Este domingo 12 de agosto, al leer el diario El Tiempo, me encuentro con una página entera comentando la noticia del próximo lanzamiento de un libro, que además, dadas sus características, promete ser un best seller, CONFESIONES DE UNA PUTA  CARA, en el, él periodista Francisco Celis Albán narra las experiencias de una prostituta de lujo.

Hasta ahí vale, ¿pues quién rinde cuenta a los escritores?

Se supone que sus lectores, quienes están en la obligación de dar o no su apoyo a éstos, sin embargo, llama la atención el éxito de tales publicaciones entre el público colombiano, que en su vida cotidiana no necesita comprar best seller, para enterarse de la débil voluntad de un alto porcentaje de su población para ceder al crimen, - lo ve en sus propios vecinos incluso, hasta en sus propios familiares,  pues a diario convive con la extorsión, la corrupción y la mentira. No necesita de periodistas, ni de editoriales oportunistas que se lo pongan en carátula de lujo.

Me pregunto a ¿qué obedece tal rendición a lo ilegal, al crimen, al asesinato y ese placer morboso en recrearse con los detalles de tales hechos?

Produce escalofrío pensar en las mentes de esos jóvenes que están naciendo en un país como Colombia, un país en el que la gente vende su honor, su prestigio profesional, su familia y hasta sus atributos físicos por la suma que los criminales estimen conveniente. Y no solo no se sienten culpables o arrepentidos, sino orgullosos y satisfechos.

Este libro llegará  alto en el escalón de los más vendidos, muy seguramente un canal de televisión le propondrá al autor vender sus derechos para producirlo, los actores y actrices nacionales o extranjeros esgrimirán sus más variadas y efectivas armas para conseguir el papel mientras los directivos del negocio internacional del entretenimiento harán su agosto produciendo versiones nacionales para los países donde tienen su feudo.

De ética, de moral, de responsabilidad y honor ya no se habla, y menos se practica; no es rentable, no tiene buena imagen, a no ser que a alguien se le ocurra insuflarla con silicona en lugar visible y tentador. Los pocos que aún creen en esos valores vagan por la calle con los ojos desorbitados pensando, con vaga esperanza, en que tal vez ese sea el último libro que se escriba sobre el asunto, en que esa novela sea la última y que pronto llegará el día en que la gente, hombres y mujeres sin silicona, sin autos de lujo, sin lucir ropa o joyas pagadas con el dinero sangriento de los criminales, disfrute plenamente de su vida, de lo que la naturaleza le ofrece y de las creaciones de los poetas o escritores que se atrevan a defender su arte fuera de los cercos creados por los intereses comerciales de las editoriales o los medios de comunicación.

Una sugerencia: No comprarlos sería la respuesta.

Por: Ágata