Solían salir… más bien se iban cuando los echaban de los bares. Caminaban abriendo la boca al cielo como clamando porque la húmeda llovizna aliviara las gargantas resecas. Se tomaban de la mano no por romanticismo, sino para ayudarse mutuamente. O para caerse juntos, quien sabe.

          Así finalizaban sus sábados de juerga, así llegaban dando traspies a su casa en busca de la cama blanda que lo resguardaba de los males terrenales.

          Esa mañana no se dieron la mano, los dedos no se alcanzaron a aferrar, sus humanidades cayeron sobre una maleta de cartón deshecha por la persistente lluvia. Las risas, el dolor en las rodillas, los intentos por ponerse en pie los obligaban a realizar movimientos grotescos, los pies se enredaban con montones de folios escritos a máquina, que iban deshaciéndose lentamente.

Los ojos enrojecidos por el alcohol y el humo no lograban descifrar lo que en ellos estaba escrito.

          Al cabo de un rato lograron ponerse en pie. Habían pisoteado tanto los papeles que ya no se podía distinguir lo que había escrito en ellos. Por un momento pensaron recogerlos. Guardarlos para leerlos luego con más calma, pero a medida que los recogían estos se deshacían entre sus dedos.

          Cuando llegaron a su casa se encontraron con que la dueña había cambiado la cerradura, sus cosas se hallaban dispersas por la acera. Era lógico después de seis meses sin pagar la renta.

          La maleta de cartón con el manuscrito que debían entregar a la editorial, después de años de perseguirlos había desaparecido.

Por: El mirón de la ventana