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Eva Fel camina despacio. El calor cae hasta acariciar su
frente en un baile de playa y arena que hace olvidar la siesta. Las huellas de
sus pies no aguantan mucho tiempo el vaivén de las olas. De pronto, un perro le
ladra moviendo la cola y, detrás, Él, ni muy bajo ni muy colorado, pero el
demonio al fin. Sí, es el demonio en toda regla. “Hola, Eva, le has gustado a
mi perro y no es de los que se encariñan con cualquiera, te regalo esta
manzana”. Roja, jugosa, brillante, Eva muerde el fruto sin pensárselo dos veces
para caer rendida en un desmayo. El paseante de canes desaparece en un plisplás y medio tris. Los bañistas siguen soltando cartas, untándose cremas,
leyendo, jugando con la arena... ninguno ve a Eva en la orilla, sólo las olas
se ocupan de mecerla. Adán Despato corre por la orilla. La lluvia baja y sube
hasta tocar el horizonte iluminado por los últimos rayos de sol. Su sombra se
separa intermitente de su cuerpo ante la risa de las conchas. De pronto, un
perro le ladra moviendo la cola y, detrás, Él, ni mucho tridente ni muchos
cuernos, pero el demonio al fin. “Hola, Adán, no le haces gracia a mi perro y
no es de los que se llevan mal con cualquiera, le daré una de tus costillas
para cenar”. Sangre, goteo, densidad, Adán maúlla de dolor hasta caer aturdido
en un desmayo. El paseante de canes desaparece en un plisplás y medio tris.
Los amantes siguen soltando besos, untándose caricias, leyendo labios, jugando
con la espuma... ninguno ve a Adán en la orilla, sólo las olas se ocupan de
mecerlo.
Eva
y Adán, quizás soñando, quizás en su paraíso, seguramente inducidos por el
paseante de canes - el demonio al fin -, descubren, unidos en un abrazo, la
importancia del feldespato.
Por: Gonzalo López Cerrolaza
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