Las cosas más trascendentales ocurren en días comunes y corrientes pero nadie piensa en ello. Tampoco el hombre que está parado en medio de la plaza, en el cruce exacto de las diagonales. Es probable que él no piense en ese detalle, le dijeron “en medio” pero tal vez no es necesario ser tan riguroso. Los primeros transeúntes, los que salen a almorzar antes que el resto, atraviesan la plaza de prisa. Algunos parecen detenerse, pero su quietud no dura más que un par de segundos, lo suficiente para amarrarse un zapato o recordar si la puerta de la oficina quedó cerrada. Lo suficiente para hacer mentalmente y con errores una suma sencilla.
Él es un tipo corriente. Cabellos encanecidos prematuramente y gafas recetadas, redondas y de un color vinotinto apenas lo bastante oscuro como para que no pueda decirse que son del todo transparentes. Nadie lo mira. De hecho nadie mira a nadie. Cuando el reloj de la iglesia da el mediodía, el hombre saca un cigarrillo y comienza a fumarlo. Al terminar, mira la hora en su reloj de pulsera. Son casi las doce y el segundero sigue corriendo. Se resiste a no creer en su reloj y le echa la culpa al de la iglesia. Unos segundos después, a las doce en punto de su reloj, saca del bolsillo una moneda que arroja al aire y deja caer sobre su mano izquierda. Sin que sea posible para nadie más conocer el resultado de su lance de suerte, mira la moneda y sonríe. Su rostro daría para pensar que su sonrisa sería parca, casi un leve movimiento de los labios, pero sonríe ampliamente, como si el resultado de la moneda le fuera de alguna manera favorable.   
La plaza comenzó a llenarse y sólo en ese momento el hombre pensó que unos segundos antes, a pesar de los que pasaban, los que habían salido de su trabajo antes de tiempo, podría decirse que la plaza estaba vacía. Mientras la plaza se llenó de gente que corría desesperada para atrapar el autobús (no para tomarlo, sino para atraparlo), el hombre jugó con algo que llevaba en el bolsillo de su abrigo y alguien que pasaba, nunca supo quién sólo escuchó la voz, le dijo que dónde diablos creía estar para tener puesto un sobretodo en medio del calor pesado del mediodía. Era cierto, lo de estar parado en la mitad exacta de la plaza podía ser casualidad pero lo del abrigo era difícil de explicar y le preocupó que alguien se lo preguntara. Se quedó pensando en una posible excusa y cuando se rindió sin encontrar ninguna, la plaza estuvo de nuevo vacía. Lo seguiría estando hasta las dos en punto, cuando la multitud de oficinistas la cruzaría de nuevo para regresar al trabajo. Él conocía la plaza y sus movimientos y la precisión de esos movimientos, la manera cómo sólo se llenaba por un par de minutos cada día. A las ocho, a las doce, a las dos y las seis. El resto del tiempo era para jubilados y mensajeros (un hombre de sombrero cruzando el parque con un montón de papeles bajo el brazo) y algunos fotógrafos sin clientes que caminaban en círculo esperando alguna pareja que quisiera fotografiarse frente a alguno de los pocos edificios antiguos del centro. El calor hizo que para el hombre fuera imposible mantenerse en el centro de la plaza. Entonces caminó hacia uno de los costados y  se sentó bajo el parasol de una pequeña tienda de electrodomésticos. En el escaparate había varios televisores encendidos, todos en el mismo canal. El hombre giró su cabeza, acomodándose con dificultad para ver mientras esperaba. Era una telenovela y no podía seguir la trama sin escuchar los diálogos. Se imaginó una historia de amor entre hermanos de sangre y una muchacha pobre enamorada de un millonario, pero se detuvo en ese punto para no distraerse más. Supuso entonces que cuando comenzara el noticiero de la una, las imágenes, aunque mudas, serían más descriptivas.
El reloj de la iglesia suena durante una pausa de comerciales. Es la una en punto y aún falta la última escena, la que invita a los televidentes a regresar al día siguiente. El hombre enciende un segundo cigarrillo y tose tras la primera bocanada. En otra época, fumaba veinte cigarrillos diarios, pero el doctor le había dicho que debía dejarlo. Entonces decidió fumar un cigarrillo por hora durante el día y ninguno durante la noche. Sigue siendo mucho pero es menos y a la larga da lo mismo. Él sabe, por la expresión del doctor, que a estas alturas de la vida da lo mismo. Cuando termina su cigarrillo y lo apaga sobre la acera (le cuesta algún trabajo inclinarse), busca de nuevo la moneda. “Debería haber puesto cada cosa en un bolsillo diferente” piensa, mientras sus dedos se enredan en la maraña en apariencia simple que forman un encendedor, una caja de cigarrillos, las llaves de un auto que nunca ha manejado y otro objeto que parece ser un radio pequeño. Cuando encuentra la moneda, repite el ritual; pero su rostro al ver el resultado es diferente, se ha producido un empate que le preocupa. El noticiero comienza confirmándole que el reloj de la iglesia está adelantado. “Tiene exactamente un cigarro de adelanto” piensa, y la ocurrencia le cambia el gesto preocupado que tiene desde que vio el resultado de la moneda.
Debe esperar una hora más. Puede quedarse viendo las noticias que comienzan a hablar de inundaciones en pueblos de la costa donde hace cuatro días no deja de llover, pero ahí, entonces, es un día hermoso como para arruinarlo. Así que comienza a caminar mirando los edificios que bordean la plaza. La mayoría son nuevos, construidos sobre los terrenos de casas antiguas. Las construcciones viejas que sobreviven son bares y cafés que aprovechan durante la noche el encanto remanente de antiguas mansiones. Todos los edificios están vacíos a esa hora calurosa del mediodía. Cuando el hombre termina de dar la vuelta (nunca se había dado cuenta de lo grande que era la plaza hasta ese preciso instante), camina de nuevo hacia el centro. Esta vez su ubicación no es geométricamente perfecta pero él supone que un par de metros no significarán una gran diferencia. Al reloj de la iglesia le falta poco para marcar las dos y la plaza está del todo vacía excepto por él, con su abrigo anacrónico y absurdo. Si alguien, algún oficinista que gastaba su hora de almuerzo sentado en la plaza, lo hubiera visto, supondría que a las dos en punto repetiría la rutina del cigarrillo y la moneda, pero se habría decepcionado al ver que esta vez saca primero la moneda. A las dos en punto, ese oficinista volvería al trabajo (sería el primero en llegar pues de seguro lo haría de acuerdo al reloj de la iglesia) y a las seis regresaría a casa y comentaría en la cena la historia del hombre de abrigo parado en medio de la plaza.
Pero no, no hay ningún oficinista en la plaza y si lo hubiera no regresaría a casa esa noche. 
Cuando la moneda cayó sobre su mano, el hombre la miró de reojo, como si no quisiera hacerlo. Vio el resultado y la dejó caer sobre el piso caliente de la plaza. Dos de tres. Nada qué hacer. Nunca nadie recogió la moneda. El reloj de la iglesia dio las dos y el hombre sacó su último cigarrillo. Sabía que cuando lo terminara, en ese preciso instante, serían las dos y la plaza estaría de nuevo repleta de transeúntes. El hombre metió la mano al bolsillo, comprobó que las llaves del auto seguían ahí y se preguntó de qué color sería. Buscó el encendedor, pero cambió de idea y lo que hizo fue sacar el otro objeto, el que parecía un radio pequeño, y dejar que el cigarrillo se deslizará de sus dedos y fuera a parar al lado de la moneda. “Qué importa” pensó, “les diré que lo hice a las dos en punto y no era mi culpa que hoy, precisamente un día tan común y corriente como hoy, todo el mundo llegara con exactamente un cigarro de retraso”.
Entonces el hombre estira la antena del pequeño radio, la apunta al frente y luego de comprobar que la plaza sigue vacía, gira sin vacilar la perilla roja.  En toda la ciudad, incluso más allá de ella, se escucha lo que con el tiempo llegará a conocerse como el Gran Ruido
.

 

Por:   Ricardo Abdahllah