Ese día había sido particularmente malo. La lluvia había lavado el maquillaje, y un mimo con la cara limpia no gusta a nadie.

Llegó tarde al comedor comunal y la sopa estaba fría, los compañeros olían a mugre húmeda. Un día así acaba fatal. Por eso decidió no darle la menor oportunidad a la vida. Se quedó sentado en la fuente del parque Santander hasta que llegó el ocaso, vio como las estrellas fueron ocupando su lugar en el firmamento mientras el culo se le iba adormeciendo; resistió hasta que presintió que la madrugada estaba pronta a brindarle su bautizo astral. Así que decidió irse a casa.

Una calle antes de llegar a su apartamento vio un objeto cuadrado al lado de la pared, justo bajo la vitrina de una agencia de viajes, engalanada con impresionantes fotografías de playas paradisíacas.

Ese es el auténtico paraíso pensó Javier y añoró a su antepasado Adán, mientras la lluvia le chorreaba por la nariz. Se quedó inmóvil contemplando aquellas playas por largo tiempo hasta que se le entumecieron los músculos. Un calambre le obligó a cambiar de posición. Su pie tropezó con el objeto cuadrado: una maleta metálica. Lanzó una maldición, pero luego, se agachó y la abrió. Contempló un apetitoso fruto mordisqueado. El estómago rugió de hambre. Supo por qué esa tarde se había acordado de su antepasado.

 Por: Juan