Edad indefinible, rostro impredecible,  cabellos entre rubios y castaños, vestida igual que millones de mujeres en la ciudad, luciendo las joyas que se venden en cualquier tienda del todo a cien.

Y sin embargo no puedo apartar mi mirada de su imagen.

Los ojos se me voltean sin querer hacía ella cada vez que desvío la mirada, justo cuando una paloma, el ruido de un autobús, un niño llorando,  el vendedor de helados o globos se interpone entre su imagen y mis pupilas.

¿Por qué?

No lo sé y en este preciso momento tampoco me importa, ni tengo voluntad suficiente para averiguarlo, el cerebro no quiere trabajar, está lleno de esa imagen no hay espacio para nada más.

Un momento. ¡Me miró!

Y sentí un puño en la cara.

Ahora se levanta me ignora, me ha olvidado, recoge su falda, se arregla el cabello, toma su bolso. ¡Me abandona!

Se va, pero va dejando un rastro de arena que corresponde exactamente a la medida de su pie, en el primero la arena ha formado la figura de una casa de campo con jardín, en el segundo hay varios niños jugando, en el tercero una mecedora, en el cuarto una cama sin hacer y con la huella de un cuerpo entre las sábanas.

Y tengo miedo. Si alguien pisa esas huellas la destruirían.

Por Gladys