Veinte escalones de arriba abajo, o de abajo arriba, da igual donde te halles, el tacón pisa firmemente cada uno de ellos, como marcando ganado, la pierna dura, la rodilla flexionada, el muslo recio, la ingle... la vagina.

Ahí se va de su cuerpo, no son horas de pensar en esas partes.

¿Y por qué no? Son las diez de la mañana, la jornada ya ha empezado, todos los empleados han tomado sus puestos y aunque algunos hagan como que trabajan, nadie piensa en el sexo, ¿o sí?

Si fuera la heroína de algún trópico milleriano, ahora mismo me desnudaría y lentamente me acercaría hasta el ejecutivo más próximo, sin decirle nada cerraría la puerta, me sentaría sobre su escritorio... o ¿sus piernas? con mis labios bajaría la cremallera de sus pantalones, rompería con los dientes la tela suave del calzoncillo y entonces...

Mis ojos se cerrarían y mis manos recorrerían su cadera, su espalda, su cuello, su cara, llegaría hasta su cabeza y mis manos palparían las cicatrices del injerto de pelo que se ha hecho recientemente.

No, no son horas para ser milleriana, son horas para llenar con documentos, para hablar del prójimo, para llenarnos la boca con empanadas en vez de saliva de otro ser humano, ¿Qué estoy haciendo?

Tengo que entregar informes, pero este cuerpo que se mueve en busca de la oficina del director, en realidad busca otro ser que la acaricie, estos pechos necesitan de una mano que los sujete, estas cavidades piden a gritos ser llenadas, estoy a punto de explotar y sé que no pasará nada. Cuando mi madre me recibió de manos de la enfermera, sintió alivio cuando supo que era mujer. Sí, tenía una hija para que la cuidará en su vejez, a ella la guerra no se la robaría antes de tiempo, tampoco se largaría en busca de un mundo que conquistar, como los hombres.

Una mujer es dócil, cariñosa, tierna y jamás abandonaría a su anciana madre. Al contrario, tendrían sus diferencias en los primeros años de su juventud, pero cuando ésta se marchara de su vida volvería, cuando las arrugas y el cuerpo estén cansados, esa hija se convertiría en su amiga y juntas verían pasar los años desde la ventana.

 Ella tejería su mortaja y la devolvería a la tierra en su momento.

Ay madre, nunca sospechaste que el mundo cambiaría tanto, que tu niña finalmente, te salió un poco rara y aunque la guerra no se la robó, ella misma decidió conquistar un mundo, aunque no tenía entre las piernas un par de cojones.

La vida suele darte sorpresas, si algún día piensas en tu hija, nunca imaginarás que anda por los pasillos con una fiebre entre las venas y por las noches sueña con un hombre joven que llene sus cavidades y que jamás piensa en ti.  

Por: Gladys