La avenida sobrevive ruidosa a un domingo inusual.

El sol filtra en sus rayos aves rapaces que apuntan directos al corazón.

Una duda existencial se eleva de las cloacas y los autos, derretidos, asfixiados, aceleran el proceso.

Charly mira su reloj de bolsillo. Suspira a los perros que pasean a unos dueños acicalados en salones de belleza, donde cuelgan espejos que reflejan no más que a hombres que coleccionan relojes de bolsillo pero nunca tienen tiempo. Charly consulta de nuevo las agujas. Inquieto. Frente a él, diez plantas de gigantes balcones componen un imponente edificio ocre en el que psicópatas románticos ven la televisión o riegan botánicos de plástico. El hormigón oculta el blanco del sol: los pájaros se estrellan, la filosofía se materializa en barro y toda la ciudad se colapsa. Chuchos asustados aúnan sus lamentos a el placer de las prostitutas que también gimen como perras.

El aire se ha parado en las autopistas.

Las iglesias tocan a muerto.

Y Charly que conoce su hora, comienza a cavar su fosa, porque a las 21:00 horas Europa estallará.

El sólo quiere una última onza de chocolate. Morir con el dulce sabor del cacao y el sonido de Elvis tocando en todas las radios federales.

 

Por: Sandra Cámara