-Empezamos con el curioso caso de una maleta, encontrada una fría madrugada en pleno centro de la ciudad, cuando salíamos de un bar... ¿La pueden ver todos?

Algunos chicos del final alzaron los cuellos, mientras otros reprimían un bostezo primigenio.

-SI la observan bien, se darán cuenta de que está desgarrada por varios sitios. ¿Ven el color? Hace años debió ser gris; ahora nadie podría asegurarlo fehacientemente.

El profesor la tumbó sobre la mesa con violencia. El golpe retumbó por todo el aula y terminó de despertar a los que aún dormitaban.

-¿Alguien puede decirme qué clase de cerrojo es éste? –dijo, señalando un oxidado broche que unía la tapadera con la base.

Algunas manos se alzaron con timidez. El profesor eligió una extraordinariamente pecosa.

-Parece un... Smith-Carabo –contestó el alumno.

-Exacto. ¿Por qué lo ha sabido?

-Por la ranura invertida –contestó con rapidez.

-Muy bien. ¿Cuál es su nombre?

-Daniel Amor de Dios –respondió solícito.

-Señor Amor, ¿quiere salir a la tarima?

Un murmullo se abrió paso entre la clase. El alumno, pelirrojo, bajo, de pies extrañamente grandes embutidos en zapatos acharolados, comenzó a bajar desde su pupitre. Los demás chicos lo miraron bufando improperios.

-¡Basta! –exclamó el profesor-. Aquí, hijo.

Los dos se encontraron sobre la tarima. El profesor, señor Ruso, lo esperaba con expresión cansada, tras la enorme pizarra negra donde todos los días se dibujaban los diagramas. Sus cejas puntiagudas le daban el aspecto de vampiro viejo que todos comentaban siempre.

-¿Quiere abrirla? –le preguntó a su alumno. El chico sintió un escalofrío.

-¿Yo? ¿Y qué habrá dentro? –preguntó sin pensar; pronto las risas estallaron en toda su amplitud.

-¡Silencio! Vamos, Señor Amor –dijo poniendo los brazos en jarras-, pensaba que sabía de lo que estábamos hablando. Recapacite. ¿Qué puede haber dentro?

Daniel intentó concentrarse. Pensó en todo lo que había dicho el profesor; una maleta encontrada a la salida de un bar, de madrugada, en medio del invierno, en el centro... pero las risas de sus compañeros le impedían cavilar con claridad.

-¡Silencio he dicho! –volvió a gritar el profesor-. ¿Lo sabe o no?

Daniel tomó aliento antes de contestar:

-Bien –dijo-, por las circunstancias en que fue hallada, el lugar, el tamaño de la maleta y la hora... puede tratarse de dos cosas.

-Ilumínenos.

-Camisas y corbatas de un ejecutivo de la City pasado de copas –contestó carraspeando.

-O...

-O los restos de...

De repente, el silencio se adueñó del aula. Todas las miradas se fijaron en el objeto que descansaba sobre la mesa.

-No hay restos de sangre –objetó un alumno.

-Sí los hay –comentó el profesor, divertido. Con un rápido ademán dio la vuelta a la maleta y una mancha marrón, apenas advertida entre los lamparones que la cubrían casi por completo, hizo acto de presencia-. Su compañero estuvo más atento que usted.

Daniel la miraba contraído. Había oído un ligero golpe cuando el profesor la movió.

-Ábrala –insistió éste.

Respirando hondo, aplicó sus dedos al cerrojo. Cogió uno de los alambres que siempre estaban colocados sobre la mesa, el más grueso, y manipuló el mecanismo de cierre hasta que saltó con un click.

-Ábrala.

Todos lo miraban. Con lentitud, levantó la tapa y mostró el contenido a la clase. Tras unos segundos, los aplausos fueron poblando los pupitres ante el asentimiento satisfecho del profesor.

-Muy bien, Daniel. Siéntese.  

-Señores, señores, calma. Pasemos a otro objeto. Aquí tenemos un tupido abrigo de piel encontrado en los lavabos de la estación central de autobuses, por cortesía del inspector Malandro. ¿Pueden ver todos el bolsillo oculto...? 

Rafael Calmaestra

20.09.07