No tengo ninguna queja. Es decir, tengo una queja pequeña, un detalle que me molesta, pero salvo eso estoy contento. O no contento porque las despedidas encierran cierta cosa parecida a la tristeza, pero sí satisfecho como quien ha disfrutado el banquete y se retira a dormir y ya luego si se han quedado cosas por hacer hay que saber que el tiempo es infinito pero no para nosotros. Estuvo bien haber caminado de noche bajo la lluvia y haber parado en las esquinas y bajar antes que ella el anden para que nuestros labios quedaran a la misma altura y haber vendido traducciones de canciones como si fueran poemas para conseguir algunas monedas y haber desocupado tantas botellas de vino barato y un par de copas de buena champaña y ni siquiera me arrepiento de haber sufrido, porque cada vez que el dolor tomaba su lugar en mi corazón me daba la oportunidad de escribir algo (con pésima letra, por supuesto, lo saben bien) y complacer a la vida, mi adorada reina con lengua de serpiente. Por eso el detalle incómodo es tan pequeño, incluso solucionable si les parece. Toda resaca termina a eso de las cuatro de la tarde y siempre hubo un auto que se detuvo para levantarme en una carretera donde se diría que ya nunca pasa nadie. Lo supe hace tiempo: antes del final todos mis deseos habrían sido complacidos conseguidos y eso explica esta sonrisa inusual, la sonrisa de la puerta que se abre, del peso del morral en la espalda en una ciudad en la que uno nunca había estado, el ruido de las teclas a la hora de armar palabras, la llamada esperada, un poema donde una mujer pudo decir en dieciocho palabras todo lo que estoy tratando de decir, que estuvieron bien las fogatas, a pesar del olor a ceniza en la ropa y en el cabello mientras hubo cabello y los pactos de sangre, a pesar del dolor en las yemas de los dedos, que la torpeza para hacer música se compensó con una melomanía notoria, que nací de una mujer fuerte, fume lo que puede sin saber fumar y siempre hubo alguien que me recomendó buenos libros, que mis zapatos se gastaron caminando, que pienso ahora en el buen sabor que tenía su piel y los desiertos conocidos y el desierto que nos espera  aunque al menos por un tiempo tenga que ir a vivir al bosque, qué bien que todo salió bien y se leyó lo que se alcanzó y hubo tiempo para ver conciertos y aprenderse montones de canciones y cantarlas en los bares con una cerveza helada en la mano, y haber encontrado pronto los ojos que me iban a mirar por siempre y que esos ojos quisieron mirarme y esa mujer sabía hacer llover y tuve buenos amigos poetas y buenos amigos borrachos y alguien me dijo una vez que le había quitado la mitad de la tristeza. Y eso es algo ya y no sólo es la cuestión del ego, de saber que cuando salgan de aquí van a pedir una cerveza y hablarán de mí, es la alegría de haber podido reunirlos, lo que de hecho justifica esta muerte tan pequeña como todas. Tan pequeña como ese detalle que no es la gran cosa pero les voy a contar para que no se queden con la duda: pasa que cada vez cae más y más tierra sobre la tapa de mi ataúd y ahora, cuando por fin ustedes me han evitado algo tan burdo como ‘Tú eres mi hermano del alma realmente un amigo’ en favor de “November Rain” durante mi funeral, estaré completamente sepultado antes del fragmento final y voy a perderme ese ritmo tan de lujuria y muerte y sobre todo ese instante preciso donde la música, como todo, se transforma en un sonido de lluvia y luego en ese rudito que se parece al silencio.


De nosotros hace ángeles la muerte

y nos da alas donde teníamos hombros

planos como garras de cuervo. 

Jim Morrison

Por: Ricardo Abdahllah