Fue el 16 de septiembre de 1997. La esperé mucho pero a las 12:29hs se dejó ver. Por segunda vez en mi vida me quedé sin palabras. Su hermano mayor había nacido muy tranquilo 3 años atrás, pero ella fue un huracán desde el primer momento. A los gritos, escandalosa; ya en su primer día de vida dejó muy en claro que era la dueña de una personalidad arrolladora. 
    Cuatro hermanitos marrones y ella, una gatita blanca y negra. Su madre limpió a las cinco crías a lengüetazo puro. Los ojitos recién nacidos aún no querían abrirse y temblaba su pequeño cuerpo apenas peludo. Todo era incomprensible para ella, solo dos sensaciones se hacían más intensas con el correr de los minutos: indescifrable, inexplicable, el ignoto instinto la empujaba a lo que luego conocería como alimentación y abrigo. Supervivencia.
    La acercaron a mi pecho, berreaba con ganas. Era campeona en succión: acto reflejo, impulso natural de supervivencia. En pocos meses sus cachetes tenían suficiente espacio como para poner en ellos grandes anuncios sobre las bondades del sol. Habló mucho, caminó con esfuerzo, corrió con ganas. Usó a su hermano mayor de caballito, de padre, de vendedor de supermercado, de Ken, de arquero y de guardaespaldas. Siempre creyó en Papá Noel.
    No tenía fuerzas para pararse. Buscaba la teta de mamá gata, pero le costaba estar cerca. Un olor la guiaba, sus hermanos la empujaban. Una pata en su ojo derecho le hizo sentir una nueva impresión, desagradable. Algo la levantó en el aire y la ubicó: al fin la leche corría por su garganta y llenaba su cuerpo de brío. Sus cuatro hermanitos marrones parecían vigorosos, fortachones. Ella luchaba por no rendirse. Un cansancio abrumador intentaba derribarla. Al fin, aprendió a caminar.
    La egresadita de preescolar sabía leer. Escribía en letras grandes "Papá" más que "Mamá" y no dormía sin mi beso de las buenas noches. Ese año creyó merecer una gran recompensa y en su primera carta escrita a Papá Noel pidió un gato. Discusiones, controversias. Odios y amores, todos votamos por el NO a los gatos pero también por el SI a la nena. Al final, Papá Noel anotó con mi letra "Vale por un gato. Usar solo después de las vacaciones".
    Días de vida. Algo siempre la levanta en el aire. Algo también le da alimento diferente al que ya conoce. Algo la reprende cuando el pis se escapa, "para eso están las piedras". Algo se lleva a la teta de mamá que ya nunca vuelve. Soledad. Entre tantos hermanos, soledad. Una jaula hace de casa pero no alcanza para cinco.

    Primer grado, primer guardapolvo, ultimátum: "quiero mi gato". El 5 de marzo de 2004, harta y resignada, la llevé a la veterinaria. Entregó el vale y desde atrás del mostrador me interpelaban con la mirada. Mis hombros respondieron por mí levantándose a coro con mis cejas. "Ahí están, lleváte el que quieras".
    Olor. Huele. Olor conocido. Olor a mamá. No es mamá, es parecido. Pero si es parecido a mamá es bueno. Buen olor.

"¡Mamá, quiero ése!"

    Tatiana acaba de cumplir nueve años. Va a tercer grado, escribe cuentos. Hasta hoy ganó dos premios literarios. Seis de los quince cuentos que ya escribió hablan sobre su gata. Juegan juntas, duermen juntas. Gati come helado de frutilla con Tati. Tati usa a la gata de sombrero, de bebé, de pelota, de caballo, de hija. La sienta en la cama y le lee libros. Le cepilla los dientes, la lleva a vacunar. Llora por ella, se deja arañar. Le dice "Boba" y también que la quiere.


      Mamá, ¿ella sabe que la amo?

    Claro, lo siente. (Pausa), ¿viste todo el amor que vos sentís por tu gata? Eso es lo que yo siento por vos…

      (Se sorprende) ¿Tanto?

Por: Lornafer