The angel has fallen

For I though her lost

And no heaven would silence the pain

Teach me those secrets the sensual frost

Desire for warm blood again

 

Cradle Of Filth “Nocturnal Supremacy”

 

La segunda vez que Alejandra D’ Merak me contó que había soñado con el desierto, supe que iba suicidarse. Pero no se lo dije, le inventé que ese sueño quería decir soledad, que de pronto era eso, “Imagínate, tú tan lejos de la casa y todo”. Sin embargo la suerte estaba echada para ella, para los dos. Yo sabía que el que sueña con desiertos es porque va a ser libre y para un alma tan libre como la de Alejandra no había más libertad que la definitiva. Lo del significado del sueño me lo dijo mi abuelo Agustín. Un sabio que huyó de Molagavita con su novia en la parte de atrás de un camión porque los conservadores los estaban buscando para matarlos. Al llegar a Bucaramanga se instalaron en una casa del barrio San Francisco y con el tiempo la novia se convirtió en mi abuela. Pasaron muchos años antes de que pudieran volver al pueblo. Cuando volvieron todos estaban muertos, pobres o enfermos. Jodidos en resumen. Los liberales y los conservadores unidos en la miseria o en la tumba. Soy hijo y nieto de la violencia y por eso no quiero traer niños al mundo para que sean hijos, nietos y bisnietos de la violencia, y así por siempre.

El caso es que mi abuelo sabe, no sé de dónde, el significado de los sueños. Claro, no es que uno le diga me soñé con tal cosa y él le diga lo que ese sueño quiere decir, no, sino que él dice de un momento a otro, por ejemplo, “El que sueña con monstruos de ojos verdes es porque está siendo víctima de un ataque de celos” o “El que sueña con bosques que se mueven es porque se da cuenta que está perdiendo todo lo que tiene”. Y así. Un día dijo “El que sueña con desiertos es porque va a ser libre” y yo le contesté “Y el que sueña con serpientes es un mamerto que no escucha  sino a Silvio Rodríguez” y como que se rió sin entender. Él más que todo escucha a Gardel y lo vio cuando visitó a Bogotá hace muchos años.

Por eso, cuando Alejandra me contó lo del sueño, yo supe que el desenlace de la historia estaba cerca y por eso cuando Adriana del Pilar, la hermana de Aleja, me llamó por teléfono con voz de angustia y tragedia, supe lo que había sucedido. Alejandra D’Merak se había degollado en algún momento de la noche anterior. Ya lo habíamos discutido en alguna ocasión, era una forma rápida y poco dolorosa de morir y habíamos llegado a esa conclusión después de analizar los pros y contras del disparo en la sien o el paladar, el salto desde el viaducto La Flora y desde el viaducto García Cadena, el ahorcamiento y el Seconal en dosis de sesenta pastillas. El desangramiento nos parecía el más fino y el menos egoísta porque los órganos quedaban listos para trasplante. El desangramiento por corte en la yugular. En una carta donde Andrés Caicedo cuenta su primer intento de suicidio (y la tercera fue la vencida) dice que ninguna cortada en las venas de los brazos es efectiva. A Andrés hay que creerle en esas cosas.

Estaba anunciada entonces la muerte de Alejandra, pero cuando supe lo que había sucedido, sentí más rabia que tristeza. Sobre todo no podía entender por qué no me había avisado. “¡Maldita seas Alejandra de la Lluvia por no haberme avisado!” pensé. “Yo te prometí que estaría contigo en tu hora, en tu paso por la ventana… yo te tomaría de la mano por si acaso no todo era tan claro como parecía…No sabía, no sabíamos nada, pero nos acostumbramos a estar tan vivos… ¿Cómo haría para llenar los espacios vacíos donde solíamos hablar?” Adriana del Pilar seguía contándome los detalles al otro lado de la línea y yo a todo decía que sí sin escuchar. Hablaba y lloraba pero no intenté consolarla, la rabia no me habría dejado. Lo último que me dijo fue que la familia llegaría esa misma noche, que el funeral sería dentro de dos días y que Alejandra había dejado un paquete con mi nombre. “Una carta de despedida, supongo” agregó, colgando el teléfono sin despedirse.

Es curioso, pero esa noche no pensé en la muerte sino por unos pocos instantes, cuando consideré la posibilidad de mi propio suicidio. Luego decidí que ella no lo merecía me había abandonado y la odiaba por eso. Dormí tranquilo casi hasta el amanecer, hasta la hora en que las nubes de atrás de las montañas comienzan a incendiarse de a poquitos. Habíamos pasado un amanecer con Aleja en esas montañas. Páramo de Berlín. El frío era terrible y se sentía como miles de agujas perforando la piel, pero la visión del sol bajo los pies y la niebla saliendo de los lagos helados del páramo, hacía que todos los males del cuerpo salían sobrando. Entonces, de repente, todo era mentira, Alejandra de la Lluvia estaba viva y sonreíamos en un camión que nos llevaba hacia el sur, conociendo caminos y ciudades hasta que pudiéramos olvidarnos de sus nombres y jugando a ratos en el cielo y a ratos en el infierno, keep your eyes in the road, bebiendo vino de cualquiera, Moscatel de Pasas o vino de Anahuac o Nightrain, da lo mismo. Hasta whisky Indio Pedro “The Best Scotch from Valledupar”. Durmiendo en una plaza de Lima, “Buenas tardes, somos ciudadanos de todos los países, o de ningún país si ser ciudadano de algún país tiene algo que ver con presidentes impotentes y generales gordos”, “Sí claro jóvenes, sigan” nos contesta una señora de delantal verde. Estamos en todas partes, parados sobre algunas ruinas abandonadas invocando indios crucificados, tomándonos una foto instantánea frente al obelisco en Buenos Aires y mandándosela por correo a los del parche “Miren, hijueputas, de lo que se están perdiendo”. Rumbo a la calle Fascinación, a la Ciudad Paraíso, donde la hierba es verde y las nenas lindas (no te preocupes, Alejandra, sólo voy a mirarlas) Rumbo a Abbey Road y a Freemont Street, donde Jimi Hendrix se aparece en el cielo todas las noches. Rumbo a la Avenida Blanchot y al 16-66 de Love Street y a la Calle Fascinación. Y luego más al sur, al norte, al noroccidente, a algún punto cardinal que nos inventamos sobre un plano que interseca a setenta y ocho grados, 10 minutos, venticinco segundos exactos el plano de la rosa de los vientos. Estamos en el bosque noruego. En Seattle, donde los ángeles tristes se suicidan en abril. En el desierto comiendo peyote y cabalgando cielos desteñidos sobre el lomo tibio del escorpión gigante con alas de icopor que vimos la vez pasada ¿Te acuerdas, Aleja? en una caravana española rumbo a Portugal, a los dorados campos de Provenza y Andalucía. Bajo un puente, viviendo del asfalto. Los animales que atrapamos se convierten en nuestras mascotas. Estamos vivos, subimos montañas nevadas cada vez más altas y cuando llegamos a la más altisísima del mundo, gritamos ¡Estamos vivos! Al oeste y al oriente, volamos muy cerca del sol y lo escupimos en nombre de Ícaro y entre más alto volamos más pequeños le parecemos a la policía del karma que nunca aprendió a volar. Descubrimos la inutilidad de las palabras y bajamos  a besar cabezas de piedra, cabezas de muertos, dolorosas que siempre lloran. Es de noche y una luna de vampiros ilumina la ciudad, nos miramos a los ojos y nos besamos y nos hacemos uno solo sobre esa loza de mármol que el Dios que nos enseñaron en el colegio y mil Dioses más envidiarían para sus tumbas. Ya habrá tiempo para deslizarnos en la inconsciencia. La vida es tan mezcla de sonrisas y lágrimas como la muerte y nunca me va a quedar claro dónde se escucha mejor la música.

 

El día del funeral me levanté y bebí una cerveza. Pasé por la casa de Aleja pero ya todos habían salido. Un vecino me dio el dato de la funeraria. Cuando llegué toda la gente todos me miraron mal, supongo que en parte por mi ropa, que no era negra como la de los demás. Doña Adriana, la mamá de Aleja, salió de repente de no sé donde y comenzó a reprocharme entre sollozos. Entre dos tíos la calmaron y se la llevaron. No había notado lo grande que era la familia, colombianos por parte de la mamá y medio noruegos por parte del papá, que murió hace unos años. Fue precisamente uno de los semi-nórdicos el que se acercó y me dijo, cortésmente pero apretándome el brazo, “Es mejor que salga de aquí”. Me senté en una banquita de la entrada. Al rato salió Adriana del Pilar, estaba más blanca que nunca y sus ojos ya no eran azules del cielo más azul como se los conocía, sino como color gris porque en ese cielo azul había llovido mucho. Alguien dijo que Alejandra estaba con Dios. Imaginé a Aleja bailando entre nubes y a Dios todo embobado, rogándole para que se acercara y ella sonriendo como le sonríe a los admiradores que se levanta en los bares y pensando: “Qué borracho tan cansón”. Adriana del Pilar me pidió que la acompañara hasta el carro y del portaequipajes sacó una cajita de madera africana con una nota para mí: “Para Dani C., el de ojos tan lindos y tristes como el cielo nocturno del Cañón del Chicamocha”. Yo pensé en los ojos color aguapanela clarita de Aleja y sonreí, nunca se me había ocurrido que mis ojos pudieran inspirar una frase como esa. Adriana seguía hablando pero yo no le puse cuidado. Ignorada por segunda vez. Cuando volví a escuchar me dijo que por favor no regresara, que las cosas ya estaban bastante mal y todo mundo pensaba que yo era el culpable y así se lo habían hecho saber a lo largo de toda la mañana.

Aleja, seguro pensaste que no iba a ser capaz de entrar pero, ya ves, no me quedó tan difícil. Encontré una ventana pequeña por la parte de atrás y la abrí con facilidad. Leí tu nota y quiero que sepas que ya no te odio más. Todos se fueron y yo, con todo lo que me están odiando, me voy a quedar contigo hasta la madrugada. ¿A qué hora crees que vendrán? ¿A las siete por ahí? A esa hora tengo que irme porque si me encuentran me despedazan y yo no quiero morirme. No mentiras, sí quiero, o no sé. Me gustaría seguir vivo si estuvieras viva. ¿No vas a revivir, cierto? Entonces espérame. Yo parto antes de las siete porque no quiero morir despedazado sino desangrado. Como lo habíamos planeado, el corte directo al cuello porque ninguna cortada en las venas de los brazos es efectiva. Eso lo dijo Andrés C. ¿Ya te viste con él? Supongo que sí. Tú eres muy sociable con la gente bacana, te habrán recibido bien, allá en los perímetros, donde no hay estrellas. Todos con alas que crecieron a partir de la reacción química de la muerte. Cantando mucho y contando historias y tú invocando la lluvia como solías hacerlo. ¿Cómo es la lluvia en el cielo?, Es decir, ¿hay nubes de lluvia o todo es siempre azul? Deja que te bese, simplemente porque la última vez que te besé no sabía que iba a ser realmente la última. Uno debería siempre besar como si fuera la última vez. Todos los besos son el último. Este es más el última. Deja que pase mi lengua por tus dientes blancos y tus caderas silenciosas. ¿Sabes?, no estás tan fría. Yo me imaginé que los muertos eran más helados. Lo que sí estás es pálida, pálida como sólo puede estar alguien a quien se le ha escapado hasta la última gota de sangre. Quién iba a pensar que a estas alturas doña Adriana ya no iba a tener una hija blanca y otra morena sino dos blancas. Voy a bajar esa imagen de la pared, porque con esos brazos abiertos parece estar diciendo “¡Pobrecita!” y a ti nunca te gustó que te pobretearan. Mejor así y no sé qué más decir. Trato de reírme escondiendo las lágrimas en mis ojos. A veces lloraba y me secabas las lágrimas con la boca. Te decía que es la vaina de saber que antes uno pensaba que algún día iba a descansar sobre los sueños conseguidos y poco a poco uno se da cuenta que sólo va a pasar noches de insomnio arropado por sueños vueltos mierda. Y a veces también llorabas y te me recostabas en el hombro pidiéndome que te cantara una canción. Y yo con voz de sueños rotos te cantaba que te iba a amar hasta que se cayeran las estrellas.

Si estuvieras viva sería todo más bacano, pero igual no hay vuelta atrás.

Confieso que no pensé que la mamá de Aleja le cumpliera su última voluntad de enterrarla en Barichara y sobre eso escuché que comentaban muchos de los que vinieron “¿Por qué tan lejos de la casa y en este pueblo que ni siquiera conocía?”. Y yo sonriente, con ganas de pararme y gritarles que Aleja sí conocía este pueblo. Que cuando ella supuestamente viajó a Armenia para visitar a una tía anciana, terminamos recorriendo medio país. Y al llegar aquí, a este pueblo con calles y cementerio de piedra, escogimos esta tierra para nuestro primer pacto de eternidad. Una fogata, lluvia extinguiéndola, vino. Ternura y lujuria. Esa fue la primera de muchas noches en las que bebí su sangre tibia. Esa fue la noche en que prometimos que viviríamos lo necesario y  seríamos la excepción a lo de Nothing lasts forever.

Así, de una, resolvíamos la cuestión: Not to be, alzarnos en armas contra los flechazos de la fortuna y el mar tormentoso y dormir sin temer al sueño porque estaríamos escapando a una pesadilla, liberados por la sangre que derrama un puñal que va directo al cuello, porque ninguna cortada en las venas de los brazos es efectiva. Libres del todo y con las ideas vigentes, con la sangre que usamos para escribir nuestra historia aún sin coagularse y por eso aún vital en cada una de sus letras. ¿Y si no? ¿Si nos daba miedo y dejáramos que el tiempo pasara por encima de nosotros con su vocación de psicópata y aplanadora recién jubilada? ¿Si nunca fuera necesario escapar y llegáramos a viejos recorriendo el mundo o en una casa de frente al mar, de frente a la vida y al futuro que nunca dejaría de ser incierto, una casa con mucha música, libros y licor? La mañana nos encontraría calmados y el sol del mediodía quemaría su oro en tu cabello. Y en las noches nadaríamos en el mar sonriente. Y el verano no terminaría y como sabríamos que somos eternos seguiríamos haciendo pactos de eternidad eternamente. 

El funeral de Aleja fue corto y sencillo. Al final comenzó a llover y todos se fueron. Sólo quedé yo, como era de suponerse, y por fin pude acercarme, porque todo el tiempo estuve escondido y mirando de lejos. Curioso que llovió como el día en que nos conocimos. Yo estaba pasando unos días en Nirvana y el día de la Noche de Quema nos encontramos por casualidad frente a la catedral. Me encantaron sus ojos, color aguapanela clarita. La Noche de Quema es una ceremonia que hacen todos los años en Nirvana donde la gente enciende hogueras en la plaza principal y arroja al fuego papeles donde ha escrito sus malos recuerdos. Esa misma noche besé a Alejandra por primera vez bajo un aguacero, de esos de clima frío, y esa misma noche supe que ella era el lugar donde, por primera vez, Divinidad y Lujuria se encontraron. Ahora llovía nuevamente. Aleja, seguía invocando la lluvia como siempre lo había hecho, de alguna manera comenzábamos de nuevo.

Cuando me acerqué a la tumba pude leer tu lápida, tallada en piedra como todas las de tus vecinos en este cementerio. Tenía tu nombre y tus fechas. Un libro abierto, también esculpido, coronaba el conjunto. Era una biblia con una cita etiquetada como Salmo 116  “La muerte me enredó en sus lazos, la angustia del sepulcro me alcanzó y me hallé preso del miedo y el dolor, entonces invoqué el nombre del Señor y le rogué que me salvara la vida”. Una cita bíblica. Haber puesto “Only the goods die young” de Maiden, “I’d rather die before get old” de The Who o “Secrets of dark I know and thus we shall cheat death” de Cradle. Hay una de The Doors que me encanta, el epitafio de Lucas Wall,  “La muerte nos hace ángeles a todos y nos da alas donde antes teníamos hombros planos como garras de cuervo”. Qué sé yo, conociendo a Aleja debe estar realmente indignada “…le rogué que me salvara la vida…” rogar, ni después de muerto.

Después el atardecer me despedí de Aleja por un rato y salí a buscar algún carro de turistas que hubieran dejado pagando, por acá hay arquitectura colonial y fósiles y no es infrecuente la visita de extranjeros. Encontré uno bacano en el parque principal, dos gringos en paseo de fin de semana con dos niñas bien, que yo distinguía porque eran compañeras de Ilana. Los cuatro tomando guarapo y empujando perico y los tipos bailando y haciendo el ridículo. Hicieron escándalo como hasta medianoche y a esa hora se quedaron dormidos en el atrio de la iglesia. El radio del carro salió facilito y era una belleza, CD Player y todo. Se lo llevé a uno de los talladores que viven en las afueras del pueblo y le expliqué todo, recibiendo como respuesta que la lápida estaría como máximo en dos días. Eso fue antier. Hoy antes de mediodía pude recogerla terminada. Quedó bastante bacana, en lugar de la biblia tiene el símbolo de la paz, el “Yoko” que llaman. Luego con otro de los talladores conseguí prestada una carretilla. Pasar la reja del cementerio fue lo más difícil, tuve que hacer palanca con un madero para levantar la lápida y dejarla caer del otro lado, luego me encaramé como pude y la levanté con mucho trabajo. Lo que sí fue sencillo fue tumbar la anterior, un poquito de fuerza con la barra y listo, la biblia de piedra cayó al piso y la volví mierda a golpes con la barra, y en ese mismo agujero coloqué la lápida nueva :

 

Vendrán primero los sacerdotes y los esclavos

y quemarán nuestros cuerpos, y sobreviviremos,

luego regaremos la tierra con nuestra sangre fiel y triste

y con tu lluvia y con mi lluvia

y con la música, que nos pertenece desde que fue creada.

Con la vida y la muerte en nuestras manos no habrá minotauro que nos impida jugar a ser eternos

Regresaremos.

 

¿Qué te parece?, Lo escribí hace tiempo pensando en este día. Es el momento. He prendido fuego al techo de la catedral y espero que ese fuego se extienda por todo el pueblo. Por todo el mundo. Y ahí vamos, rumbo al infierno o cualquier otro lugar lejos de este cielo vacío que no pudo silenciar el dolor de tu partida. Libres y sin ningún sentimiento tan sucio como para que se parezca al remordimiento. Alcanzando el secreto y llorándole a la luna. Comprobando que somos la excepción a lo de Nothing Lasts Forever, que sobreviviremos a esta muerte y a mil muertes más y que regresaremos una y otra vez a contar las historias de esas muertes. ¡Que desciendan los espíritus magenta sobre esta tierra maldita y los estúpidos que la pueblan!. Anoche dormí en la entrada del taller del tallador y soñé que estaba en un desierto y tras caminar un rato largo llegaba hasta una playa inmensa en forma de medialuna y te encontraba, y bailábamos dando vueltas y mirando las estrellas que llegaban por todos lados a cubrir el cielo y el océano. Mi abuelo tenía razón, quien sueña con desiertos es porque va a ser libre. Ahora el puñal, que con tus últimas fuerzas empacaste para mí y que aún tiene algunas gotas de tu sangre, cumplirá su misión. Una sola cortada y que el líquido tibio que brote profane del todo esta tierra y llegué hasta tu cuerpo congelado. Adiós cielo azul. Una sola cortada y comienzo a desvanecerme, un solo corte, preciso, limpio y directo al cuello, porque ninguna cortada en las venas de los brazos es efectiva.

Por: Ricardo Abdahllah