7: 15 a.m. Se ha hecho un poco tarde. No importa. Rodolfo acomoda la última entrega del día en el fondo del pequeño baúl de su ¨Yamaha DT ¨ y coloca los sobres y demás encargos encima. Los porteros le ofrecen un tinto. Rodolfo no lo acepta y agradeciéndoles afirma su mano derecha sobre el acelerador. El portero entiende el mensaje y se apresura a levantar la vara.

Mientras Rodolfo atraviesa la ciudad desde el extremo más norte de Bogotá, planea el recorrido del día. Primero el San Bartolo en el centro.

- por la séptima o la autopista.

 

Se decide por la segunda. Calcula llegar a las 8:00 a.m.; dejará la motocicleta en la 6º con 12 para luego poder desayunar en el restaurante de Giraldo, paisa de nacimiento y rolo de corazón.

Luego, consignación en Colmena de la Jiménez con 7º, donde tiene que recomendarle la moto al celacho pues no hay parqueadero.

Después buscará la Av. 19 y le dará la espalda al sol mañanero hasta tocar la carrera 30 para terminar ahora en la U. Nacional. Luego la Hemeroteca, un poco más cerca y, después, la Embajada Alemana. Cerca del mediodía y con un poco de suerte logra entregar un sobre en el centro 93.

Conforme con lo logrado en la primera mitad del día. Rodolfo almuerza en el restaurante de Doña Vicky de la 14 con 92 donde ya lo conocen y hasta le fían.

Cerca de las 4:00 p.m., Rodolfo descubre complacido que sólo le falta un paquete por entregar. Es la entrega más importante del día: ¨Dr. Holger Pahde TenKate. Biblioteca el Tintal¨.

-               Está en una reunión.

Se desocupa en media hora (dice la secretaria de acento valluno). Si quiere déjelo o vuelva mañana.

-               Mejor yo lo espero ...puedo dar una vuelta mientras

tanto?

-               Sí, claro

 

Ahora Rodolfo escarba curiosamente entre los estantes del segundo piso. Le parece muy extraño que el espacio de la biblioteca tenga una atmósfera tan industrial y acogedora a la vez.

Pasa su mano derecha lentamente sobre el lomo de los libros, hasta que en un momento su tacto le incita a tomar uno de ellos. Rodolfo esboza una ligera sonrisa al pensar en la fuerza que tiene el lenguaje de los dedos. Es un libro muy viejo, tiene esa fragancia extraña que sólo tienen los libros viejos. La tapa es de cuero con dibujos en letras doradas, al igual que los bordes de cada página. Se adivinan tres cintas rojas que asoman la punta por un borde. El título: ¨ La Princesa sin reflejo ¨. Rodolfo abre el libro movido por una extraña curiosidad. Lo acerca a su rostro y lo vuelve a oler, esta vez lenta y profundamente.

Se incorpora luego de un momento y comienza a leer. El libro cuenta la historia de una princesa que víctima de un hechizo ha sido condenada a vivir eternamente sola en un gigantesco castillo con la imposibilidad de poder volver a ver su reflejo en espejo alguno. La princesa entonces se dedica a deambular sin descanso por los corredores y escalinatas del castillo - cargando en una pequeña mochila de lana un pequeño libro y varias hojas de papel de colores - tratando de encontrar cualquier motivo para vivificar su desolada existencia.

-               Que triste forma de vivir.

Interrumpe una voz cálida y tranquila.

Rodolfo entre sorprendido y asustado contesta:

-               Usted de verdad cree que ella está triste?

-               Ohh, claro que lo está, la soledad es muy triste cuando pasa de ser un estado del alma a convertirse en el alma misma.

La mujer que ahora Rodolfo contempla con más detalle es hermosísima. Sus cabellos rojizos y ensortijados caen suavemente sobre sus hombros desnudos. Su cara es limpia y graciosa. Tiene su mirada el brillo de los ojos de un niño ingenuo que acaba de cometer una travesura y no quiere ser descubierto y su voz es como una estocada de energía en el centro del pecho.

Ella deposita un pequeño libro en el estante.

-               pero dicen que la soledad permite encontrarse con

uno mismo, replicó Rodolfo extasiado por la belleza de la mujer

-               Es sólo un primer paso - contesta -; para aprender a

conocerse a sí mismo es necesario reconocerse en los demás, de lo contrario no existiríamos.

Rodolfo se sintió fascinado por las palabras de aquella mujer, tanto que ni el mismo podía articular una sola en este momento. Así que se vino ahora un silencio prolongado y extraño. Extraño porque no resultaba incómodo. Por el contrario era un silencio placentero  y exquisito. Parecía que los dos lo disfrutaran por igual.

En este instante una voz algo lejana interrumpió aquel trance:

-    El Dr. Pahde lo puede atender ahora.

Rodolfo que desvió su mirada hacia la secretaria de acento valluno, cuya espalda desaparecía ahora por el rellano de la escalera, se sorprendió al comprobar que la mujer de cabellos rojos había desaparecido.

Inquieto Rodolfo la buscó inútilmente por la biblioteca hasta que  - un poco cansado - se rindió y busco la oficina del Dr. Pahde  que le aguardaba.

Realizada la diligencia, Rodolfo indagó sobre el nombre de la muchacha de los ojos de papel con los otros trabajadores. Sin mucho éxito regresó al segundo piso por el libro de la princesa. Lo tomó y justo cuando se disponía a marchar, vio un pedazo de otro libro que se asomaba tímidamente entre los demás. Recordó entonces que la mujer con quien había hablado antes lo había colocado en ese lugar. ¨Origami¨, era el título del pequeño libro y Rodolfo ansioso buscó el tarjetero en la segunda solapa y pudo descubrir su nombre: ¨G. Cristina S. P. Di R.¨.

Tomó los dos libros, firmó el tarjetero, se despidió de la secretaria y luego, montado sobre su Yamaha, volaba pensando en Cristina, la mujer con cabeza de fuego fatuo y voz de leño ardiendo. Mañana volvería a buscarla, volvería por ella. Sería capaz de decirle lo hermosa que era y lo mucho que la amaba. Sí, la amaba. Rodolfo había estado buscando a esta mujer por mucho tiempo. La veía en las calles, en los semáforos, en los andenes, la veía en las fuentes del Parque Nacional jugando con los niños, caminando alrededor del poliedro de Maloka y tomando fotos a los turistas que de paso también se enamoraban de su mirada juguetona, la veía trepada en la cima de las vigas circulares del Chorro de Quevedo contándole cuentos  a las estatuas de piedra. Sencillamente la veía en todas partes, no porque Cristina fuera omnipresente, sino porque ella, Cristina, estaba tatuada en el arco de sus ojos; sólo que antes la tenía tan cerca que no la podía ver, ahora que la había contemplado de lejos podía comprenderlo todo.

Rodolfo que era un tipo muy tímido siempre había sentido miedo de no encontrar a la mujer de sus sueños, pero aún más de encontrarla y no ser capaz de decirle cosa alguna. Así que la enfrentaría y le diría todo lo que había querido decirle toda su vida.

Al día siguiente, Rodolfo centelleaba por las calles capitalinas. Quería terminar rápido. Había preparado su discurso toda la noche frente al espejo y estaba listo.

El almuerzo lo cogió en Chapinero. Conocía un pequeño restaurante diagonal al Parque De Lourdes.

-               Bandeja de pollo o mojarra frita?

-               Bandeja de pollo, por favor y me regala una Pony Malta

El restaurante tenía un odioso espejo gigante que cubría toda la pared justo enfrente de la mesa de Rodolfo. Terminado el almuerzo saco de su mochila el libro de la princesa. Entre sus páginas encontró un pequeño pájaro de papel rojo que no había visto antes. Sin darle importancia retomó la lectura. La princesa paseaba ahora por el jardín de rosas. Jugueteaba con las aves y mariposas que se le acercaban sin ningún temor. Daba pequeños brincos jugando al ritmo que marcaba un pájaro carpintero sobre el árbol de sauce. La princesa tenia un aire infantil que encantaba. Se vestía con blusitas campesinas y faldas amplias y delgadas que dejaban ver a trasluz sus delicadas piernas. No usaba zapatos nunca, no los necesitaba. Rodolfo jugo a imaginar a la princesa y la vio de cabellos rojos, imaginó con más fuerza y la vio de cara limpia y graciosa. Pudo ver que el viento atrevidamente intentaba levantarle la falda y maldijo al viento por descortés. Rodolfo miraba el espejo fijamente sin mirar. Tenía los párpados abiertos pero su mirada traspasaba el espejo y trascendía a otra dimensión, la dimensión  de los cuentos de princesas y brujas malvadas. El sentirse observado lo obligó a salir de su entropía y lo regresó a la realidad, para descubrir que ahora, justo en este momento, justo en este lugar, justo en frente suyo, tenía tal y como aparecía en su sueño hacía solo un instante a Cristina jugando con el pájaro de papel.

-               Parece que interrumpo algo importante - dijo ella.

Rodolfo se había quedado mudo

-               Tranquilo, relájate, no tengas miedo. No se puede

sentir miedo y amor por la misma persona.

     Rodolfo estaba al borde del colapso

Cristina tomó un trozo de carne del plato de él y se lo llevó a la boca muy despacito, tanto que para Rodolfo el tiempo se detuvo y el pedazo de carne quedó inmóvil  a tan sólo unos pocos centímetros de sus labios. Así quedaron durante varios minutos inexistentes, ella completamente quieta, como una estatua de porcelana, él hipnotizado por su belleza. Lo único que parecía moverse eran las pupilas de los ojos de Cristina que tiritaban como si tuvieran frío, ondulando como esas estrellas pequeñinas que en el cielo sólo se pueden ver si uno las mira muy atento.

Y Rodolfo, que sentía que podía moverse y acercarse y, porque no, rozar su mano contra sus mejillas y acariciar su pelo de tierra, estaba más quieto que ella, inmóvil de fascinación. Tomó fuerzas para hablar, pero... algo pasaba ahora.

 

     ¨Dicen que cuando encuentras el amor de tu vida, el tiempo

se detiene. Y es verdad. Lo que no dicen es que cuando el tiempo corre nuevamente, lo hace muy rápido para recuperar lo perdido¨

Así, Rodolfo, sin haber dicho lo que quería decir, vio que todo se movía muy rápido, a tal punto que nada pudo hacer cuando Cristina, como en una escena de película muda, tragó velozmente su pedazo de carne, movió los labios velozmente y velozmente se levantó de la silla y desapareció entre la confusión, llevándose consigo el pájaro de papel.

Impávido, Rodolfo, ya no podía articular ni siquiera un pensamiento. Sólo atino a tomar el libro, pero se entristeció al no encontrar a la princesa, que ahora dormía en la habitación de la torre más alta. Parecía que la princesa y Cristina se hubiesen puesto de acuerdo para descansar, o tal vez, para que él descansase. Guardó el libro en la mochila y un pedacito de papel azul que sobresalía entre las páginas capturó su atención. Lo tomó y descubrió una mariposa de papel de una belleza fantástica. Movido por la inquietud, Rodolfo decidió buscar a Cristina y hablar con ella en persona. Buscó la ruta del Tintal y una vez en el sitio preguntó afanoso por su amada. Desconcertado, comprobó que nadie la conocía. No trabajaba ni había trabajado allí nunca. Su descripción no coincidía con la de ninguna persona conocida en la biblioteca. Con las manos vacías, regresó a casa.

 Al entrar la motocicleta al garaje, Rodolfo se acicaló, mirándose en el espejuelo izquierdo de la moto. No quería que lo vieran abatido. Acercó su mano derecha al interruptor de la pared sin dejar de ver su reflejo para conseguir un poco más de luz y cuando lo apretó se encendió una luz increíble que iluminó hasta el rincón más apartado del lugar, como si en cambio de encender la bombilla hubiera encendido el sol. Y la sintió cerca nuevamente, pues era ella quien iluminaba la habitación con su sola presencia.

-               Cristina, yo...  Rodolfo intentó decir algo pero la suave mano de Cristina se posó en sus labios obligándolo a callar.

-               Me das un vaso con agua, por favor? . Dijo ella.

El asintió con la cabeza, acomodó la moto y trajo el vaso con agua. Cuando regresó, Cristina sostenía entre sus manos la mariposa de papel. Tomó el vaso y bebió la mitad, bajo la mirada inquieta de Rodolfo y quizá por esta razón se puso algo nerviosa y dejó caer el vaso que extrañamente no se rompió. Él, gentilmente se agachó a recogerlo y cuando lo hizo pudo ver sus pies desnudos. Le parecieron hermosos. Eran pequeños y rosados como los pies de las geishas japonesas. Se levantó y se dio vuelta para colocar el vaso sobre el desván, giró nuevamente hacia Cristina y ya no estaba allí. Rodolfo salió corriendo a la calle con la esperanza de encontrarla pero tal y como lo presentía había desaparecido.

Rodolfo, está ahora tirado en su cama con la vista puesta en el techo. No deja de pensar en Cristina y el misterio que la envuelve. Así que se pone a la tarea de recordar cada detalle de lo sucedido las últimas 48 horas.

Rodolfo no entiende, de qué manera Cristina aparece y desaparece en el lugar menos esperado, no entiende tampoco como puede caminar descalza por toda la ciudad y moverse tan rápido. Porque - piensa Rodolfo -, una cosa es caminar descalzo sobre el pasto del jardín y otra muy diferente hacerlo en el duro concreto de Bogotá. De repente el corazón de Rodolfo lo levantó de un brinco al tiempo que lanzaba un grito que se confundía entre el júbilo, la sorpresa, el desconcierto y la tristeza. - Pero, sería posible?, se preguntaba Rodolfo, sería posible que la princesa del cuento y Cristina fueran la misma persona?. Tomó presuroso el libro, las manos le temblaban y sudorosas le impedían pasar las páginas. Rodolfo buscó a la princesa por todas las páginas, pero no la podía encontrar, ni siquiera en los capítulos que ya había leído. Todo resultaba tan absurdo y deteniéndose un momento decía en voz alta que no era posible, que no podía ser, que Cristina era tan real como cualquier otra cosa real sobre la tierra, los dedos que tocaron sus labios en el restaurante eran reales, la boca que bebió del vaso en su garaje era real, los pies pequeños que tuvo tan cerca no podían ser una fantasía. Volvió los ojos al libro nuevamente y de entre sus páginas se resbaló hacia el suelo una pequeña rosa de papel amarillo. Rodolfo la recogió y la apretó fuerte entre sus manos. Encontró un capítulo en el cual la princesa olvidaba el librillo que siempre cargaba en la mochila. La primera página estaba abierta. En letra muy grande decía ¨Origami¨ y más pequeño escrito a mano ¨Gala Cristina Sofía Piovasco Di Rondo. Vio su propia silueta dibujada en el viejo espejo de tres caras de su habitación y lo entendió todo. Rodolfo entonces sacó el libro de Origami que Cristina había dejado en la biblioteca y que él había tomado. Se acercó a la ventana y lo miró con una ansiedad tranquila, de la misma forma que un niño abre su regalo de Navidad con la certeza de lo que va a encontrar, y encontró en el libro al pájaro carpintero, a la mariposa azul y la rosa amarilla y una risita curiosa se escuchó desde algún rincón de la habitación y el libro que parecía temblar se cayó al suelo y empezaron a brincar de él pájaros carpinteros de muchos colores, y mariposas y rosas en una lluvia policroma que inundó la habitación de luz. Y la risita se hacía más fuerte y Rodolfo sintió la presencia de alguien, alguien que parecía estar en todos los recovecos de la habitación al mismo tiempo y vio un reflejo que pasó fugaz por el espejo y luego por la pantalla del televisor y después por el vidrio de la ventana. El cuarto de Rodolfo estaba tan lleno ahora de aves, insectos y flores que fue necesario abrir la ventana que daba a la calle y enseguida todos estos seres de luz salieron en desbandada hacia el vacío de la noche que ahora se iluminaba con su presencia. La habitación pronto quedó vacía. Rodolfo apoyo sus brazos cruzados sobre el marco de la ventana y pudo ver a Cristina, que esperaba no sé qué en medio del jardín. Llevaba una blusita campesina de encajes y una falda larga de tela delgada que le llegaba hasta los tobillos dejando al descubierto sus pequeños pies desnudos. Su pelo rojo lucía ahora más brillante y más brillantes aún sus pequeños ojos de niño asustado que lo miraban fijamente y le susurraban en silencio palabras bonitas, palabras de agradecimiento, palabras de amor.

Cristina se dio vuelta luego de un gesto de despedida y la brisa que ahora comenzaba a soplar la desintegro lentamente como a un castillo de arena.

Rodolfo se quedó largo rato en su ventana. Estaba triste, pero era una tristeza bonita. Tomó el libro de la princesa y quiso saber el final. Un cuento de princesa siempre debe terminar como terminan los cuentos de princesa, sin embargo el final de este cuento no existía, las letras de la última página estaban deshechas como si la tinta se hubiese corrido o como si el viento la hubiera desintegrado como a un castillo de arena.

 

Han pasado ya tres meses, Rodolfo está instalado en el pulguero de Usaquén donde atiende un pequeño puesto de artesanías que el mismo fabrica. Vende de todo un poco: cadenas, manillas, platos decorados y figuras de papel en origami, también vende libros viejos a precios bajos. Todos los títulos son de cuentos de hadas, princesas y criaturas fantásticas. También vende un libro de cuentos que el mismo escribió. el cuento con el cual se abre el libro se llama El Espejo.

Todas las tardes, cerca de las 05:00 p.m. Rodolfo levanta sus corotos y atraviesa la ciudad todos los días por una ruta distinta esperando encontrar en alguna esquina, en algún parque a alguien que se le perdió. Cuando llega a su casa, solo, se contenta con saber que en aquella historia él fue el heroico príncipe que montado en su brioso corcel metálico liberó a la princesa de las garras del dragón del olvido y la soledad.

Todas las tardes, cerca de las 07:00 p.m. Rodolfo va a la cocina y toma un vaso de vidrio que guarda con especial recelo y lo coloca bajo el grifo y ve flotar un beso en el agua.

 

Por: J.J.ORTEGA