de perder la partida otra vez.
    Ha oscurecido y Juan no se ha dado cuenta, lleva veintidos horas en el ordenador y su cuerpo parece haberlo abandonado; no tiene hambre, ni sed, ni siquiera le apetece fumar... eso sería un buen argumento para luchar contra el tabaco, alcanzó a pensar en una décima de segundo, mientras descubría un ocho rojo camuflado y que estuvo a punto de hacerle perder la jugada.
    Colocó la carta en su sitio y pensó en un record Guinness, montones de horas jugando a la carta blanca y ¿por qué no? Así, de paso ganaría una buena plata, ¡ay! Ese siete negro, que calladito se lo tenía, a ver, a ver, aquí está a buen recaudo.
    La vida debería ser una gran partida de carta blanca, una serie de dificultades, una solución medio escondida pero presente, está ahí de todas maneras, sólo hay que tener el tiempo y la agudeza necesarias para agarrarla al vuelo y aprovecharla, ¡cómo no! Rojito seis, tu aquí estás rebien, nada de malas mañas y este cinco negro, justo aquí y de repente se me ordenan todas como un relámpago... ¡joder! otro juego ganad...
    ¿Qué le pasó a la pantalla? Dios mío qué pasa, por qué no responde, a ver si se bloqueó precisamente ahora.
    Una diminuta luz blanca en medio de la pantalla le parece un mal augurio. Se la queda mirando fijamente y poco a poco el puntito blanco se va haciendo más grande, más grande, más grande y le descubre un inmenso cementerio apenas iluminado por una luna menguante, al fondo los árboles como guardianes silenciosos limitan el espacio entre la vida y la muerte, a su alrededor tumbas, cruces, lápidas con extrañas inscripciones: aquí yace el amor ignorado, en la de más allá, el trabajo productivo, en la otra la amistad que nunca dejó florecer ni madurar, tumbas que son como cartas blancas esperando que un suave click las haga descubrirse en el tablero de la vida.
    Al fondo, un rey gráfico lo mira, vuelve sus ojos a medida que Juan camina entre las tumbas carta como buscando el orden correcto para ganar la partida. No la encuentra, el juego está cerrado.
    Desesperado corre de un lado a otro por entre picas, corazones, tréboles y diamantes símbolos enmarañados de una existencia que poco a poco se le va rebelando como la propia.

¿Desea barajar de nuevo?

Por: Gladys

12 de Agosto, 2007, 14:00: Charo GonzálezGeneral



"La impaciencia impide escuchar la pregunta y muchas veces la respuesta está en ella misma."

"Bien puede ser existencia la no presencia, bien puede ser la ausencia potencia de todo ser."

"Enciende la chimenea en el verano de tu vida para que el invierno de ésta permanezca eternamente templado"

"Para cuando empiece ya habremos puesto la mesa de los no invitados para que no falte nadie."

"Somos presencia, amor, reconocimiento y omnipotencia. Constantes principios y eventuales finales. Eterno devenir nutriéndose de la libertad del ser. Somos al ser en nosotros y siendo entre nosotros."

Por: Charo González

Artículos anteriores en Agosto del 2007