Prefiero el pase al tiro

En esta ocasión,  para sustentar mi repudio por la bimoralidad de los países del primer mundo, me serviré de un tema polémico, recurrente en el discurso de numerosos artistas e intelectuales, aunque rara vez nos enteramos de qué tan serias son las causas que los mueven a hablar de él; la legalización de las drogas.

Para evitar segundas interpretaciones, me gustaría antes aclarar que no soy aficionada al uso de ningún narcótico, que el simple uso de la marihuana me marea, bebo con menos frecuencia de lo que es socialmente bien visto y no hago parte de ningún clan de consumidores, principalmente porque desconozco los supuestos placeres y utilidades de las drogas y procuro no referirme a lo débil que me resulta el espíritu de quienes dependen de ellas. Entiéndase entonces que de ninguna manera defiendo ni propongo el consumo de la droga, y que de hecho me opongo a él.

No obstante, me parece aberrante que los países industrializados, a pesar de su fracaso en la tarea de disuadir a sus ciudadanos hacia el no uso de drogas, se obstinen en obligar al resto del planeta a acatar su decisión de ilegalizar el consumo de estupefacientes y el narcocultivo, en especial cuando no son ellos, sino los exóticos pueblos ecuatoriales fértiles en arbustos alucinógenos, los que estamos poniendo el bocado más grande de la cadena alimenticia criminal que nació a raíz del narcotráfico.

 La ilegalidad hizo de la producción y el tráfico de drogas, actividades rentables que en principio atrajeron a nuestros pequeños y medianos oportunistas, pero que hoy en día son el negocio multimillonario de mafias sanguinarias, pervertidas por el poder y la riqueza.

 Prohibirle a los hombres traficar con sus sedantes trae consecuencias que deberían recordar los estadounidenses, pues fue la implantación de la prohibición de la comercialización y consumo del alcohol que los rigió entre 1920 y 1932, lo que  promovió el surgimiento de figuras como Alfonso Capone, mafioso quien convirtió las calles de Chicago en el escenario de sangrientas disputas entre gángsteres dedicados al  tráfico de licor.

 En Colombia el narcotráfico ha corrompido profundamente nuestra sociedad y se ha convertido en el nuevo combustible de la guerra sinfín que padecemos. El destierro del gran mutante que nos hace amar el dinero fácil, al tiempo que anula los escrúpulos, y el de la manía de buscar armonía e igualdad arma en mano, parece estar lejos si el narcotráfico sigue siendo una actividad  ilícita que deje en manos de criminales los millones de dólares que produce.

 Las drogas deben ser legalizadas, sin que se interpongan argumentos éticos estúpidos que muy mal les queda a la mayorías de los países desarrollados, cuya doble moral sí les demanda alejar a sus jóvenes del poder perverso de los narcóticos, pero no les impide, por ejemplo, ser al mismo tiempo los más grandes fabricantes de armas en el planeta.


Por: Andrea Daza Alvarado