     
Salíamos
del “palacio la sífilis”. Era una madrugada de otoño. Había refrescado. La calle
estaba mojada, y el olor a tierra nos llegaba de la cercana explanada del
Triunfo. Si no fuera por el brillo del empedrado, bien podíamos creer que en
lugar de salir del palacio de la sífilis, lo hacíamos del cortijo “los
pencales”.
Ibamos los tres por el centro de la calle, Miguel el de la “Plana”, Pedro
Llanes y el otro cuyo nombre no quiero decir. Pasamos debajo del Arco de Elvira
y nos adentramos en la calle desierta, por eso nos gustaba andar por el centro,
temíamos que algún borracho asentado en algún portal nos molestase para pedir
fuego o tener que ayudarle a encontrar la llave de su puerta.
Era un disfrute caminar por la calle solitaria, parecía que tomábamos posesión
de la ciudad dormida. Los faroles apenas alumbraban y nos dejábamos guiar por
las primeras luces de la aurora. Había escampado y la frescura de la mañana nos
daba ya en la cara.
Al llegar a la altura de la “gota de leche”, encontramos, en medio de la calle,
una maleta de esas de cartón piedra, con las esquinas remachadas de metal y dos
cerraduras gemelas de las que se abrían con cualquier llave de maleta. La
sorpresa fue grande por que la maleta pesaba lo suyo. Inmediatamente se dedujo
que no estaba abandonada para tirar, parecía nueva y estaba llena como de
libros por su gran peso. Tras una breve discusión, - el innombrable decía que
íbamos a violar la propiedad privada -, la arrastramos como pudimos a la luz de
una farola y casi sin forzar las cerraduras la abrimos. Estaba llena de
novelas, todas iguales, repetidas, pero,! Qué alegría!, cuando pudimos leer en
sus portadas: El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez.
P.D.
Permitir una pequeña aclaración. El “palacio de la sífilis”, tan frecuentado
por aquellos años, era una tasca donde en una taza de color desconocido, te
ponían un caldillo de caracoles que levantaba el ánimo. Allí no entraban las
mujeres, ni unas ni otras, en esa época los bares era cosa de hombres.
Por: Piedra
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