Una vez encontré una chica, ¿O debería decir que ella me encontró a mí?. En ese entonces  acababa de montar un bar en un pequeño local alquilado en Haight Ashbury, no muy lejos del derruido edificio de apartamentos donde había vivido Charles Manson y del 122 de Lyon Street donde había vivido Janis Joplin, y las cosas no despegaban, pero aún estaba optimista y audicionaba saxofonistas y cantantes negras de soul que no cobraran demasiado. Mientras tanto el show central lo hacía un viejo jubilado irlandés al que pagaba con comida y botellas de vodka que me llegaban de Warsaw. Fue entonces cuando tuve una discusión con la mujer con quien andaba, Michelle Lumière, una argelina recién llegada de París que reunía dinero en Frisco para emigrar a Hollywood, fui al bar, saqué dos de las botellas de vodka y las bebí mientras caminaba por la calle, subiendo y bajando colinas, hasta Ocean Beach. Me senté en la arena y di buena cuenta de lo que quedaba en un solo trago. Unas pocas personas jugaban con sus mascotas en la arena y los dos o tres más arriesgados se lanzaban al mar a pesar de que octubre ya estaba bien entrado y el viento helado hacía pensar más en fogatas que en deportes de playa. Al llegar el atardecer ciertamente estaba triste y pensé que por tristezas similares mucha gente se había lanzado de los acantilados cercanos. ¿Lo haría yo? No, tenía hambre y caminé dos cuadras hasta el Safeway en busca de un buen pollo asado. El supermercado estaba lleno, mucha gente daba vueltas sin comprar nada, tan solo para evitar el frío de la calle. “Kurwa!” pensé, “no habrá pollo asado” y tomé rumbo directo a la sección de comida. Ciertamente no había pollo, pero una joven de trenzas y pañoleta roja al cuello hacía lo que podía para meter algunos pollos al horno. Después de hacerlo, Valentina, ese era el nombre escrito en la placa blanca que tenía prendida al delantal, se reclinó sobre el mostrador para acercarse y preguntarme qué quería. Le dije que un roasted chicken y ella pareció disgustarse, luego comprendí que había sido por el aliento a vodka. Me dijo que el pollo tardaría 45 minutos y le dije que esperaría. Mientras lo hice recorrí una y otra vez todos los pasillos del supermercado regresando de vez en cuando para cruzar un par de palabras con ella. Cuarenta y cinco minutos exactos, creo que el horno tenía algún cronómetro. Regresé y ella no estaba, un nuevo empleado empacó el pollo, y me preguntó si lo quería con potato wedges o biscuits. Le dije que no importaba, que dónde estaba Valentina, me contestó que acababa de salir.
La encontré a unas dos cuadras del supermercado, llevaba un abrigo grueso, guantes y bufanda. Le dije que un pollo asado era demasiado para una persona y la invité a comer, entonces regresamos a la playa; el cielo se había despejado, lo que ciertamente tiene características de milagro en los grises octubres de San Francisco, pero aún hacía mucho frío. Después de comer, tomamos el mismo autobús hasta Market y nos separamos, ella se fue en uno de los tranvías de Powell &  Hyde y yo caminé hasta el bar. Cuando llegué, Phil,  el irlandés, estaba sentado en la barra con el cantinero, no había un solo cliente y cerramos temprano.

Visité el Safeway de Ocean Beach un par de veces con cualquier excusa, generalmente increíble, como que repentinamente había querido ir a comer buffalo wings junto al molino holandés o algo así, sólo para ver a Valentina. Le di la dirección del bar por si acaso quería visitarme. Michelle se había ido a Los Angeles sin avisarme y me mandó una postal diciéndome que vivía en un cuarto compartido y en las noches la ciudad, como San Francisco, se cubría de niebla. No tenía dirección y pensé que nunca más sabría de ella. Tal vez luego se iría a buscar a una hermana perdida que tenía dando vueltas por suramérica. La partida de Michelle me agravó el pesimismo y como el bar no despegaba retomé a medio tiempo mi antiguo empleo en un hotel cerca de Union Square. En otra época había sido un hotel elegante pero ahora, a pesar de que todas las habitaciones tenían bañera y buena vista del centro de la ciudad, su clientela estaba compuesta por turistas en viaje de bajo presupuesto que preferían, a pesar de todo, un cuarto privado a los hostales de la YMCA. Trabajaba como supervisor del turno de 2 a 11. Cuando salía del hotel pasaba por el bar y ahora vivía ahí para reducir aún más los gastos.

Recuerdo que era jueves, había trabajado como un perro y deseaba de corazón que no hubiera clientes para cerrar y dormir como un tronco. Al llegar el bar escuché una voz femenina acompañada por la guitarra del irlandés y entré lleno de curiosidad. ¿Cómo podría bailar con otra después de verla parada ahí ? Valentina estaba en el escenario cantando una de las canciones de la época rocanrolera de Beatles y el publico, que no era numeroso por cierto, deliraba con su voz. Cuando terminó la canción y bajó del escenario la invité a bailar “Debe ser rock and roll para que bailes conmigo” dijo y le pedí al barman que pusiera alguno de los acetatos viejos de Elvis, “Mejor Beatles” dijo ella. Entonces bailamos hasta que el último cliente, casi todos eran oficinistas que debían trabajar al día siguiente, se fue del bar. Le propuse que cantara en el bar, que la paga no sería muy alta pero al menos mayor que la de Safeway “No me importa mucho el dinero” dijo y comenzó la noche siguiente.

No nos tomó mucho tiempo armar la banda, Phil siguió en la guitarra y como baterista conseguimos a Jo Jo, que había dejado su hogar en Tucson, Arizona, para buscar algo de hierba californinana. El bajo sería para Johnny B., un veterano músico callejero que había perdido la mitad de sus dientes en peleas por cerveza, y en la segunda guitarra estaría un amigo de Valentina que había escuchado música de Beatles toda la vida y se hacía llamar Lennon. “Mis papás me concibieron escuchando Sgt. Pepper’s”, solía decir. La primera noche que tuvimos lleno total invité a la banda y al cantinero a quedarse para celebrar y beber buen vodka, es decir, vodka polaco. Valentina nunca lo había probado y decidió tomar un trago largo sin respirar. Cuando terminó cayó al suelo. Dijo que había sentido cada gota cayendo en su estomago hasta que todo colapsó. A todos nos hizo gracia y nos pareció un buen augurio.

El negocio mejoró en cuestión de semanas. Los oficinistas grises de los primeros días fueron multiplicándose y cediendo espacio a jóvenes estudiantes y turistas. Pudimos subir los precios y cobrar la entrada y compré un Ford 55 que utilizábamos los lunes y martes, los días que Valentina no cantaba, para escapar hasta Lake Tahoe. Lennon compró un Subaru vinotinto con el parabrisas roto. Lógicamente Beatles se convirtió en mi banda favorita, siempre había sido la banda favorita de Valentina, y compré para ella toda la colección en LPs. Cambiamos toda la decoración del bar. Incluso pude poner dos posters originales que compré en un almacén de coleccionistas cerca de Telegraph Hill. El público, con razón, amaba a Valentina. Había que verla sobre el escenario cantando canciones de todos los álbunes. Había que verla tomar el micrófono y decir “Bueno levántese todos para bailar una canción que era un éxito antes de que sus mamás nacieran” y a todos cantando, felices. También yo la adoraba. Era imposible no hacerlo. Le prometí que iríamos a New York en invierno y la llevaría a Strawberry Fields para que viera el mosaico que está en el lugar donde mataron a John Lennon.

¿Hay alguien que quiera escuchar la historia? Cuando vuelva a ver a Valentina, estoy seguro que será pronto, diré en mi defensa que nunca quise herirla y que no supe por qué las cosas pasaron así. Primero comenzó a molestarme su amigo Lennon, no sé por qué, porque él era un buen tipo y a pesar de que había tenido algo parecido a un romance con Valentina, ahora tenía un affaire con una casi niña que viajaba en autostop desde Portland y había conocido cuando ella pedía monedas a la entrada del McDonald’s de Market and Hyde. Se llamaba Britney y odiaba el pop, más bien le gustaba la onda Seattle. Digo esto para evitar molestas confusiones. De habitud no se la llevaba con Valentina pero un par de veces cantaron juntas. No, Lennon no era mi rival, pero sospechaba y llegué a sentir celos de cualquiera que se le acercara, empezando por los admiradores al final de cada concierto. Un día vi que Lennon tenía una pañoleta de colores que yo le había regalado a Valentina y él me dijo que la había encontrado botada en el bar y no sabía que era de ella. Discutimos un par de veces y por todo argumento a mi favor, dije que no era mi culpa si yo había nacido con una mente celosa. Las cosas habían cambiado, ya no hacíamos el amor todo el día como antes, aunque siempre me alegraba escucharla cantar a toda hora como una niña enloquecida antes de tiempo. Luego regresó Michelle, mi bella Michelle, dijo que le habían ofrecido algo bueno en Hollywood pero prefería regresar a mi lado. No le creí, su delgadez y sus ojeras daban testimonio de que había lidiado con el hambre, pero me hizo gracia que regresara.  Los celos con Valentina desaparecieron y ya no me importó más que saliera con quien quisiera. La quería, ciertamente una mujer que canta nunca se olvida, pero Michelle estaba atada por siempre a mi largo y tempestuoso camino. Intenté ser rudo con Valentina. Le dije que yo no iba a estar ahí siempre, que pensara por ella misma y simplemente sonrió y me dio la espalda. Hacia septiembre, un año después de conocernos y sin que nunca hubiéramos ido a New York como se lo había prometido, le pedí que regresara a su antiguo apartamento y aceptó sin ni siquiera preguntar por qué. Michelle ocupó su lugar en mi cuarto, pero Valentina seguía llegando a la hora en punto y cantando en las noches con la banda. Se enredó con Desmond Jones, él no sé por qué le decía Molly,  que le regaló un anillo de oro de veinte quilates y le prometía cuidarla hasta que tuviera 64 años, pero duraron juntos sólo un par de meses. Ella me lo contó todo. “¿Qué te hace pensar que me importa ?” le contesté “¿qué te hace pensar que eres algo especial cuando sonríes ?”.  Insisto, la trataba así sólo porque nunca podría dejar a Michelle y Valentina, pensaba yo en ese entonces, nunca sería más que la persona que yo llamaba cuando necesitaba a alguien.

Y finalmente se fue, dijo en su carta de despedida que partía hacia el norte con Lennon pero junto a la carta había un mapa del sur de California con varias ciudades y pueblos señalados sobre la ruta, desde Oakland pasando por varias ciudades del Bay Area, y luego Stockton, Modesto, Merced, Madera, Bakersfield. Todo hasta la frontera. Estoy seguro de que siguieron esa ruta y es más, estoy seguro de que Valentina dejó el mapa intencionalmente para que la siguiera. Quemé la carta, apagué las cenizas con Vodka y guardé el mapa pensando que podría servirme en el futuro. Michelle y yo la pasamos bastante bien entonces,  pero el prestigio del bar comenzó a decaer. Phil, Jo Jo y Johnny B. siguieron tocando canciones de Beatles pero muchas personas que frecuentaban el bar sólo por escuchar a Valentina dejaron de hacerlo. A pesar de eso no tuve que regresar a mi empleo en el hotel y pude conservar el Ford. Como a Michelle no le gustaba salir de la ciudad, mi automóvil permanecía mucho tiempo estacionado, al menos hasta ayer porque ahora lo alisto para un largo viaje de carretera. Fue una señal, alguien allá arriba o allá abajo nos habla con señales. Ayer lo vi en las noticias de la tarde. George Harrison había muerto, George Harrison, Valentina y Los Beatles. Sólo entonces comprendí que mi destino estaba atado al suyo, que nunca había amado a una mujer tangible por la manera cómo cantaba, que Valentina era la única y siempre iba a ser la única.

Michelle y Phil se encargarán del bar hasta mi regreso que imagino pronto. Tenemos recuerdos más largos que el camino que se me presenta. En un par de horas estaré cruzando el Puente de la Bahía, viajando a alta velocidad porque sé que en algún pequeño pueblo del sur Valentina me espera y sin quitar sus ojos de la autopista canta que habrá una respuesta, que hay que dejar que así sea.

 Por: Ricardo Abdahllah