No hay que despistarse ni un segundo pues el maldito ojo del universo nos acecha. Si dudan de mi aseveración, recuerden los sucesos más recientes: un chico argentino en un metro intentando pasar desapercibido, un rey que pierde los estribos, un político que habla de un sobrino… por no recurrir a la prensa rosa.

De eso a saborear las mieles del éxito sólo hay un paso: el chico argentino podría escribir un libro sobre por qué no socorrió a la chica y vendería millones, tantos que por fin  el mote de sudaca se desvanecería ante el color de los billetes, el Rey, o su periodista de cabecera, explicando por qué lo mandó a callar en ese tono, el político llenaría páginas, montones de páginas explicando por qué no debemos preocuparnos por el calentamiento global. Los ejemplos dan grima: los premios literarios (léase el último finalista del Planeta, que es el más jugoso, quizás por el remordimiento de estar asesinando la literatura), los mangantes en sus autos de lujo, los asesinos millonarios que pueden pagar excelentes abogados… No exagero, así es el éxito. Y da miedo, no por el éxito, sino por formar parte de una sociedad que premia semejantes despropósitos.

La Dirección