Recuerdo que alguna tarde mostraste fascinación por unos muy cortos versos que quise dedicarte, y yo, consciente de la situación, te respondía que no era virtud del escritor el escribir bien, al tiempo de agregar que quien se dedicaba a este oficio se ganaba la vida como el más descarado plagiario. Por qué, me preguntabas, tal vez sorprendida y pareciendo disentir de mi postura. Yo te respondí, como lo sostengo ahora, que no es virtud mía el plasmar algunos escuetas oraciones, aún si te llenan de embelezo; yo, como cualquier otro que se dedique a esta empresa, necesita de una musa, esa que más que fuente de inspiración, parece conducir por mano propia la pluma sobre el papel y crear, como fuente de vida, lo más bello de que pueda emerger de la naturaleza humana. El escritor, por tanto, no es otra cosa que su plagiario.
Perdóname por explotarte de esa manera, pues tú, como mi musa, eres la víctima y a la vez beneficiaria de toda la pureza, nobleza, cariño y dulzura que mi espíritu, a través de esta prosa, te pueda ofrecer. Tan contradictorio y hermoso es lo que recorre mis sentires cuando la ternura de tus ojos me hace estremecer y el fuego de tu mirada me consume en tu figura, que las palabras se me hacen poco dignas para definir lo que me invade. Me preguntabas qué me enamoraba de ti y mi voz se ahogaba incapaz de pronunciar tan sublimes concepciones. Me pregunto ahora cómo hacer para hallar las especificidades; cómo darle nombre a la admiración por tu lucha, cómo adjetivar lo que me produce tu ternura, cómo identificar lo que me despiertan tus caricias y cómo descifrar a lo que me saben tus besos.
Si me preguntas qué me une a ti caeré en mil contradicciones antes de que pierdas el interés en mi respuesta, pues no es conocida, como te lo dije, una unidad de medida precisa para calificar tal sentimiento. Será inútil seguirlo intentando, lo sé. Lo único que te pido, y perdona mi descaro, es que me permitas seguir robándole palabras a todo lo que me inspiras. Permíteme seguir siendo tu plagiario, mi musa; permíteme seguir llamándome escritor, aunque sea tan poco plausible mi tarea.

 

Por Giovanni González Arango