Una de las mejores cosas de estar viva, es encontrarte con personas originales, valientes,  felices habitantes del mundo que han sabido crearse a mano y poquito a poco. Ese es mi sentimiento cada vez que veo una película de Tim Burton. Me gusta, me gusta que existan personas así y disfruto mucho de sus obras, aunque ellos jamás sepan de mi.

El universo Burton está lleno de personajes auténticos, que se mueven libres en un escenario ilimitado en el que el miedo al futuro, la angustia existencial, los problemas cotidianos son semejantes a piedras en el camino a las que no hay que hacerles la menor concesión. El personaje cumple rigorosa y fielmente su destino dejándose el alma en ello sin remordimientos ni complejos. ¿Por qué no puede disfrutar del amor una novia cadáver, o un chico con manos de tijera? ¿Por qué no Willy Wonka, a pesar de su desmesurado aparato dental no tiene derecho a ocupar un lugar dentro del mundo?

No voy a referirme a sus personajes o a sus historias, más bien quiero hablar de una constante universal, que a todos nos toca y es la actitud con la se enfrenta la vida, no importa las circunstancias, los problemas, inconvenientes o dificultades, estamos en la vida y debemos vivirla a toda costa procurando, por encima de todo, ser felices.

Ojalá podamos seguir asomándonos a esos universos burtonianos por mucho más tiempo y que el León de Oro, que le fue otorgado en Venecia, el  pasado 5 de septiembre, sea el símbolo bajo el que nos cobijamos todos sus seguidores: el agradecimiento colectivo a toda su obra.

Por: Ágata