Transcurría la mañana del catorce de abril; el sol se encontraba oculto por dos nubes grises que en cielo se besaban, pero sin embargo generaba un calor sofocante, que se inmiscuía entre las persianas del apartamento de Simón. La sábana se encontraba en la parte baja de la cama, acoplada a su pierna izquierda, dejando descubierto el resto del cuerpo. La esquina del cuarto, justo antes de la puerta, era el único sitio que permanecía frío y oscuro. Dos movimientos espasmódicos y se encontraba sentado en su cama con la cabeza agachada y ocultando el rostro con sus pesadas manos, los pies descalzos acariciaban la lisa y fría madera.
El camino al baño fue más difícil de lo que se suponía; sin encontrarse totalmente despierto, palpaba las paredes, construyendo el camino en su mente. Una mirada endeble hacia el espejo para comprobar su existencia; se preparaba para su habitual rito de acicalamiento. La afeitadora cruzaba los surcos de la barba trasnochada en forma ondular, arrastrando consigo el jabón; a cada movimiento le seguía una sacudida de tres golpes sobre el aguamanil, inundado de jabón y agua con el grifo al máximo.
Afuera se oían gritos extraños, al principio parecía un mujer pidiendo auxilio, después un niño invocando a todo plumón a su madre; solo se dio cuenta que eran los ladridos de un perro píncher cuando levanto las persianas, para recibir el sol que separaba las dos nubes lesbianas. Preparó su traje gris para acudir a la cita donde sería cruelmente masacrado por una daga, escondida en forma de crucifijo.
Cerró la puerta con llave, percatándose con un empujon leve que hubiese quedado bien cerrada. Empujando la puerta de cristal, lo golpeó la brisa que arrastraba talegos y hojas secas por el corredor de la calle. Caminó acurrucado con las manos en el bolsillo, rozando con las yemas de sus dedos, los cigarrillos y las llaves.
En el restaurante Pasta Rosso Sangue se encontraba Dalila esperándolo; miraba su reloj, con la palma extendida y la muñeca frente a su nariz, de forma mendiga. Abrazaba su cartera, comprobando que traía el crucifijo. Le pidió al mesero una agüita de hierbas mientras destapaba su valeriana. Más allá las palomas despelucadas de la Plaza Núñez, se peleaban por un trozo de almojábana que les lanzo un pequeño. A cada abierta y cerrada, de las puertas de la cocina, se escapaba un humo frágil con olor a spaghetti y  boloñesa. Los cocineros escupían un plato de ravioles de una señora que había pedido que se lo cambiaran. Dalila intentó prender un cigarrillo, pero fracasó al comprobar que su mechero se encontraba vacío.
Simón doblaba la esquina, para introducirse en el Parque los vendedores, a dos cuadras de la Plaza Núñez. Caminaba rápido, con afán, saltaba los charcos que habían tras el aguacero de la noche anterior. Se preparaba para recibir su cometida.
NO, UN MOMENTO, NO QUIERO IR....Se preparaba para recibir su cometida... YA ME OISTE, NO VOY A IR; Por favor, ¿qué estas haciendo? NO VOY A IR A UN LUGAR A QUE ME ASESINEN. Eso no lo decides tu, eso lo decide el autor, además yo soy un narrador omnisciente, por si no sabías, lo más cercano a Dios; no puedes evitar tu muerte. NO IRE, NO ME MOVERE. ¿Quieres apostar?; con dos simples palabras, yo te puedo asesinar. PERO ¿POR QUÉ DEBO MORIR? es simple, el autor ha proclamado tu muerte como única solución al conflicto, si no mueres, esta historia nunca terminaría. NO ES JUSTO. Ya basta de alegatos ahora muévete. Caminó tres pasos cruzándose entre los vendedores hasta llegar a la esquina. NO PUEDES HACERME MOVER, ya lo hice ¿no? PUDRETE. Jajaja...miró hacia el cielo, levantó sus dos piernas en un movimiento estúpido, cayendo de bruces sobre un charco. Jajaja; no puedes pelear con un narrador omnisciente. ACASO ¿TU PUEDES HACER TODO?; A VER GOLPEAME, GOLPEAME. Jajaja ¿ahora me estas retando?... como quieras. El movimiento fue rápido pero fuerte, sintió un peso sobre su mejilla haciéndolo retroceder, sin poderlo esquivar se arrastró varios metros sobre el asfalto; cuando se detuvo se intentó recobrar, escupió dos dientes, se pasó su mano para tomar compostura de nuevo, mientras sentía el pómulo ardiente. Ahora sí, es mejor que vayas y mueras en las manos de Dalila con el crucifijo que ella esconde en la cartera. GRACIAS, ¿Qué dices?; GRACIAS, AHORA SOY LIBRE, UN NARRADOR OMNISCIENTE NO PUEDE INTERACTUAR CON SUS PERSONAJES, MUCHO MENOS GOLPEARLOS, EN ESTE MOMENTO ERES UN NARRADOR-PERSONAJE. LA VERDAD NO SÉ QUIEN SEAS, NI ME IMPORTA, PERO YA NO PUEDES VOLVER A SER OMNISCIENTE, PUES ME GOLPEASTE, TRASTOCASTE LA HISTORIA; TE CONVERTISTE EN PERSONAJE.
¿Qué demonios haces? Eso no puede ser cierto. Se limpió su traje, sacó un cigarrillo y lo prendió. DILE A TU AUTOR DE PACOTILLA, QUE MORIRA SIENDO UN COMPLETO FRACASADO. ¿a dónde crees que vas?, no puedes hacerme esto, debes ir a morir en el Pasta Rosso Sangue para dar fin a la historia. Lo vi alejándose calle arriba, dejando que su humo se perdiera con el viento que golpeaba esa mañana, justo antes de girar por la calle San Fermín, exhaló fuertemente, frunció sus labios, y señaló con el dedo anular hacia el cielo.

 

Por: José Ricardo Báez González