Siempre que camina sola por la playa recuerda aquella antigua historia de un niño recogiendo el agua del mar. Como todas las historias que poblaron su niñez, pasado el primer asombro, las guarda en su cerebro sin analizarlas demasiado. Ya una vez lo intentó, pero sus conclusiones eran tan pueriles que desistió de hacerlo.

Por eso no le presta mucha atención a aquel niño. Pasa a su lado, ve que en vez de recoger el agua del mar, está construyendo un castillo y respira tranquila. Es lo que un niño debe hacer a esa edad en la playa, cuando sus padres están despatarrados tomando el sol. Juegos solitarios, de hijos únicos.

Más adelante hay un grupo de adolescentes jugando al fútbol, sus risas, voces y alaridos la reconfortan. No pasa nada. Su día es igual a todos sus días. La gente cumple con sus funciones vitales de forma organizada y sistemática.

Se sienta en la terraza de un café. La tarde empieza a caer, en el horizonte, el universo compone un cuadro magnífico: tonos azules que se van tornando violeta, al fondo, el disco rojo se va sumergiendo en las aguas del océano. La noche está próxima. En su casa la espera su cama de siempre, un libro que dejó a medio leer y el último café antes de lanzarse ella misma en su propio océano de sueños.

Desde hace muchos años ha sido así, su vida estructurada nunca se ha movido un milímetro y está encantada. Así espera terminar sus días. Desde la estantería del café unos periódicos le lanzan guiños en forma de enormes titulares rojos y negros. Unas mujeres sofisticadas le sonríen con sus caras de papel, unos hombres ante un micrófono intentan hablarle de los problemas de sus países. A ella no le interesa.

A su alrededor las conversaciones se acurrucan junto a sus orejas susurrándole experiencias vitales, a veces traumáticas, otras más felices. A ella no le interesa.

Piensa en la protagonista de la novela que está leyendo: una mujer que se inventa un amante para justificar ante ella misma primero, y después ante el dueño del hotel, el alquiler de una habitación por seis horas al día. Una habitación sencilla, tal vez un poco sucia, pero suya al fin y al cabo, la pequeña ventana que da a una avenida, una cortina verde raída, una lámpara verde en forma de flor, un cuarto de baño, con toallas verdes, al que nunca entra, porque solamente va a allí a sentarse junto a la ventana mientras pasan las seis horas que paga siempre por adelantado. Todos los días igual, desde hace seis meses.

Le entran ganas de volver a su casa y retomar la lectura a ver que pasa con aquella mujer. ¿La encontrará su marido? ¿Qué hace mirando a la gente durante esas seis horas? ¿Qué cara le pone el casero al verla entrar y salir sola siempre? ¿La denunciará a la policía?

Ya es noche cerrada.  Se apresura por volver a casa. Camina guiada por la intuición, sin embargo en vez de tomar a la derecha, gira a la izquierda sin darse cuenta. A eso de las cinco de la tarde, cuando está a punto de desfallecer, sus pasos la conducen hasta una calle cerrada, más bien solitaria. Al fondo ve un pequeño hotel, entra. Un hombre calvo, gordo y con mirada maliciosa la mira. En un  gesto cómplice le entrega una llave. Sube tres pisos, abre la puerta; ahí está la habitación verde, la misma cama, la misma lámpara en forma de flor y la silla junto a la ventana…

Por: Gladys