Una mañana, cuando las cobijas aun conservaban sus átomos esparcidos entre sus pliegues, Javier sintió que algo parecido a lo que imaginaba era el valor se había anidado en su ser y se sintió feliz. Rápidamente recogió sus partículas, las unió firmemente y desenredó sus piernas de entre las sábanas. Su cuerpo olía a sexo y eso que no había practicado sus viejos rituales desde hacía varios días, sin embargo ese olor lo envolvía como una segunda piel. Por un instante dudó, qué tal que otras personas se dieran cuenta de su olor en cuanto saliera a buscar el desayuno. No le importó. Era más urgente lo que tenía en mente.

Al salir de la ducha, se vistió sin pensar mucho en lo que se ponía, una camiseta y unos pantalones estarían bien. ¿Quién se preocuparía de la moda en esos instantes? Victoria Beckhan, sin duda, pero ella estaba en los Estados Unidos bebiendo champan en una gradería de fútbol e ignorando olímpicamente su existencia. ¡Esta bien que sea así!

Después de peinarse con los dedos, volvió a su cuarto, abrió el armario, sacó las cajas de cartón empolvadas, fue seleccionando objetos llevado más bien por la intuición. ¡A la mierda la razón y la lógica! Ésta sí, ésta no. Uno a uno iban cayendo sobre la cama. Luego corrió a su escritorio, después a un armario que había en el pasillo y que no abría desde hacía varios años, buscó luego en el salón, en el comedor, en su mesilla. No importaba en qué lugar se hallaban. Todos los objetos volaban por al apartamento y aterrizaban en su cuarto.

Al cabo de un par de horas ya no se podía ver la cama,  se hacía difícil entrar a la habitación. Juntó las cosas y fue formando bultos que ataba con  lo que encontraba a mano. En eso empleó todo el día. Al anochecer decidió meter los objetos en el coche y se dirigió a la playa. Allí, abrió agujeros en la arena donde colocaba los objetos. Luego los cubría totalmente esforzándose en que no se notara lo que  ocultaban, sin embargo, inconscientemente, antes de irse se preocupó de cercar los lugares de sus entierros con pequeñas tablas de madera encontradas por ahí.

 

 

Al amanecer, cuando las cobijas aun conservaban sus átomos esparcidos entre sus pliegues, Javier sintió que algo parecido a lo que imaginaba era el pánico, se había anidado en su ser y se sintió aterrorizado.
    Rápidamente recogió sus partículas, las unió firmemente y desenredó sus piernas de entre las sábanas. Su cuerpo no olía; eso lo aterrorizó aún más, no podía hallar su olor a pesar de que se olfateaba las axilas, el sexo, los pies, no lograba encontrarlo. Por un instante pensó en que tal vez otras personas se dieran cuenta de su inoloridad cuando saliera a buscar el desayuno, pero el miedo lo paralizó.  No se atrevió a ducharse por pánico a quedar oliendo a sanex, ni cepilló sus dientes, pues el olor a Colgate nunca había sido su favorito, en cuanto al desayuno, ¡ni pensarlo! El olor de los huevos fritos con tocineta, upsss, o el ácido del jugo de naranja… en cambio el del café, el de los panecillos calientes…

 

Con el último bocado de la masa de los panecillos entre su boca, sintió que debía ir a la playa. Raro, porque a el no le entusiasmaba mucho la idea de tostarse al sol, pero sus pies eran más tercos que su razón.
    Dio muchos rodeos, evitó los senderos directos, se detuvo ante las vidrieras de las tiendas a contemplar a los absurdos maniquís, se sentó en los bancos a fumar los últimos cigarrillos, se devolvía con el pretexto de haber vislumbrado a un amigo  - a sabiendas de que no los tenía – Era inútil, debía de continuar con lo inevitable.

Allí, frente a él, alguien había colocado tablas de madera cercando ciertos montículos en forma de espiral.

La luz de sol agonizaba ondulante sobre el mar, Javier contempló esos montículos cercados, supo que ahí estaba oculto el secreto de su existencia, y algo parecido a la felicidad…

Por un instante tuvo el impulso de quitar las maderas, de desenterrar lo que ocultaban, pero se detuvo, miró al mar y decidió caminar por esa superficie agonizante hasta rozar con sus dedos el sol en el último estertor.

Menos mal que en el último momento se le había ocurrido otro argumento impostergable.  

 

Por: Gladys