Hace tanto tiempo que no tomaba un lápiz que había
olvidado el maravilloso ritual de afilar su punta. Recuerdo el cuidado que
ponía en no romper la corteza, para que al final me quedara redonda, como una
falda. Luego la ponía en la palma de mi mano, la contemplaba un rato y la
guardaba después en una caja de plástico transparente. Las consideraba mis
pequeños trofeos, y me sentía feliz de conservarlos intactos.
Creo firmemente que en la vida hay épocas en que se
encadenan una serie de sucesos con un denominador común y que vienen a
constituir la esencia de nuestro ser.
Primer suceso:
La pasada conferencia liderada por Lidia Falcón,
fundadora del partido feminista de España, el viernes pasado. La sala donde se
iba a celebrar la charla empezó a llenarse de mujeres – una conferencia de
mujeres feministas, luchadoras y defensoras de la igualdad. Mujeres mayores,
dignas señoras que se quitaban sus chaquetas doblándolas cuidadosamente sobre
el espaldar de las sillas, procurando que quedara bien visible la etiqueta.
Mujeres gruesas, arrugadas, con el cabello teñido de amarillo canario, mujeres
que olían a mundos cerrados y definitivos.
Después llegaron mujeres más jóvenes, chicas de
peluquería, vestidas de Zara y con olor a universidad.
Se sientan las conferenciantes delante de nosotras, una
habla de las imágenes de la mujer, otra de la guerra entre hombres y mujeres,
otra de heroínas modernas que luchan como hombres en los video juegos, la
última, de los cuerpos de las mujeres en el deporte. Palabras que salían
vestidas de agresividad, de resentimiento, y a veces, de orgullos heridos,
palabras que se estrellaban contra el público como pedradas en una
manifestación y que erigían una barrera que se iba ampliando más entre ellas y
nosotras.
Yo me revolvía en mi asiento, se me estaban durmiendo las
piernas y pensaba que no se estaba desarrollando la charla de manera
inteligente, y mucho menos se aportaba algo para lograr un hecho concreto en lo
referente a igualdad.
Cuatro mujeres hablando, debatiendo, defendiendo sus
argumentos, movidas más por el deseo de imponer sus ideas que por aportar
soluciones o al menos alternativas de solución. ¿Bien?
Segundo suceso: Elegir.
Cuando salí de allí pensé en que me hallaba en un cruce
de caminos, ante mis ojos se abrían tantas opciones a escoger y me gustó esa
sensación.
Me fui a cenar con una amiga, esa fue mi elección, hablé
con ella sin ninguna pretensión y las
palabras iban y venían de forma cálida, espontánea, el alma se iba aliviando y
el mundo no parecía tan agresivo. El diálogo brotó mientras la verdadera
comunicación y el entendimiento se arrellanaba en la silla junto a nosotras.
Tercer suceso: Un cuento
Feliz y ligera volví a casa, releí un cuento de Truman
Capote: “Un recuerdo navideño” y pensé que lo verdaderamente importante son las
pequeñas cosas que construimos día a día los seres humanos, eso es lo esencial, lo que
queda, reflexioné sobre la inutilidad de las guerras, las divisiones de clase,
los odios las mentiras, todo eso son piedras en el camino que nos hacen tropezar y
entorpecen nuestro andar por la vida.
Acaricié la madera de mi lápiz mientras pensaba cómo
terminar mi día, lamenté no tener a mano mi caja de plástico transparente donde
guardaba las cortezas. No importa me dije, hoy reencontré el placer de las
pequeñas cosas simbolizadas en el lápiz y en el cuento de Capote, ya podía empezar un nuevo día con le grato
recuerdo de dos cometas ondeando sobre el cielo azul, un día después de
navidad… Dos hechos que ya forman parte de mi existencia.
L.D.