¡Ya! éste es el momento. No puede dudar más.

Incorporó un poco la cabeza y no lo vio por allí, tomó aliento, se relajó y empezó a despegarse de la página. Se deslizó por las patas de la mesa, empezó a arrastrarse sobre el piso hasta salirse por debajo de la puerta. Miró la calle. Los árboles, la amplitud de la avenida le regocijaba el alma. Debería salir a la calle más a menudo. ¿Por qué no lo hacía en vez de conformarse con dormir tanto?

Pensó en él, a esa hora estaría mirando el techo angustiado; los restos de comida, esparcidos por el suelo, yacerían junto a los libros, las colillas de cigarrillos o sus esqueletos chamuscados ofrecerían a sus labios ansiosos un último placer. Ella, entretanto retardaba el momento de volver. La calle la retenía, la embrujaba, podría caminar la noche entera de arriba abajo y no se cansaría de esa imagen, de esos aromas, de las luces y el aire que bailaba ante sus fosas nasales. Uno debería alimentarse de calles, saborearlas, deglutirlas una y otra vez.

Él, debe haberse cansado del techo y ahora estará boca abajo, oprimiendo su sexo contra las sábanas sucias, quizás me eche de menos.

Se detuvo debajo de la farola para bañarse con su luz. Encendió un cigarrillo. Un cigarrillo entero - pensó -  y no las colillas de él. Deja que la ducha de luz la ilumine mientras  paladea el humo. Con la punta de los dedos contempla el filtro amarillento, luego, iba a tirarlo a la calle pero se avergonzó de darle ese destino a las cenizas de su placer. Se agachó y lo dejó en un rincón al lado del andén.

Caminó unas cuantas cuadras, los letreros luminosos eran menos frecuentes y su silueta ya se bañaba de luz, ya se sumergía en la oscuridad de la calle. Las piernas obedecían gozosas, casi agradecidas por ese paseo nocturno. Que diferencia. ¡Esto es vida! ¿Cómo pudo pasar tanto tiempo atrapada en esa página? Es verdad que a veces esa situación le daba la oportunidad de escuchar ciertas aventuras,  ciertos diálogos que lograban traspasar la barrera de lo convencional y se le metían en los recovecos de su cerebro. Entonces agradecía esa inmovilidad y se olvidaba de los calambres y de la voz del hombre.

Caminó y le pareció que revivía, que alguien caminaba a su lado, que alguien le susurraba al oído que estaba linda esa noche, que ya no estaría nunca más sola.

Buscó una cafetería, un bar, algún sitio donde pudiera sentarse y calmar ese fuego que la desasosegaba. Casi corrió por la calle, su mente repasaba los detalles de todo lo que sentía en esos momentos para no olvidar nada. Era imperioso que grabara cada una de esas emociones, cada temblor de la piel, cada pelo erizado, cada estremecimiento, cada roce de sus piernas… todo debía quedar guardado tal y como lo había sentido. Antes de que él…

La mano de él oprimió la tecla supr. Inmediatamente su imagen desapareció de la pantalla. Nadie supo jamás de ella.

 Por: Gladys