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1 de Septiembre, 2007
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Publicado el 1 de Septiembre, 2007, 13:58.
en minirelatos.
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La avenida sobrevive ruidosa a un domingo inusual.
El sol filtra en sus rayos aves rapaces que apuntan
directos al corazón.
Una duda existencial se eleva de las cloacas y los
autos, derretidos, asfixiados, aceleran el proceso.
Charly mira su reloj de bolsillo. Suspira a los perros
que pasean a unos dueños acicalados en salones de belleza, donde cuelgan
espejos que reflejan no más que a hombres que coleccionan relojes de bolsillo
pero nunca tienen tiempo. Charly consulta de nuevo las agujas. Inquieto. Frente
a él, diez plantas de gigantes balcones componen un imponente edificio ocre en
el que psicópatas románticos ven la televisión o riegan botánicos de plástico.
El hormigón oculta el blanco del sol: los pájaros se estrellan, la filosofía se
materializa en barro y toda la ciudad se colapsa. Chuchos asustados aúnan sus
lamentos a el placer de las prostitutas que también gimen como perras.
El aire se ha parado en las autopistas.
Las iglesias tocan a muerto.
Y Charly que conoce su hora, comienza a cavar su fosa,
porque a las 21:00 horas Europa estallará.
El sólo quiere una última onza de chocolate. Morir con
el dulce sabor del cacao y el sonido de Elvis tocando en todas las radios
federales.
Por: Sandra
Cámara
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Publicado el 1 de Septiembre, 2007, 13:34.
en General.
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Melancolía
Se quejaba el instrumento gimiendo las penas de su amo. Lloraba, y su lamento se ampliaba por las calles vacías y mojadas y por las ventanas se filtraba como fino polvo de aserrín. La gente, inquieta, percibía su sollozo y un estremecimiento, apenas perceptible, inundaba sus espíritus como presagiando algo, más, no sabían qué. Hasta que un día le encontraron en su casa, la guitarra
callada y él exánime. Nadie supo que funesto pájaro pudo anidar en el corazón de
aquel hombre de mirada triste y pelo níveo. Al paso del tiempo, alguien volvió a la casa y encontró la
guitarra; yacía sobre una silla y estaba vieja y repleta de polvo. Cuando trató
de asirla se deshizo, desintegrada por la carcoma, y el aserrín que de ella
fluyó se fue esfumando raudamente por cada resquicio de la casa hasta no quedar
nada. Después, ya en las calles vacías y mojadas, surcó el aire
como movido por un suspiro, - acaso el de su amo muerto-, y se introdujo por
las ventanas de los hogares del barrio. Llantos lastimeros y sollozos tristes se oyeron en todas
las viviendas aquella noche y todos supieron que lloraban porque la soledad les
había invadido el alma. Pero no entendieron por qué.
Entusiasmo
Miles de chispas multicolores
bordean tu cuerpo como mariposillas alocadas. Andas con una levedad celestial,
jubilosa, como si apenas tocases el suelo con tus pies. Tus ojos resplandecen y la aurora aparece en ellos,
esplendorosa y flamante, dispuesta a enseñarte el nuevo día colmado de dones. Tu sonrisa es radiante, tan ilusionada que contagias al
mundo entero y todo te parece maravilloso. No sé cuál es ese sentimiento tan sublime del que gozas
pero es hermosísimo. Pudiera llamarse felicidad si no fuera porque siempre está
en ti, innato y perpetuo. Pero no debe de ser ella porque dicen que la
felicidad no existe.
Rencor
Fue consumiéndose y tornándose su cara aguzada y
amarillenta y Martita comprendió que su madre languidecía de pena desde que su
padre ¡mal nacido!, las había abandonado. Y mamá fue adquiriendo cada vez más
el aspecto de una mantis y se pasaba las horas sentada en la cama, con las
escuálidas manos en posición de súplica, mientras Martita maldecía a su padre que las había dejado
y lloraba de pura rabia e impotencia. Un día apareció padre en la puerta, —según dijo había
vuelto para recoger unos papeles que necesitaba— y mamá levantó la cabeza y su
rostro se iluminó al verle, le preparó un rico estofado y él se quedó esa noche
a cenar, abrumado ante tanto agasajo. A la mañana siguiente, Martita entendió, al ver a su
progenitor tieso sobre la cama y con los ojos terriblemente abiertos, que, en
realidad, no era la pena sino el
resentimiento quién tiene forma de mantis.
Juntos de recreo
A amor le descubrí en el interior de la nívea rosa de un enorme rosal; en ese mismo instante un enamorado se fijaba en la flor y la desprendía para confiársela a su amada.
Tristeza se hallaba tras una sombría nube de invierno.Odio se sulfuró cuando fue manifiesto en los ojos de Don Héctor, el tirano alcalde del pueblo. Encontré a Alegría columpiándose en el sonido de la risa de una niña que jugaba. Deseo se ocultó en los carmesíes labios de Carmela; le sorprendí cuando una vehemente boca varonil se unía con ímpetu a los labios femeninos.
Compasión se había hilvanado entre las líneas de la mano temblorosa de una mendiga que limosneaba a la puerta de una iglesia. Miedo permanecía velado entre las sombras de los cipreses del cementerio. Desconfianza se ocultó bien en el corazón de un marido celoso y Simpatia se fusionó en la grata charla de dos amigos. Ilusión se había diseminado entre las páginas del cuento "Las mil y una noches".
Indiferencia, ni
siquiera quiso jugar con nosotros al escondite. Y yo, Entusiasmo, me apasioné sobremanera con el esparcimiento. Mañana
jugaremos otra vez.
Por: Dori Siverio Fumero.
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Publicado el 1 de Septiembre, 2007, 13:17.
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Las cosas más trascendentales ocurren en días
comunes y corrientes pero nadie piensa en ello. Tampoco el hombre que está
parado en medio de la plaza, en el cruce exacto de las diagonales. Es probable
que él no piense en ese detalle, le dijeron “en medio” pero tal vez no es
necesario ser tan riguroso. Los primeros transeúntes, los que salen a almorzar
antes que el resto, atraviesan la plaza de prisa. Algunos parecen detenerse,
pero su quietud no dura más que un par de segundos, lo suficiente para
amarrarse un zapato o recordar si la puerta de la oficina quedó cerrada. Lo
suficiente para hacer mentalmente y con errores una suma sencilla. Él es un tipo corriente. Cabellos encanecidos
prematuramente y gafas recetadas, redondas y de un color vinotinto apenas lo bastante
oscuro como para que no pueda decirse que son del todo transparentes. Nadie lo
mira. De hecho nadie mira a nadie. Cuando el reloj de la iglesia da el
mediodía, el hombre saca un cigarrillo y comienza a fumarlo. Al terminar, mira
la hora en su reloj de pulsera. Son casi las doce y el segundero sigue
corriendo. Se resiste a no creer en su reloj y le echa la culpa al de la
iglesia. Unos segundos después, a las doce en punto de su reloj, saca del
bolsillo una moneda que arroja al aire y deja caer sobre su mano izquierda. Sin
que sea posible para nadie más conocer el resultado de su lance de suerte, mira
la moneda y sonríe. Su rostro daría para pensar que su sonrisa sería parca,
casi un leve movimiento de los labios, pero sonríe ampliamente, como si el resultado
de la moneda le fuera de alguna manera favorable. La plaza comenzó a llenarse y sólo en ese momento el
hombre pensó que unos segundos antes, a pesar de los que pasaban, los que
habían salido de su trabajo antes de tiempo, podría decirse que la plaza estaba
vacía. Mientras la plaza se llenó de gente que corría desesperada para atrapar
el autobús (no para tomarlo, sino para atraparlo), el hombre jugó con algo que
llevaba en el bolsillo de su abrigo y alguien que pasaba, nunca supo quién sólo
escuchó la voz, le dijo que dónde diablos creía estar para tener puesto un
sobretodo en medio del calor pesado del mediodía. Era cierto, lo de estar
parado en la mitad exacta de la plaza podía ser casualidad pero lo del abrigo
era difícil de explicar y le preocupó que alguien se lo preguntara. Se quedó
pensando en una posible excusa y cuando se rindió sin encontrar ninguna, la
plaza estuvo de nuevo vacía. Lo seguiría estando hasta las dos en punto, cuando
la multitud de oficinistas la cruzaría de nuevo para regresar al trabajo. Él
conocía la plaza y sus movimientos y la precisión de esos movimientos, la
manera cómo sólo se llenaba por un par de minutos cada día. A las ocho, a las
doce, a las dos y las seis. El resto del tiempo era para jubilados y mensajeros
(un hombre de sombrero cruzando el parque con un montón de papeles bajo el
brazo) y algunos fotógrafos sin clientes que caminaban en círculo esperando
alguna pareja que quisiera fotografiarse frente a alguno de los pocos edificios
antiguos del centro. El calor hizo que para el hombre fuera imposible
mantenerse en el centro de la plaza. Entonces caminó hacia uno de los costados
y se sentó bajo el parasol de una
pequeña tienda de electrodomésticos. En el escaparate había varios televisores
encendidos, todos en el mismo canal. El hombre giró su cabeza, acomodándose con
dificultad para ver mientras esperaba. Era una telenovela y no podía seguir la
trama sin escuchar los diálogos. Se imaginó una historia de amor entre hermanos
de sangre y una muchacha pobre enamorada de un millonario, pero se detuvo en
ese punto para no distraerse más. Supuso entonces que cuando comenzara el
noticiero de la una, las imágenes, aunque mudas, serían más descriptivas. El reloj de la iglesia suena durante una pausa de
comerciales. Es la una en punto y aún falta la última escena, la que invita a
los televidentes a regresar al día siguiente. El hombre enciende un segundo
cigarrillo y tose tras la primera bocanada. En otra época, fumaba veinte
cigarrillos diarios, pero el doctor le había dicho que debía dejarlo. Entonces
decidió fumar un cigarrillo por hora durante el día y ninguno durante la noche.
Sigue siendo mucho pero es menos y a la larga da lo mismo. Él sabe, por la
expresión del doctor, que a estas alturas de la vida da lo mismo. Cuando
termina su cigarrillo y lo apaga sobre la acera (le cuesta algún trabajo
inclinarse), busca de nuevo la moneda. “Debería haber puesto cada cosa en un
bolsillo diferente” piensa, mientras sus dedos se enredan en la maraña en
apariencia simple que forman un encendedor, una caja de cigarrillos, las llaves
de un auto que nunca ha manejado y otro objeto que parece ser un radio pequeño.
Cuando encuentra la moneda, repite el ritual; pero su rostro al ver el
resultado es diferente, se ha producido un empate que le preocupa. El noticiero
comienza confirmándole que el reloj de la iglesia está adelantado. “Tiene
exactamente un cigarro de adelanto” piensa, y la ocurrencia le cambia el gesto
preocupado que tiene desde que vio el resultado de la moneda. Debe esperar una hora más. Puede quedarse viendo las
noticias que comienzan a hablar de inundaciones en pueblos de la costa donde
hace cuatro días no deja de llover, pero ahí, entonces, es un día hermoso como
para arruinarlo. Así que comienza a caminar mirando los edificios que bordean
la plaza. La mayoría son nuevos, construidos sobre los terrenos de casas
antiguas. Las construcciones viejas que sobreviven son bares y cafés que
aprovechan durante la noche el encanto remanente de antiguas mansiones. Todos
los edificios están vacíos a esa hora calurosa del mediodía. Cuando el hombre
termina de dar la vuelta (nunca se había dado cuenta de lo grande que era la
plaza hasta ese preciso instante), camina de nuevo hacia el centro. Esta vez su
ubicación no es geométricamente perfecta pero él supone que un par de metros no
significarán una gran diferencia. Al reloj de la iglesia le falta poco para
marcar las dos y la plaza está del todo vacía excepto por él, con su abrigo
anacrónico y absurdo. Si alguien, algún oficinista que gastaba su hora de
almuerzo sentado en la plaza, lo hubiera visto, supondría que a las dos en
punto repetiría la rutina del cigarrillo y la moneda, pero se habría
decepcionado al ver que esta vez saca primero la moneda. A las dos en punto,
ese oficinista volvería al trabajo (sería el primero en llegar pues de seguro
lo haría de acuerdo al reloj de la iglesia) y a las seis regresaría a casa y
comentaría en la cena la historia del hombre de abrigo parado en medio de la
plaza. Pero no, no hay ningún oficinista en la plaza y si
lo hubiera no regresaría a casa esa noche.
Cuando la moneda cayó sobre su mano, el hombre la
miró de reojo, como si no quisiera hacerlo. Vio el resultado y la dejó caer
sobre el piso caliente de la plaza. Dos de tres. Nada qué hacer. Nunca nadie
recogió la moneda. El reloj de la iglesia dio las dos y el hombre sacó su
último cigarrillo. Sabía que cuando lo terminara, en ese preciso instante,
serían las dos y la plaza estaría de nuevo repleta de transeúntes. El hombre
metió la mano al bolsillo, comprobó que las llaves del auto seguían ahí y se
preguntó de qué color sería. Buscó el encendedor, pero cambió de idea y lo que
hizo fue sacar el otro objeto, el que parecía un radio pequeño, y dejar que el
cigarrillo se deslizará de sus dedos y fuera a parar al lado de la moneda. “Qué
importa” pensó, “les diré que lo hice a las dos en punto y no era mi culpa que
hoy, precisamente un día tan común y corriente como hoy, todo el mundo llegara
con exactamente un cigarro de retraso”. Entonces el hombre estira la antena del pequeño
radio, la apunta al frente y luego de comprobar que la plaza sigue vacía, gira
sin vacilar la perilla roja. En toda la
ciudad, incluso más allá de ella, se escucha lo que con el tiempo llegará a
conocerse como el Gran Ruido.
Por: Ricardo Abdahllah
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Publicado el 1 de Septiembre, 2007, 11:32.
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Bajo la luz de las lámparas, los
objetos cotidianos adquieren un halo mágico, el cristal de las copas, la
porcelana de la vajilla, los cubiertos, lanzan destellos luminosos sobre los rostros de los
elegantes comensales, los manteles exhiben orgullosos el mimo a que son
sometidos después de cada comida por las ásperas manos de los sirvientes, caen impecablemente sobre el abismo de la mesa para depositarse
suavemente sobre las rodillas de esos seres humanos que, indiferentes a todo
ese que hacer cotidiano, se disponen a engullir unos alimentos por los que
pagaran un precio exorbitante, pero que consideran como una especie de sino
que los hace sentirse únicos,
privilegiados y que les permite saborear de antemano un sentimiento de
superioridad sobre los demás “pobres mortales”.
Y allí están, en un rincón del salón principal, junto a una ventana que les
permite admirar el bien iluminado y bien cuidado jardín, tres mujeres de cierta
edad, elegantemente vestidas para la ocasión, perfumadas, maquilladas y
peinadas, estudiándose mutuamente, analizando cada movimiento de las manos, del
cuello al girar la cabeza, la leve inclinación de la cintura al sentarse, el
gesto de la mano enjoyada retirando la servilleta, el aire mundano de sus ojos
recorriendo la estancia en una búsqueda disimulada de viejos conocidos.
Elena ronda los sesenta, exhibe desafiante cinco cirugías desde el torso hasta la cabeza, luce un traje
sastre rojo, un tanto clásico pero que se adapta maravillosamente a su cuerpo
recién esculpido por el bisturí de moda; en este momento está leyendo
atentamente el menú, repite en un susurro los nombres de los platos y se
pregunta si ese omelette estará tan espumoso como lo recuerda de aquellos
tiempos en que la abuela batía ruidosamente los huevos en la cocina de la casa
paterna. Marta, a sus cincuenta y ocho, luce como
una estrella de cine, un traje de cóctel color ocre muy escotado se ciñe a sus formas como un guante, ha
escogido un enorme collar de bisutería fina, terminado en una gran piedra
irisdicente que dirige todas las miradas hacía esa voluptuosa zanja entre pecho
y pecho. Sin embargo disimula muy bien las manchas oscuras de sus manos. Es una
lastima que tenga programada esa cirugía hasta dentro de seis meses. Marta
también lee el menú y se imagina una sopa tibia de verduras, con trocitos de
carne flotando al lado de trozos de zanahoria cocida, y tiritas de queso salado
sobre la superficie del plato, mientras el aroma a hierbas penetra suavemente
por su nariz. Beatriz, la más joven de ellas, siente un
especial placer al saberse nacida unos cuantos años después que sus amigas, eso
no quita que las quiera profundamente, al contrario le permite agradecerles esa
especie de afecto maternal que siempre le deparan. Ella ha escogido un top de
terciopelo azul marino y una falda de seda blanca que cae justo encima de sus
rodillas lo que le permite exhibir unas piernas aún firmes, sin ninguna vena
delatora, igualmente lee el menú pero no logra traer a su mente la imagen de
platos cotidianos, ni el aroma de especias amorosamente mezcladas, aquellos
omelettes, aquellos patès, fromages, vius, salades y demás “curiositès” son a sus sentidos como el
Esperanto, por eso no se decide, mientras lamenta su absoluta incapacidad para
entregarse a placeres nuevos, así que termina recurriendo a lo tradicional, una
ensalada, un caldo, dos o tres clases de queso y el vino… pues que aconseje el
camarero. Ahí están nuestras tres mujeres, las que
vemos al fondo del salón, las que se destacan como obras de arte en
medio de aquellos hombres sebosos forrados en trajes de fino paño. El susurro
de las conversaciones se confunde con el alegre tintineo del cristal, con el
efervescente gorgoteo del vino generoso cayendo en el vientre de las copas. Al cabo de un rato, el camarero trae los
platos, los coloca elegantemente delante de cada una de las tres mujeres y ni
la buena crianza, ni los rígidos modales impiden el gesto de desilusión de cada
de una de ellas al contemplar sus respectivos deseos.
En el Museo Moderno:
Manuel se retira prudentemente del lienzo.
Piensa que quizás viendo el cuadro a una distancia des-usual logre encontrar
algún sentido a aquellas manchas roja, ocre y azul marino, que parecen cambiar
de forma a medida que él cambia de posición, ya son mujeres, ya son manchas;
Ileana en cambio se acerca hasta casi rozar la superficie del cuadro con su
nariz.
- ¿Qué haces? le pregunta Manuel
- Es que creo que huele a comida, como a
tortilla, sopa de verduras o quesos…
Por: Gladys
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Publicado el 1 de Septiembre, 2007, 11:23.
en Hablando de....
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"Quien
pregunta si es cierto duda de la esperanza que guardas en tus
movimientos."
"Aunque no
quieran ya existo en vidas ajenas y en la mía propia."
"Con un
guiño cerró la conversación y la dulce sensación llenó hasta sus ultimos días
la ausencia del otro."
"Entra
y toma asiento, no tengas prisa por pedir la carta, disfruta de cada movimiento, olor, sonido, luz, ¡disfruta!"
“Se inundan las
manos y pierden su tacto, desaparecen cometas, nacen estrellas, las
jarras son libres y la tierra se humedece de sueños reflejados en su piel.”
Por: Charo González
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Publicado el 1 de Septiembre, 2007, 10:34.
en bogotá.
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Agosto 29 a Septiembre 10
A veces es bueno caminar hasta la acera de enfrente para tener otra visión de nosotros mismos y durante estos días pueden hacerlo quienes vivan o estén de paso por Bogotá. La Embajada de Brasil nos presenta una oportunidad unica de apreciar la poesía, las ideas, emociones y reflexiones de un continente en ebullición, porque los dramas, las vivencias, los anhelos y los sentimientos hablan el lenguaje universal de las minorias que aún sueñan en toda latinoamerica. A partir del 29 de agosto, disfrutaremos de una selección de películas brasileñas que han sido nominadas o premiadas en grandes festivales de cine de Brasil, Cannes, Soundance, San Sebastian, Toronto y Berlín. Afortunadamente podemos programarnos gracias a un sistema de exhibición que alterna salas comerciales o de ensayo así como horarios flexibles y oportunas repeticiones de las películas. Esta muestra se podrá apreciar en las salas Multiplex - Avenida Chile - C.C. Granahorrar; Embajador - Calle 24 6-01; Cinemateca Universidad Nacional Carrera 30 Cale 45; Sala Fundadores - Calle 22 5-85; Museo de Arte Moderno - Calle 24 6-00 y Cinemateca Distrital Carrera 7 22-79; para que nadie se pierda titulos como Deus é Brasileiro, del director Carlos Diegues, uno de los líderes del movimiento Cinema Novo; Os 12 trabalhos de Ricardo Elias; A máquina de Joâo Falcao; Dois filhos de Francisco de Breno Silveira; el gran documental sobre Vinícios de Moraes de Miguel Faria Jr; Antonia de Tata Amaral y O cheiro do Ralo (el olor de la rejilla) de Heitor Dhalia.
Mas información en: www.brasil.org.co
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