El Blog
Calendario
Apúntate
Categorías
Alojado en
|
Diciembre del 2007
|
Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 17:23.
en Hablando de....
Referencias (0)
|

"Y
el frescor se volvió paja de granero"
"Rotos,
pedazos que nunca se vuelven a unir, rotos, incluso esos mismos pedazos de
antiguos rotos."
"Préstame
las palabras que me faltan para mantener mi indignación"
"Que
no se detenga el espectáculo, que los actores continúen la representación, pero
que nos dejen tirar los tomates antes de que caiga el telón"
"No
bajes aún de mis ramas aunque el viento lo amortigüe, una caida siempre es una
caida"
Por. Charo González
|
|
|
Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 17:16.
en minirelatos.
Referencias (0)
|

Eran los
últimos días del mes de noviembre y como siempre se comenzaban a hacer los
preparativos para las fiestas navideñas.
En los
corrales, los animales comenzaban a estar muy nerviosos, así que se reunió A.D.A.N (Asociación para la Defensa de los Animales
Navideños). Presidían la reunión, como siempre el Sr. Perro y D. Gato, tras la
constitución de la mesa, se procedió al sorteo de los animales que deberían
sacrificarse en pos de estas fiestas. Naturalmente D. Cerdo y D. Cordero
quedaban exentos, por ser los “sacrificados estrella”. Así que sólo quedaba el
Pavo que sería elegido por unanimidad al no presentarse otro candidato, pero
ocurrió que un conejo saltarín y despistado se introdujo por el hueco de la
portalada de aquella hacienda castellana. El gato, muy hábil dijo:
- Vaya,
este año vamos a tener que elegir entre un mamífero y un ave, curioso
asunto.
El conejo que
estaba un tanto asustado, sólo se atrevió a decir:
La votación de
aquel año estuvo muy reñida, tanto que tuvieron que participar el gato y el
perro. El resultado fue empate total.
Las navidades
del 2007 fueron comidos a partes iguales pavos y conejos.
Por:Jimul
|
|
|
Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 17:02.
en General.
Referencias (0)

Los
límites de la cordura están deshilachados y el miedo siempre triunfa. Casi me
gusta decirlo porque cada vez que digo que el miedo triunfa siempre me siento
más cerca de convencerme de que no tenía ninguna posibilidad. Cuando sucedieron
estos hechos, yo vivía en el último piso de un apartamento sobre el Paseo
España, casi a medio camino entre la Casa
Argos y la Casa Sur y
a la vuelta del Hotel Oppenheim. El sitio no estaba en buenas condiciones, pero
era barato. No había muchas personas interesadas en arrendar el apartamento
donde habían asesinado a Ilana Zunz y a otra tipa de apellido Valeria, pero si
habían construido un edificio de apartamentos sobre las ruinas del incendio de
Love Street 16-66 (y allí hubo muertos, se sabe) y si Trent Reznor había
comprado la mansión de Cielo Drive, y mi presupuesto no iba bien, yo no tenía
problema en alquilarlo. Lo que había pasado en ese apartamento nada tiene que
ver con la historia que voy a contar excepto en un detalle: el hecho de vivir
en un lugar como ese había logrado que me autoconvenciera de mi inmunidad al
miedo. Desde mis primeras semanas en el apartamento, donde hasta la decoración
de vitrales y la cama antigua bastaban para desconcertar incluso a alguien que
no estuviera al corriente de lo que había pasado, dejaron de preocuparme los
pasos que uno siempre escucha cuando camina una calle sola y los ruidos que
encierran todas las escaleras. Un par de
veces acompañé a Daza Carreño a tomar fotos nocturnas entre los árboles secos
del Mamre. Alguna vez pasé una noche caminando por el cementerio de La Colina sólo por sentir el
placer de saber que no había nada en el mundo que pudiera hacerme dar un paso
atrás, que no existía ningún sonido que pudiera llevarme a tapar con mis manos
mis oídos.
Lo
diré de nuevo: el miedo siempre triunfa.
La carcajada parecía repetirse a intervalos regulares, aunque en
principio no le presté mayor atención, atribuyéndola a alguna joven borracha
que a pesar de la tormenta recorrería las calles con sus amigos riéndose de
alguna broma simple. Si no estuviera lloviendo, es posible que no hubiera
llegado jamás a ocuparme de la risa, pero los aguaceros no son habituales en
Bucaramanga y cuando me asomé a la ventana vi que el agua recorría las calles y
arrastraba la tierra de las macetas de los jardines. Es posible que tampoco
hubiera notado que la risa regresaba cada cierto tiempo sino fuera por los
relojes de pared. La colección la había empezado algún antepasado por el lado
Barajas, pero era pequeña hasta que empecé añadir los que iba comprando. Total,
tenía casi toda una pared cubierta de relojes y así era fácil contar el tiempo
que pasaba. Las primeras veces conté mentalmente. A pesar de los truenos, e
incluso por encima de su ruido, la risa se escuchaba cada seis segundos que
comprobé exactos cuando validé la precisión de mi cuenta con los saltitos de la
manecilla larga de un relojito en madera que colgaba casi en el ángulo que se
formaba entre la pared de los relojes y la de la ventana. Otro reloj, pequeño,
en esmalte y porcelana de Limoges, confirmó los seis segundos.
“¿Quién puede reírse así?” fue la
pregunta que me hice en voz alta justo antes de que golpearan a la puerta.
Uno puede pensar dos cosas al tiempo pero
el lenguajes es lineal, he ahí su defecto insalvable. Mientras caminaba hasta
la puerta pensaba al mismo tiempo en quién podría llegar a esa hora y en cuál
podría ser la causa de esa risa. Era su recurrencia la que me había hecho notarla,
pero era su naturaleza la que me intrigaba. Nadie me visitaba nunca a excepción
de mi madre y yo no vivía en una casa en medio del campo como para que alguien
viniera con la excusa cinematográfica del auto averiado. Nadie podría visitarme
con esa lluvia. Nadie, con esa lluvia, podría estarse riendo. No pregunté nada.
No miré por el ojo vigía de la puerta. Abrí la puerta como quien espera que al
otro lado esté la explicación de la risa.
Al otro lado estaba Andrea Camila Delic
Crow y estaba llorando.
La última vez que la vi también estaba
llorando. Camila lloraba con lágrimas pequeñas como cristales derretidos, pero
desde entonces había pasado mucho tiempo (¿tres años es mucho tiempo ?) y
lo último que había sabido de ella era que de la casa de dos pisos donde vivía
cuando andábamos juntos se había mudado a un edificio de apartamentos en los
cerros de Cabecera. Allí nunca fui a visitarla aunque es cierto que a veces
pasaba un par de cuartos de hora mirando algunas fotografías donde aparecíamos
juntos e imaginaba que ella hacía lo mismo si es que aún tenía el corcho en la
pared donde pegaba nuestras fotografías. Camila estaba en las fotos, en un par
de canciones que nunca escuchamos juntos y en otras que sí y en un montón de
referencias regadas por Bucaramanga, pero en cierta forma se había convertido
en una idea, en un símbolo de los tiempos que pasamos, Camila era una época.
Las personas son las maneras de recordar temporadas de la vida. Ideas. Camila
era una idea y ahora esa idea encarnaba nuevamente en un cuerpo que abracé
apenas cruzó la puerta, pero al que no sabía si tratar como recuerdo o como
persona. En el último grado del bachillerato nos habían expulsado del colegio
por que no nos dejamos poner la cruz en la frente el Miércoles de Ceniza. En ese
entonces creíamos en gestos y símbolos y ese era un gesto contra el gesto de
los demás y estaba bien no dejarse marcar, menos de una manera tan notoria. Ese
fue nuestro primer gran pacto. El segundo lo hicimos una noche junto al fuego.
Entonces dijimos que seríamos la excepción a nada dura para siempre.
Poco tiempo después dejamos de vernos.
Probablemente aquella noche, cuando volví a verla aún recordaba la razón, pero
desde entonces me he metido tantas cosas en el cerebro que lo he olvidado, o
confundido si no es lo mismo y tengo dos escenas en mente. Una donde ella subía
a un auto rojo con un tipo y lo besaba apenas cerrando la puerta y otra donde
yo le confesaba que desde hacía un tiempo era el amante de una cierta Natalia
Hetfield y quería tener sexo con ella y Camila al tiempo. No recuerdo que pasó
primero. Hace un tiempo tengo problemas para recordar el orden de las cosas,
pero recuerdo que Camila dijo que no me perdonaría por el resto de su vida. Ese
fue nuestro tercer y último pacto, que ella no iba a perdonarme y a mí no me
iba a importar.
Sin embargo, Camila estaba en mi
apartamento y antes de decirle cualquier cosa la tomé de la mano y la llevé
hasta la ventana de mi cuarto. “Tienes que escuchar esto”, dije, y concentré
toda mi atención tratando de captar nuevamente la risotada. Fue inútil, el
silencio sólo estaba lleno de la lluvia y los truenos que ahora parecían
alejarse. Un tiempo después, y digo un tiempo después porque no sé cuántos
segundos tardé en reaccionar, volví a mirarla. Seguía llorando y su cabello le
tapaba la cara. Lo separé con las dos manos, como quien abre una cortina
oriental. Le pregunté si quería tomar algo o en todo caso le hice una pregunta
idiota de ese estilo. Dijo “Hasta hoy” (y repitió ‘has-ta-ho-y’ deletreando). “Hasta
hoy me aguanté a mi papá”.
Nunca nos presentaron, pero lo había
visto muchas veces y sabía cómo trataba a Camila. Ahora, que también él ha
sufrido tanto, no veo por qué yo debería adentrarme en los detalles, pero para
dejar un ejemplo, con cierta frecuencia él cerraba con llave la puerta de su
cuarto y para salir ella tenía que arrojar un lazo por la ventana. Entonces yo
tenía ese grito de guerra “Tira el lazo, somos jóvenes” y en esa noche que
había comenzado con un aguacero y una carcajada recurrente yo sentía como si
ella una vez más hubiera tirado el lazo para escapar. Ahora sé que estaba
equivocado, eso es lo único de lo que aún tengo certeza. La abracé y nos
quedamos callados mirando al cielo, la tormenta había terminado y la luna llena
iluminaba la ciudad arruinando con su luz de lámpara fluorescente los rincones
oscuros que necesitan los amantes y los ladrones. Camila se recostó en mi
regazo y pensaba que con un leve giro podría sentir su corazón latiendo junto
al mío, pero ella no giró para mirarme. “Nunca nos escapamos” dijo.
“Un montón de veces” dije yo pensando en
el lazo que se quedaba colgando toda la noche y al que yo le ayudaba a subir
antes de que acabara de amanecer.
“Cuando uno regresa es como si nunca
hubiera tenido la valentía de escapar” dijo ella.
Y era una frase contundente del tipo tras
el cual en los cuentos y las películas sigue siempre un silencio largo o una
acción dramática. Camila no dijo nada, se levantó de mi regazo sin que yo
hubiera escuchado su corazón y comenzó a descolgar los relojes que adornaban
las paredes. Cuando terminó de poner el último de ellos de cara al suelo,
volvió a acostarse a mi lado y apenas abrió los labios para decir que me
perdonaba. Pensé besarla, es el tipo de cosas en las que piensa la gente y no soy
más que nadie, pero ya Andrea Camila era una cosa dormida y sonriente y
entonces lo que hice fue recostar mi cabeza contra la pared. Ignoraba por
completo la hora y terminé por quedarme dormido mientras trataba de imaginar si
Andrea Camila estaba soñando que esta vez escapábamos del todo.
Tal vez el teléfono ya había sonado
muchas veces cuando por fin desperté y sonó algunas más mientras decidí pararme
a contestar. La mañana era fría y gris, como pasa cada vez que de Ciudad Norte
sube esa niebla densa que tapa toda Bucaramanga hasta que el calor termina por
dispersarla. Camila no estaba en el apartamento, pero no era la primera vez que
partía sin despedirse. Entonces pensé que en la época del lazo ella había
tenido a veces que trepar sola su regreso porque soy un tipo difícil de
levantar. Habían colgado cuando contesté, pero el teléfono sonó de nuevo
mientras estaba en el baño. Era mi hermana la que llamaba y me dio la noticia
sin muchos detalles. El miedo ya había triunfado, pero no lo supe hasta mediodía
cuando llamé a la oficina del padre de Camila y pregunté el número de su casa.
Justo antes de que él contestara creí tener las imágenes en mi mente, Camila
saliendo de mi casa en la madrugada, saltando al paso de un autobús, tal vez
tomando pastillas a manotadas.
“Fue anoche. Saltó por la ventana” dijo
el señor Delic. Su tono ya había desarmado cualquier posible recriminación de
su parte. Una muerte cierra todas las deudas y todos los rencores posibles o
eso pensé antes de que cayera en cuenta de lo que “anoche” quería decir.
“¿Anoche a qué hora?” pregunté y las tres
veces que volví a ver al señor Delic, en el funeral, en el tribunal y meses
después en un almacén de artículos para caza al que los dos habíamos entrado
por casualidad, le repetí la pregunta que contestó irremediablemente con la
hora en la que la carcajada había llamado mi atención.
Las tres veces también, y la última
francamente desesperado, me dijo que él no había escuchado ninguna carcajada ni
risa particular antes del ruido del cuerpo contra el pavimento.
Por: Ricardo Abdahllah
|
|
|
Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 16:56.
en Alaprima.
Referencias (0)
|

Quiero estudiar medicina, entrar a la
facultad es lo único que me importa, es el sueño de toda mi vida. Aquí estoy en
un aula esperando para anotarme; es un aula horrible, vieja, oscura, pero estoy
exultante ¡por fin me voy a inscribir!
Un hombre llega, y nos dice que ese lugar
es sólo para informar, la inscripción es en… ¡mierda! No importa, nada me va a
detener. Empiezo a caminar, pero me doy cuenta de que es demasiado lejos.
Mientras camino, me hago amiga de un chico que también va a inscribirse.
Decidimos tomar un micro, no tenemos que esperarlo, llega en seguida. Vamos muy
contentos, el sol brilla, pero se oye un estruendo metálico y nos inclinamos.
El micro chocó. Nadie se hizo daño, pero la conductora tiene un ataque de
nervios y un policía se la lleva. Uf… Todos nos bajamos, el chico y yo seguimos
caminando. Por fin llegamos a una plaza, y nos encontramos en la ribera del
río. Hay que cruzarlo, la inscripción es del otro lado. El puente para cruzar
es de tierra, de un par de metros de ancho, y está frondosamente arbolado. Sin
dudarlo nos adentramos, pero es demasiado
frondoso, las copas de los árboles oscurecen todo, y se hacen cada vez
más bajas a medida que avanzamos. Ya tenemos que caminar agachados, y al final
en cuatro patas. Nos hicimos muy amigos con este chico, casi compinches, pero
cruzar el río lo empieza a alejar de mí. El agua está invadiendo la tierra, y
el puente se vuelve lodoso, ya es un pantano. Nos arrastramos, y las ramas de
los árboles nos oprimen contra el barro. El chico se rinde y se vuelve. No
importa, nada me va a detener, seguiré sola. El puente es una jungla, no puedo
ver la otra orilla, no veo ni un metro delante de mí, pero no debe estar muy
lejos. ¡Ajjjjj! ¡Qué asco! Un animal muerto, horriblemente hinchado, yace justo
en medio. Controlo la impresión que me produce y sigo arrastrándome. Pero más
animales aparecen, algunos están tan podridos que se les ven las tripas, otros
ya son casi esqueletos. Son tantos que es imposible esquivarlos, y tengo que
apoyar las manos en sus jugos putrefactos. Se me revuelve el estómago, pero
nada me detiene. Avanzo asqueada. El puente empieza a curvarse, y hay un claro
sin árboles, ya debo estar llegando. Por fin puedo ver el cielo, me asomo entre
los árboles que se volvieron enanos y echo una mirada: el puente sigue, y no
llegué ni a la mitad. Pero eso no es lo peor. Más adelante se convierte en un
riel de ferrocarril, por donde corre un agua verdosa y podrida que cae hacia
los lados. Hacer equilibrio sobre el puente chorreante me aterroriza, pero nada
me detiene… avanzo aterrada. No hay nada en el mundo que pueda detenerme… si no
fuera porque el puente se acaba en medio del río, en una inmunda cascada verde.
Miro descorazonada la catarata, no hay cómo seguir, es obvio. Me levanto, me
vuelvo y corro sobre el riel, sobre los animales muertos, bajo los árboles, y
en segundos estoy a salvo, fuera del puente. El descorazonamiento es
reemplazado por un alivio soleado, cristalino. Hay una pared blanca con una
canilla, de la que sale agua mineral. El chico está ahí, y me saluda con
alegría. Me arremango los pantalones, tiro los zapatos y me lavo las piernas en
el agua fresca, veo cómo toda la podredumbre verde se despega de mi piel, veo
mis piernas blanquearse. Pocas veces me sentí tan aliviada.
Qué pena que sólo fue un sueño. Qué pena
que en realidad no me volví, seguí el riel y acabé cayendo por la catarata de
podredumbre. Qué pena que despierta sea tan idiota.
Por: Nofret
|
|
|
Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 16:48.
en General.
Comentarios (3) |
Referencias (0)
|

Colgó
el teléfono con mano temblorosa. ¿Cuántos meses llevaba levantando el teléfono,
a la misma hora y siempre el mismo silencio? Aspiró con fuerza el aire pero se
sintió insatisfecha. Necesitaba aire con urgencia. Se asomó a la ventana, la
abrió de par en par y la llovizna golpeó suavemente sobre su rostro. Las gotas
cayendo sobre los párpados escribían sueños fantásticos, en una pulsación
brayle de felicidad.
Abajo,
cinco pisos a sus pies, una sombra se esconde en un portal ágil y fugaz. Las
manos en los bolsillos de los pantalones, la cabeza erguida y el cuello un
tanto encalambrado por el esfuerzo de mirar hacía arriba tanto tiempo.
Terminó
el lenguaje escrito sobre sus párpados. Antes de que su cerebro decodificara corrió
a su armario, sacó del cajón su colección de bikinis, los posó delicadamente
sobre la cama, haciendo juego, quitando uno y poniendo otro en un lento
rompecabezas que su intuición le iba
dictando. Este de flores en el pecho con
el pantalón de un solo tono. No, mejor aquel fucsia con el pantalón blanco. Sus
manos parecían mariposas agonizantes cambiando una y otra vez las piezas de los
bikinis sin quedar completamente satisfecha de ningún juego formado.
Cinco
pisos más abajo, él por fin sintió alivio al bajar la cabeza. El cuello se lo
agradeció y se dijo que ahora mismo disponía, por lo menos de una media hora
antes de que ella acomodara los bikinis. Se sentó en un escalón del portal.
Sacó un cigarrillo y fumó con ganas. Miró el móvil, jugó unos segundos a
alimentar a los peces de su máquina y se sintió satisfecho de poseer ese
aparato. Jugando con éste, se le pasaba el tiempo más rápido.
Las
imágenes de sus bikinis empezaron a serle borrosas, los ojos se le habían
llenado de lágrimas. No sabia por qué se ponía tan nerviosa, tan asustada por
lo que iba a pasar. Era tonto. Siempre era lo mismo, sin embargo en el fondo de
su corazón siempre temía el desenlace, el definitivo encuentro o lo que es
peor, el final de ese juego que ya llevaba años. Tenía que escoger la bolsa. No
mejor una mochila. No, se decidió por fin por una bolsa de tela con adornos en
lentejuelas. Pequeñas flores formadas con acumulaciones de puntos brillantes en
colores encendidos. Ese le encantaba particularmente y no recordaba haberlo
llevado nunca. Si. Ese sería el que contendría su tesoro de esta noche.
Acomodó
los bikinis. Una toalla, la que siempre reservaba para esa ocasión, las
sandalias de flores. Otra vez las flores. ¿No sería demasiado pétalo por ahí?
No. No importa. Las de flores están lindas – pensó –
¿Se
fumaría otro cigarrillo o no? Capaz que si encendía uno, ella saldría de su casa
y le obligaría a apagarlo, nada detestaba más en la vida que aplastar un
cigarrillo que no va ni por la mitad. ¿Otro juego? No. Ya estaba aburrido de
darle de comer a ese maldito pez y encima siempre se lo tragaban los peces
gordos antes de tiempo. Estaba harto de ese juego. Mañana mismo se pasaría por
la tienda de móviles para que se lo cambiaran por otro más dispendioso.
Bajó
los escalones de dos en dos. Su menté recordó la canción de los caballitos y se
avergonzó. No estaba ella en edad de cantar los dos caballitos de dos en dos
alzan la pata….
La
lluvia arreció. Las gotas empezaron a resonar sobre los capós de los coches en un
golpeteó incesante. Cerró los ojos para sentir el aroma del cigarrillo y poder
imaginarla desnudándose, al principio con calma, como si estuviera delante de
un escenario, luego, la prisa le entraría y se sacaría los tejanos rápidamente,
tiraría las sandalias con una patada simple y llana y se metería en el mar
lanzando su cuerpo como una niña de ocho años en verano.
Cojeando
en mitad del pasillo, dudó en acudir a su cita. El pie le dolía horriblemente y
se le estaba hinchando. Pero, ¿cómo faltar? Uno no puede hacer esas cosas de
buenas a primeras. Por lo menos no ella, siempre tan metódica. Tendría que ir.
Así que recogió su bolso, que había ido a parar unos metros debajo de la
escalera y a saltos de pata coja se encaminó hasta el garaje.
Creo
que voy a encender ese cigarrillo. Si me lo fumo rápido podré ir detrás de ella
aspirándolo lentamente. Se encogió un poco más en el escalón porque la lluvia,
cayendo ahora de lado le estaba empapando los bajos del pantalón. Sacó el
cigarro, se lo llevó a los labios, pero las gotas pronto lo humedecieron y con
rabia vio como el papel se deshacía y las tripas del tabaco se quedaban
prendidas de sus dedos. Mierda!!!
El
tráfico estaba imposible y el tobillo le dolía cada vez más. Parecía como si
respirara y en cada exhalación el dolor era más fuerte. Mientas cambiaba la luz
del semáforo apretaba el tobillo contra la pierna, parecía que así aliviaba un
poco el dolor. Al cabo de unos minutos el tráfico disminuyó, dobló a la derecha
y ante ella apareció la franja ancha de la playa. Le llegó el olor del agua
salada, el olor a azufre se le metió directamente al cerebro y logró anular
cualquier otra sensación, a pesar de que el tobillo había aumentado unas cinco
veces su tamaño. Buscó aparcamiento, lo cual no le fue difícil. A esa hora no
muchos bañistas se entregan a las delicias del mar.
No
sale. Habrá pasado algo, se preguntaba alzando de nuevo la cabeza hasta que la
nuca volvió a dolerle. Arriba, la ventana era un agujero negro que iba
absorbiendo sus deseos de verla esa noche.
Se
quitó la ropa lentamente, más lentamente que de costumbre. Algo en su interior
le decía que esa noche era distinto. Aunque el tobillo seguía doliéndole, no le
importaba. Cada pieza de ropa que se sacaba del cuerpo era una especie de paso
hacía su liberación. Hoy sí. Hoy por fin. No pensó más. Mecánicamente se
despojó hasta de los anillos, armó un montón con su ropa y sus sandalias. Se
acercó a la orilla. Dejó que las olas bañaran sus pies. Sintió alivio en el
tobillo y miró hacía el horizonte. La
luna se balanceaba suavemente. A través de las olas ésta le mandaba mensajes
tranquilizadores que se estrellaban en sus pantorrillas, que la teñían de plata
y no lo pensó más. Se acostó sobre las olas, extendió los brazos y se dejo
llevar.
Era
el cuerpo de una mujer balanceándose en el agua, cobijada por millones de
estrellas que alumbraban sólo para ella, que temblaban como su piel temblaba a
cada onda de ola. Esa era la paz. Esa era la inmensidad que a ella le estaba
dada.
Otro
cigarrillo y me voy. No puede ser que hoy, precisamente hoy no asista. No puede
ser. Y encima la lluvia ahora estaba convertida en un aguacero torrencial que
bajaba arrasando con todo. Se decidió a levantarse. Se encaminó hasta el portal
e hizo lo que durante cinco años se había negado a hacer. Pulsó el timbre. La
mano se le quedo pegada a éste en un intento por insuflarle las palabras que
siempre le faltaron. Nadie respondió en el quinto piso, 3º derecha.
Los
minutos pasaban. Los minutos pasaron.
Ya
amanecía. En el horizonte la negra noche se desgarró suavemente. ¿Cuántas horas
había pasado sobre el agua? La piel estaba arrugada, blanda como de anfibio. El
frío la estremecía. Se frotó los brazos y las piernas para entrar en calor.
Nadó hasta la orilla y a su espalda el sol se acomodaba sobre las aguas
achicharrando sus sueños.
Supo
que esa sería la última vez.
Por: Gladys
|
|
|
Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 16:35.
en General.
Referencias (0)
|

Con las primeras horas de un nuevo año la
expectación nos muerde la barriga, tenemos en primera fila de nuestra mente los
propósitos que año tras año vamos acumulando, algunos se realizan otros no, ese
no es el caso de esta reflexión, no vamos a juzgar a nadie. Nos referimos más
bien a la exitación de una especie de vida nueva lista para estrenar, de 365
días, repletos de minutos, de toda aquella gente que quizá conoceremos, de
aquellos con quienes nos reencontraremos, de los platos que probaremos, de los
sitios que visitaremos y por supuesto, de las desiluciones, los momentos
tristes, las esperas; toda una serie de acontecimientos que insuflaran vida a
este nuevo año que está por venir.
Este nuevo año es como el vestido que nos
hemos comprado y que descansa sobre la cama, esperando el momento de cubrir
nuestro cuerpo, de amoldarse a nuestras curvas, de recibir nuestro perfume y
ajarse con nuestros movimientos. Ya está, ha llegado la hora. Dejamos que se
deslice sobre nuestro cuerpo. Estamos listos para salir a lucirlo ¿Y ahora qué?
El uso que le demos depende sólo de nosotros.
L.D.
|
|
|
Publicado el 20 de Diciembre, 2007, 12:55.
en General.
Comentarios (5) |
Referencias (0)
|

El motivo de la elección de este título obedece a un doble
juego, en primer lugar llamar la atención con la famosa frase del gordito de
barba blanca, muy repetida por estas fechas, pero también por burlarnos un
poquitín del denominador común que rige nuestros destinos: DINERO como sea y al
precio que sea.
En una revista
llamada Escribir y publicar que edita el Ministerio de Cultura, y
concretamente en el numero de Octubre de 2007 me encontré con un artículo de
Francesc Miralles, autor de El Cuarto Reino.
Se trata de Recetas para escribir un best seller.
Ya sé que muchos escritores se lanzan en ristre contra los
autores de Best Sellers, a quienes consideran oportunistas, demasiado
comerciales y con muy poco dignidad a la hora de negociar sus libros (productos).
Amen del perjuicio que le causan a la “buena” literatura.
No vamos a juzgar ni a escribir largas diatribas a favor o
en contra, simplemente queremos registrar una serie de trucos válidos para los
momentos en que nos enfrentamos a la hoja en blanco, el uso que se le dé
después es cosa de cada uno:
- Imaginarse
el libro antes de escribirlo, y no sólo eso, la editorial, la colección, la
portada.
- Documentarse
a fondo sobre el tema, tomar fotografías, recoger historias pertinentes,
entrevistarse con las personas que podrían colaborar con la historia.
- Tener
en cuenta que el escritor de Best
Sellers debe ser un corredor de fondo para enfrentarse a la prueba de fuego:
las primeras veinte páginas. Después la novela se hace sola, pero para tener
las veinte páginas hay que empezar a escribirla con disciplina, hay que
establecer una rutina diaria y cumplirla, incluso cuando no se nos ocurre nada.
- Mantener
un estilo transparente, donde el contenido de la trama prevalece sobre la
forma. Escribir de forma comercial requiere prescindir del ego literario para
convertirse en un mero transmisor de la historia.
- El
ritmo de la novela debe ser trepidante y cuando baje la tensión se debe dar la
vuelta a la situación para recuperarla.
- El
objetivo de la literatura popular es entretener sin cuartel.
Ahí queda, unos puntos para reflexionar mientras brindamos
por las fiestas. Nosotros por lo pronto, dejamos entornadas las puertas pues
nos vamos de vacaciones, ho ho ho ho… hasta el año que vieeeeene!!!!!!
¡Felicidades!
L.D.
|
|
|
Publicado el 15 de Diciembre, 2007, 16:12.
en General.
Comentarios (6) |
Referencias (0)
|

Uno de los mayores placeres que puede
disfrutar el ser humano es caminar, el lugar por donde pasea ya depende de sus
gustos particulares, unos prefieren la playa, otros los parques, o las calles.
Caminar te da una sensación de libertad,
sobre todo si lo haces solo. Sales de casa, cierras la puerta y parece que has
dejado atrás los problemas, el alma se aligera y los pies nos van llevando casi
por inercia. La mente vaga de un pensamiento a otro, de una imagen a otra, de
un deseo a otro. Si lo hacemos por estas fechas, de seguro nos tropezamos con
otros seres humanos, les llamo de esa manera haciendo gala de su parecido
físico a mi, pero su caminar es lento. Su espalda curva no puede resistir la
carga de regalos que llevan en las manos.
Pasan a mi lado con bolsas elegantes, con
rollos de papel para envolver los regalos, y sus voces hablan de determinados
almacenes donde han visto... les han dicho... les aconsejaron...
Vidas, mundos, hechos, cosas que llenan la
existencia de las personas, que les encauzan en horarios determinados y fechas
por celebrar. Me rozan pero no me atraviesan, a veces, incluso nos tropezamos,
pero de las disculpas no pasamos.
Creo que no soy humano, no tengo a quien
regalar, no tengo horario por cumplir, no tengo que comprar un detallito para x
o y. A pesar de todo me gusta la calle en navidad.
L.D.
|
|
|
Publicado el 15 de Diciembre, 2007, 15:55.
en minirelatos.
Referencias (0)

Un rayo de luz se abrió para aquellas gentes tan castigadas por la avaricia, el
egoísmo y la traición de propios y extraños. Los nuevos visitantes traían otra
forma de hacer las cosas, sus modales y el tempo de sus acciones indicaba que
había futuro para sus costumbres y formas de vida.
Pero apenas eran eso, instantáneas fugaces,
pequeñas tretas planificadas con meticulosa precisión. Su futuro tenía ya
nombre.
Seguirían siendo esclavos, ahora en lugar de ser
Occidente, sería Oriente su látigo fustigador.
Por: Jimul
|
|
|
Publicado el 15 de Diciembre, 2007, 15:50.
en minirelatos.
Referencias (0)
|
Libertad, fortaleza, plenitud,
energía. Todo esto lo sentía al mismo tiempo en una sucesión vertiginosa de
electrizantes estímulos que volaban a través de aquella autopista, cuyo tránsito
rutinario y aburrido no dejaba espacio a la aventura. El sudor frío y un bloqueo
instantáneo en el motor central, terminaron desarticulando las últimas
conexiones con el ordenador central. Fulminado como un muñeco de trapo,
rodó en la mitad de la pista de baile.
La última raya de cocaína había conseguido su efecto más
prolongado.
Por: Jimul
|
|
|
Publicado el 15 de Diciembre, 2007, 15:34.
en General.
Comentarios (4) |
Referencias (0)
|

De
la casa vecina le llega el olor a pastel de chocolate. Luís alza la mirada de
sus deberes de matemáticas y se concentra en el olor. La señora Marta debe tener el delantal de
flores rojas, y se estará moviendo de un lado para otro en la cocina. Sus manos
quizás tengan esos guantes gigantescos para no quemarse al abrir el horno.
Ahora mismo debe estar clavando el cuchillo al pastel. Si sale completamente
limpio será el momento justo de sacarlo del horno.
Luís
cuenta con los dedos, veinticinco menos trece son: catorce en el dedo meñique,
quince en el anular, diez y seis en el de el corazón, diez y siete en el
índice, diez y ocho en el pulgar.
Ahora
cerrará el horno, acercará el pastel a la ventana para que se enfríe… -diez y
nueve en el meñique de la otra mano – se quitará los guantes y mirará orgullosa
el molde con el pastel – veinte –
Ya
me quedó mal otra vez.
Borra
con el otro extremo del lápiz pero como ha mordido la goma, ya no queda nada
para borrar, en cambio ahora tiene un manchón en la hoja. La arranca con
cuidado para que su mamá no lo vea – veinte uno – y vuelve a poner la resta con
mano firme sobre el papel.
Cierra
los ojos, se levanta de la mesa, se acerca al cajón de su mesita de noche, tira
todo lo que hay sobre la cama y empieza a colocar en orden todos sus tesoros:
Un elástico grande, un tornillo que se encontró en la calle, al venir del
colegio… - brillaba tanto - el envoltorio de una chocolatina jet, con la imagen
de una iguana gigante, un escarabajo con todas sus patas. Sus ojos brillaron al
contemplarlo. Era de los más raros que había encontrado en el patio del colegio
y no se lo había mostrado a su amigo Jorge para que no se fuera a sentir mal.
El pobre, jamás había logrado encontrar uno totalmente intacto, siempre le
faltaba una pata, o una antena o tenían la cabeza apachurrada. Jorge debería
dedicarse a otra cosa, por ejemplo a recoger puntillas, eso si que se le da
bien, pero los escarabajos no.
Acercó
el escarabajo a la luz de la lámpara, la luz formó haces iridiscentes sobre la
palma de su mano. Tomó una bolsa de plástico y salió al antejardín, caminó
sobre el sendero de piedras, se agachó junto a la ventana de la vecina. El
pastel ya debía estar en su punto porque el olor se había suavizado un poco.
Se
irguió lentamente, asomó su cabeza por el marco de la ventana. Allí estaba la
señora Marta con su delantal de flores rojas quitándose los guantes gigantes.
Vio como se contemplaba las manos, un tanto enrojecidas por el calor del horno
y como luego recogía todos los cacharros que estaban esparcidos por la mesa. La
escuchaba cantar. Tenía una linda voz.
Luís
se agachó de nuevo y esperó a que terminara la canción. Justo en el momento de
hacerlo gritó: Doce, son doce.
Esa
palabra lo catapultó a la realidad, los recuerdos de su vecina y el olor de la
tarta de chocolate se fueron disipando para dar paso al rostro de su mujer,
sentada frente a él, en la cafetería. La escuchaba como de lejos, ella decía que
se iba, que la vida de hogar no era para ella, que se asfixiaba en la casa y
que odiaba todos esos escarabajos que él coleccionaba. Él le dijo que sí, que estaba bien. - Aquel doce fue la respuesta correcta a su
examen de matemáticas, la única materia
que aprobó ese año, pero a su mujer no
le importaba. Y el pastel de chocolate había perdido de repente el sabor de los
recuerdos.
Por: Gladys
|
|
|
Publicado el 15 de Diciembre, 2007, 15:27.
en Hablando de....
Referencias (0)
|

"Contemplamos
la representación esperando habituarnos al desenlace, sin proponer un "y
comieron perdices" alternativo"
"Mis
manos ya no son porque no puede hacer, contemplan, opinan, pero mis manos ya no
son..."
"Si
giramos el rostro, al menos no bajemos los ojos."
"Las
voces resultan familiares, las manos quieren tocarlas, pero una voz.....¿cómo
puedo tocar una voz?."
"¿Desde
dónde debemos gritar para obtener algo más que nuestro propio eco como
respuesta?"
Por: Charo González
|
|
|
Publicado el 15 de Diciembre, 2007, 15:22.
en General.
Comentarios (4) |
Referencias (0)

Las noches de los lunes
son las más largas, ¿quién va a llegar a esta ciudad un lunes por la noche? Las
noches de los viernes, en cambio, se me hacen más cortas porque hay ambiente
como de fiesta. No, no es cierto, la verdad lo digo por decirlo. Todas las
noches son largas, excepto quizás cuando es regreso de puente, porque ahí sí
llega cantidad de gente. Si está lloviendo casi siempre se acaba el tinto y en
general se vende muy bien. Pero eso tampoco me importa. Este negocio no es mío
y me pagan lo mismo así se venda o no. Sólo me gustan, eso sí, los finales de
vacaciones, porque es lindo ver llegar los estudiantes que regresan. Ellos no
compran nada ni hablan con uno, pero me recuerdan a Adrianita. Sin quererlo,
siempre termino por sonreír a las que más me la recuerdan. A veces ellas me
contestan con una sonrisa joven y brillante. Tal vez me ven cara de papá. O de
abuelo. Ya llevo mucho tiempo aquí y como no tengo nietos no me hago a la idea,
pero hace rato me salieron canas en la barba y el cabello y de un tiempo para
acá tengo la impresión de que me estoy quedando calvo. Los martes llega
bastante gente de Cúcuta y Maicao. Traen electrodomésticos, a veces hasta diez
o doce televisores que supongo van a vender en Sanandresito, digo “supongo”
porque nunca he hablado con ellos. Los pasajeros nunca hablan. Esta es la zona
de llegada del Terminal y a las personas que llegan de un viaje largo no les
quedan ganas de nada y por eso siguen derecho por las escaleras hasta la zona
de taxis. Los que van de paso se bajan de afán, compran vino barato y pan de
Aratoca, pagan y vuelven a subir al bus. Si van para la Costa llevan flotadores para
inflar y neveritas portátiles de plástico. Adrianita era muy pequeña cuando me
preguntó que por qué la gente tenía que viajar diez horas para ver el sol. Yo
no supe responderle. La primera vez que fuimos al mar ella tenía ocho años y me
dijo que quería pasar ahí su luna de miel, “¿Qué es luna de miel?” le pregunté.
Ella (no sé de dónde) contestó “Pues cuando yo tenga mi novio y me venga para
acá a escondidas”.
Yo, que en mis épocas de juventud prometí
un millón de veces nunca llegar a ser un padre celoso, como que sentí
escalofrío de sólo pensarlo.
Arrianita nunca escapó a la Costa, pero tuvo dos grandes
amores. Uno a mitad de décimo grado que era hijo de un médico y quería estudiar
música. Le llevaba como dos años y tenía el cabello hasta la cintura. Hablaba
poco y menos cuando estaba con desconocidos. Como yo era un desconocido, creo
que no me habló nunca. El muchacho terminó el colegio y se ganó una beca para
estudiar en Europa pero lo llamaron a prestar el Servicio Militar. Un día lo
encontraron muerto en un baño del batallón, se había pegado un tiro. A
Adrianita juró que le sería fiel a su recuerdo por el resto de su vida, pero
tenía un buen sicólogo, el doctor Aguas y a los cuatro años, que no son pocos,
le fue infiel a su recuerdo con un estudiante de ingeniería que era fotógrafo
aficionado y miembro de un montón de asociaciones. Adrianita no tenía mamá, es
decir, la tuvo, pero con la edad es más fácil ser fiel a los recuerdos y yo soy
bueno en eso. Entonces yo tuve que darle sólo todos los consejos. De su novio,
de lo que buscan los tipos porque antes de conocer a la mamá de Adrianita yo
era uno de ellos y lo sabía bien, de lo que debía hacer y de los lugares donde
no debería ir.
Creo que en eso no fui tan bueno.
Los pasajeros nunca hablan, no conmigo al
menos. La excepción fueron dos jóvenes que estuvieron por acá tomando una noche
que había Ley Seca y a quienes conté mi historia. Ella se iba para Nirvana y él
vino a despedirla, cantaron y rieron hasta la madrugada y, con tal de que no se
fueran, les vendí cerveza en bolsa toda la noche. Han vuelto un par de veces y
me saludan de paso. De resto nada. Quizás inspiro poca confianza. Llevo catorce
años aquí y sólo hasta hace unos pocos días, cuando recordé que el primer novio
de Adrianita tampoco me hablaba, la idea empezó a darme vueltas. A la señora de
la cafetería a dos puestos de aquí la gente le habla más, luego ella me cuenta.
A veces son asesinos en fuga o parejas de novios que viajan volados y como ella
se conoce con los conductores y la gente de las empresas va y habla para que
les dejen el pasaje más barato. Hace dos noches pasaron por aquí dos ladrones
ofreciendo mercancía, relojes y radios de carro sobre todo, iban para Cartagena
y le contaron que allá iban a vender lo que tenían y luego volvían acá a
gastarse esa plata. Yo no le tengo rabia a los ladrones. La verdad tampoco a
los policías. A nadie. Ya no me queda rabia. Una noche una pareja de
adolescentes borrachos se robó una lonja de bocadillo y yo arranqué a correr
detrás de ellos. Apenas subiendo las escaleras que dan a la calle un policía
los detuvo y como vio que yo venía detrás de ellos me preguntó que qué pasaba,
yo le dije que eran sobrinos míos y estábamos jugando. Me recordaron a
Adrianita y al muchacho fotógrafo, no era justo que los llevaran a la Estación por un
bocadillo. Me agradecieron mucho, dijeron que me iban a traer un regalo. No
vinieron pero no importa. Esa fue la única historia que he tenido para contarle
a la señora de la cafetería. Con el muchacho del negocio de al lado hablamos
más. El negocio es una cigarrería y venden más o menos lo mismo que acá: tinto,
empanadas, pan, bocadillo y chocolates. A principio de año estuvo cerrado como
por seis meses y para mí esa fue la peor época de todo el tiempo que llevo
aquí. Sólo hay cuatro locales en este sector y con uno solo que esté cerrado la
soledad se siente más. En cambio en el nivel de abajo, donde están las salas de
espera para los que se van, hay cafeterías, locales de videojuegos y
papelerías, y toda la noche es movidísimo. El muchacho del local vecino llegó
cuando reabrieron y se la pasa escuchando música rock. Al comienzo no lo
soportaba pero ya nos llevamos bien y a veces nos turnamos para que el uno se
eche una siesta mientras el otro cuida los dos locales. Él me habla más que
todo de música y yo he ido aprendiendo: no se dice “música metálica” sino
Metal, porque “Metallica” es un grupo, él fue a verlos cuando tocaron en Bogotá
y la emoción con la que lo cuenta sólo es comparable con la de mi papá cuando
contaba que había visto a Gardel. Al muchacho la canción que más le gusta es “¿Por
quién doblan las campanas?” (no sé cómo es el título en inglés ¿for who double
the bells? ). Él me habla de eso. Yo le cuento, una y otra vez y cada vez con
algún detalle diferente, cómo luego de ser profesor universitario terminé de
empleado nocturno en una cigarrería del Terminal. Hablamos, tomamos tinto y
fumamos bastante, ¿Qué más se puede hacer? Los pasajeros nunca hablan y las
noches son larguísimas y a veces pasan horas y nadie viene a comprar. El
muchacho sólo va a trabajar hasta fin de año y luego va a entrar a la
universidad. Le fue bien en el ICFES y es tan inteligente que pudo entrar a la UIS a Ingeniería Electrónica.
Dice que le gusta, aunque más bien quisiera ser guitarrista, que a lo mejor en
la universidad conoce gente para formar una banda de métal. A lo mejor cantarán
en inglés, porque él no escucha mucha música en español. Yo le pido que no lo
haga Una noche puso una canción en español donde una voz de militar o de
sicario le preguntaba a alguien si ya había “controlado el inconforme” y luego
si tenía remordimientos. La otra voz, de sicario o de militar, contestaba que
no.
Esa noche lloré como no lo hacía desde
hacía años.
El muchacho, como Adrianita, es un
inconforme, eso se nota en las canciones que me traduce, es un inconforme y me
da miedo por él. Él dice que me va a enseñar a poguear y yo me excuso diciendo
que ya estoy viejo. Él dice “No importa, siga el ritmo” y comienza a agitar la
cabeza hacia adelante y hacia atrás haciendo con las manos como si tuviera una
guitarra. A veces los dos hablamos con la señora de la cafetería o con la
señora que cobra la entrada a los baños. Ella llegó del Cesar hace como tres
meses, embarazada y con una caja de cartón. La señora que cumplía ese trabajo
antes se había ido el día anterior y la gerente le dio el puesto “Ahí seguimos
guerreándola” dice el muchacho de la cigarrería.
Nunca nos hemos visto fuera de los limites
del Terminal y cuando amanece toda la gente que trabaja en este turno se va
para la casa a dormir entre el día. Las historias nos las contamos por la
noche. Los hijos de la señora de la cafetería están en Canadá y la llaman
seguido. Siempre le dicen que ya casi van a venir a llevársela. Un hombre en
moto viene a veces a recoger a la muchacha de los baños y mientras la espera se
fuma un cigarro. Dice que apenas consiga trabajo se la va a llevar de aquí y se
va a encargar del niño, que puede que le den trabajo manejando un bus de
Transpiedecuesta.
Pero yo creo que ya no estaré aquí cuando
eso suceda. Voy a ser el primero en partir. Antes de que el muchacho de al lado
entre a la universidad, antes de que vengan de Canadá los hijos de la señora de
la cafetería y de que nazca el niño de la muchacha de los baños. Antes, incluso
de que regresen los ladrones que iban a vender la mercancía a Cartagena. Estoy
seguro y a todos se lo he contado. También yo tengo mi historia y es sencilla.
Adrianita ya no me pedía permiso para salir y un miércoles me dijo que ella y
su novio se iban para Barranca y regresaban el fin de semana por la noche.
“¿Qué día y a qué hora exactamente?”.
“No sé…por la noche, si quiere espéreme
en el Terminal”, me contestó mientras se despedía de afán.
La mamá del novio y yo nos hacemos las
mismas preguntas pero ella ya no viene. Yo hace dieciséis años no he faltado ni
una sola noche en esperar a Adrianita y hace catorce que trabajo en la
cigarrería para que me quede más fácil.
Cuando las cosas cambian, lo hacen entre
un instante y el siguiente. Por eso siempre tengo la certeza de que, con esa
cara de quien tiene mucho que contar, Adrianita se bajará del próximo bus que
se detenga frente a este local.
Por: Ricardo Abdahllah
|
|
|
Publicado el 8 de Diciembre, 2007, 15:13.
en General.
Comentarios (3) |
Referencias (0)
|
En el puente de la comunicación, aquella vivaz y avispada mujer, tan rotunda y
exacta en sus opiniones fue presa de un predador, cuyas buenas maneras le
hicieron caer en sus garras.
Envuelta en una rotonda de sentimientos, se quedó anclada en medio del puente
de la felicidad, cuya circunvalación periódica estuvo a punto de costarle su
existencia.
Una vía nueva de salida, llamada Eva, le hizo abandonar su caótica deriva.
Hoy continúa su camino por el puente y aunque no logra a ver el final de él, sí
ha dejado atrás la recurrente vía de la destrucción.
Por Jimul
(Dedicado a todas
las mujeres que piensan que su situación no tiene solución)
|
|
|
Publicado el 8 de Diciembre, 2007, 15:01.
en General.
Comentarios (3) |
Referencias (0)
|

Cada mañana, tan pronto abro los ojos
enciendo mi pequeña radio – a propósito ya suena bastante mal, tendré que
regalarme una para reyes – y sintonizo mi emisora prefrida. No, para escuchar
las noticias, al contrario, procuro ensoñar un rato para poder tener el valor
de enfrentarme con la realidad de nuestros países.
Hace un par de días, la locutora, con
su dulce voz literalmente clavó una estaca en el corazón de mis fantasías.
Estaba hablando sobre los continuos y largos periódos en que las epidemías
asolaban la vieja europa, se refería en concreto a Hungría y a la epidemia de
la rabia, cuyos síntomas: sexualidad exacerbada,
espumarajos y una reacción a la luz brillante, quizás dieron origen al mito de
los vampiros. Al ahondar en el tema, se descubrió que la Hungría rural sufrió
una epidemia de rabia en el siglo XVIII, que se extendió por Europa mientras
proliferaban los relatos de vampiros. Por ello, se cree que los campesinos,
aterrorizados por la rara conducta de las víctimas de rabia, concibieron este
mito para explicar el fenómeno.
¡Ya está! Otro mito que se me deshacía entre los dedos. Y no
es que yo ande con un manojo de ajos por la vida, o que hurgue debajo de los
pétalos de las flores en busca de Hadas, duendes o Unicornios, sin embargo me
gusta creer en ciertas fantasías, me gusta pensar que hay algo mágico en
nuestras vidas y que incluso puede ser peligroso; eso lo hace más excitante,
más tentador, como si te dijeran, cuidado con estirar los dedos porque puedes
quemarte con el sol, ¿pero no vale la pena intentarlo?
Por eso me levanté decepcionada. Otro mito que se me había
ido al carajo. Detesté el saber, odié el conocimiento, odié crecer, mientras me
preparaba para salir a trabajar.
Ya en la noche, la fantasía se apoderó de mis sueños… me
sentí mejor… siempre nos quedan los sueños.
L.D.
|
|
|
Publicado el 8 de Diciembre, 2007, 14:57.
en minirelatos.
Comentarios (3) |
Referencias (0)
|

Ha
llegado el momento definitivo. Solo un par de pasos y listo.
No
ha sido ningún moco de pavo todo el trabajo de los últimos siete días. Poblar
el mundo es cosa jodida, hay millones de detalles que tener en cuenta, ¡y
ayyyyy de las consecuencias! No quiero ni imaginar lo que podría pasar si me
hubiera olvidado algún protozoo rosa.
Bueno,
a vuelo de pájaro la cosa parece funcionar muy bien, casi que puedo sentirme
orgulloso del resultado. Es lo que yo llamo un trabajo perfecto. Vamos, digno
de mí. El tiempo apremia, pero ¿Dónde
habré puesto mis piernas?
Por: Selvática
|
|
|
Publicado el 8 de Diciembre, 2007, 14:47.
en General.
Comentarios (3) |
Referencias (0)
|
Edad indefinible, rostro impredecible,
cabellos entre rubios y castaños, vestida igual que millones de mujeres
en la ciudad, luciendo las joyas que se venden en cualquier tienda del todo a
cien.
Y sin embargo no puedo apartar mi mirada de
su imagen.
Los ojos se me voltean sin querer hacía
ella cada vez que desvío la mirada, justo cuando una paloma, el ruido de un
autobús, un niño llorando, el vendedor
de helados o globos se interpone entre su imagen y mis pupilas.
¿Por qué?
No lo sé y en este preciso momento tampoco
me importa, ni tengo voluntad suficiente para averiguarlo, el cerebro no quiere
trabajar, está lleno de esa imagen no hay espacio para nada más.
Un momento. ¡Me miró!
Y sentí un puño en la cara.
Ahora se levanta me ignora, me ha olvidado,
recoge su falda, se arregla el cabello, toma su bolso. ¡Me abandona!
Se va, pero va dejando un rastro de arena que
corresponde exactamente a la medida de su pie, en el primero la arena ha
formado la figura de una casa de campo con jardín, en el segundo hay varios
niños jugando, en el tercero una mecedora, en el cuarto una cama sin hacer y
con la huella de un cuerpo entre las sábanas.
Y tengo miedo. Si alguien pisa esas huellas la
destruirían.
Por Gladys
|
|
|
Publicado el 8 de Diciembre, 2007, 14:39.
en Hablando de....
Referencias (0)
|

"Respira
despacio para que puedas saborear cada aliento y dibuja sonrisas en el cristal
de la ventana que te recuerda que se va escapando el tiempo"
"Fue
tan silencioso que el eco se quedó dormido de aburrimiento"
"Sobre
un paso pendiente de otro no mantenemos movimiento, mantenemos espera."
"Bajo
la tormenta dejó que la lluvia resvalase por su rostro y en ese instante los
truenos ya no le parecieron tan amenazadores."
"Si
seguimos buscando motivos terminaremos encontrando razones falsas donde sólo
existen hechos evidentes"
Por: Charo González
|
|
|
Publicado el 8 de Diciembre, 2007, 14:30.
en General.
Comentarios (3) |
Referencias (0)
No tengo ninguna queja. Es decir, tengo
una queja pequeña, un detalle que me molesta, pero salvo eso estoy contento. O
no contento porque las despedidas encierran cierta cosa parecida a la tristeza,
pero sí satisfecho como quien ha disfrutado el banquete y se retira a dormir y
ya luego si se han quedado cosas por hacer hay que saber que el tiempo es
infinito pero no para nosotros. Estuvo bien haber caminado de noche bajo la
lluvia y haber parado en las esquinas y bajar antes que ella el anden para que
nuestros labios quedaran a la misma altura y haber vendido traducciones de
canciones como si fueran poemas para conseguir algunas monedas y haber
desocupado tantas botellas de vino barato y un par de copas de buena champaña y
ni siquiera me arrepiento de haber sufrido, porque cada vez que el dolor tomaba
su lugar en mi corazón me daba la oportunidad de escribir algo (con pésima
letra, por supuesto, lo saben bien) y complacer a la vida, mi adorada reina con
lengua de serpiente. Por eso el detalle incómodo es tan pequeño, incluso
solucionable si les parece. Toda resaca termina a eso de las cuatro de la tarde
y siempre hubo un auto que se detuvo para levantarme en una carretera donde se
diría que ya nunca pasa nadie. Lo supe hace tiempo: antes del final todos mis
deseos habrían sido complacidos conseguidos y eso explica esta sonrisa inusual,
la sonrisa de la puerta que se abre, del peso del morral en la espalda en una
ciudad en la que uno nunca había estado, el ruido de las teclas a la hora de
armar palabras, la llamada esperada, un poema donde una mujer pudo decir en
dieciocho palabras todo lo que estoy tratando de decir, que estuvieron bien las
fogatas, a pesar del olor a ceniza en la ropa y en el cabello mientras hubo
cabello y los pactos de sangre, a pesar del dolor en las yemas de los dedos,
que la torpeza para hacer música se compensó con una melomanía notoria, que
nací de una mujer fuerte, fume lo que puede sin saber fumar y siempre hubo
alguien que me recomendó buenos libros, que mis zapatos se gastaron caminando,
que pienso ahora en el buen sabor que tenía su piel y los desiertos conocidos y
el desierto que nos espera aunque al
menos por un tiempo tenga que ir a vivir al bosque, qué bien que todo salió bien
y se leyó lo que se alcanzó y hubo tiempo para ver conciertos y aprenderse
montones de canciones y cantarlas en los bares con una cerveza helada en la
mano, y haber encontrado pronto los ojos que me iban a mirar por siempre y que
esos ojos quisieron mirarme y esa mujer sabía hacer llover y tuve buenos amigos
poetas y buenos amigos borrachos y alguien me dijo una vez que le había quitado
la mitad de la tristeza. Y eso es algo ya y no sólo es la cuestión del ego, de
saber que cuando salgan de aquí van a pedir una cerveza y hablarán de mí, es la
alegría de haber podido reunirlos, lo que de hecho justifica esta muerte tan
pequeña como todas. Tan pequeña como ese detalle que no es la gran cosa pero
les voy a contar para que no se queden con la duda: pasa que cada vez cae más y
más tierra sobre la tapa de mi ataúd y ahora, cuando por fin ustedes me han
evitado algo tan burdo como ‘Tú eres mi hermano del alma realmente un amigo’ en
favor de “November Rain” durante mi funeral, estaré completamente sepultado
antes del fragmento final y voy a perderme ese ritmo tan de lujuria y muerte y
sobre todo ese instante preciso donde la música, como todo, se transforma en un
sonido de lluvia y luego en ese rudito que se parece al silencio.
De nosotros hace ángeles la muerte
y nos da alas donde teníamos hombros
planos como garras de cuervo.
Jim Morrison Por: Ricardo Abdahllah
|
|
|
Publicado el 2 de Diciembre, 2007, 14:51.
en minirelatos.
Comentarios (7) |
Referencias (0)
|

Desde
siempre supe que iba a ser famoso. Crecí esperando cada día la oportunidad para
demostrarlo. Me sabía especial, el espejo me gritaba que era guapo, algunas
chicas perdían el seso por mí. ¿Por qué no iba a ser famoso?
Claro,
estaba tan embelesado con mi sueño que aquella noche no percibí que era
especial, ahora que lo pienso, había algo en el ambiente, pero no le hice caso.
Me subí a ese metro, vi cómo la golpeaba. Me agaché, me escurrí. Si hubiera
sabido que iba a salir en la tele.
Por: Selvática
|
|
Artículos anteriores en Diciembre del 2007
|
|