30 de Diciembre, 2007, 17:23: Charo GonzálezHablando de...



"Y el frescor se volvió paja de granero"

"Rotos, pedazos que nunca se vuelven a unir, rotos, incluso esos mismos pedazos de antiguos rotos." 

"Préstame las palabras que me faltan para mantener mi indignación"

 "Que no se detenga el espectáculo, que los actores continúen la representación, pero que nos dejen tirar los tomates antes de que caiga el telón"

 "No bajes aún de mis ramas aunque el viento lo amortigüe, una caida siempre es una caida"

Por. Charo González

30 de Diciembre, 2007, 17:16: Jimulminirelatos

 


          Eran los últimos días del mes de noviembre y como siempre se comenzaban a hacer los preparativos para las fiestas navideñas.

          En los corrales, los animales comenzaban a estar muy nerviosos, así que se reunió  A.D.A.N (Asociación para la Defensa de los Animales Navideños). Presidían la reunión, como siempre el Sr. Perro y D. Gato, tras la constitución de la mesa, se procedió al sorteo de los animales que deberían sacrificarse en pos de estas fiestas. Naturalmente D. Cerdo y D. Cordero quedaban exentos, por ser los “sacrificados estrella”. Así que sólo quedaba el Pavo que sería elegido por unanimidad al no presentarse otro candidato, pero ocurrió que un conejo saltarín y despistado se introdujo por el hueco de la portalada de aquella hacienda castellana. El gato, muy hábil dijo:

  • Vaya, este año vamos a tener que elegir entre un mamífero y un ave, curioso asunto. 

El conejo que estaba un tanto asustado, sólo se atrevió a decir:

  • Pasaba por aquí…

 

La votación de aquel año estuvo muy reñida, tanto que tuvieron que participar el gato y el perro. El resultado fue empate total.

 

Las navidades del 2007 fueron comidos a partes iguales pavos y conejos.

Por:Jimul

 

 

30 de Diciembre, 2007, 17:02: Ricardo AbdahllahGeneral

 


Los límites de la cordura están deshilachados y el miedo siempre triunfa. Casi me gusta decirlo porque cada vez que digo que el miedo triunfa siempre me siento más cerca de convencerme de que no tenía ninguna posibilidad. Cuando sucedieron estos hechos, yo vivía en el último piso de un apartamento sobre el Paseo España, casi a medio camino entre la Casa Argos y la Casa Sur y a la vuelta del Hotel Oppenheim. El sitio no estaba en buenas condiciones, pero era barato. No había muchas personas interesadas en arrendar el apartamento donde habían asesinado a Ilana Zunz y a otra tipa de apellido Valeria, pero si habían construido un edificio de apartamentos sobre las ruinas del incendio de Love Street 16-66 (y allí hubo muertos, se sabe) y si Trent Reznor había comprado la mansión de Cielo Drive, y mi presupuesto no iba bien, yo no tenía problema en alquilarlo. Lo que había pasado en ese apartamento nada tiene que ver con la historia que voy a contar excepto en un detalle: el hecho de vivir en un lugar como ese había logrado que me autoconvenciera de mi inmunidad al miedo. Desde mis primeras semanas en el apartamento, donde hasta la decoración de vitrales y la cama antigua bastaban para desconcertar incluso a alguien que no estuviera al corriente de lo que había pasado, dejaron de preocuparme los pasos que uno siempre escucha cuando camina una calle sola y los ruidos que encierran todas las escaleras.  Un par de veces acompañé a Daza Carreño a tomar fotos nocturnas entre los árboles secos del Mamre. Alguna vez pasé una noche caminando por el cementerio de La Colina sólo por sentir el placer de saber que no había nada en el mundo que pudiera hacerme dar un paso atrás, que no existía ningún sonido que pudiera llevarme a tapar con mis manos mis oídos.

 

Lo diré de nuevo: el miedo siempre triunfa.

La carcajada parecía repetirse a intervalos regulares, aunque en principio no le presté mayor atención, atribuyéndola a alguna joven borracha que a pesar de la tormenta recorrería las calles con sus amigos riéndose de alguna broma simple. Si no estuviera lloviendo, es posible que no hubiera llegado jamás a ocuparme de la risa, pero los aguaceros no son habituales en Bucaramanga y cuando me asomé a la ventana vi que el agua recorría las calles y arrastraba la tierra de las macetas de los jardines. Es posible que tampoco hubiera notado que la risa regresaba cada cierto tiempo sino fuera por los relojes de pared. La colección la había empezado algún antepasado por el lado Barajas, pero era pequeña hasta que empecé añadir los que iba comprando. Total, tenía casi toda una pared cubierta de relojes y así era fácil contar el tiempo que pasaba. Las primeras veces conté mentalmente. A pesar de los truenos, e incluso por encima de su ruido, la risa se escuchaba cada seis segundos que comprobé exactos cuando validé la precisión de mi cuenta con los saltitos de la manecilla larga de un relojito en madera que colgaba casi en el ángulo que se formaba entre la pared de los relojes y la de la ventana. Otro reloj, pequeño, en esmalte y porcelana de Limoges, confirmó los seis segundos.

“¿Quién puede reírse así?” fue la pregunta que me hice en voz alta justo antes de que golpearan a la puerta.

 

Uno puede pensar dos cosas al tiempo pero el lenguajes es lineal, he ahí su defecto insalvable. Mientras caminaba hasta la puerta pensaba al mismo tiempo en quién podría llegar a esa hora y en cuál podría ser la causa de esa risa. Era su recurrencia la que me había hecho notarla, pero era su naturaleza la que me intrigaba. Nadie me visitaba nunca a excepción de mi madre y yo no vivía en una casa en medio del campo como para que alguien viniera con la excusa cinematográfica del auto averiado. Nadie podría visitarme con esa lluvia. Nadie, con esa lluvia, podría estarse riendo. No pregunté nada. No miré por el ojo vigía de la puerta. Abrí la puerta como quien espera que al otro lado esté la explicación de la risa.

 

Al otro lado estaba Andrea Camila Delic Crow y estaba llorando.

 

La última vez que la vi también estaba llorando. Camila lloraba con lágrimas pequeñas como cristales derretidos, pero desde entonces había pasado mucho tiempo (¿tres años es mucho tiempo ?) y lo último que había sabido de ella era que de la casa de dos pisos donde vivía cuando andábamos juntos se había mudado a un edificio de apartamentos en los cerros de Cabecera. Allí nunca fui a visitarla aunque es cierto que a veces pasaba un par de cuartos de hora mirando algunas fotografías donde aparecíamos juntos e imaginaba que ella hacía lo mismo si es que aún tenía el corcho en la pared donde pegaba nuestras fotografías. Camila estaba en las fotos, en un par de canciones que nunca escuchamos juntos y en otras que sí y en un montón de referencias regadas por Bucaramanga, pero en cierta forma se había convertido en una idea, en un símbolo de los tiempos que pasamos, Camila era una época. Las personas son las maneras de recordar temporadas de la vida. Ideas. Camila era una idea y ahora esa idea encarnaba nuevamente en un cuerpo que abracé apenas cruzó la puerta, pero al que no sabía si tratar como recuerdo o como persona. En el último grado del bachillerato nos habían expulsado del colegio por que no nos dejamos poner la cruz en la frente el Miércoles de Ceniza. En ese entonces creíamos en gestos y símbolos y ese era un gesto contra el gesto de los demás y estaba bien no dejarse marcar, menos de una manera tan notoria. Ese fue nuestro primer gran pacto. El segundo lo hicimos una noche junto al fuego. Entonces dijimos que seríamos la excepción a nada dura para siempre.

 

Poco tiempo después dejamos de vernos. Probablemente aquella noche, cuando volví a verla aún recordaba la razón, pero desde entonces me he metido tantas cosas en el cerebro que lo he olvidado, o confundido si no es lo mismo y tengo dos escenas en mente. Una donde ella subía a un auto rojo con un tipo y lo besaba apenas cerrando la puerta y otra donde yo le confesaba que desde hacía un tiempo era el amante de una cierta Natalia Hetfield y quería tener sexo con ella y Camila al tiempo. No recuerdo que pasó primero. Hace un tiempo tengo problemas para recordar el orden de las cosas, pero recuerdo que Camila dijo que no me perdonaría por el resto de su vida. Ese fue nuestro tercer y último pacto, que ella no iba a perdonarme y a mí no me iba a importar.

Sin embargo, Camila estaba en mi apartamento y antes de decirle cualquier cosa la tomé de la mano y la llevé hasta la ventana de mi cuarto. “Tienes que escuchar esto”, dije, y concentré toda mi atención tratando de captar nuevamente la risotada. Fue inútil, el silencio sólo estaba lleno de la lluvia y los truenos que ahora parecían alejarse. Un tiempo después, y digo un tiempo después porque no sé cuántos segundos tardé en reaccionar, volví a mirarla. Seguía llorando y su cabello le tapaba la cara. Lo separé con las dos manos, como quien abre una cortina oriental. Le pregunté si quería tomar algo o en todo caso le hice una pregunta idiota de ese estilo. Dijo “Hasta hoy” (y repitió ‘has-ta-ho-y’ deletreando). “Hasta hoy me aguanté a mi papá”.

 

Nunca nos presentaron, pero lo había visto muchas veces y sabía cómo trataba a Camila. Ahora, que también él ha sufrido tanto, no veo por qué yo debería adentrarme en los detalles, pero para dejar un ejemplo, con cierta frecuencia él cerraba con llave la puerta de su cuarto y para salir ella tenía que arrojar un lazo por la ventana. Entonces yo tenía ese grito de guerra “Tira el lazo, somos jóvenes” y en esa noche que había comenzado con un aguacero y una carcajada recurrente yo sentía como si ella una vez más hubiera tirado el lazo para escapar. Ahora sé que estaba equivocado, eso es lo único de lo que aún tengo certeza. La abracé y nos quedamos callados mirando al cielo, la tormenta había terminado y la luna llena iluminaba la ciudad arruinando con su luz de lámpara fluorescente los rincones oscuros que necesitan los amantes y los ladrones. Camila se recostó en mi regazo y pensaba que con un leve giro podría sentir su corazón latiendo junto al mío, pero ella no giró para mirarme. “Nunca nos escapamos” dijo.

“Un montón de veces” dije yo pensando en el lazo que se quedaba colgando toda la noche y al que yo le ayudaba a subir antes de que acabara de amanecer.

“Cuando uno regresa es como si nunca hubiera tenido la valentía de escapar” dijo ella.

Y era una frase contundente del tipo tras el cual en los cuentos y las películas sigue siempre un silencio largo o una acción dramática. Camila no dijo nada, se levantó de mi regazo sin que yo hubiera escuchado su corazón y comenzó a descolgar los relojes que adornaban las paredes. Cuando terminó de poner el último de ellos de cara al suelo, volvió a acostarse a mi lado y apenas abrió los labios para decir que me perdonaba. Pensé besarla, es el tipo de cosas en las que piensa la gente y no soy más que nadie, pero ya Andrea Camila era una cosa dormida y sonriente y entonces lo que hice fue recostar mi cabeza contra la pared. Ignoraba por completo la hora y terminé por quedarme dormido mientras trataba de imaginar si Andrea Camila estaba soñando que esta vez escapábamos del todo.

 

Tal vez el teléfono ya había sonado muchas veces cuando por fin desperté y sonó algunas más mientras decidí pararme a contestar. La mañana era fría y gris, como pasa cada vez que de Ciudad Norte sube esa niebla densa que tapa toda Bucaramanga hasta que el calor termina por dispersarla. Camila no estaba en el apartamento, pero no era la primera vez que partía sin despedirse. Entonces pensé que en la época del lazo ella había tenido a veces que trepar sola su regreso porque soy un tipo difícil de levantar. Habían colgado cuando contesté, pero el teléfono sonó de nuevo mientras estaba en el baño. Era mi hermana la que llamaba y me dio la noticia sin muchos detalles. El miedo ya había triunfado, pero no lo supe hasta mediodía cuando llamé a la oficina del padre de Camila y pregunté el número de su casa. Justo antes de que él contestara creí tener las imágenes en mi mente, Camila saliendo de mi casa en la madrugada, saltando al paso de un autobús, tal vez tomando pastillas a manotadas.

“Fue anoche. Saltó por la ventana” dijo el señor Delic. Su tono ya había desarmado cualquier posible recriminación de su parte. Una muerte cierra todas las deudas y todos los rencores posibles o eso pensé antes de que cayera en cuenta de lo que “anoche” quería decir.

“¿Anoche a qué hora?” pregunté y las tres veces que volví a ver al señor Delic, en el funeral, en el tribunal y meses después en un almacén de artículos para caza al que los dos habíamos entrado por casualidad, le repetí la pregunta que contestó irremediablemente con la hora en la que la carcajada había llamado mi atención.

Las tres veces también, y la última francamente desesperado, me dijo que él no había escuchado ninguna carcajada ni risa particular antes del ruido del cuerpo contra el pavimento.

Por: Ricardo Abdahllah

 

 

30 de Diciembre, 2007, 16:56: NofretAlaprima


 

 

    Quiero estudiar medicina, entrar a la facultad es lo único que me importa, es el sueño de toda mi vida. Aquí estoy en un aula esperando para anotarme; es un aula horrible, vieja, oscura, pero estoy exultante ¡por fin me voy a inscribir!

    Un hombre llega, y nos dice que ese lugar es sólo para informar, la inscripción es en… ¡mierda! No importa, nada me va a detener. Empiezo a caminar, pero me doy cuenta de que es demasiado lejos. Mientras camino, me hago amiga de un chico que también va a inscribirse. Decidimos tomar un micro, no tenemos que esperarlo, llega en seguida. Vamos muy contentos, el sol brilla, pero se oye un estruendo metálico y nos inclinamos. El micro chocó. Nadie se hizo daño, pero la conductora tiene un ataque de nervios y un policía se la lleva. Uf… Todos nos bajamos, el chico y yo seguimos caminando. Por fin llegamos a una plaza, y nos encontramos en la ribera del río. Hay que cruzarlo, la inscripción es del otro lado. El puente para cruzar es de tierra, de un par de metros de ancho, y está frondosamente arbolado. Sin dudarlo nos adentramos, pero es demasiado  frondoso, las copas de los árboles oscurecen todo, y se hacen cada vez más bajas a medida que avanzamos. Ya tenemos que caminar agachados, y al final en cuatro patas. Nos hicimos muy amigos con este chico, casi compinches, pero cruzar el río lo empieza a alejar de mí. El agua está invadiendo la tierra, y el puente se vuelve lodoso, ya es un pantano. Nos arrastramos, y las ramas de los árboles nos oprimen contra el barro. El chico se rinde y se vuelve. No importa, nada me va a detener, seguiré sola. El puente es una jungla, no puedo ver la otra orilla, no veo ni un metro delante de mí, pero no debe estar muy lejos. ¡Ajjjjj! ¡Qué asco! Un animal muerto, horriblemente hinchado, yace justo en medio. Controlo la impresión que me produce y sigo arrastrándome. Pero más animales aparecen, algunos están tan podridos que se les ven las tripas, otros ya son casi esqueletos. Son tantos que es imposible esquivarlos, y tengo que apoyar las manos en sus jugos putrefactos. Se me revuelve el estómago, pero nada me detiene. Avanzo asqueada. El puente empieza a curvarse, y hay un claro sin árboles, ya debo estar llegando. Por fin puedo ver el cielo, me asomo entre los árboles que se volvieron enanos y echo una mirada: el puente sigue, y no llegué ni a la mitad. Pero eso no es lo peor. Más adelante se convierte en un riel de ferrocarril, por donde corre un agua verdosa y podrida que cae hacia los lados. Hacer equilibrio sobre el puente chorreante me aterroriza, pero nada me detiene… avanzo aterrada. No hay nada en el mundo que pueda detenerme… si no fuera porque el puente se acaba en medio del río, en una inmunda cascada verde. Miro descorazonada la catarata, no hay cómo seguir, es obvio. Me levanto, me vuelvo y corro sobre el riel, sobre los animales muertos, bajo los árboles, y en segundos estoy a salvo, fuera del puente. El descorazonamiento es reemplazado por un alivio soleado, cristalino. Hay una pared blanca con una canilla, de la que sale agua mineral. El chico está ahí, y me saluda con alegría. Me arremango los pantalones, tiro los zapatos y me lavo las piernas en el agua fresca, veo cómo toda la podredumbre verde se despega de mi piel, veo mis piernas blanquearse. Pocas veces me sentí tan aliviada.

    Qué pena que sólo fue un sueño. Qué pena que en realidad no me volví, seguí el riel y acabé cayendo por la catarata de podredumbre. Qué pena que despierta sea tan idiota.

 Por: Nofret

 

30 de Diciembre, 2007, 16:48: GladysGeneral

 

Colgó el teléfono con mano temblorosa. ¿Cuántos meses llevaba levantando el teléfono, a la misma hora y siempre el mismo silencio? Aspiró con fuerza el aire pero se sintió insatisfecha. Necesitaba aire con urgencia. Se asomó a la ventana, la abrió de par en par y la llovizna golpeó suavemente sobre su rostro. Las gotas cayendo sobre los párpados escribían sueños fantásticos, en una pulsación brayle de felicidad. 

 

 

Abajo, cinco pisos a sus pies, una sombra se esconde en un portal ágil y fugaz. Las manos en los bolsillos de los pantalones, la cabeza erguida y el cuello un tanto encalambrado por el esfuerzo de mirar hacía arriba tanto tiempo.

 

Terminó el lenguaje escrito sobre sus párpados. Antes de que su cerebro decodificara corrió a su armario, sacó del cajón su colección de bikinis, los posó delicadamente sobre la cama, haciendo juego, quitando uno y poniendo otro en un lento rompecabezas que su  intuición le iba dictando. Este de flores  en el pecho con el pantalón de un solo tono. No, mejor aquel fucsia con el pantalón blanco. Sus manos parecían mariposas agonizantes cambiando una y otra vez las piezas de los bikinis sin quedar completamente satisfecha de ningún juego formado.

 

 

Cinco pisos más abajo, él por fin sintió alivio al bajar la cabeza. El cuello se lo agradeció y se dijo que ahora mismo disponía, por lo menos de una media hora antes de que ella acomodara los bikinis. Se sentó en un escalón del portal. Sacó un cigarrillo y fumó con ganas. Miró el móvil, jugó unos segundos a alimentar a los peces de su máquina y se sintió satisfecho de poseer ese aparato. Jugando con éste, se le pasaba el tiempo más rápido.

 

Las imágenes de sus bikinis empezaron a serle borrosas, los ojos se le habían llenado de lágrimas. No sabia por qué se ponía tan nerviosa, tan asustada por lo que iba a pasar. Era tonto. Siempre era lo mismo, sin embargo en el fondo de su corazón siempre temía el desenlace, el definitivo encuentro o lo que es peor, el final de ese juego que ya llevaba años. Tenía que escoger la bolsa. No mejor una mochila. No, se decidió por fin por una bolsa de tela con adornos en lentejuelas. Pequeñas flores formadas con acumulaciones de puntos brillantes en colores encendidos. Ese le encantaba particularmente y no recordaba haberlo llevado nunca. Si. Ese sería el que contendría su tesoro de esta noche.

Acomodó los bikinis. Una toalla, la que siempre reservaba para esa ocasión, las sandalias de flores. Otra vez las flores. ¿No sería demasiado pétalo por ahí? No. No importa. Las de flores están lindas – pensó –

 

 

¿Se fumaría otro cigarrillo o no? Capaz que si encendía uno, ella saldría de su casa y le obligaría a apagarlo, nada detestaba más en la vida que aplastar un cigarrillo que no va ni por la mitad. ¿Otro juego? No. Ya estaba aburrido de darle de comer a ese maldito pez y encima siempre se lo tragaban los peces gordos antes de tiempo. Estaba harto de ese juego. Mañana mismo se pasaría por la tienda de móviles para que se lo cambiaran por otro más dispendioso.

 

Bajó los escalones de dos en dos. Su menté recordó la canción de los caballitos y se avergonzó. No estaba ella en edad de cantar los dos caballitos de dos en dos alzan la pata….

 

La lluvia arreció. Las gotas empezaron a resonar sobre los capós de los coches en un golpeteó incesante. Cerró los ojos para sentir el aroma del cigarrillo y poder imaginarla desnudándose, al principio con calma, como si estuviera delante de un escenario, luego, la prisa le entraría y se sacaría los tejanos rápidamente, tiraría las sandalias con una patada simple y llana y se metería en el mar lanzando su cuerpo como una niña de ocho años en verano.

 

Cojeando en mitad del pasillo, dudó en acudir a su cita. El pie le dolía horriblemente y se le estaba hinchando. Pero, ¿cómo faltar? Uno no puede hacer esas cosas de buenas a primeras. Por lo menos no ella, siempre tan metódica. Tendría que ir. Así que recogió su bolso, que había ido a parar unos metros debajo de la escalera y a saltos de pata coja se encaminó hasta el garaje.

 

Creo que voy a encender ese cigarrillo. Si me lo fumo rápido podré ir detrás de ella aspirándolo lentamente. Se encogió un poco más en el escalón porque la lluvia, cayendo ahora de lado le estaba empapando los bajos del pantalón. Sacó el cigarro, se lo llevó a los labios, pero las gotas pronto lo humedecieron y con rabia vio como el papel se deshacía y las tripas del tabaco se quedaban prendidas de sus dedos. Mierda!!!

 

El tráfico estaba imposible y el tobillo le dolía cada vez más. Parecía como si respirara y en cada exhalación el dolor era más fuerte. Mientas cambiaba la luz del semáforo apretaba el tobillo contra la pierna, parecía que así aliviaba un poco el dolor. Al cabo de unos minutos el tráfico disminuyó, dobló a la derecha y ante ella apareció la franja ancha de la playa. Le llegó el olor del agua salada, el olor a azufre se le metió directamente al cerebro y logró anular cualquier otra sensación, a pesar de que el tobillo había aumentado unas cinco veces su tamaño. Buscó aparcamiento, lo cual no le fue difícil. A esa hora no muchos bañistas se entregan a las delicias del mar.

 

No sale. Habrá pasado algo, se preguntaba alzando de nuevo la cabeza hasta que la nuca volvió a dolerle. Arriba, la ventana era un agujero negro que iba absorbiendo sus deseos de verla esa noche.

 

 

Se quitó la ropa lentamente, más lentamente que de costumbre. Algo en su interior le decía que esa noche era distinto. Aunque el tobillo seguía doliéndole, no le importaba. Cada pieza de ropa que se sacaba del cuerpo era una especie de paso hacía su liberación. Hoy sí. Hoy por fin. No pensó más. Mecánicamente se despojó hasta de los anillos, armó un montón con su ropa y sus sandalias. Se acercó a la orilla. Dejó que las olas bañaran sus pies. Sintió alivio en el tobillo y miró hacía el horizonte.  La luna se balanceaba suavemente. A través de las olas ésta le mandaba mensajes tranquilizadores que se estrellaban en sus pantorrillas, que la teñían de plata y no lo pensó más. Se acostó sobre las olas, extendió los brazos y se dejo llevar.

Era el cuerpo de una mujer balanceándose en el agua, cobijada por millones de estrellas que alumbraban sólo para ella, que temblaban como su piel temblaba a cada onda de ola. Esa era la paz. Esa era la inmensidad que a ella le estaba dada.

 

 

Otro cigarrillo y me voy. No puede ser que hoy, precisamente hoy no asista. No puede ser. Y encima la lluvia ahora estaba convertida en un aguacero torrencial que bajaba arrasando con todo. Se decidió a levantarse. Se encaminó hasta el portal e hizo lo que durante cinco años se había negado a hacer. Pulsó el timbre. La mano se le quedo pegada a éste en un intento por insuflarle las palabras que siempre le faltaron. Nadie respondió en el quinto piso, 3º derecha.

 

Los minutos pasaban. Los minutos pasaron.

 

Ya amanecía. En el horizonte la negra noche se desgarró suavemente. ¿Cuántas horas había pasado sobre el agua? La piel estaba arrugada, blanda como de anfibio. El frío la estremecía. Se frotó los brazos y las piernas para entrar en calor. Nadó hasta la orilla y a su espalda el sol se acomodaba sobre las aguas achicharrando sus sueños.

 

Supo que esa sería la última vez.

Por: Gladys

30 de Diciembre, 2007, 16:35: La DirecciónGeneral

   


    Con las primeras horas de un nuevo año la expectación nos muerde la barriga, tenemos en primera fila de nuestra mente los propósitos que año tras año vamos acumulando, algunos se realizan otros no, ese no es el caso de esta reflexión, no vamos a juzgar a nadie. Nos referimos más bien a la exitación de una especie de vida nueva lista para estrenar, de 365 días, repletos de minutos, de toda aquella gente que quizá conoceremos, de aquellos con quienes nos reencontraremos, de los platos que probaremos, de los sitios que visitaremos y por supuesto, de las desiluciones, los momentos tristes, las esperas; toda una serie de acontecimientos que insuflaran vida a este nuevo año que está por venir.

    Este nuevo año es como el vestido que nos hemos comprado y que descansa sobre la cama, esperando el momento de cubrir nuestro cuerpo, de amoldarse a nuestras curvas, de recibir nuestro perfume y ajarse con nuestros movimientos. Ya está, ha llegado la hora. Dejamos que se deslice sobre nuestro cuerpo. Estamos listos para salir a lucirlo ¿Y ahora qué?

    El uso que le demos depende sólo de nosotros.

L.D.

20 de Diciembre, 2007, 12:55: La DirecciónGeneral

El motivo de la elección de este título obedece a un doble juego, en primer lugar llamar la atención con la famosa frase del gordito de barba blanca, muy repetida por estas fechas, pero también por burlarnos un poquitín del denominador común que rige nuestros destinos: DINERO como sea y al precio que sea.

En una revista  llamada Escribir y publicar que edita el Ministerio de Cultura, y concretamente en el numero de Octubre de 2007 me encontré con un artículo de Francesc Miralles, autor de El Cuarto Reino.

Se trata de Recetas para escribir un best seller.

Ya sé que muchos escritores se lanzan en ristre contra los autores de Best Sellers, a quienes consideran oportunistas, demasiado comerciales y con muy poco dignidad a la hora de negociar sus libros (productos). Amen del perjuicio que le causan a la “buena” literatura.

No vamos a juzgar ni a escribir largas diatribas a favor o en contra, simplemente queremos registrar una serie de trucos válidos para los momentos en que nos enfrentamos a la hoja en blanco, el uso que se le dé después es cosa de cada uno:

 

-       Imaginarse el libro antes de escribirlo, y no sólo eso, la editorial, la colección, la portada.

-       Documentarse a fondo sobre el tema, tomar fotografías, recoger historias pertinentes, entrevistarse con las personas que podrían colaborar con la historia.

-       Tener en cuenta que el escritor de  Best Sellers debe ser un corredor de fondo para enfrentarse a la prueba de fuego: las primeras veinte páginas. Después la novela se hace sola, pero para tener las veinte páginas hay que empezar a escribirla con disciplina, hay que establecer una rutina diaria y cumplirla, incluso cuando no se nos ocurre nada.

-       Mantener un estilo transparente, donde el contenido de la trama prevalece sobre la forma. Escribir de forma comercial requiere prescindir del ego literario para convertirse en un mero transmisor de la historia.

-       El ritmo de la novela debe ser trepidante y cuando baje la tensión se debe dar la vuelta a la situación para recuperarla.

-       El objetivo de la literatura popular es entretener sin cuartel.

 

Ahí queda, unos puntos para reflexionar mientras brindamos por las fiestas. Nosotros por lo pronto, dejamos entornadas las puertas pues nos vamos de vacaciones, ho ho ho ho… hasta el año que vieeeeene!!!!!!

¡Felicidades!

L.D.

 

15 de Diciembre, 2007, 16:12: La DirecciónGeneral



Uno de los mayores placeres que puede disfrutar el ser humano es caminar, el lugar por donde pasea ya depende de sus gustos particulares, unos prefieren la playa, otros los parques, o las calles.

Caminar te da una sensación de libertad, sobre todo si lo haces solo. Sales de casa, cierras la puerta y parece que has dejado atrás los problemas, el alma se aligera y los pies nos van llevando casi por inercia. La mente vaga de un pensamiento a otro, de una imagen a otra, de un deseo a otro. Si lo hacemos por estas fechas, de seguro nos tropezamos con otros seres humanos, les llamo de esa manera haciendo gala de su parecido físico a mi, pero su caminar es lento. Su espalda curva no puede resistir la carga de regalos que llevan en las manos.

Pasan a mi lado con bolsas elegantes, con rollos de papel para envolver los regalos, y sus voces hablan de determinados almacenes donde han visto... les han dicho... les aconsejaron...

Vidas, mundos, hechos, cosas que llenan la existencia de las personas, que les encauzan en horarios determinados y fechas por celebrar. Me rozan pero no me atraviesan, a veces, incluso nos tropezamos, pero de las disculpas no pasamos.

Creo que no soy humano, no tengo a quien regalar, no tengo horario por cumplir, no tengo que comprar un detallito para x o y. A pesar de todo me gusta la calle en navidad.

L.D.


15 de Diciembre, 2007, 15:55: Jimulminirelatos


Un rayo de luz se abrió para aquellas gentes tan castigadas por la avaricia, el egoísmo y la traición de propios y extraños. Los nuevos visitantes traían otra forma de hacer las cosas, sus modales y el tempo de sus acciones indicaba que había futuro para sus costumbres y formas de vida.

            Pero apenas eran eso, instantáneas fugaces, pequeñas tretas planificadas con meticulosa precisión. Su futuro tenía ya nombre.

            Seguirían siendo esclavos, ahora en lugar de ser Occidente, sería Oriente su látigo fustigador.

 

Por: Jimul

15 de Diciembre, 2007, 15:50: Jimulminirelatos

         



            Libertad, fortaleza, plenitud, energía. Todo esto lo sentía al mismo tiempo en una sucesión vertiginosa de electrizantes estímulos que volaban a través de aquella autopista, cuyo tránsito rutinario y aburrido no dejaba espacio a la aventura. El sudor frío y un bloqueo instantáneo en el motor central, terminaron desarticulando las últimas conexiones con el ordenador central. Fulminado como un muñeco de trapo, rodó en la mitad de la pista de baile.

            La última raya de cocaína había conseguido su efecto más prolongado.

Por: Jimul

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