El Blog
Calendario
Apúntate
Categorías
Alojado en
|
Agosto del 2007
|
Publicado el 25 de Agosto, 2007, 11:19.
en General.
Comentarios (2) |
Referencias (0)
|

Eva Fel camina despacio. El calor cae hasta acariciar su
frente en un baile de playa y arena que hace olvidar la siesta. Las huellas de
sus pies no aguantan mucho tiempo el vaivén de las olas. De pronto, un perro le
ladra moviendo la cola y, detrás, Él, ni muy bajo ni muy colorado, pero el
demonio al fin. Sí, es el demonio en toda regla. “Hola, Eva, le has gustado a
mi perro y no es de los que se encariñan con cualquiera, te regalo esta
manzana”. Roja, jugosa, brillante, Eva muerde el fruto sin pensárselo dos veces
para caer rendida en un desmayo. El paseante de canes desaparece en un plisplás y medio tris. Los bañistas siguen soltando cartas, untándose cremas,
leyendo, jugando con la arena... ninguno ve a Eva en la orilla, sólo las olas
se ocupan de mecerla. Adán Despato corre por la orilla. La lluvia baja y sube
hasta tocar el horizonte iluminado por los últimos rayos de sol. Su sombra se
separa intermitente de su cuerpo ante la risa de las conchas. De pronto, un
perro le ladra moviendo la cola y, detrás, Él, ni mucho tridente ni muchos
cuernos, pero el demonio al fin. “Hola, Adán, no le haces gracia a mi perro y
no es de los que se llevan mal con cualquiera, le daré una de tus costillas
para cenar”. Sangre, goteo, densidad, Adán maúlla de dolor hasta caer aturdido
en un desmayo. El paseante de canes desaparece en un plisplás y medio tris.
Los amantes siguen soltando besos, untándose caricias, leyendo labios, jugando
con la espuma... ninguno ve a Adán en la orilla, sólo las olas se ocupan de
mecerlo.
Eva
y Adán, quizás soñando, quizás en su paraíso, seguramente inducidos por el
paseante de canes - el demonio al fin -, descubren, unidos en un abrazo, la
importancia del feldespato.
Por: Gonzalo López Cerrolaza
|
|
|
Publicado el 25 de Agosto, 2007, 10:58.
en General.
Comentarios (1) |
Referencias (0)
Cuando el presidente Chávez anunció
el giro que tendría una economía tradicionalmente liberal como la venezolana
los ojos del mundo se volcaron en torno a la hermana nación, pues, sin duda, la
noticia prometía marcar un nuevo rumbo en la política mundial. Ya no sólo se
trataba de otra arremetida en la nacionalización de la industria y ninguna otra
de las moderadas medidas de choque en contra los intereses del sector privado;
de ninguna manera, las declaraciones de Chávez, lejos de ello, representaban el
retorno de una doctrina que parecía muerta y enterrada desde hace 18 años,
cuando millones berlineses derogaron el sectarismo de una sociedad que se
jactaba de defender la libertad, bien fuera individual o colectiva. A partir del 12 de noviembre de 1989
el sueño socialista pareció abandonar las dimensiones de lo posible, mientras
la victoria capitalista preparaba el terreno para consolidar sus vías en todo
el mundo. Impulsado por un populismo extremo y nocivo o por una audacia
política difícil de emular, Chávez resucitó el discurso marxista leninista, fortalecido
por nuevas tendencias que calificó de progresistas y lanzó su proclama de
fundación de algo que él ha llamado “el socialismo del siglo XXI”, desde luego,
no sin encender todas las alarmas de sus furibundos detractores en todo el
mundo. Pero ¿qué significa esto en el
debate político internacional?¿Será retornar a la confrontación ideológica que
marcó el siglo XX?, ¿la reaparición de las viejas alianzas político-militares o
una nueva polarización ideológica entre derechas e izquierdas?. Entre tanto, el
mundo político se encuentra a la expectativa y no se abstiene de especular;
mientras los “cavernícolas del socialismo” creen revivir los debates entre el
modelo de autogestión financiera o el presupuestario de financiamiento, el
chino o el soviético, los fetiches del neoliberalismo vaticinan una intención
conspirativa que atenta contra la economía global de mercado, “una iniciativa
retardataria que pondrá en jaque la economía venezolana”. Olvidando la paranoia de algunos y
la insulsa demagogia de otros, el anuncio de Chávez pone de manifiesto el
exitoso proceso de reversión de dos realidades que antaño parecieron
indelebles: la dependencia política y económica de los pueblos latinoamericanos
y la materialización del socialismo como doctrina del Estado en nuestros
territorios. Así, el estadista venezolano, más que desatar la polémica, ha logrado
conducir una transformación por la que miles de hombres lucharon
infructuosamente en el curso de la historia. Bolivarianos, martianos,
sandinistas, guevaristas e incluso camilistas, observan con optimismo cómo su
lucha por las reivindicaciones sociales encuentra por fin un vehículo lo
suficientemente amplio como para dar cabida a todas sus consignas de liberación. Como el ave Fénix, las banderas
marxistas-leninistas han renacido, llevando de la mano las reclamaciones
sociales de nuestros lesionados pueblos, ahogadas por la represión, la
injusticia y el sectarismo, históricamente presentes en el continente. El
anuncio de Chávez representa, por tanto, el punto de giro de una nueva etapa de
la historia, una historia que narra radicales transformaciones en las
relaciones políticas y económicas de los pueblos y de las mismas doctrinas bajo
las cuales se han desarrollado. Pero el socialismo de Chávez, si
bien lejano del ortodoxo, no es una innovación, es más probablemente la
adaptación de un modelo que ha debido reformarse, siguiendo los principios del
materialismo dialéctico que lo inspiran. Cuba ha ejercido la iniciativa de
vanguardia que ha hecho de esta doctrina un modelo aplicable y sostenible,
luego de la caída del comunismo en Europa oriental. Fue bajo esta presión que
los isleños debieron superar la discusión entre el modelo de autogestión
financiera, defendido por los burócratas, y el modelo presupuestario de
financiamiento, planteado por el Che y defendido por los guevaristas,
formulando un híbrido en el que la propiedad privada deja de ser satanizada y la
noción de público cambia el
igualitarismo por la equidad con justicia social. Así como la Cuba socialista ya no es
el monopolio de los medios de producción por parte del estado, Chávez se ha
esforzado por controlar los abusos del sector privado, venezolano, pero sin
arrebatarles todo el control de la economía y sin declarar la abolición de la
propiedad privada, como lo consignara la revolución bolchevique. El socialismo
del siglo XXI promulgado por Chávez parece ser una mixtura entre las tendencias
liberales y la transformación de la izquierda, pero, sobre todo, una posición
independiente en la que se vislumbra la posible ruptura entre la América Latina
y la anglosajona. El nuevo socialismo, aplicable o no,
consolida el giro de Latinoamérica hacia la izquierda, giro que seguramente no
habría sido posible sin las alianzas estratégicas previamente establecidas por
el mandatario venezolano. El respaldo que le brinda el petróleo y las buenas
relaciones con varias potencias económicas y militares, han permitido que Hugo
Chávez y el fortificado eje de izquierda latinoamericano establezcan la contra
al dominio histórico de Norteamérica sobre la región. Parecemos estar adportas
de una nueva lucha bipolar en la que por vez primera “los sudacas” somos protagonistas
y no la carne de cañón y quedará por demostrarse si este nuevo orden representa
la materialización de los sueños altruistas por la que tantos hombres
entregaron su vida.
Por Giovanni González Arango
|
|
|
Publicado el 18 de Agosto, 2007, 12:05.
en Hablando de....
Referencias (0)
|

"Somos presencia, amor, reconocimiento y omnipotencia. Constantes principios y eventuales finales. Eterno devenir nutriéndose de la libertad del ser. Somos al ser en nosotros y siendo entre nosotros."
"Ante los silencios reconocimiento, ante las palabras pensamiento, cimientos de comunicación que sostenta el sentimiento."
"Tengo certeza del paso y dudo en la dirección del giro pero la música nunca deja de sonar."
"Figuras sin defenición en sus límites para continuar sus contornos cuando necesitemos adaptar nuestra realidad."
"La oscuridad de las piedras, los agujeritos de sol dibujando en pizarras de distintas texturas, la vida en luces y penumbras." Por: Charo González
|
|
|
Publicado el 18 de Agosto, 2007, 11:54.
en General.
Comentarios (1) |
Referencias (0)
|

Una vez encontré una chica,
¿O debería decir que ella me encontró a mí?. En ese entonces acababa de montar un bar en un pequeño local
alquilado en Haight Ashbury, no muy lejos del derruido edificio de apartamentos
donde había vivido Charles Manson y del 122 de Lyon Street donde había vivido
Janis Joplin, y las cosas no despegaban, pero aún estaba optimista y
audicionaba saxofonistas y cantantes negras de soul que no cobraran demasiado.
Mientras tanto el show central lo hacía un viejo jubilado irlandés al que
pagaba con comida y botellas de vodka que me llegaban de Warsaw. Fue entonces
cuando tuve una discusión con la mujer con quien andaba, Michelle Lumière, una
argelina recién llegada de París que reunía dinero en Frisco para emigrar a
Hollywood, fui al bar, saqué dos de las botellas de vodka y las bebí mientras
caminaba por la calle, subiendo y bajando colinas, hasta Ocean Beach. Me senté
en la arena y di buena cuenta de lo que quedaba en un solo trago. Unas pocas
personas jugaban con sus mascotas en la arena y los dos o tres más arriesgados
se lanzaban al mar a pesar de que octubre ya estaba bien entrado y el viento
helado hacía pensar más en fogatas que en deportes de playa. Al llegar el
atardecer ciertamente estaba triste y pensé que por tristezas similares mucha
gente se había lanzado de los acantilados cercanos. ¿Lo haría yo? No, tenía
hambre y caminé dos cuadras hasta el Safeway en busca de un buen pollo asado.
El supermercado estaba lleno, mucha gente daba vueltas sin comprar nada, tan
solo para evitar el frío de la calle. “Kurwa!” pensé, “no habrá pollo asado” y tomé
rumbo directo a la sección de comida. Ciertamente no había pollo, pero una
joven de trenzas y pañoleta roja al cuello hacía lo que podía para meter
algunos pollos al horno. Después de hacerlo, Valentina, ese era el nombre
escrito en la placa blanca que tenía prendida al delantal, se reclinó sobre el
mostrador para acercarse y preguntarme qué quería. Le dije que un roasted
chicken y ella pareció disgustarse, luego comprendí que había sido por el
aliento a vodka. Me dijo que el pollo tardaría 45 minutos y le dije que
esperaría. Mientras lo hice recorrí una y otra vez todos los pasillos del
supermercado regresando de vez en cuando para cruzar un par de palabras con
ella. Cuarenta y cinco minutos exactos, creo que el horno tenía algún
cronómetro. Regresé y ella no estaba, un nuevo empleado empacó el pollo, y me
preguntó si lo quería con potato wedges o biscuits. Le dije que no importaba,
que dónde estaba Valentina, me contestó que acababa de salir. La encontré a unas dos
cuadras del supermercado, llevaba un abrigo grueso, guantes y bufanda. Le dije
que un pollo asado era demasiado para una persona y la invité a comer, entonces
regresamos a la playa; el cielo se había despejado, lo que ciertamente tiene
características de milagro en los grises octubres de San Francisco, pero aún
hacía mucho frío. Después de comer, tomamos el mismo autobús hasta Market y nos
separamos, ella se fue en uno de los tranvías de Powell & Hyde y yo caminé hasta el bar. Cuando llegué,
Phil, el irlandés, estaba sentado en la
barra con el cantinero, no había un solo cliente y cerramos temprano.
Visité el Safeway de Ocean
Beach un par de veces con cualquier excusa, generalmente increíble, como que
repentinamente había querido ir a comer buffalo wings junto al molino holandés
o algo así, sólo para ver a Valentina. Le di la dirección del bar por si acaso
quería visitarme. Michelle se había ido a Los Angeles sin avisarme y me mandó
una postal diciéndome que vivía en un cuarto compartido y en las noches la
ciudad, como San Francisco, se cubría de niebla. No tenía dirección y pensé que
nunca más sabría de ella. Tal vez luego se iría a buscar a una hermana perdida
que tenía dando vueltas por suramérica. La partida de Michelle me agravó el
pesimismo y como el bar no despegaba retomé a medio tiempo mi antiguo empleo en
un hotel cerca de Union Square. En otra época había sido un hotel elegante pero
ahora, a pesar de que todas las habitaciones tenían bañera y buena vista del
centro de la ciudad, su clientela estaba compuesta por turistas en viaje de
bajo presupuesto que preferían, a pesar de todo, un cuarto privado a los
hostales de la YMCA.
Trabajaba como supervisor del turno de 2 a 11. Cuando salía del hotel
pasaba por el bar y ahora vivía ahí para reducir aún más los gastos.
Recuerdo que era jueves,
había trabajado como un perro y deseaba de corazón que no hubiera clientes para
cerrar y dormir como un tronco. Al llegar el bar escuché una voz femenina
acompañada por la guitarra del irlandés y entré lleno de curiosidad. ¿Cómo
podría bailar con otra después de verla parada ahí ? Valentina estaba en
el escenario cantando una de las canciones de la época rocanrolera de Beatles y
el publico, que no era numeroso por cierto, deliraba con su voz. Cuando terminó
la canción y bajó del escenario la invité a bailar “Debe ser rock and roll para
que bailes conmigo” dijo y le pedí al barman que pusiera alguno de los acetatos
viejos de Elvis, “Mejor Beatles” dijo ella. Entonces bailamos hasta que el
último cliente, casi todos eran oficinistas que debían trabajar al día
siguiente, se fue del bar. Le propuse que cantara en el bar, que la paga no
sería muy alta pero al menos mayor que la de Safeway “No me importa mucho el
dinero” dijo y comenzó la noche siguiente.
No nos tomó mucho tiempo
armar la banda, Phil siguió en la guitarra y como baterista conseguimos a Jo
Jo, que había dejado su hogar en Tucson, Arizona, para buscar algo de hierba
californinana. El bajo sería para Johnny B., un veterano músico callejero que
había perdido la mitad de sus dientes en peleas por cerveza, y en la segunda
guitarra estaría un amigo de Valentina que había escuchado música de Beatles
toda la vida y se hacía llamar Lennon. “Mis papás me concibieron escuchando
Sgt. Pepper’s”, solía decir. La primera noche que tuvimos lleno total invité a
la banda y al cantinero a quedarse para celebrar y beber buen vodka, es decir,
vodka polaco. Valentina nunca lo había probado y decidió tomar un trago largo
sin respirar. Cuando terminó cayó al suelo. Dijo que había sentido cada gota
cayendo en su estomago hasta que todo colapsó. A todos nos hizo gracia y nos
pareció un buen augurio.
El negocio mejoró en
cuestión de semanas. Los oficinistas grises de los primeros días fueron
multiplicándose y cediendo espacio a jóvenes estudiantes y turistas. Pudimos subir
los precios y cobrar la entrada y compré un Ford 55 que utilizábamos los lunes
y martes, los días que Valentina no cantaba, para escapar hasta Lake Tahoe.
Lennon compró un Subaru vinotinto con el parabrisas roto. Lógicamente Beatles
se convirtió en mi banda favorita, siempre había sido la banda favorita de
Valentina, y compré para ella toda la colección en LPs. Cambiamos toda la
decoración del bar. Incluso pude poner dos posters originales que compré en un
almacén de coleccionistas cerca de Telegraph Hill. El público, con razón, amaba
a Valentina. Había que verla sobre el escenario cantando canciones de todos los
álbunes. Había que verla tomar el micrófono y decir “Bueno levántese todos para
bailar una canción que era un éxito antes de que sus mamás nacieran” y a todos
cantando, felices. También yo la adoraba. Era imposible no hacerlo. Le prometí
que iríamos a New York en invierno y la llevaría a Strawberry Fields para que
viera el mosaico que está en el lugar donde mataron a John Lennon.
¿Hay alguien que quiera escuchar la historia?
Cuando vuelva a ver a Valentina, estoy seguro que será pronto, diré en mi
defensa que nunca quise herirla y que no supe por qué las cosas pasaron así.
Primero comenzó a molestarme su amigo Lennon, no sé por qué, porque él era un
buen tipo y a pesar de que había tenido algo parecido a un romance con
Valentina, ahora tenía un affaire con
una casi niña que viajaba en autostop desde Portland y había conocido cuando
ella pedía monedas a la entrada del McDonald’s de Market and Hyde. Se llamaba
Britney y odiaba el pop, más bien le gustaba la onda Seattle. Digo esto para
evitar molestas confusiones. De habitud no se la llevaba con Valentina pero un
par de veces cantaron juntas. No, Lennon no era mi rival, pero sospechaba y
llegué a sentir celos de cualquiera que se le acercara, empezando por los
admiradores al final de cada concierto. Un día vi que Lennon tenía una pañoleta
de colores que yo le había regalado a Valentina y él me dijo que la había
encontrado botada en el bar y no sabía que era de ella. Discutimos un par de
veces y por todo argumento a mi favor, dije que no era mi culpa si yo había
nacido con una mente celosa. Las cosas habían cambiado, ya no hacíamos el amor
todo el día como antes, aunque siempre me alegraba escucharla cantar a toda
hora como una niña enloquecida antes de tiempo. Luego regresó Michelle, mi
bella Michelle, dijo que le habían ofrecido algo bueno en Hollywood pero
prefería regresar a mi lado. No le creí, su delgadez y sus ojeras daban
testimonio de que había lidiado con el hambre, pero me hizo gracia que
regresara. Los celos con Valentina
desaparecieron y ya no me importó más que saliera con quien quisiera. La
quería, ciertamente una mujer que canta nunca se olvida, pero Michelle estaba
atada por siempre a mi largo y tempestuoso camino. Intenté ser rudo con
Valentina. Le dije que yo no iba a estar ahí siempre, que pensara por ella
misma y simplemente sonrió y me dio la espalda. Hacia septiembre, un año
después de conocernos y sin que nunca hubiéramos ido a New York como se lo
había prometido, le pedí que regresara a su antiguo apartamento y aceptó sin ni
siquiera preguntar por qué. Michelle ocupó su lugar en mi cuarto, pero
Valentina seguía llegando a la hora en punto y cantando en las noches con la
banda. Se enredó con Desmond Jones, él no sé por qué le decía Molly, que le regaló un anillo de oro de veinte
quilates y le prometía cuidarla hasta que tuviera 64 años, pero duraron juntos
sólo un par de meses. Ella me lo contó todo. “¿Qué te hace pensar que me importa ?”
le contesté “¿qué te hace pensar que eres algo especial cuando
sonríes ?”. Insisto, la trataba así
sólo porque nunca podría dejar a Michelle y Valentina, pensaba yo en ese
entonces, nunca sería más que la persona que yo llamaba cuando necesitaba a
alguien.
Y finalmente se fue, dijo en
su carta de despedida que partía hacia el norte con Lennon pero junto a la
carta había un mapa del sur de California con varias ciudades y pueblos
señalados sobre la ruta, desde Oakland pasando por varias ciudades del Bay
Area, y luego Stockton, Modesto, Merced, Madera, Bakersfield. Todo hasta la
frontera. Estoy seguro de que siguieron esa ruta y es más, estoy seguro de que
Valentina dejó el mapa intencionalmente para que la siguiera. Quemé la carta,
apagué las cenizas con Vodka y guardé el mapa pensando que podría servirme en
el futuro. Michelle y yo la pasamos bastante bien entonces, pero el prestigio del bar comenzó a decaer.
Phil, Jo Jo y Johnny B. siguieron tocando canciones de Beatles pero muchas
personas que frecuentaban el bar sólo por escuchar a Valentina dejaron de
hacerlo. A pesar de eso no tuve que regresar a mi empleo en el hotel y pude
conservar el Ford. Como a Michelle no le gustaba salir de la ciudad, mi
automóvil permanecía mucho tiempo estacionado, al menos hasta ayer porque ahora
lo alisto para un largo viaje de carretera. Fue una señal, alguien allá arriba
o allá abajo nos habla con señales. Ayer lo vi en las noticias de la tarde.
George Harrison había muerto, George Harrison, Valentina y Los Beatles. Sólo
entonces comprendí que mi destino estaba atado al suyo, que nunca había amado a
una mujer tangible por la manera cómo cantaba, que Valentina era la única y
siempre iba a ser la única.
Michelle y Phil se
encargarán del bar hasta mi regreso que imagino pronto. Tenemos recuerdos más
largos que el camino que se me presenta. En un par de horas estaré cruzando el
Puente de la Bahía,
viajando a alta velocidad porque sé que en algún pequeño pueblo del sur
Valentina me espera y sin quitar sus ojos de la autopista canta que habrá una
respuesta, que hay que dejar que así sea.
Por: Ricardo Abdahllah
|
|
|
Publicado el 18 de Agosto, 2007, 11:39.
en General.
Comentarios (4) |
Referencias (0)
|

Una
mañana, cuando las cobijas aun conservaban sus átomos esparcidos entre sus
pliegues, Javier sintió que algo parecido a lo que imaginaba era el valor se
había anidado en su ser y se sintió feliz. Rápidamente recogió sus partículas,
las unió firmemente y desenredó sus piernas de entre las sábanas. Su cuerpo
olía a sexo y eso que no había practicado sus viejos rituales desde hacía
varios días, sin embargo ese olor lo envolvía como una segunda piel. Por un
instante dudó, qué tal que otras personas se dieran cuenta de su olor en cuanto saliera a
buscar el desayuno. No le importó. Era más urgente lo que tenía en mente.
Al
salir de la ducha, se vistió sin pensar mucho en lo que se ponía, una camiseta
y unos pantalones estarían bien. ¿Quién se preocuparía de la moda en esos
instantes? Victoria Beckhan, sin duda, pero ella estaba en los Estados Unidos bebiendo
champan en una gradería de fútbol e ignorando olímpicamente su existencia.
¡Esta bien que sea así!
Después
de peinarse con los dedos, volvió a su cuarto, abrió el armario, sacó las cajas
de cartón empolvadas, fue seleccionando objetos llevado más bien por la
intuición. ¡A la mierda la razón y la lógica! Ésta sí, ésta no. Uno a uno iban
cayendo sobre la cama. Luego corrió a su escritorio, después a un armario que había en
el pasillo y que no abría desde hacía varios años, buscó luego en el salón, en
el comedor, en su mesilla. No importaba en qué lugar se hallaban. Todos los
objetos volaban por al apartamento y aterrizaban en su cuarto.
Al
cabo de un par de horas ya no se podía ver la cama, se hacía difícil entrar a la habitación. Juntó
las cosas y fue formando bultos que ataba con
lo que encontraba a mano. En eso empleó todo el día. Al anochecer
decidió meter los objetos en el coche y se dirigió a la playa. Allí, abrió
agujeros en la arena donde colocaba los objetos. Luego los cubría totalmente
esforzándose en que no se notara lo que
ocultaban, sin embargo, inconscientemente, antes de irse se preocupó de
cercar los lugares de sus entierros con pequeñas tablas de madera encontradas
por ahí.
Al
amanecer, cuando las cobijas aun conservaban sus átomos esparcidos entre sus
pliegues, Javier sintió que algo parecido a lo que imaginaba era el pánico, se
había anidado en su ser y se sintió aterrorizado. Rápidamente
recogió sus partículas, las unió firmemente y desenredó sus piernas de entre las
sábanas. Su cuerpo no olía; eso lo aterrorizó aún más, no podía hallar su olor
a pesar de que se olfateaba las axilas, el sexo, los pies, no lograba
encontrarlo. Por un instante pensó en que tal vez otras personas se dieran
cuenta de su inoloridad cuando saliera a buscar el desayuno, pero el miedo lo
paralizó. No se atrevió a ducharse por
pánico a quedar oliendo a sanex, ni cepilló sus dientes, pues el olor a Colgate
nunca había sido su favorito, en cuanto al desayuno, ¡ni pensarlo! El olor de
los huevos fritos con tocineta, upsss, o el ácido del jugo de naranja… en
cambio el del café, el de los panecillos calientes…
Con
el último bocado de la masa de los panecillos entre su boca, sintió que debía
ir a la playa. Raro, porque a el no le entusiasmaba mucho la idea de tostarse
al sol, pero sus pies eran más tercos que su razón. Dio
muchos rodeos, evitó los senderos directos, se detuvo ante las vidrieras de las
tiendas a contemplar a los absurdos maniquís, se sentó en los bancos a fumar
los últimos cigarrillos, se devolvía con el pretexto de haber vislumbrado a un
amigo - a sabiendas de que no los tenía
– Era inútil, debía de continuar con lo inevitable.
Allí,
frente a él, alguien había colocado tablas de madera cercando ciertos
montículos en forma de espiral.
La
luz de sol agonizaba ondulante sobre el mar, Javier contempló esos montículos
cercados, supo que ahí estaba oculto el secreto de su existencia, y algo
parecido a la felicidad…
Por
un instante tuvo el impulso de quitar las maderas, de desenterrar lo que
ocultaban, pero se detuvo, miró al mar y decidió caminar por esa superficie
agonizante hasta rozar con sus dedos el sol en el último estertor.
Menos
mal que en el último momento se le había ocurrido otro argumento impostergable.
Por: Gladys
|
|
|
Publicado el 18 de Agosto, 2007, 11:32.
en Alaprima.
Comentarios (2) |
Referencias (0)
|

María
calcula el infinito espacio que hay entre el lugar donde está y el sitio a
donde debe saltar para alcanzar el cielo. Lanza la piedra aplanada que escogió
con mucho cuidado para jugar a la rayuela, la acaricia como dándole la orden de
respetar los límites establecidos dentro de las reglas del juego. La lanza y
contempla con gozo como ésta le obedece y cae justo en el recuadro del cielo.
Ahora es el momento decisivo, lanza su cuerpo al aire y sus piernas temblorosas
caen justo un centímetro antes del borde. Un descuido y habría perdido.
María
se pregunta cómo llegó a sus manos esa piedra plana mientras intenta secar las
lágrimas ante la tumba de su amor.
Por: Selvática
|
|
|
Publicado el 18 de Agosto, 2007, 11:24.
en minirelatos.
Referencias (0)
|

Lo
que me hace inmensamente feliz, mientras un trago de ron helado se desliza por
mi garganta, es haberme dado cuenta que soy capaz, desde hoy en delante, de dejar para mañana todo lo que
podría hacer hoy.
Así
que mañana empiezo a construir mi mundo feliz, en una ciudad invisible. No sea
que algún listo me robe la idea.
¡Salud!
Por: Selvática
|
|
|
Publicado el 18 de Agosto, 2007, 10:19.
en Un libro para ti.
Comentarios (3) |
Referencias (0)
Conversaciones con Billy Wilder Por: Cameron Crowe Cine y Comunicación Alianza Editorial
Nada más adecuado para nuestra lánguidez veraniega que un
libro inteligente, ameno, divertido y revelador, que satisface nuestro
intelecto mientras saboreamos un cubata bien helado, cómodamente atrincherados
en una hámaca y acaricados por la brisa
del mar. No podía ser menos cuando se habla de un ser humano como Billy Wilder
* y con un interlocutor como el no menos interesante director Cameron Crowe,
director, entre otras películas de Jerry Maguire. Por eso, si le gusta el cine,
este libro le abre las puerta al millón de detalles que se ocultan tras las
cámaras. He aqui algunos botones de muestra:
"CC. De todas las actrices de sus películas, ¿por cuáles
sintió más afecto?"
"B.W. Me gustaba trabajar con Audrey Hepburn...Y, aunque
fue en una película muy mala (Bésame, tonto), como ya he dicho, me gustó mucho
Kim Novak. Tengo afecto por todas mis actrices, excepto, tal vez, Marilyn
Monroe, y eso era cuando me había hecho esperar un día entero, o incluso tres
días a veces. (Pausa) Pero era fantástica cuando rodaba una larga escena de
diálogo sin equivocarse ni una sola vez. Me gustaba su cadencia al hablar. Me
caía bien. Al final, la esperaba y me tragaba mi orgullo."
"...La última escena de
Con faldas y a lo loco la escribimos un fin de semana n el estudio. No la
teníamos. Teníamos a los dos héroes que escapaban y saltaban a la motora de Joe
E. Brown. Y un poco de diálogo entre Marilyn y Tony Curtis. Luego llegábamos a
la revelación, cuando Jack Lemmon dice: <No puedo casarme contigo porque
...fumo>. Y, por fin, se quita la peluca y dice: <Mira, soy un
hombre>. Necesitábamos una frase para Joe E. Brown, y no dábamos con ella.
Pero, en algún momento de la discusión, al principio Iz había propuesto:
<Nadie es perfecto>. Y sugerí, vamos a usar esa frase. En el preestreno,
en Westwood, el oúblico estalló. Era divertida esa forma de hacer cine.”
Y si de pronto, al recorrer sus páginas, sientes las
ganas de ponerte a escribir un guión, aqui te transcribo algunos consejos del
admirable Willy Wilder. ¡Salud!
"1.- El público es voluble. 2.- Hay que agarrarle por el cuello y no soltarle. 3.- Desarrolla una línea de acción clara para el
personaje principal. 4.- Ten claro hacía donde vas. 5.- Cuanta más sutileza y elegancia se tiene para ocultar
los elementos de la trama, mejor escritor se es. 6.- Si tienes problemas con el tercer acto, el verdadero
problema está en el primero. 7.- Un consejo de Lubitsch. Deja que el público sume dos
y dos. Te querrán siempre. 8.- Al hacer naraciones en off, ten cuidado de no
describir lo que ya está viendo el público. Añade algo nuevo a lo que ven. 9.- Lo que ocurre al final del segundo acto es lo que
desencadena le final de la película. 10.- El tercer acto debe ir creciendo, creciendo,
creciendo, en ritmo y en acción, hasta el último suceso, y entonces... 11.-Ya está. No le des más vueltas.
Por: Ágata
* Filmografía de Billy Wilder:
Mala semilla ( Mauvaise graine) 1934 – Midnight 1939 - Si no amaneciera (Hold back the Dawn) 1941 –
El mayor y la menor (The major and the minor) 1942 – Cinco tumbas al Cairo
(Five graves to Cairo) 1943 – Perdición (Double indemnity) 1944 – Días sin
huella (The lost weekend) 1945 – El vals del Emperador (The emperor waltz) 1948
– Berlin Occidente (A foreign affair)
1948 – El crepúsculo de los Dioses (Sunset Boulevard) 1950 - El gran Carnaval (Ace in the hole) 1951 – Traidor
en el infierno (Stalag 17) 1953 – Sabrina 1954 – La tentación vive arriba (The
seven year itch) 1955 – El espíritu de San Luis (The spirit of St. Louis) 1957 –
Ariane (Love in the afternoon) 1957 – Testigo de cargo (Witness for the
prosecution) 1957 – Con faldas y a lo loco (Some like it hot) 1959 – El
apartamento (The apartment) 1960 – Un, dos tres (Une, two three) 1961 – Irma la
dulce (Irma la douce) 1963 – Bésame, tonto (Kiss me stupid) 1964 – En bandeja
de plata (The fortune cookie) 1966 – La vida privada de Sherlok Holmes (The
private life of Sherlok Holmes) 1970 -
¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (Avanti) 1972 – Primera plana (The
front page) 1973 – Fedora 1978 – Aqui un amigo (Buddy buddy) 1981.
|
|
|
Publicado el 12 de Agosto, 2007, 14:17.
en General.
Comentarios (3) |
Referencias (0)
|

Termino este juego y me marcho, pensaba
excitado Juan, pero el juego se le resistía, perdía una y otra vez, pero no
quería abandonar como un perdedor. Obstinadamente su mano derecha volvía a
pedir cartas y de nuevo perdía las opciones de colocarlas en el orden
establecido por él mismo para ganar. El juego de carta blanca del ordenador
suele ser sádico con los adictos, la imagen de las cartas sobre el tapete verde
de la pantalla hacen sentir casi la suavidad del terciopelo de una mesa de juego,
y en el ir y venir de las cartas se le van yendo las horas a Juan como si de
agua sucia por un sifón se tratara. Tiene mucho tiempo, eso es lo que le
sobra, los familiares cercanos están trabajando más horas de las que debieran,
simplemente porque a ellos les gusta, se dice Juan sin ningún remordimiento.
Los pocos amigos que tiene, también son gente inquieta que le gusta hacer
cosas, como pintar, escribir o rodar pequeños cortometrajes institucionales o
para publicidad. Alguna vez y más por insistencia de ellos que por voluntad de
Juan le han pedido que haga pequeños papeles de extra, que, desde luego lleva a
cabo perfectamente bien, pero que le roban tiempo a su pasatiempo preferido, la
carta blanca. Una vez terminados los ensayos o las
grabaciones corre literalmente hasta su casa y enciende el ordenador. No hay internet que se le compare a la
emoción de ver desplegadas las cartas sobre la pantalla verde. Ese juego de rojas y negras es lo único
que disuelve su existencia de la realidad, quien le lima las asperezas de su
vida rutinaria y que lo hace feliz, hay que confesarlo de una vez por todas. Es un juego menos aburrido que el
solitario, pero, al igual que este, tiene que hacerlo solo. Ya una vez lo
intentó, eso de jugar en red pero tuvo que dejarlo, no soportaba la torpeza de
sus compañeros. Vuelve el ordenador a preguntarle si
desea barajar. Da un golpe suave al ratón y en un
segundo se le ofrece de nuevo un abanico maravilloso de figuras. Este aquí, el nueve negro sobre el diez
rojo...Dios mío, que más puedo hacer, se preguntaba Juan al darse cuenta de que
estaba a punto de perder la partida otra vez. Ha oscurecido y Juan no se ha dado
cuenta, lleva veintidos horas en el ordenador y su cuerpo parece haberlo
abandonado; no tiene hambre, ni sed, ni siquiera le apetece fumar... eso sería
un buen argumento para luchar contra el tabaco, alcanzó a pensar en una décima
de segundo, mientras descubría un ocho rojo camuflado y que estuvo a punto de
hacerle perder la jugada. Colocó la carta en su sitio y pensó en
un record Guinness, montones de horas jugando a la carta blanca y ¿por qué no?
Así, de paso ganaría una buena plata, ¡ay! Ese siete negro, que calladito se lo
tenía, a ver, a ver, aquí está a buen recaudo. La vida debería ser una gran partida de
carta blanca, una serie de dificultades, una solución medio escondida pero
presente, está ahí de todas maneras, sólo hay que tener el tiempo y la agudeza
necesarias para agarrarla al vuelo y aprovecharla, ¡cómo no! Rojito seis, tu
aquí estás rebien, nada de malas mañas y este cinco negro, justo aquí y de
repente se me ordenan todas como un relámpago... ¡joder! otro juego ganad... ¿Qué le pasó a la pantalla? Dios mío
qué pasa, por qué no responde, a ver si se bloqueó precisamente ahora. Una diminuta luz blanca en medio de la
pantalla le parece un mal augurio. Se la queda mirando fijamente y poco a poco
el puntito blanco se va haciendo más grande, más grande, más grande y le
descubre un inmenso cementerio apenas iluminado por una luna menguante, al
fondo los árboles como guardianes silenciosos limitan el espacio entre la vida
y la muerte, a su alrededor tumbas, cruces, lápidas con extrañas inscripciones:
aquí yace el amor ignorado, en la de más allá, el trabajo productivo, en la
otra la amistad que nunca dejó florecer ni madurar, tumbas que son como cartas
blancas esperando que un suave click las haga descubrirse en el tablero de la
vida. Al fondo, un rey gráfico lo mira,
vuelve sus ojos a medida que Juan camina entre las tumbas carta como buscando
el orden correcto para ganar la partida. No la encuentra, el juego está
cerrado. Desesperado corre de un lado a otro por
entre picas, corazones, tréboles y diamantes símbolos enmarañados de una
existencia que poco a poco se le va rebelando como la propia.
¿Desea barajar de nuevo?
Por: Gladys
|
|
|
Publicado el 12 de Agosto, 2007, 14:00.
en General.
Referencias (0)
|

"La
impaciencia impide escuchar la pregunta y muchas veces la respuesta está en
ella misma."
"Bien
puede ser existencia la no presencia, bien puede ser la ausencia potencia de
todo ser."
"Enciende
la chimenea en el verano de tu vida para que el invierno de ésta permanezca
eternamente templado"
"Para
cuando empiece ya habremos puesto la mesa de los no invitados para que no falte
nadie."
"Somos
presencia, amor, reconocimiento y omnipotencia. Constantes principios y
eventuales finales. Eterno devenir nutriéndose de la libertad del ser. Somos al
ser en nosotros y siendo entre nosotros."
Por: Charo González
|
|
|
Publicado el 12 de Agosto, 2007, 13:45.
en General.
Referencias (0)
|

Todo está listo. En mi cartera, bien disimuladas, tengo las prendas de
vestir indicadas para la ocasión, el perfume infaltable y el peine, amigo
necesario de las chicas después de ciertos momentos. Está todo preparado para
una noche diferente. Falta media hora y
ya desfilan por mi mente las típicas preguntas feminoides que denotan los
temores naturales frente a una cita: ¿estaré bien vestida?, ¿mi pelo quedó
arreglado?, ¿se notará mucho la ropa interior?, ¿me veré muy gorda con este pantalón?,
me dijo informal, pero ¿qué es informal para él?, ¿le gustaré así o espera que
no le haga caso y me vista como para recibir un Oscar?....
Pasan los minutos y mientras más ropa me pruebo,
más dudas me atacan. Al menos el tiempo se va sin darme cuenta, gracias a los
nervios que siempre me impiden disfrutar la previa de los momentos que tanto
espero.
Por fin, cinco minutos después de lo debido, salgo
corriendo con la misma ropa que tenía hace media hora. Con toda mi feminidad me
paro casi en medio de la calle para chiflarle a un taxi que se acerca. Los ojos
asombrados del chofer me observan por el retrovisor cuando le indico el destino
con mi carita sonriente y haciendo ojitos: “Hola, ¿verdad que ahora te vas a
convertir en superman y me vas a llevar volando hasta tal lugar?”. Y cuando
está preparado para convertirse en mi héroe, descubre que la mentira tiene
patas cortas: “Tengo una cita y llego tarde”. No hay peor forma de confesarle
que los treinta guiños que le hice no tenían connotaciones personales en
absoluto y fueron lanzados solo para engañarlo.
Masoquistas, si los hay, apaga la radio y abandona
el partido de su equipo favorito para preguntarme si voy al encuentro de mi
novio.
Pasando por alto los millones de inquietudes que
esa simple frase generan en una chica (“Salimos hace dos meses, ¿se supone que
es mi novio?, pero él nunca me dijo tal cosa... y cuando yo dije aquello él no
respondió lo otro...”), mi mente no entiende qué es lo que pretende. Soy capaz
de matar sus ilusiones sutilmente, pero este “Si” que me obliga a disparar es
la última puñalada.
En fin, él se la buscó. Una vez enterradas sus
esperanzas, amaga al botón de la radio pero no la prende (solo porque sería muy
obvio que su interés hacia mi tenía una sola dirección), y con la evidente
intención de sacarme de encima, aprieta el acelerador y me hace llegar a
tiempo. Después de tirarme el vuelto, en un último rapto de lucidez varonil
gira, me mira y con lo que intenta ser una expresión pícara en los ojos larga
un “Suerte”, superando las ganas de asegurarme que con él la hubiera tenido.
Me bajo del auto, por supuesto a media cuadra del
punto de encuentro (a ver si cree que estoy tan ansiosa por llegar como para
tomarme un taxi). Camino apresurada hasta que lo veo, y éste es el momento en
que las chicas debemos ponernos en pose: inspiro profundo, camino lento con
pasos largos y lentos intentando imitar un deslizamiento felino con mi cuerpo
(estoy segura de que ningún hombre lograría coordinar toda esa serie de
complejos movimientos musculares) y fijo la vista en sus ojos, como si quisiera
hipnotizarlo (al fin y al cabo...)
Me acerco, me sonríe y ya todo pasa de pronto. Nos
buscamos, nos encontramos. Los dos sabemos a qué vinimos. Doy tantos besos que
me mareo. Las ganas vencen la indecisión y elegimos dónde. Ya no puedo
arrepentirme. Como dicen ellos, estoy de visitante y tendré que jugar su
juego. Le pido un instante para
sorprenderlo y me pongo la ropa especial que traje en mi cartera. Cuando me ve,
siento que por un instante logré mi objetivo: deja todo lo que está haciendo
para abrir la boca sin emitir sonido alguno. Dicen que soy una pequeña cajita
de Pandora y él acaba de descubrirlo.
Empieza el partido
y su boca me dirige. Me ubica en la posición que más le gusta, me lleva, me
trae. “Movete” exige, “Es Tuya”, promete. Me jura y perjura que nunca en su
vida estuvo así con una mujer. Jamás en
sus años de larga experiencia en el tema (la va de agrandado) ninguna felina
mujer, femenina, fatal, pasional lo hizo sentir como yo en esta noche
especial. “Me seguís sorprendiendo”. Es
la frase más linda que me dijo esta noche. Todavía retumba en mi cabeza. Aún
ahora escucho su voz, es él, si. Con su pecho descubierto, el corazón agitado,
la transpiración corriendo, el pelo despeinado y.... la vincha de jugar al
fútbol.
“Bien, Fer! Pensé que ibas a jugar peor. Pero te la
bancaste. Lástima que perdimos por un gol. Ese penal que le tiraste a los
pajaritos...Pero no importa, no fue tu culpa. Ahora sacate la camiseta del rojo
que vamo´a tomar algo al quiosquito de la vuelta. Venís? Ah! Y si querés seguir
usando polleras, la próxima vez traete rodilleras. Vamos Chicos!”.
Fue una noche especial, cuando cumplí mi sueño de
jugar al fútbol.....
Por: Lornafer
|
|
|
Publicado el 12 de Agosto, 2007, 13:29.
en General.
Referencias (0)

A
Valentina Cardona y Julián Prado, compañeros de viaje,
Parte
I La recepcionista del pequeño
hotel de carretera era una joven innegablemente hispana. Nos vio entrar y
siguió hablando por teléfono. Ni Valentina ni yo quisimos interrumpirla. Ella
se puso a mirar los mapas de carreteras pegados en la pared y yo serví un café.
Estaba frío pero lo necesitaba. Cuando Valentina, tras leer una y otra vez
nombres y nombres de pueblos y comentar que algunos le parecían graciosos, se
recostó aburrida contra la puerta, decidí llamar la atención de la
empleada. Carraspeé suavemente para no ser descortés. Ella dejó de hablar
un instante y me miró a los ojos. “Ahora te llamo de pa’ atrás” dijo a su
interlocutora en perfecto spanglish, y luego preguntó “qué desean” . Era obvio
pero traté de no hacer énfasis en que era obvio “Queremos una habitación”
“Cuarenta dólares. ¿Primer piso o segundo ?” . Como al parecer no había
ninguna diferencia de precios elegí primero y miré a Valentina, que había
encendido un cigarrillo, pidiéndole aprobación. No le importaba, estaba en su
estado típico de los últimos días, pensando en su amante polaco, mirando la
autopista, esperando que apareciera.
“Primero” confirmé y la joven alcanzó una llave con un llavero
gigantesco de aluminio. “¿Cuántos días?’” “No sé,” dije “quizás tres o cuatro”.
Valentina me interrumpió “Dile que no sabemos, que pueden ser más”. La empleada
no se molestó en pedir un depósito. El cuarto quedaba en la parte de atrás del
hotel, es decir, con vista hacia la
carretera por la que habíamos venido. Era ideal para Valentina. Estacioné el
viejo Subaru frente a la puerta de la habitación y le dije a Valentina que iría
a buscar algo de comer, que si quería podría traer algunas cervezas. Dijo que
no, que para mí trajera lo que quisiera pero que ella no bebería hasta que
Jakub apareciera buscándola . A mí me daba lo mismo, yo
sabía que Jakub no iba a seguirla, que su fuga fingida conmigo, que le había
anunciado al polaco en una carta, le importaba muy poco. Un muchacho mexicano
en bicicleta me guió hasta una tienda cercana donde atendía un árabe. Compré
pan y pasabocas. Cuando regresé, Valentina se había quedado dormida en las
escaleras. La levanté con cuidado y la llevé hasta la cama. Le desamarré los
zapatos y me quité la camisa; los dos dormimos profundamente y sólo hasta que
el aire de la madrugada se hizo demasiado frío decidí levantarme y cerrar la
puerta. Por supuesto, las cosas
hubieran podido ser de otra manera. Yo podría haberme enamorado de Valentina y
huir con ella. Es más, ni siquiera huir, le habría dicho a Jakub que la dejara
en paz y habríamos renunciado a su bar. De seguro a Valentina, la mejor voz
femenina de todo San Francisco cuando se trataba de cantar canciones de Beatles,
le habrían dado trabajo en cualquier café de Columbus Street. Pero no hice
nada, cuando comenzaba a enamorarme de Valentina conocí a una autostopista de
Portland y me enredé con ella hasta que me abandonó. Cuando Valentina me dijo
que el plan perfecto para reconquistar a Jakub era pretender que se fugaba
conmigo y dejar abandonado como por casualidad un mapa de nuestra ruta, no le
dije que el plan era verticalmente estúpido y a él no le importaría un comino.
Al contrario, acepté. Desde entonces parábamos en cada pueblo a esperar que
apareciera el Ford 55 de Jakub. Así
habíamos llegado hasta Merced y yo tenía la certeza de que seguiríamos a
Fresno y a San Diego y así hasta que los States se acabaran por el Sur y Valentina
admitiera su derrota. A la mañana siguiente
Valentina estaba desayunando en las escaleras exteriores que llevaban al
segundo piso, había comprado café y cheeseburguers en un McDonald’s que yo no
había visto el día anterior y quedaba cruzando la autopista. Para mí había
llevado una hamburguesa de pollo. Me senté a su lado y comí sin decirle nada,
sólo mirándola mirar la carretera. Había pasado antes y sabía que sería inútil
tratar de disuadirla, así que fui a la piscina, nadé un rato en el agua
estancada y luego salí a caminar por las calles de Merced, un pueblo de
carretera donde no había absolutamente nada para hacer excepto, quizás,
quejarse por el insoportable calor. De arriba a abajo cruzaban niños mexicanos
tratando de venderle a los turistas mapas de Yosemite Valley, que en todo caso
quedaba lejos, pero los turistas, casi todos pensionados viajando en casas
rodantes, les regalaban billetes sin pedir nada. Tal vez no comprendían. Me
senté por horas en la carrilera sin que pasara ningún tren, no quería regresar
y ver a Valentina sentada mirando la autopista. Al final de la tarde ella
continuaba ahí, con las rodillas contra el pecho. Estuve a punto de decirle “No
va volver” pero dije “Canta” Ella no salió de su silencio. Le insistí, le dije
que cantara alguna canción de Beatles como hacía en el bar pero ella dijo que
no, que todas las canciones de Beatles estaban en los discos que Jakub le había
regalado, que ella le había prometido que nunca iba a cantar para nadie más.
“Es absurdo” pensé “todas las noches cantaba para todo el público del bar” pero
lo que dije fue que iría a buscar comida. Intenté encontrar un restaurante
chino pero terminé de nuevo en la tienda del árabe. Le llevé sandwichs a
Valentina y me agradeció, pero comió despacio y sin ganas. Al cuarto del lado
habían llegado cuatro backpackers, la empleada dijo que se veían muchos
backpackers al final del verano, sobe todo europeos del este que después de
trabajar en los resorts de las montañas, recorrían California por tierra antes
de regresar a casa. Hicieron mucho ruido y uno de ellos me preguntó dónde podía
comprar vino. Lo llevé hasta la tienda. De regreso quiso saber quién era la
mujer que me acompañaba y le dije que se llamaba Valentina y tenía una voz
celestial pero nunca volvería a cantar. Me preguntó si estaba enferma y estuve
a punto de contestarle que estaba enferma de amor pero me pareció una frase que
igual sonaba simple en español y en inglés y lo que le dije fue que no, que
estaba deprimida por un hijo de puta. Eso no era cierto, Jakub era
un excelente tipo que sabía de música y de cuando en cuando contaba historias
de su abuelo que había sido un escritor frustrado que conocía medio mundo.
Simplemente se había aburrido de Valentina como en general la gente se aburre
de la gente y eso no convertía al polaco en un hijo de puta. Valentina se había
aburrido de muchas personas antes y algún día se aburriría de mí y de Jakub y
de todo. Conocí el pueblo en dos o
tres días, pero Valentina no se movió del hotel. Yo regresaba por las tardes y la encontraba
siempre sentada en la escalera, sosteniendo su cabeza con las manos, mirando la
autopista interminable. Me quedaba con ella un rato y luego salía a buscar
cualquier cosa de comer. No tenía nada qué decirle, o no era capaz. O no fui
capaz hasta el día en que la encontré llorando más que nunca. Había regresado
temprano porque las nubes anunciaban lluvia. Ella estaba tendida boca
abajo en la cama. En el televisor, creo que ella por primera vez lo había
encendido, pasaban noticias. Yo no me sentía bien del todo bien, lo reconozco,
había comprado una botella de whisky Jack Daniel’s en la tienda del árabe y la
había bebido a grandes tragos, pero usualmente el “Jackie from Tennessee” me
ponía de buen humor. Incluso compré un 24 pack de Budweiser para intentar
beberlo con Valentina. Si Valentina hubiera estado feliz como era antes,
hubiéramos bebido cerveza y en la madrugada le habría propuesto que nos
casáramos. Si hubiera encontrado a Valentina pensando en los Beatles en lugar
de su polaco, le habría prometido tres cuartos de lo que me quedaba de vida. Pero lo que hice fue tomarla
por el cabello y sin escuchar sus gritos hacer que me mirara. Por mi cabeza pasaban las más crueles
razones, razones de sangre hirviente. Más aún, inventé cosas sobre Jakub y
llegué a gritarle que tenía por costumbre seducir a las empleadas del bar y le
dije diez mil otras mentiras que en el instante juré como ciertas. Se lo dije
todo, mientras la abofeteaba una y otra vez, luego la arrojé contra el suelo y
me recosté exhausto contra un rincón. Encendí un cigarrillo mientras Valentina
siguió llorando sin hablar. Aún fui más cruel y le dije lo que había pensado
“Valentina, si no hubieras llorado hoy por él…” Una imagen en el televisor
me cortó la frase. George Harrison había muerto en un hospital de Los Angeles.
Comprendí. Estaba claro, Valentina tenía un nuevo motivo para llorar y ese
motivo no la obligaba a mirar la autopista. Supe que dejaríamos de esperar a
Jakub y cambiaríamos nuestra ruta para que nunca nos encontrara. Y nunca nos
encontraría. Valentina me miró desde atrás de sus ojos manchados de lágrimas
rogando una disculpa, pero como no todos los días muere un Beatle lo que hice
fue inclinar mi cabeza y llorar sin entender muy bien por qué. Desperté en la madrugada y a
duras penas pude sostenerme en pie para quitarme la ropa y llegar a la cama.
Valentina estaba afuera, cantaba a toda voz y cada cierto tiempo arrojaba las
latas de cerveza vacías contra el pavimento. Cuando escuchó mis movimientos
preguntó si estaba despierto “Creo” contesté. “Descansa. Mañana a primera hora
nos vamos a cualquier lugar donde Jakub no nos encuentre. Hay miles de lugares
así” Pensé decirle que ya lo sabía pero
no le dije nada. Creo que ella siguió cantando toda la noche y me hubiera
gustado escucharla toda la noche cantándole Let it be al desierto del sur y a
las montañas del norte, pero lentamente volví a quedarme dormido.
Por: Ricardo Abdahllah
Nota: Por razones de espacio, la próxima semana publicaremos la segunda parte.
|
|
|
Publicado el 12 de Agosto, 2007, 13:21.
en Hablando de....
Referencias (0)
|

La sencillez, la pasión, la entrega y el placer no son solo
conceptos abstractos, por lo menos quienes asistimos al concierto de Caetano
Veloso en Bogotá, podemos dar fe de ello.
Sencillez, porque en su presentación no utilizó grandes despliegues
de escenografía, ni costosos montajes, ni efectos especiales. Pasión, porque
nadie como él sabe insuflar a sus canciones ese hálito eterno que lleva
implícita toda obra artística. Entrega: estuvo más de dos horas conectado con
su público derribando las barreras del lenguaje a través de los sentidos y por
ultimo placer, porque su voz paseó todas las cotas impuestas por el tono
musical, a veces suave, susurrando un poema, otras desgarrada, al describir
sentimientos avasalladores, improvisada o destemplada cuando el ritmo musical
lo imponía.
Noche de poesía, de placer y de reencuentro con lo mejor que
tenemos los seres humanos escondido entre repliegues de absurdas realidades.
Por: Te Vi
|
|
|
Publicado el 12 de Agosto, 2007, 13:00.
en minirelatos.
Referencias (0)
|

Del
lado izquierdo de su estómago surge la cabeza sostenida por el intestino grueso.
Desde allí toma decisiones importantes, planea formas de vida amables y dicta
las órdenes precisas para ponerla en marcha. Incluso llegó a enamorarse y lo más
asombroso, fue correspondida y feliz, hasta que alguien le puso un espejo
delante.
Por: Selvática
|
|
|
Publicado el 12 de Agosto, 2007, 12:48.
en Un libro para ti.
Comentarios (2) |
Referencias (0)
Este domingo 12 de agosto, al leer el diario El Tiempo, me
encuentro con una página entera comentando la noticia del próximo lanzamiento
de un libro, que además, dadas sus características, promete ser un best seller,
CONFESIONES DE UNA PUTA CARA, en el, él
periodista Francisco Celis Albán narra las experiencias de una prostituta de
lujo.
Hasta ahí vale, ¿pues quién rinde cuenta a los escritores?
Se supone que sus lectores, quienes están en la obligación de
dar o no su apoyo a éstos, sin embargo, llama la atención el éxito de tales
publicaciones entre el público colombiano, que en su vida cotidiana no necesita
comprar best seller, para enterarse de la débil voluntad de un alto porcentaje
de su población para ceder al crimen, - lo ve en sus propios vecinos incluso,
hasta en sus propios familiares, pues a
diario convive con la extorsión, la corrupción y la mentira. No necesita de periodistas, ni de
editoriales oportunistas que se lo pongan en carátula de lujo.
Me pregunto a ¿qué obedece tal rendición a lo ilegal, al
crimen, al asesinato y ese placer morboso en recrearse con los detalles de
tales hechos?
Produce escalofrío pensar en las mentes de esos jóvenes que
están naciendo en un país como Colombia, un país en el que la gente vende su
honor, su prestigio profesional, su familia y hasta sus atributos físicos por
la suma que los criminales estimen conveniente. Y no solo no se sienten culpables
o arrepentidos, sino orgullosos y satisfechos.
Este libro llegará alto en el escalón de los más vendidos, muy
seguramente un canal de televisión le propondrá al autor vender sus derechos
para producirlo, los actores y actrices nacionales o extranjeros esgrimirán sus
más variadas y efectivas armas para conseguir el papel mientras los directivos
del negocio internacional del entretenimiento harán su agosto produciendo
versiones nacionales para los países donde tienen su feudo.
De ética, de moral, de responsabilidad y honor ya no se
habla, y menos se practica; no es rentable, no tiene buena imagen, a no ser que a alguien se le
ocurra insuflarla con silicona en lugar visible y tentador. Los pocos que aún
creen en esos valores vagan por la calle con los ojos desorbitados pensando,
con vaga esperanza, en que tal vez ese sea el último libro que se escriba sobre
el asunto, en que esa novela sea la última y que pronto llegará el día en que
la gente, hombres y mujeres sin silicona, sin autos de lujo, sin lucir ropa o
joyas pagadas con el dinero sangriento de los criminales, disfrute plenamente
de su vida, de lo que la naturaleza le ofrece y de las creaciones de los poetas
o escritores que se atrevan a defender su arte fuera de los cercos creados por
los intereses comerciales de las editoriales o los medios de comunicación.
Una sugerencia: No comprarlos sería la respuesta.
Por: Ágata
|
|
|
Publicado el 4 de Agosto, 2007, 20:52.
en Un libro para ti.
Comentarios (2) |
Referencias (0)
Título: Aún así Poemas reunidos Autor: Luis Aguilera Colección de Poesía Universidad Nacional de Colombia
Al leer la última página de este libro, me asaltó la siguiente reflexión: "las habitaciones tristes del ser humano". La triste condición de estar obligado a asistir a un evento que nos disgusta profundamente: la vida. Aún así, tenemos que vivirla, pues no tenemos más remedio, la realidad duele, los acontecimientos producen salpullidos, los ojos se irritan. Aún así, estamos vivos. La pregunta es ¿para qué? ¿No es paradójico que esa sea la pregunta más inútil? Quizás nuestro destino es ignorarla.
Aqui me tomo la libertad de copiar algunos de sus poemas tomados al azar. Por: Gladys
Deriva En los aleros el agua termina un recorrido. Lo sé. Bien pronto mi soledad fue lo único posible.
En cada propósito una herida desalienta al corazón: un sueño hoy, mañana la ciega desesperanza que lo agota.
Sólo el infortunio no es voluble. Pasa la vida en bruma como nave a la que el tiempo va dando su propio, su desolado paisaje de deriva.
Escena Yo no me muevo ni la arena cambia. La geografía del horror es inmutable. Abolido el anuncio de otro infierno, quien quiera subir a escena que tome su fusil y se defienda.
|
|
|
Publicado el 4 de Agosto, 2007, 20:42.
en Hablando de....
Referencias (0)
"La parte
positiva es que la negativa es tan oscura que desaparece cuando enciendes la
luz."
"Un
manto a centímetros de la piel nos cubre de valor cuando nuestro cuerpo se
encoje de miedo."
"Uno de
los mejores regalos que tenemos es la sonrisa, usémosla, nunca se
agota!!!"
"Torpes
movimientos llenos de ingenio y esperanza, sonrisa en cada fallo porque
descubre cómo hacerlo bien."
"Creamos creyendo
que el creador es otro y cerramos la fuente de la creatividad, los creadores
somos nosotros, dejemos que fluya la creación."
Por: Charo González
|
|
|
Publicado el 4 de Agosto, 2007, 20:29.
en General.
Comentarios (3) |
Referencias (0)
|

NOTA:
No es política de la Dirección alterar, cambiar, modificar o retirar los relatos publicados en caelanoche. A menos que el autor nos haga tal solicitud, previa identificación de su autoría.
Consideramos que los escritores tienen el derecho y la responsabilidad con sus lectores de modificar, reescribir o cambiar lo que consideren apropiado dentro de sus relatos. Y si este lugar contribuye a una experimentación y a un intercambio de ideas, bienvenidas sean.
Un saludo,
La Dirección.
|
|
|
Publicado el 4 de Agosto, 2007, 20:15.
en General.
Comentarios (2) |
Referencias (0)
|
_.jpg)
Fue el 16 de septiembre de 1997. La esperé mucho pero a las 12:29hs se dejó ver. Por segunda vez en mi vida me quedé sin palabras. Su hermano mayor había nacido muy tranquilo 3 años atrás, pero ella fue un huracán desde el primer momento. A los gritos, escandalosa; ya en su primer día de vida dejó muy en claro que era la dueña de una personalidad arrolladora. Cuatro hermanitos marrones y ella, una gatita blanca y negra. Su madre limpió a las cinco crías a lengüetazo puro. Los ojitos recién nacidos aún no querían abrirse y temblaba su pequeño cuerpo apenas peludo. Todo era incomprensible para ella, solo dos sensaciones se hacían más intensas con el correr de los minutos: indescifrable, inexplicable, el ignoto instinto la empujaba a lo que luego conocería como alimentación y abrigo. Supervivencia. La acercaron a mi pecho, berreaba con ganas. Era campeona en succión: acto reflejo, impulso natural de supervivencia. En pocos meses sus cachetes tenían suficiente espacio como para poner en ellos grandes anuncios sobre las bondades del sol. Habló mucho, caminó con esfuerzo, corrió con ganas. Usó a su hermano mayor de caballito, de padre, de vendedor de supermercado, de Ken, de arquero y de guardaespaldas. Siempre creyó en Papá Noel. No tenía fuerzas para pararse. Buscaba la teta de mamá gata, pero le costaba estar cerca. Un olor la guiaba, sus hermanos la empujaban. Una pata en su ojo derecho le hizo sentir una nueva impresión, desagradable. Algo la levantó en el aire y la ubicó: al fin la leche corría por su garganta y llenaba su cuerpo de brío. Sus cuatro hermanitos marrones parecían vigorosos, fortachones. Ella luchaba por no rendirse. Un cansancio abrumador intentaba derribarla. Al fin, aprendió a caminar. La egresadita de preescolar sabía leer. Escribía en letras grandes "Papá" más que "Mamá" y no dormía sin mi beso de las buenas noches. Ese año creyó merecer una gran recompensa y en su primera carta escrita a Papá Noel pidió un gato. Discusiones, controversias. Odios y amores, todos votamos por el NO a los gatos pero también por el SI a la nena. Al final, Papá Noel anotó con mi letra "Vale por un gato. Usar solo después de las vacaciones". Días de vida. Algo siempre la levanta en el aire. Algo también le da alimento diferente al que ya conoce. Algo la reprende cuando el pis se escapa, "para eso están las piedras". Algo se lleva a la teta de mamá que ya nunca vuelve. Soledad. Entre tantos hermanos, soledad. Una jaula hace de casa pero no alcanza para cinco. Primer grado, primer guardapolvo, ultimátum: "quiero mi gato". El 5 de marzo de 2004, harta y resignada, la llevé a la veterinaria. Entregó el vale y desde atrás del mostrador me interpelaban con la mirada. Mis hombros respondieron por mí levantándose a coro con mis cejas. "Ahí están, lleváte el que quieras". Olor. Huele. Olor conocido. Olor a mamá. No es mamá, es parecido. Pero si es parecido a mamá es bueno. Buen olor.
"¡Mamá, quiero ése!"
Tatiana acaba de cumplir nueve años. Va a tercer grado, escribe cuentos. Hasta hoy ganó dos premios literarios. Seis de los quince cuentos que ya escribió hablan sobre su gata. Juegan juntas, duermen juntas. Gati come helado de frutilla con Tati. Tati usa a la gata de sombrero, de bebé, de pelota, de caballo, de hija. La sienta en la cama y le lee libros. Le cepilla los dientes, la lleva a vacunar. Llora por ella, se deja arañar. Le dice "Boba" y también que la quiere.
– Mamá, ¿ella sabe que la amo?
– Claro, lo siente. (Pausa), ¿viste todo el amor que vos sentís por tu gata? Eso es lo que yo siento por vos…
– (Se sorprende) ¿Tanto? Por: Lornafer
|
|
|
Publicado el 4 de Agosto, 2007, 19:59.
en General.
Comentarios (6) |
Referencias (0)

“Quiero
morirme de manera singular” La voz rasgada del cantante repetía el
pegajoso estribillo una y otra vez sin que los comensales del restaurante le
hicieran el más mínimo caso, los ecos de los tambores se elevaban sobre el humo
de los cigarrillos y los sueños de los clientes, aún con legañas pegadas a sus
pestañas, y la jornada de trabajo por delante. Al
fondo, un entusiasta grupo brindaba con café con leche, por el éxito de un
programa de televisión que había obtenido el más alto índice de audiencia que
recordaba la historia de la televisión; gracias a los mas media, el presentador, Miguel, un joven periodista bastante
comprometido con la situación social del país, había llegado a alcanzar el
soñado éxito antes de los cuarenta y eso, había que celebrarlo.
“Quiero morirme de manera singular” chillaba
la radio del taxi en medio de un atasco en plena séptima con setenta y dos, a
las 7:30 de la mañana de un viernes cualquiera; pero ni el alegre tamborileo de
la voz del cantante, ni el pegajoso ritmo de la salsa borraban el mal genio de
la pasajera del taxi, quien, inquieta se retorcía las manos impaciente mientras
le rogaba al conductor salir, cuanto antes, de aquel atasco de mierda.
-Es
que me van a echar y a mi edad ya no estoy para llevar hojas de vida a las
oficinas de empleo.
- Lo
siento señora, yo mejor que nadie sé lo que es eso, no crea que yo siempre he
conducido un taxi, antes, hace unos cinco años, yo también trabajaba en una
oficina, bueno, un banco para ser exactos y también sufrí eso de las llegadas
tarde involuntarias, y lo que es peor, me tocaba montar en buseta. Eso si es
martirio.
-
Buseta o taxi da lo mismo, igual me van a echar, usted no sabe como es mi jefe.
-
Igual que todos, mi señora, unos ineptos, parece que les pagaran para joderle
la vida a los empleados.
- Qué
razón tiene, yo también pienso lo mismo, ¿dónde tendrán el molde para
destruirlo?
-
Mire, tenga paciencia, voy a ver si me puedo meter por este ladito y en la
próxima giro a la izquierda, así cogemos un atajo que conozco. Nos desviará un
par de cuadras por una zona residencial, pero en seguida estamos en la noventa
y dos, y por favor, deje esa cara que usted está muy bonita para permitir que
un tipo de mala calaña como su jefe le haga daño. Fíjese, yo, un buen día me
cansé y me compré este taxi, preferí ir por libre que aguantarlo, ya verá como
todo mejora.
“Quiero
morirme de manera singular”, sonaba en el destartalado transistor de Luis, quien yacía en la cama al
parecer tranquilo, pero de vez en cuando, sin oír la radio, le daba una ojeada
a su reloj de pulsera; faltan treinta minutos, a las menos veinticinco – se
decía – me levanto y..., no mejor a las menos veinte... No, mejor ya, así
aprovecho y...
Pero Luis no se decidía, seguía
mirando al techo sintiendo como su cabeza era un barullo de pensamientos
entrecortados. Al cabo de unos minutos, sacudió la larga melena y se puso en
pie.
Ya, - dijo en voz alta – ¿para qué esperar?
Avanzó hasta la imagen de la
Virgen del Carmen, un gran cuadro enmarcado en plástico
imitación madera, apoyado sobre una repisa y alumbrado con cuatro velas de cera
envueltas en papel rojo. Se arrodilló, cruzó las manos fervorosamente y desde
su corazón brotaban promesas a la virgen de toda su vida. Los labios se movían
imperceptiblemente mientras los párpados se cerraban con fuerza; en un rincón
de su cerebro oía... “quiero
un adiós de carnaval”.
“Quiero morirme de manera singular” entonaba una ronca voz haciendo
dúo con el cantante en el asiento delantero de una ambulancia mientras Eduardo
se quitaba su uniforme, estaba feliz, había terminado su turno, dormiría toda
la mañana y parte de la tarde, porque en la noche, en esa noche de viernes se
iría de rumba, mucha salsita, mojada en
aguardiente y su morena sabrosa con su
blusa de tiritas en la espalda bailando pegadita a su cuerpo.
|
|
|