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30 de Diciembre, 2007
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Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 17:23.
en Hablando de....
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"Y
el frescor se volvió paja de granero"
"Rotos,
pedazos que nunca se vuelven a unir, rotos, incluso esos mismos pedazos de
antiguos rotos."
"Préstame
las palabras que me faltan para mantener mi indignación"
"Que
no se detenga el espectáculo, que los actores continúen la representación, pero
que nos dejen tirar los tomates antes de que caiga el telón"
"No
bajes aún de mis ramas aunque el viento lo amortigüe, una caida siempre es una
caida"
Por. Charo González
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Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 17:16.
en minirelatos.
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Eran los
últimos días del mes de noviembre y como siempre se comenzaban a hacer los
preparativos para las fiestas navideñas.
En los
corrales, los animales comenzaban a estar muy nerviosos, así que se reunió A.D.A.N (Asociación para la Defensa de los Animales
Navideños). Presidían la reunión, como siempre el Sr. Perro y D. Gato, tras la
constitución de la mesa, se procedió al sorteo de los animales que deberían
sacrificarse en pos de estas fiestas. Naturalmente D. Cerdo y D. Cordero
quedaban exentos, por ser los “sacrificados estrella”. Así que sólo quedaba el
Pavo que sería elegido por unanimidad al no presentarse otro candidato, pero
ocurrió que un conejo saltarín y despistado se introdujo por el hueco de la
portalada de aquella hacienda castellana. El gato, muy hábil dijo:
- Vaya,
este año vamos a tener que elegir entre un mamífero y un ave, curioso
asunto.
El conejo que
estaba un tanto asustado, sólo se atrevió a decir:
La votación de
aquel año estuvo muy reñida, tanto que tuvieron que participar el gato y el
perro. El resultado fue empate total.
Las navidades
del 2007 fueron comidos a partes iguales pavos y conejos.
Por:Jimul
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Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 17:02.
en General.
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Los
límites de la cordura están deshilachados y el miedo siempre triunfa. Casi me
gusta decirlo porque cada vez que digo que el miedo triunfa siempre me siento
más cerca de convencerme de que no tenía ninguna posibilidad. Cuando sucedieron
estos hechos, yo vivía en el último piso de un apartamento sobre el Paseo
España, casi a medio camino entre la Casa
Argos y la Casa Sur y
a la vuelta del Hotel Oppenheim. El sitio no estaba en buenas condiciones, pero
era barato. No había muchas personas interesadas en arrendar el apartamento
donde habían asesinado a Ilana Zunz y a otra tipa de apellido Valeria, pero si
habían construido un edificio de apartamentos sobre las ruinas del incendio de
Love Street 16-66 (y allí hubo muertos, se sabe) y si Trent Reznor había
comprado la mansión de Cielo Drive, y mi presupuesto no iba bien, yo no tenía
problema en alquilarlo. Lo que había pasado en ese apartamento nada tiene que
ver con la historia que voy a contar excepto en un detalle: el hecho de vivir
en un lugar como ese había logrado que me autoconvenciera de mi inmunidad al
miedo. Desde mis primeras semanas en el apartamento, donde hasta la decoración
de vitrales y la cama antigua bastaban para desconcertar incluso a alguien que
no estuviera al corriente de lo que había pasado, dejaron de preocuparme los
pasos que uno siempre escucha cuando camina una calle sola y los ruidos que
encierran todas las escaleras. Un par de
veces acompañé a Daza Carreño a tomar fotos nocturnas entre los árboles secos
del Mamre. Alguna vez pasé una noche caminando por el cementerio de La Colina sólo por sentir el
placer de saber que no había nada en el mundo que pudiera hacerme dar un paso
atrás, que no existía ningún sonido que pudiera llevarme a tapar con mis manos
mis oídos.
Lo
diré de nuevo: el miedo siempre triunfa.
La carcajada parecía repetirse a intervalos regulares, aunque en
principio no le presté mayor atención, atribuyéndola a alguna joven borracha
que a pesar de la tormenta recorrería las calles con sus amigos riéndose de
alguna broma simple. Si no estuviera lloviendo, es posible que no hubiera
llegado jamás a ocuparme de la risa, pero los aguaceros no son habituales en
Bucaramanga y cuando me asomé a la ventana vi que el agua recorría las calles y
arrastraba la tierra de las macetas de los jardines. Es posible que tampoco
hubiera notado que la risa regresaba cada cierto tiempo sino fuera por los
relojes de pared. La colección la había empezado algún antepasado por el lado
Barajas, pero era pequeña hasta que empecé añadir los que iba comprando. Total,
tenía casi toda una pared cubierta de relojes y así era fácil contar el tiempo
que pasaba. Las primeras veces conté mentalmente. A pesar de los truenos, e
incluso por encima de su ruido, la risa se escuchaba cada seis segundos que
comprobé exactos cuando validé la precisión de mi cuenta con los saltitos de la
manecilla larga de un relojito en madera que colgaba casi en el ángulo que se
formaba entre la pared de los relojes y la de la ventana. Otro reloj, pequeño,
en esmalte y porcelana de Limoges, confirmó los seis segundos.
“¿Quién puede reírse así?” fue la
pregunta que me hice en voz alta justo antes de que golpearan a la puerta.
Uno puede pensar dos cosas al tiempo pero
el lenguajes es lineal, he ahí su defecto insalvable. Mientras caminaba hasta
la puerta pensaba al mismo tiempo en quién podría llegar a esa hora y en cuál
podría ser la causa de esa risa. Era su recurrencia la que me había hecho notarla,
pero era su naturaleza la que me intrigaba. Nadie me visitaba nunca a excepción
de mi madre y yo no vivía en una casa en medio del campo como para que alguien
viniera con la excusa cinematográfica del auto averiado. Nadie podría visitarme
con esa lluvia. Nadie, con esa lluvia, podría estarse riendo. No pregunté nada.
No miré por el ojo vigía de la puerta. Abrí la puerta como quien espera que al
otro lado esté la explicación de la risa.
Al otro lado estaba Andrea Camila Delic
Crow y estaba llorando.
La última vez que la vi también estaba
llorando. Camila lloraba con lágrimas pequeñas como cristales derretidos, pero
desde entonces había pasado mucho tiempo (¿tres años es mucho tiempo ?) y
lo último que había sabido de ella era que de la casa de dos pisos donde vivía
cuando andábamos juntos se había mudado a un edificio de apartamentos en los
cerros de Cabecera. Allí nunca fui a visitarla aunque es cierto que a veces
pasaba un par de cuartos de hora mirando algunas fotografías donde aparecíamos
juntos e imaginaba que ella hacía lo mismo si es que aún tenía el corcho en la
pared donde pegaba nuestras fotografías. Camila estaba en las fotos, en un par
de canciones que nunca escuchamos juntos y en otras que sí y en un montón de
referencias regadas por Bucaramanga, pero en cierta forma se había convertido
en una idea, en un símbolo de los tiempos que pasamos, Camila era una época.
Las personas son las maneras de recordar temporadas de la vida. Ideas. Camila
era una idea y ahora esa idea encarnaba nuevamente en un cuerpo que abracé
apenas cruzó la puerta, pero al que no sabía si tratar como recuerdo o como
persona. En el último grado del bachillerato nos habían expulsado del colegio
por que no nos dejamos poner la cruz en la frente el Miércoles de Ceniza. En ese
entonces creíamos en gestos y símbolos y ese era un gesto contra el gesto de
los demás y estaba bien no dejarse marcar, menos de una manera tan notoria. Ese
fue nuestro primer gran pacto. El segundo lo hicimos una noche junto al fuego.
Entonces dijimos que seríamos la excepción a nada dura para siempre.
Poco tiempo después dejamos de vernos.
Probablemente aquella noche, cuando volví a verla aún recordaba la razón, pero
desde entonces me he metido tantas cosas en el cerebro que lo he olvidado, o
confundido si no es lo mismo y tengo dos escenas en mente. Una donde ella subía
a un auto rojo con un tipo y lo besaba apenas cerrando la puerta y otra donde
yo le confesaba que desde hacía un tiempo era el amante de una cierta Natalia
Hetfield y quería tener sexo con ella y Camila al tiempo. No recuerdo que pasó
primero. Hace un tiempo tengo problemas para recordar el orden de las cosas,
pero recuerdo que Camila dijo que no me perdonaría por el resto de su vida. Ese
fue nuestro tercer y último pacto, que ella no iba a perdonarme y a mí no me
iba a importar.
Sin embargo, Camila estaba en mi
apartamento y antes de decirle cualquier cosa la tomé de la mano y la llevé
hasta la ventana de mi cuarto. “Tienes que escuchar esto”, dije, y concentré
toda mi atención tratando de captar nuevamente la risotada. Fue inútil, el
silencio sólo estaba lleno de la lluvia y los truenos que ahora parecían
alejarse. Un tiempo después, y digo un tiempo después porque no sé cuántos
segundos tardé en reaccionar, volví a mirarla. Seguía llorando y su cabello le
tapaba la cara. Lo separé con las dos manos, como quien abre una cortina
oriental. Le pregunté si quería tomar algo o en todo caso le hice una pregunta
idiota de ese estilo. Dijo “Hasta hoy” (y repitió ‘has-ta-ho-y’ deletreando). “Hasta
hoy me aguanté a mi papá”.
Nunca nos presentaron, pero lo había
visto muchas veces y sabía cómo trataba a Camila. Ahora, que también él ha
sufrido tanto, no veo por qué yo debería adentrarme en los detalles, pero para
dejar un ejemplo, con cierta frecuencia él cerraba con llave la puerta de su
cuarto y para salir ella tenía que arrojar un lazo por la ventana. Entonces yo
tenía ese grito de guerra “Tira el lazo, somos jóvenes” y en esa noche que
había comenzado con un aguacero y una carcajada recurrente yo sentía como si
ella una vez más hubiera tirado el lazo para escapar. Ahora sé que estaba
equivocado, eso es lo único de lo que aún tengo certeza. La abracé y nos
quedamos callados mirando al cielo, la tormenta había terminado y la luna llena
iluminaba la ciudad arruinando con su luz de lámpara fluorescente los rincones
oscuros que necesitan los amantes y los ladrones. Camila se recostó en mi
regazo y pensaba que con un leve giro podría sentir su corazón latiendo junto
al mío, pero ella no giró para mirarme. “Nunca nos escapamos” dijo.
“Un montón de veces” dije yo pensando en
el lazo que se quedaba colgando toda la noche y al que yo le ayudaba a subir
antes de que acabara de amanecer.
“Cuando uno regresa es como si nunca
hubiera tenido la valentía de escapar” dijo ella.
Y era una frase contundente del tipo tras
el cual en los cuentos y las películas sigue siempre un silencio largo o una
acción dramática. Camila no dijo nada, se levantó de mi regazo sin que yo
hubiera escuchado su corazón y comenzó a descolgar los relojes que adornaban
las paredes. Cuando terminó de poner el último de ellos de cara al suelo,
volvió a acostarse a mi lado y apenas abrió los labios para decir que me
perdonaba. Pensé besarla, es el tipo de cosas en las que piensa la gente y no soy
más que nadie, pero ya Andrea Camila era una cosa dormida y sonriente y
entonces lo que hice fue recostar mi cabeza contra la pared. Ignoraba por
completo la hora y terminé por quedarme dormido mientras trataba de imaginar si
Andrea Camila estaba soñando que esta vez escapábamos del todo.
Tal vez el teléfono ya había sonado
muchas veces cuando por fin desperté y sonó algunas más mientras decidí pararme
a contestar. La mañana era fría y gris, como pasa cada vez que de Ciudad Norte
sube esa niebla densa que tapa toda Bucaramanga hasta que el calor termina por
dispersarla. Camila no estaba en el apartamento, pero no era la primera vez que
partía sin despedirse. Entonces pensé que en la época del lazo ella había
tenido a veces que trepar sola su regreso porque soy un tipo difícil de
levantar. Habían colgado cuando contesté, pero el teléfono sonó de nuevo
mientras estaba en el baño. Era mi hermana la que llamaba y me dio la noticia
sin muchos detalles. El miedo ya había triunfado, pero no lo supe hasta mediodía
cuando llamé a la oficina del padre de Camila y pregunté el número de su casa.
Justo antes de que él contestara creí tener las imágenes en mi mente, Camila
saliendo de mi casa en la madrugada, saltando al paso de un autobús, tal vez
tomando pastillas a manotadas.
“Fue anoche. Saltó por la ventana” dijo
el señor Delic. Su tono ya había desarmado cualquier posible recriminación de
su parte. Una muerte cierra todas las deudas y todos los rencores posibles o
eso pensé antes de que cayera en cuenta de lo que “anoche” quería decir.
“¿Anoche a qué hora?” pregunté y las tres
veces que volví a ver al señor Delic, en el funeral, en el tribunal y meses
después en un almacén de artículos para caza al que los dos habíamos entrado
por casualidad, le repetí la pregunta que contestó irremediablemente con la
hora en la que la carcajada había llamado mi atención.
Las tres veces también, y la última
francamente desesperado, me dijo que él no había escuchado ninguna carcajada ni
risa particular antes del ruido del cuerpo contra el pavimento.
Por: Ricardo Abdahllah
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Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 16:56.
en Alaprima.
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Quiero estudiar medicina, entrar a la
facultad es lo único que me importa, es el sueño de toda mi vida. Aquí estoy en
un aula esperando para anotarme; es un aula horrible, vieja, oscura, pero estoy
exultante ¡por fin me voy a inscribir!
Un hombre llega, y nos dice que ese lugar
es sólo para informar, la inscripción es en… ¡mierda! No importa, nada me va a
detener. Empiezo a caminar, pero me doy cuenta de que es demasiado lejos.
Mientras camino, me hago amiga de un chico que también va a inscribirse.
Decidimos tomar un micro, no tenemos que esperarlo, llega en seguida. Vamos muy
contentos, el sol brilla, pero se oye un estruendo metálico y nos inclinamos.
El micro chocó. Nadie se hizo daño, pero la conductora tiene un ataque de
nervios y un policía se la lleva. Uf… Todos nos bajamos, el chico y yo seguimos
caminando. Por fin llegamos a una plaza, y nos encontramos en la ribera del
río. Hay que cruzarlo, la inscripción es del otro lado. El puente para cruzar
es de tierra, de un par de metros de ancho, y está frondosamente arbolado. Sin
dudarlo nos adentramos, pero es demasiado
frondoso, las copas de los árboles oscurecen todo, y se hacen cada vez
más bajas a medida que avanzamos. Ya tenemos que caminar agachados, y al final
en cuatro patas. Nos hicimos muy amigos con este chico, casi compinches, pero
cruzar el río lo empieza a alejar de mí. El agua está invadiendo la tierra, y
el puente se vuelve lodoso, ya es un pantano. Nos arrastramos, y las ramas de
los árboles nos oprimen contra el barro. El chico se rinde y se vuelve. No
importa, nada me va a detener, seguiré sola. El puente es una jungla, no puedo
ver la otra orilla, no veo ni un metro delante de mí, pero no debe estar muy
lejos. ¡Ajjjjj! ¡Qué asco! Un animal muerto, horriblemente hinchado, yace justo
en medio. Controlo la impresión que me produce y sigo arrastrándome. Pero más
animales aparecen, algunos están tan podridos que se les ven las tripas, otros
ya son casi esqueletos. Son tantos que es imposible esquivarlos, y tengo que
apoyar las manos en sus jugos putrefactos. Se me revuelve el estómago, pero
nada me detiene. Avanzo asqueada. El puente empieza a curvarse, y hay un claro
sin árboles, ya debo estar llegando. Por fin puedo ver el cielo, me asomo entre
los árboles que se volvieron enanos y echo una mirada: el puente sigue, y no
llegué ni a la mitad. Pero eso no es lo peor. Más adelante se convierte en un
riel de ferrocarril, por donde corre un agua verdosa y podrida que cae hacia
los lados. Hacer equilibrio sobre el puente chorreante me aterroriza, pero nada
me detiene… avanzo aterrada. No hay nada en el mundo que pueda detenerme… si no
fuera porque el puente se acaba en medio del río, en una inmunda cascada verde.
Miro descorazonada la catarata, no hay cómo seguir, es obvio. Me levanto, me
vuelvo y corro sobre el riel, sobre los animales muertos, bajo los árboles, y
en segundos estoy a salvo, fuera del puente. El descorazonamiento es
reemplazado por un alivio soleado, cristalino. Hay una pared blanca con una
canilla, de la que sale agua mineral. El chico está ahí, y me saluda con
alegría. Me arremango los pantalones, tiro los zapatos y me lavo las piernas en
el agua fresca, veo cómo toda la podredumbre verde se despega de mi piel, veo
mis piernas blanquearse. Pocas veces me sentí tan aliviada.
Qué pena que sólo fue un sueño. Qué pena
que en realidad no me volví, seguí el riel y acabé cayendo por la catarata de
podredumbre. Qué pena que despierta sea tan idiota.
Por: Nofret
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Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 16:48.
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Colgó
el teléfono con mano temblorosa. ¿Cuántos meses llevaba levantando el teléfono,
a la misma hora y siempre el mismo silencio? Aspiró con fuerza el aire pero se
sintió insatisfecha. Necesitaba aire con urgencia. Se asomó a la ventana, la
abrió de par en par y la llovizna golpeó suavemente sobre su rostro. Las gotas
cayendo sobre los párpados escribían sueños fantásticos, en una pulsación
brayle de felicidad.
Abajo,
cinco pisos a sus pies, una sombra se esconde en un portal ágil y fugaz. Las
manos en los bolsillos de los pantalones, la cabeza erguida y el cuello un
tanto encalambrado por el esfuerzo de mirar hacía arriba tanto tiempo.
Terminó
el lenguaje escrito sobre sus párpados. Antes de que su cerebro decodificara corrió
a su armario, sacó del cajón su colección de bikinis, los posó delicadamente
sobre la cama, haciendo juego, quitando uno y poniendo otro en un lento
rompecabezas que su intuición le iba
dictando. Este de flores en el pecho con
el pantalón de un solo tono. No, mejor aquel fucsia con el pantalón blanco. Sus
manos parecían mariposas agonizantes cambiando una y otra vez las piezas de los
bikinis sin quedar completamente satisfecha de ningún juego formado.
Cinco
pisos más abajo, él por fin sintió alivio al bajar la cabeza. El cuello se lo
agradeció y se dijo que ahora mismo disponía, por lo menos de una media hora
antes de que ella acomodara los bikinis. Se sentó en un escalón del portal.
Sacó un cigarrillo y fumó con ganas. Miró el móvil, jugó unos segundos a
alimentar a los peces de su máquina y se sintió satisfecho de poseer ese
aparato. Jugando con éste, se le pasaba el tiempo más rápido.
Las
imágenes de sus bikinis empezaron a serle borrosas, los ojos se le habían
llenado de lágrimas. No sabia por qué se ponía tan nerviosa, tan asustada por
lo que iba a pasar. Era tonto. Siempre era lo mismo, sin embargo en el fondo de
su corazón siempre temía el desenlace, el definitivo encuentro o lo que es
peor, el final de ese juego que ya llevaba años. Tenía que escoger la bolsa. No
mejor una mochila. No, se decidió por fin por una bolsa de tela con adornos en
lentejuelas. Pequeñas flores formadas con acumulaciones de puntos brillantes en
colores encendidos. Ese le encantaba particularmente y no recordaba haberlo
llevado nunca. Si. Ese sería el que contendría su tesoro de esta noche.
Acomodó
los bikinis. Una toalla, la que siempre reservaba para esa ocasión, las
sandalias de flores. Otra vez las flores. ¿No sería demasiado pétalo por ahí?
No. No importa. Las de flores están lindas – pensó –
¿Se
fumaría otro cigarrillo o no? Capaz que si encendía uno, ella saldría de su casa
y le obligaría a apagarlo, nada detestaba más en la vida que aplastar un
cigarrillo que no va ni por la mitad. ¿Otro juego? No. Ya estaba aburrido de
darle de comer a ese maldito pez y encima siempre se lo tragaban los peces
gordos antes de tiempo. Estaba harto de ese juego. Mañana mismo se pasaría por
la tienda de móviles para que se lo cambiaran por otro más dispendioso.
Bajó
los escalones de dos en dos. Su menté recordó la canción de los caballitos y se
avergonzó. No estaba ella en edad de cantar los dos caballitos de dos en dos
alzan la pata….
La
lluvia arreció. Las gotas empezaron a resonar sobre los capós de los coches en un
golpeteó incesante. Cerró los ojos para sentir el aroma del cigarrillo y poder
imaginarla desnudándose, al principio con calma, como si estuviera delante de
un escenario, luego, la prisa le entraría y se sacaría los tejanos rápidamente,
tiraría las sandalias con una patada simple y llana y se metería en el mar
lanzando su cuerpo como una niña de ocho años en verano.
Cojeando
en mitad del pasillo, dudó en acudir a su cita. El pie le dolía horriblemente y
se le estaba hinchando. Pero, ¿cómo faltar? Uno no puede hacer esas cosas de
buenas a primeras. Por lo menos no ella, siempre tan metódica. Tendría que ir.
Así que recogió su bolso, que había ido a parar unos metros debajo de la
escalera y a saltos de pata coja se encaminó hasta el garaje.
Creo
que voy a encender ese cigarrillo. Si me lo fumo rápido podré ir detrás de ella
aspirándolo lentamente. Se encogió un poco más en el escalón porque la lluvia,
cayendo ahora de lado le estaba empapando los bajos del pantalón. Sacó el
cigarro, se lo llevó a los labios, pero las gotas pronto lo humedecieron y con
rabia vio como el papel se deshacía y las tripas del tabaco se quedaban
prendidas de sus dedos. Mierda!!!
El
tráfico estaba imposible y el tobillo le dolía cada vez más. Parecía como si
respirara y en cada exhalación el dolor era más fuerte. Mientas cambiaba la luz
del semáforo apretaba el tobillo contra la pierna, parecía que así aliviaba un
poco el dolor. Al cabo de unos minutos el tráfico disminuyó, dobló a la derecha
y ante ella apareció la franja ancha de la playa. Le llegó el olor del agua
salada, el olor a azufre se le metió directamente al cerebro y logró anular
cualquier otra sensación, a pesar de que el tobillo había aumentado unas cinco
veces su tamaño. Buscó aparcamiento, lo cual no le fue difícil. A esa hora no
muchos bañistas se entregan a las delicias del mar.
No
sale. Habrá pasado algo, se preguntaba alzando de nuevo la cabeza hasta que la
nuca volvió a dolerle. Arriba, la ventana era un agujero negro que iba
absorbiendo sus deseos de verla esa noche.
Se
quitó la ropa lentamente, más lentamente que de costumbre. Algo en su interior
le decía que esa noche era distinto. Aunque el tobillo seguía doliéndole, no le
importaba. Cada pieza de ropa que se sacaba del cuerpo era una especie de paso
hacía su liberación. Hoy sí. Hoy por fin. No pensó más. Mecánicamente se
despojó hasta de los anillos, armó un montón con su ropa y sus sandalias. Se
acercó a la orilla. Dejó que las olas bañaran sus pies. Sintió alivio en el
tobillo y miró hacía el horizonte. La
luna se balanceaba suavemente. A través de las olas ésta le mandaba mensajes
tranquilizadores que se estrellaban en sus pantorrillas, que la teñían de plata
y no lo pensó más. Se acostó sobre las olas, extendió los brazos y se dejo
llevar.
Era
el cuerpo de una mujer balanceándose en el agua, cobijada por millones de
estrellas que alumbraban sólo para ella, que temblaban como su piel temblaba a
cada onda de ola. Esa era la paz. Esa era la inmensidad que a ella le estaba
dada.
Otro
cigarrillo y me voy. No puede ser que hoy, precisamente hoy no asista. No puede
ser. Y encima la lluvia ahora estaba convertida en un aguacero torrencial que
bajaba arrasando con todo. Se decidió a levantarse. Se encaminó hasta el portal
e hizo lo que durante cinco años se había negado a hacer. Pulsó el timbre. La
mano se le quedo pegada a éste en un intento por insuflarle las palabras que
siempre le faltaron. Nadie respondió en el quinto piso, 3º derecha.
Los
minutos pasaban. Los minutos pasaron.
Ya
amanecía. En el horizonte la negra noche se desgarró suavemente. ¿Cuántas horas
había pasado sobre el agua? La piel estaba arrugada, blanda como de anfibio. El
frío la estremecía. Se frotó los brazos y las piernas para entrar en calor.
Nadó hasta la orilla y a su espalda el sol se acomodaba sobre las aguas
achicharrando sus sueños.
Supo
que esa sería la última vez.
Por: Gladys
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Publicado el 30 de Diciembre, 2007, 16:35.
en General.
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Con las primeras horas de un nuevo año la
expectación nos muerde la barriga, tenemos en primera fila de nuestra mente los
propósitos que año tras año vamos acumulando, algunos se realizan otros no, ese
no es el caso de esta reflexión, no vamos a juzgar a nadie. Nos referimos más
bien a la exitación de una especie de vida nueva lista para estrenar, de 365
días, repletos de minutos, de toda aquella gente que quizá conoceremos, de
aquellos con quienes nos reencontraremos, de los platos que probaremos, de los
sitios que visitaremos y por supuesto, de las desiluciones, los momentos
tristes, las esperas; toda una serie de acontecimientos que insuflaran vida a
este nuevo año que está por venir.
Este nuevo año es como el vestido que nos
hemos comprado y que descansa sobre la cama, esperando el momento de cubrir
nuestro cuerpo, de amoldarse a nuestras curvas, de recibir nuestro perfume y
ajarse con nuestros movimientos. Ya está, ha llegado la hora. Dejamos que se
deslice sobre nuestro cuerpo. Estamos listos para salir a lucirlo ¿Y ahora qué?
El uso que le demos depende sólo de nosotros.
L.D.
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