Cada mañana, tan pronto abro los ojos enciendo mi pequeña radio – a propósito ya suena bastante mal, tendré que regalarme una para reyes – y sintonizo mi emisora prefrida. No, para escuchar las noticias, al contrario, procuro ensoñar un rato para poder tener el valor de enfrentarme con la realidad de nuestros países.

Hace un par de días, la locutora, con su dulce voz literalmente clavó una estaca en el corazón de mis fantasías. Estaba hablando sobre los continuos y largos periódos en que las epidemías asolaban la vieja europa, se refería en concreto a Hungría y a la epidemia de la rabia, cuyos síntomas: sexualidad exacerbada, espumarajos y una reacción a la luz brillante, quizás dieron origen al mito de los vampiros. Al ahondar en el tema, se descubrió que la Hungría rural sufrió una epidemia de rabia en el siglo XVIII, que se extendió por Europa mientras proliferaban los relatos de vampiros. Por ello, se cree que los campesinos, aterrorizados por la rara conducta de las víctimas de rabia, concibieron este mito para explicar el fenómeno.

¡Ya está! Otro mito que se me deshacía entre los dedos. Y no es que yo ande con un manojo de ajos por la vida, o que hurgue debajo de los pétalos de las flores en busca de Hadas, duendes o Unicornios, sin embargo me gusta creer en ciertas fantasías, me gusta pensar que hay algo mágico en nuestras vidas y que incluso puede ser peligroso; eso lo hace más excitante, más tentador, como si te dijeran, cuidado con estirar los dedos porque puedes quemarte con el sol, ¿pero no vale la pena intentarlo?

Por eso me levanté decepcionada. Otro mito que se me había ido al carajo. Detesté el saber, odié el conocimiento, odié crecer, mientras me preparaba para salir a trabajar.

Ya en la noche, la fantasía se apoderó de mis sueños… me sentí mejor… siempre nos quedan los sueños.

L.D.