- ¿Y qué hace toda esa gente allí?

    - No lo sé. Mejor nos vamos, no me gustan las multitudes.

    - ¡Pero a mi si! Me encanta ese vaho de humanidad que exhalan.

    - Tú no debes perder el tiempo con esas tonterías, debes centrarte en ti únicamente, en lo qué eres, preocúpate de tu tiempo y no pienses en lo que hacen con él los demás.

    - Bueno no creo que lo usen para ponerse unos delante de otros sin ningún propósito específico. Espera, por lo menos déjame acercarme un poco a ver si escucho algo interesante en sus conversaciones.

    - Bah, no hablan más que de tonterías, que si hace calor, que si las lluvias llegan siempre a destiempo, que tienen que pagar la hipoteca de la casa o llevar a los niños a clases de piano cuando ni siquiera les gusta la música.

    - No creo que sean tan tontos.

    - No. Y más, no te imaginas la infinidad de variantes sobre el mismo tema que esgrimen, quizás lo único recuperable son sus sueños, pues ahí pierden el control y eso deberías tenerlo claro, para eso estás aquí.

    - Pero cómo voy a absorber sus sueños sin conocerlos al menos un poco.

    - Está bien, después no quiero reproches. Anda, métete en la fila aquella, parece ser la más animada.

    Sintió el escalofrío de la separación, la vio caminar hacía ellos mientras intentaba componer un poco sus cabellos para parecerse a la señora que hablaba con una anciana al final de la larga fila de seres que desde tempranas horas de la mañana aguantaban la gélida llovizna de la temporada.

    Entretanto él, para no caerse y mientras su cuerpo recuperaba la energía necesaria, se apoyó en el quicio de un ventanal y desde allí observó como su mitad se integraba con la comunidad, imaginó que en esos momentos ella estaría captando sus voces para que cuando necesitara hablar no le saliera ese pitido estridente con el que estaba dotada, recordó los ejercicios para mover los globos oculares a un ritmo tan vertiginoso como en el de los sueños y reconoció que su mitad tenía una rara habilidad para imitarlos, lo conseguía siempre a la primera, en cambio a él le costaba más trabajo, en realidad, y eso había que reconocerlo, era que necesitaba esa parte de su ser para tener consistencia, ahora mismo, si no se sostenía contra la pared, seguramente se escurriría y se iría irremediablemente por la alcantarilla.

    Así que se aferró al muro y se entretuvo buscando algo a lo que atarse pues de repente un viento recio empezó a azotar aquella parte de la ciudad, primero empezó como una leve brisa que poco a poco cobró fuerza formando un remolino en la esquina del cruce de las dos avenidas en dirección hacía donde se hallaba su otra mitad y a medida que avanzaba iba ganando más fuerza, una fuerza que volvía los paraguas al revés, levantaba las faldas y abría las chaquetas de paño húmedo, ondeaban las perneras de los pantalones y elevaba papeles a su paso. Sintió una especie de nudo en su centro gravitacional, una sensación bastante aguda que lo hizo volver de revés a él también, como a un mísero paraguas, y de no ser por un cosquilleo interior que lo obligó a relajarse sin oponer resistencia, quien sabe donde hubiera ido a parar. Al poco rato el viento desapareció, el color del cielo volvió a ser azul y un aroma a azahar invadía el ambiente… trató de recomponerse, de ajustarse a la imagen anterior y cuando lo logró, la gente había desaparecido, no había ni rastro de los seres que antes estaban haciendo cola, solamente se veían las ventanillas y en algunas de ellas colgaban letreros de “fuera de servicio”.

    Una especie de pelota de pelos empezó a crecer en su centro, dudaba entre ir a preguntar por su otra mitad o esperar a que desapareciera  la parálisis que le provocaba la dichosa pelota esa. ¿Qué hacer primero? ¿Eliminarla o soportarla mientras alguien le daba razón de su otra mitad?

    Se acercó a la ventanilla y llamó la atención de una señorita rubia que al parecer estaba ya cerrando. Intentó hablar, pero de su boca solo salieron gruñidos ininteligibles.

    - Vuelva mañana temprano – le dijo la señorita rubia.

    - ¿Qué? se preguntó pero las palabras no le salieron.

    - Que vuelva mañana – repitió un poco a la ligera la chica y no olvide traer todos los papeles, si no perderá su tiempo.

    - ¿Papeles? No tengo ninguno – pensó – y ahora ¿cómo hago para demostrarle a la gran autoridad qué ha pasado con mi otra mitad?

    No sé movió, dejó que pasara el tiempo, se escurrió hasta el anden y esperó al lado del poste hasta que la luz del sol la secó.

    Entre tanto su otra mitad iba pegada en la espalda del sweter de una mujer mayor que caminaba de prisa para no perder un autobús atestado de gente, la mujer corrió en un  desesperado esfuerzo y gracias a la buena vista del chofer, que la alcanzó a ver por el espejo retrovisor y la esperó. La mujer ya sin aliento logró subir los escalones del vehículo, pago su importe y empezó a abrirse paso por la mitad de éste que estaba demasiado lleno de gente, finalmente a punta de codazos y de susurrantes disculpas logró hacerse un hueco en la parte trasera del autobús, sin embargo, con el roce de la gente, con los empujones y apretones, la silueta marcada en la espalda de su sweter fue desapareciéndose al contacto con el vaho de la humanidad.


Por: Gladys