Estaba pasando la avenida cuando advertí que no me había dado cuenta a que horas había pagado las cervezas y salido del bar. Acababa de salir y ni siquiera recordaba claramente quien lo atendía esa noche. Sin saber cómo, había pasado algunas horas mirando partidos de la liga española en un televisor silenciado, mientras en el bar se escuchaban  baladas americanas y de vez en vez algún bolero o las antiguas baladas nuestras. No se porqué esa noche el bar estaba tan solo. Pensaba en ello cuando noté con preocupación que había cruzado la avenida sin mayor atención, cuando allí los carros usualmente no cesaban de pasar veloces y sin tregua hasta altas horas de la madrugada En esta parte de la ciudad, el sector de restaurantes y sitios nocturnos no quedaba muy lejos de lo que llamábamos el barrio. Bastaba cruzar la avenida, pasar los edificios nuevos -tenían mas de quince años-, e internarse un par de calles y ya. La luna resplandecía prepotente esa noche, inspirando una extraña y agradable sensación interior.  Divagaba sobre esta soledad cuando la vi. Estaba abandonada casi en la mitad de la calle.

Por breves instantes solo se escucharon mis propios pasos  y de pronto me detuve frente a  ella: Una maleta de cuero café, casi nueva, con gruesas correas y esquineras metálicas, como aquellas de los personajes errantes de las películas. La luz de la luna parecía iluminarla como los perseguidores de los teatros a las estrellas, aunque a decir verdad esto era una ilusión, pues al levantar la mirada se podía apreciar que era toda la ciudad la que fulguraba silenciosa bajo la luz de la luna.

La maleta estaba apostada frente a uno de los ¨edificios nuevos´´ de esa calle y la puerta principal estaba abierta. Sin conciencia, instintivamente, me acerqué a la puerta. Creí escuchar voces pero creo que era el rumor de los programas nocturnos de la televisión. De resto no se  sintió ni se escuchó nada….. Al volver la mirada sobre la avenida confirmé que no pasaban carros y las calles lucían desiertas.

No me explicaba porque seguía detenido allí. Contemplé largamente la maleta y mientras lo hacía recordé que en el bar no había visto a nadie mientras estuve allí, solamente un argentino había entrado a indagar por una dirección, pues parecía perdido. Pero no lo ví, de él solo escuché la conversación a mis espaldas.

Por un momento tuve la intención de levantar la maleta, llevarla hasta el anden y abrirla. Fue entonces cuando escuché los pasos de alguien; secos y precisos inundaron el silencio del lugar. Cuando giré, vi a una mujer joven que procedía  de la avenida. Justo cuando la mujer estaba pasando frente a mi se detuvo un instante fugaz. El instante suficiente para contemplarla. Nos miramos. Algo sutil en su mirada pareció inquirir sobre la situación. Era alta, de cabello largo, negro y reluciente, con un rostro blanco, hermoso y frío, donde destellaban unos ojos negros. Llevaba puestas unas botas cosacas con flecos laterales, una falda corta y negra que permitía ver unas piernas firmes y torneadas, y una larga chaqueta de gamuza café con el cuello levantado. Quizás por la brisa. Mire la maleta con la intención de darle a entender que nada tenía que ver conmigo. Quise abrirla delante de ella pero dudé. Reaccioné cuando el eco de sus pasos ya se perdían calle abajo y lo último que vi fue el enigmático caminar de la mujer que se esfumaba al doblar la esquina.

Me sentía paralizado. En mi interior abrigaba la certeza de que ya no habían ni carros ni personas en las calles y, de manera inquietante, sospeche que tampoco había nadie en las casas. No podía perder tiempo, tenía que alcanzarla. Decidí dejar la maleta ahí. Comencé a caminar rápido, ansiosamente. Pronto llegué a la esquina por donde la mujer había desaparecido y a lo largo de esa calle no la vi. Me parecía seguir escuchando el eco de sus pasos y tras ellos corrí. Corrí ilusamente calles y calles. La fatiga por mi carrera era suavizada por una acariciante brisa lunar. En una calle encontré abandonado un balón de fútbol frente a una casa con las luces prendidas y las puertas abiertas. En la fachada estaban apostadas unas sillas y sobre ellas chaquetas, camisetas y recipientes con bebidas. En la verja de entrada, dejada con cuidado, una colorida pañoleta de mujer. Algún grupo de jóvenes hasta hace muy poco habían jugado allí. De la casa se escuchaba el sonido de una radio. Me detuve. Sin dudar entre por el corredor y llegue a una sala. No, no había nadie. Salí. Seguí corriendo. Supuse que por más apurada que fuera la mujer ya tenía que haberla alcanzado.

A no ser que hubiera entrado a alguna casa, pero algo en el ambiente me decía que no. Corrí y corrí. Crucé sin temor calles y avenidas, pasé frente a muchos sitios nocturnos con las puertas abiertas, pero desolados. Vi estaciones de servicio solitarias y puestos de comida callejera sin un alma a su alrededor. En los cruces de avenidas se podían ver filas de taxis estacionados esperando a sus dueños. Los semáforos parecían deprimidos trabajando sin razón. Jadeante me detuve cuando llegué a la explanada del puente que conectaba con el otro lado de la ciudad. El puente se alzaba insolente bajo la luz de la luna pero lucía espectral sin el paso de los carros.

Desistí. La mujer había tomado por otro rumbo. Deje de correr y desandé el camino a paso rápido. Contemplando, caminé calles que parecían guardar todavía el aliento de universitarias que habían  pasado por allí ruidosas y coquetas a las diez de la noche. No había que apurarse ya, no había nadie en ningún lugar y tenía la solitaria ciudad a disposición. Pase por casas donde vivían conocidos y estuve a dos calles de la mía. Pasado un tiempo y sin que me lo propusiera me vi de nuevo enfrente de la casa con las sillas puestas sobre la acera. El radio seguía prendido. Tomé la pañoleta y volví a entrar en la casa. Reconocí la sala, deje la pañoleta sobre un sofá y apagué el equipo de sonido. Pero el inesperado silencio me sobrecogió de tristeza y lo volví a poner. Se escuchó una canción de Javier Solis.

Cuando iba a salir me detuve curioso. Detrás de la puerta de la sala, donde suelen colgarse por agüero la imagen de los doce apóstoles o las matas de sábila, estaba pegado un viejo disco de 45, Noelia, de Nino Bravo. Tenía una inscripción escrita a mano: ¨ Para que nunca me olvides, Jenny, te amo¨. Y firmaban las iniciales C.L. Súplicas y promesas que duraban cuánto tiempo! Salí de la casa. Afuera dejé las sillas y todo como estaba. Luego caminé tranquilamente por la mitad de las calles poseído de una repentina emoción. Las calles, las casas, los edificios, los anuncios, la ciudad, todo lucía hermoso y tranquilo bajo la luz de la luna. Creo que tarareé una canción y un recuerdo inesperado acudió nítido a mi mente. Cuando tenía como ocho o nueve años, junto a un grupo de compañeritos del liceo El Vergel, nos enamoramos ingenua y perdidamente de una compañera de colegio: Nancy Licovski. Era una rubiecita cobriza de la misma edad, con una cara muy hermosa. Parecía insolente y la envolvía un misterio y una indiferencia infantil poco comunes. Al salir del colegio la seguíamos en grupo mientras alguien cantaba una canción de Ráphael.

En las noches, cuando nos podíamos escapar, hacíamos corrillo en la esquina de su casa soñando con verla salir. Felices  caminábamos tras ella todos los días, inocentes, sin cruzar palabra y con los corazones partidos. Nos hechizó a todos durante un año. Me pregunté el porqué de ese imprevisto recuerdo más de treinta años después. Seguí caminando ahora intrigado y conmovido por esos compañeros de amores. Y por la suerte de Nancy Licovski. Creo que nadie la volvió a ver. En algún punto de la ciudad tendría que haber vivido. Pero¿ en donde? ¿En donde?  Me acordé súbitamente de la mujer. Había recorrido media ciudad y  era el único ser al que había visto esa noche. Y ¿si ella decidiera desandar su camino y volviera?  No, eso no era más que una vana ilusión. La ansiedad me sobrecogió. …. ¿Y la maleta? Cómo es posible que por un momento la hubiera olvidado! No, ya no podía esperar más. Iría hasta allí, la recogería y luego caminaría sin rumbo, pero ahora con una remota esperanza. Eso hice. Llegué corriendo, con temor,  y allí la encontré, exactamente en el mismo y solitario lugar. La tomé de las manijas y, como era de esperarse, pesaba. Me incliné por unos instantes hacia la avenida pero volví pusadamente los pasos hacia el barrio. Las casualidades existen y no era improbable que en una noche de cielo tan azul, tan iluminada, con la ciudad esperándome, diera de improviso con la casa de Nancy Licovski. O… con la mujer.

Por: Ricardo Suárez R.