
“Quiero
morirme de manera singular” La voz rasgada del cantante repetía el
pegajoso estribillo una y otra vez sin que los comensales del restaurante le
hicieran el más mínimo caso, los ecos de los tambores se elevaban sobre el humo
de los cigarrillos y los sueños de los clientes, aún con legañas pegadas a sus
pestañas, y la jornada de trabajo por delante. Al
fondo, un entusiasta grupo brindaba con café con leche, por el éxito de un
programa de televisión que había obtenido el más alto índice de audiencia que
recordaba la historia de la televisión; gracias a los mas media, el presentador, Miguel, un joven periodista bastante
comprometido con la situación social del país, había llegado a alcanzar el
soñado éxito antes de los cuarenta y eso, había que celebrarlo.
“Quiero morirme de manera singular” chillaba
la radio del taxi en medio de un atasco en plena séptima con setenta y dos, a
las 7:30 de la mañana de un viernes cualquiera; pero ni el alegre tamborileo de
la voz del cantante, ni el pegajoso ritmo de la salsa borraban el mal genio de
la pasajera del taxi, quien, inquieta se retorcía las manos impaciente mientras
le rogaba al conductor salir, cuanto antes, de aquel atasco de mierda.
-Es
que me van a echar y a mi edad ya no estoy para llevar hojas de vida a las
oficinas de empleo.
- Lo
siento señora, yo mejor que nadie sé lo que es eso, no crea que yo siempre he
conducido un taxi, antes, hace unos cinco años, yo también trabajaba en una
oficina, bueno, un banco para ser exactos y también sufrí eso de las llegadas
tarde involuntarias, y lo que es peor, me tocaba montar en buseta. Eso si es
martirio.
-
Buseta o taxi da lo mismo, igual me van a echar, usted no sabe como es mi jefe.
-
Igual que todos, mi señora, unos ineptos, parece que les pagaran para joderle
la vida a los empleados.
- Qué
razón tiene, yo también pienso lo mismo, ¿dónde tendrán el molde para
destruirlo?
-
Mire, tenga paciencia, voy a ver si me puedo meter por este ladito y en la
próxima giro a la izquierda, así cogemos un atajo que conozco. Nos desviará un
par de cuadras por una zona residencial, pero en seguida estamos en la noventa
y dos, y por favor, deje esa cara que usted está muy bonita para permitir que
un tipo de mala calaña como su jefe le haga daño. Fíjese, yo, un buen día me
cansé y me compré este taxi, preferí ir por libre que aguantarlo, ya verá como
todo mejora.
“Quiero
morirme de manera singular”, sonaba en el destartalado transistor de Luis, quien yacía en la cama al
parecer tranquilo, pero de vez en cuando, sin oír la radio, le daba una ojeada
a su reloj de pulsera; faltan treinta minutos, a las menos veinticinco – se
decía – me levanto y..., no mejor a las menos veinte... No, mejor ya, así
aprovecho y...
Pero Luis no se decidía, seguía
mirando al techo sintiendo como su cabeza era un barullo de pensamientos
entrecortados. Al cabo de unos minutos, sacudió la larga melena y se puso en
pie.
Ya, - dijo en voz alta – ¿para qué esperar?
Avanzó hasta la imagen de la
Virgen del Carmen, un gran cuadro enmarcado en plástico
imitación madera, apoyado sobre una repisa y alumbrado con cuatro velas de cera
envueltas en papel rojo. Se arrodilló, cruzó las manos fervorosamente y desde
su corazón brotaban promesas a la virgen de toda su vida. Los labios se movían
imperceptiblemente mientras los párpados se cerraban con fuerza; en un rincón
de su cerebro oía... “quiero
un adiós de carnaval”.
“Quiero morirme de manera singular” entonaba una ronca voz haciendo
dúo con el cantante en el asiento delantero de una ambulancia mientras Eduardo
se quitaba su uniforme, estaba feliz, había terminado su turno, dormiría toda
la mañana y parte de la tarde, porque en la noche, en esa noche de viernes se
iría de rumba, mucha salsita, mojada en
aguardiente y su morena sabrosa con su
blusa de tiritas en la espalda bailando pegadita a su cuerpo.
Sus pies seguían el ritmo de la música mientras sus manos tamborileaban
sobre el volante de la ambulancia y su voz acompañaba al cantante
“quiero un adiós de carnaval”, acercándose la mano derecha a la boca, con el puño cerrado, a manera
de micrófono. Su voz mezclada con la del
cantante resonaba extraña en el parqueadero del hospital. Eduardo con el placer
de la culminación de la jornada, ya saboreaba
la maravillosa noche del viernes loco que le aguardaba.
“Quiero un adiós de carnaval” - Me voy -, dijo el periodista a
sus amigos, tengo que dejar el libreto en realización y por la tarde salgo para
la finca, los espero a todos, ok.
- Espera Miguel, te llevo – le gritó desde el fondo del restaurante un
compañero al periodista –
- No gracias, tu, termina tranquilo, luego nos pillamos.
Miguel se levanta, pide la cuenta y se marcha apresuradamente sin
esperar el cambio, el camarero corre tras él y logra alcanzarlo en la puerta,
discuten amigablemente, el periodista da una palmadita sobre el hombro del
camarero y abre la puerta.
En el
taxi:
-Ya vamos llegando mi señora, después de ese restaurante doblamos a la
izquierda y...
En la moto:
- Hágale Luis, dispáresela de
una, es el que está en la puerta.
En la ambulancia:
- Alerta unidades de la zona... Maldita sea mi suerte, - pensó Eduardo
al escuchar la radio de la ambulancia - se me jodió el viernes.
En la puerta del restaurante:
Un frío en mitad del corazón casi le obliga a Miguel a volver al
restaurante, sin embargo no era hombre que se dejara guiar por las emociones.
- Cuidado chofer- dijo la mujer en el taxi... Maldito chino, dijo el
taxista, casi me estrella con la moto esa...
“Quiero morirme de manera singulaaa...”
Atención a todas las unidades, atentado en el restaurante..., repito
atentado al periodista...
Por: Gladys
|