Era sábado por la tarde. Un sábado encadenado a su vida  solitaria. Decidió salir a la calle. Caminar por algún sitio de la ciudad donde no pudiera encontrarse con nadie conocido y de paso pillar alguna rebaja en cualquier tienda de baratillo. Recordó que alguien le había hablado una vez de una calle, cerca del puerto, donde abundaban las tiendas de los chinos con sus locales abarrotados de mercancías a un euro.

Empezó a lloviznar. Apresuró el paso y al cruzar la ancha avenida central se encontró caminando por la calle de los chinos. Todas abiertas, todas con grandes letreros anunciando sus productos. Aquí el problema era a cuál entrar.

Caminó con aire chulo, tenía la sartén por el mango. Eran ellos quienes necesitaban de su dinero, así que podía darse el lujo de mirar indiferente sus vitrinas, de ignorar sus invitaciones a entrar y hasta podría exigir rebaja, si señor, ¿por qué no?

Pasó las manos por unas mantas suaves, delgadas e imaginó el placer de cubrirse con ellas. Después su mirada saltó a los adornos de navidad. Le encantaba la navidad, pero quería una navidad de color naranja. Ya basta de rojo y dorado.

No naranja no hay – dijo la dependienta.

Entonces se enfadó. ¿Cómo que no hay? ¿Si ustedes producen de todo? Vaya estafa las tiendas de los chinos. Y se marchó echando chispas por los ojos.

No había caso. Los pies le dolían. Era como si todos los chinos del mundo se hubieran puesto de acuerdo para no fabricar bolas de navidad color naranja. ¡Un delito de lesa humanidad!

El hambre se hizo presente. Entró a un bar. El único bar de la zona abierto a las cinco de la tarde de un solitario sábado.

¿Qué tiene para comer? preguntó.

Pollo en salsa, pata asada, churros de pescado, ensaladilla, callos…

Pata asada. Quiero pata asada y una cerveza.

La mujer del bar con su delantal azul grisaceo le dio la espalda, frente a sus ojos la rotundez de sus carnes le pareció ofensiva y a la vez le inspiró un sentimiento de orfandad. La vio tomar el largo cuchillo para cortar el jamón. De un golpe decidido y suave sacó la primera loncha de jamón y la colocó en un plato, luego otra y otra. Después abrió una cerveza y se la puso frente a los ojos.

Los ojos se encontraron. Los ojos de la dependiente eran verdosos, cálidos. Estaba en territorio amigo – sintió –

- Oiga Juana, ¿qué ha sido de Carlitos? – preguntó un hombre sentado en la barra, a su derecha.

- ¿Qué Carlitos? - preguntó la mujer –

- Aquel muy grande, grande, que iba siempre impecable, con chaqueta y corbata, ¡mujer!  el del equipo de fútbol.

- Ahhhh el pecas, - dijo la mujer sonriendo ampliamente con su boca de dientes desiguales -  es que lo conocemos como el pecas, por ahí debe andar. Es que no lo volví a dejar entrar porque bebía mucho y me armaba mucho follón… tuve que llamar a la policía un par de veces.

- Yo creí que se había muerto – dijo el hombre.

-  No que va – dijo la mujer, mientras secaba un vaso. Al frente una niña de unos siete años ronroneaba frente a un plato de churros de pescado – Deja de bailar y cómete eso en seguida – le dijo la mujer.

La niña ni caso. Movía los brazos y hacía el payaso para que la viera. Luego se me acercó trayendo su plato bamboleante y se acomodó a mi lado. Le sonreí. 

- ¿Esta bueno? - le pregunté-

- ¿Sabes bailar regueton? – me preguntó –

- No… no sé – le dije dándole un gran sorbo a mi cerveza.

- Juana  - llamó de nuevo el hombre a mi derecha – y aquel canijo que hablaba tanto de cuando fue deportista, ¿lo has visto?

- Si, claro, aunque ya no suele venir mucho por aquí. Sábado si, sábado no – le contesto la mujer mientras le daba con el limpión a la niña para que comiera.

- ¿No estaba muerto? – se sorprendió el hombre.

- ¿Y aquél que quedó viudo, el pobre, la navidad pasada? – preguntó de nuevo el hombre –

- ¿Cuál? – le interrogó la mujer sin dejar de azuzar a su hija.

- Aquél que se le hinchaban tanto las piernas. Gota me parece que tenía, aquél que su mujer, era una suramericana muy guapa, de cabello largo, muy fina ella y con un acento tan dulce…

- ¿No será Paco? – el de la esquina con Cruz Mayor – dijo la mujer.

- Debe ser ese, me parece que se murió hace poco.

- No hombre no – dijo la mujer –hace poco lo vi por la calle.

El hombre buscó en sus bolsillos la billetera, sacó unas monedas y se puso a contarlas sobre el mostrador. La niña seguía bailando, la mujer secaba vasos, yo me limpiaba la boca con una servilleta…

El hombre dio un golpe sobre el mostrador y dijo resignado mientras salía del bar: ¿Y por qué tardaran tanto en morirse? si éramos tan amigos.

Por: Gladys