Las noches de los lunes son las más largas, ¿quién va a llegar a esta ciudad un lunes por la noche? Las noches de los viernes, en cambio, se me hacen más cortas porque hay ambiente como de fiesta. No, no es cierto, la verdad lo digo por decirlo. Todas las noches son largas, excepto quizás cuando es regreso de puente, porque ahí sí llega cantidad de gente. Si está lloviendo casi siempre se acaba el tinto y en general se vende muy bien. Pero eso tampoco me importa. Este negocio no es mío y me pagan lo mismo así se venda o no. Sólo me gustan, eso sí, los finales de vacaciones, porque es lindo ver llegar los estudiantes que regresan. Ellos no compran nada ni hablan con uno, pero me recuerdan a Adrianita. Sin quererlo, siempre termino por sonreír a las que más me la recuerdan. A veces ellas me contestan con una sonrisa joven y brillante. Tal vez me ven cara de papá. O de abuelo. Ya llevo mucho tiempo aquí y como no tengo nietos no me hago a la idea, pero hace rato me salieron canas en la barba y el cabello y de un tiempo para acá tengo la impresión de que me estoy quedando calvo. Los martes llega bastante gente de Cúcuta y Maicao. Traen electrodomésticos, a veces hasta diez o doce televisores que supongo van a vender en Sanandresito, digo “supongo” porque nunca he hablado con ellos. Los pasajeros nunca hablan. Esta es la zona de llegada del Terminal y a las personas que llegan de un viaje largo no les quedan ganas de nada y por eso siguen derecho por las escaleras hasta la zona de taxis. Los que van de paso se bajan de afán, compran vino barato y pan de Aratoca, pagan y vuelven a subir al bus. Si van para la Costa llevan flotadores para inflar y neveritas portátiles de plástico. Adrianita era muy pequeña cuando me preguntó que por qué la gente tenía que viajar diez horas para ver el sol. Yo no supe responderle. La primera vez que fuimos al mar ella tenía ocho años y me dijo que quería pasar ahí su luna de miel, “¿Qué es luna de miel?” le pregunté. Ella (no sé de dónde) contestó “Pues cuando yo tenga mi novio y me venga para acá a escondidas”.

Yo, que en mis épocas de juventud prometí un millón de veces nunca llegar a ser un padre celoso, como que sentí escalofrío de sólo pensarlo. 

Arrianita nunca escapó a la Costa, pero tuvo dos grandes amores. Uno a mitad de décimo grado que era hijo de un médico y quería estudiar música. Le llevaba como dos años y tenía el cabello hasta la cintura. Hablaba poco y menos cuando estaba con desconocidos. Como yo era un desconocido, creo que no me habló nunca. El muchacho terminó el colegio y se ganó una beca para estudiar en Europa pero lo llamaron a prestar el Servicio Militar. Un día lo encontraron muerto en un baño del batallón, se había pegado un tiro. A Adrianita juró que le sería fiel a su recuerdo por el resto de su vida, pero tenía un buen sicólogo, el doctor Aguas y a los cuatro años, que no son pocos, le fue infiel a su recuerdo con un estudiante de ingeniería que era fotógrafo aficionado y miembro de un montón de asociaciones. Adrianita no tenía mamá, es decir, la tuvo, pero con la edad es más fácil ser fiel a los recuerdos y yo soy bueno en eso. Entonces yo tuve que darle sólo todos los consejos. De su novio, de lo que buscan los tipos porque antes de conocer a la mamá de Adrianita yo era uno de ellos y lo sabía bien, de lo que debía hacer y de los lugares donde no debería ir.

Creo que en eso no fui tan bueno.

Los pasajeros nunca hablan, no conmigo al menos. La excepción fueron dos jóvenes que estuvieron por acá tomando una noche que había Ley Seca y a quienes conté mi historia. Ella se iba para Nirvana y él vino a despedirla, cantaron y rieron hasta la madrugada y, con tal de que no se fueran, les vendí cerveza en bolsa toda la noche. Han vuelto un par de veces y me saludan de paso. De resto nada. Quizás inspiro poca confianza. Llevo catorce años aquí y sólo hasta hace unos pocos días, cuando recordé que el primer novio de Adrianita tampoco me hablaba, la idea empezó a darme vueltas. A la señora de la cafetería a dos puestos de aquí la gente le habla más, luego ella me cuenta. A veces son asesinos en fuga o parejas de novios que viajan volados y como ella se conoce con los conductores y la gente de las empresas va y habla para que les dejen el pasaje más barato. Hace dos noches pasaron por aquí dos ladrones ofreciendo mercancía, relojes y radios de carro sobre todo, iban para Cartagena y le contaron que allá iban a vender lo que tenían y luego volvían acá a gastarse esa plata. Yo no le tengo rabia a los ladrones. La verdad tampoco a los policías. A nadie. Ya no me queda rabia. Una noche una pareja de adolescentes borrachos se robó una lonja de bocadillo y yo arranqué a correr detrás de ellos. Apenas subiendo las escaleras que dan a la calle un policía los detuvo y como vio que yo venía detrás de ellos me preguntó que qué pasaba, yo le dije que eran sobrinos míos y estábamos jugando. Me recordaron a Adrianita y al muchacho fotógrafo, no era justo que los llevaran a la Estación por un bocadillo. Me agradecieron mucho, dijeron que me iban a traer un regalo. No vinieron pero no importa. Esa fue la única historia que he tenido para contarle a la señora de la cafetería. Con el muchacho del negocio de al lado hablamos más. El negocio es una cigarrería y venden más o menos lo mismo que acá: tinto, empanadas, pan, bocadillo y chocolates. A principio de año estuvo cerrado como por seis meses y para mí esa fue la peor época de todo el tiempo que llevo aquí. Sólo hay cuatro locales en este sector y con uno solo que esté cerrado la soledad se siente más. En cambio en el nivel de abajo, donde están las salas de espera para los que se van, hay cafeterías, locales de videojuegos y papelerías, y toda la noche es movidísimo. El muchacho del local vecino llegó cuando reabrieron y se la pasa escuchando música rock. Al comienzo no lo soportaba pero ya nos llevamos bien y a veces nos turnamos para que el uno se eche una siesta mientras el otro cuida los dos locales. Él me habla más que todo de música y yo he ido aprendiendo: no se dice “música metálica” sino Metal, porque “Metallica” es un grupo, él fue a verlos cuando tocaron en Bogotá y la emoción con la que lo cuenta sólo es comparable con la de mi papá cuando contaba que había visto a Gardel. Al muchacho la canción que más le gusta es “¿Por quién doblan las campanas?” (no sé cómo es el título en inglés ¿for who double the bells? ). Él me habla de eso. Yo le cuento, una y otra vez y cada vez con algún detalle diferente, cómo luego de ser profesor universitario terminé de empleado nocturno en una cigarrería del Terminal. Hablamos, tomamos tinto y fumamos bastante, ¿Qué más se puede hacer? Los pasajeros nunca hablan y las noches son larguísimas y a veces pasan horas y nadie viene a comprar. El muchacho sólo va a trabajar hasta fin de año y luego va a entrar a la universidad. Le fue bien en el ICFES y es tan inteligente que pudo entrar a la UIS a Ingeniería Electrónica. Dice que le gusta, aunque más bien quisiera ser guitarrista, que a lo mejor en la universidad conoce gente para formar una banda de métal. A lo mejor cantarán en inglés, porque él no escucha mucha música en español. Yo le pido que no lo haga Una noche puso una canción en español donde una voz de militar o de sicario le preguntaba a alguien si ya había “controlado el inconforme” y luego si tenía remordimientos. La otra voz, de sicario o de militar, contestaba que no.
 

Esa noche lloré como no lo hacía desde hacía años.
 

El muchacho, como Adrianita, es un inconforme, eso se nota en las canciones que me traduce, es un inconforme y me da miedo por él. Él dice que me va a enseñar a poguear y yo me excuso diciendo que ya estoy viejo. Él dice “No importa, siga el ritmo” y comienza a agitar la cabeza hacia adelante y hacia atrás haciendo con las manos como si tuviera una guitarra. A veces los dos hablamos con la señora de la cafetería o con la señora que cobra la entrada a los baños. Ella llegó del Cesar hace como tres meses, embarazada y con una caja de cartón. La señora que cumplía ese trabajo antes se había ido el día anterior y la gerente le dio el puesto “Ahí seguimos guerreándola” dice el muchacho de la cigarrería.

Nunca nos hemos visto fuera de los limites del Terminal y cuando amanece toda la gente que trabaja en este turno se va para la casa a dormir entre el día. Las historias nos las contamos por la noche. Los hijos de la señora de la cafetería están en Canadá y la llaman seguido. Siempre le dicen que ya casi van a venir a llevársela. Un hombre en moto viene a veces a recoger a la muchacha de los baños y mientras la espera se fuma un cigarro. Dice que apenas consiga trabajo se la va a llevar de aquí y se va a encargar del niño, que puede que le den trabajo manejando un bus de Transpiedecuesta.

Pero yo creo que ya no estaré aquí cuando eso suceda. Voy a ser el primero en partir. Antes de que el muchacho de al lado entre a la universidad, antes de que vengan de Canadá los hijos de la señora de la cafetería y de que nazca el niño de la muchacha de los baños. Antes, incluso de que regresen los ladrones que iban a vender la mercancía a Cartagena. Estoy seguro y a todos se lo he contado. También yo tengo mi historia y es sencilla. Adrianita ya no me pedía permiso para salir y un miércoles me dijo que ella y su novio se iban para Barranca y regresaban el fin de semana por la noche.

 “¿Qué día y a qué hora exactamente?”.

“No sé…por la noche, si quiere espéreme en el Terminal”, me contestó mientras se despedía de afán.

La mamá del novio y yo nos hacemos las mismas preguntas pero ella ya no viene. Yo hace dieciséis años no he faltado ni una sola noche en esperar a Adrianita y hace catorce que trabajo en la cigarrería para que me quede más fácil. 

Cuando las cosas cambian, lo hacen entre un instante y el siguiente. Por eso siempre tengo la certeza de que, con esa cara de quien tiene mucho que contar, Adrianita se bajará del próximo bus que se detenga frente a este local.

Por: Ricardo Abdahllah