Colgó el teléfono con mano temblorosa. ¿Cuántos meses llevaba levantando el teléfono, a la misma hora y siempre el mismo silencio? Aspiró con fuerza el aire pero se sintió insatisfecha. Necesitaba aire con urgencia. Se asomó a la ventana, la abrió de par en par y la llovizna golpeó suavemente sobre su rostro. Las gotas cayendo sobre los párpados escribían sueños fantásticos, en una pulsación brayle de felicidad. 

 

 

Abajo, cinco pisos a sus pies, una sombra se esconde en un portal ágil y fugaz. Las manos en los bolsillos de los pantalones, la cabeza erguida y el cuello un tanto encalambrado por el esfuerzo de mirar hacía arriba tanto tiempo.

 

Terminó el lenguaje escrito sobre sus párpados. Antes de que su cerebro decodificara corrió a su armario, sacó del cajón su colección de bikinis, los posó delicadamente sobre la cama, haciendo juego, quitando uno y poniendo otro en un lento rompecabezas que su  intuición le iba dictando. Este de flores  en el pecho con el pantalón de un solo tono. No, mejor aquel fucsia con el pantalón blanco. Sus manos parecían mariposas agonizantes cambiando una y otra vez las piezas de los bikinis sin quedar completamente satisfecha de ningún juego formado.

 

 

Cinco pisos más abajo, él por fin sintió alivio al bajar la cabeza. El cuello se lo agradeció y se dijo que ahora mismo disponía, por lo menos de una media hora antes de que ella acomodara los bikinis. Se sentó en un escalón del portal. Sacó un cigarrillo y fumó con ganas. Miró el móvil, jugó unos segundos a alimentar a los peces de su máquina y se sintió satisfecho de poseer ese aparato. Jugando con éste, se le pasaba el tiempo más rápido.

 

Las imágenes de sus bikinis empezaron a serle borrosas, los ojos se le habían llenado de lágrimas. No sabia por qué se ponía tan nerviosa, tan asustada por lo que iba a pasar. Era tonto. Siempre era lo mismo, sin embargo en el fondo de su corazón siempre temía el desenlace, el definitivo encuentro o lo que es peor, el final de ese juego que ya llevaba años. Tenía que escoger la bolsa. No mejor una mochila. No, se decidió por fin por una bolsa de tela con adornos en lentejuelas. Pequeñas flores formadas con acumulaciones de puntos brillantes en colores encendidos. Ese le encantaba particularmente y no recordaba haberlo llevado nunca. Si. Ese sería el que contendría su tesoro de esta noche.

Acomodó los bikinis. Una toalla, la que siempre reservaba para esa ocasión, las sandalias de flores. Otra vez las flores. ¿No sería demasiado pétalo por ahí? No. No importa. Las de flores están lindas – pensó –

 

 

¿Se fumaría otro cigarrillo o no? Capaz que si encendía uno, ella saldría de su casa y le obligaría a apagarlo, nada detestaba más en la vida que aplastar un cigarrillo que no va ni por la mitad. ¿Otro juego? No. Ya estaba aburrido de darle de comer a ese maldito pez y encima siempre se lo tragaban los peces gordos antes de tiempo. Estaba harto de ese juego. Mañana mismo se pasaría por la tienda de móviles para que se lo cambiaran por otro más dispendioso.

 

Bajó los escalones de dos en dos. Su menté recordó la canción de los caballitos y se avergonzó. No estaba ella en edad de cantar los dos caballitos de dos en dos alzan la pata….

 

La lluvia arreció. Las gotas empezaron a resonar sobre los capós de los coches en un golpeteó incesante. Cerró los ojos para sentir el aroma del cigarrillo y poder imaginarla desnudándose, al principio con calma, como si estuviera delante de un escenario, luego, la prisa le entraría y se sacaría los tejanos rápidamente, tiraría las sandalias con una patada simple y llana y se metería en el mar lanzando su cuerpo como una niña de ocho años en verano.

 

Cojeando en mitad del pasillo, dudó en acudir a su cita. El pie le dolía horriblemente y se le estaba hinchando. Pero, ¿cómo faltar? Uno no puede hacer esas cosas de buenas a primeras. Por lo menos no ella, siempre tan metódica. Tendría que ir. Así que recogió su bolso, que había ido a parar unos metros debajo de la escalera y a saltos de pata coja se encaminó hasta el garaje.

 

Creo que voy a encender ese cigarrillo. Si me lo fumo rápido podré ir detrás de ella aspirándolo lentamente. Se encogió un poco más en el escalón porque la lluvia, cayendo ahora de lado le estaba empapando los bajos del pantalón. Sacó el cigarro, se lo llevó a los labios, pero las gotas pronto lo humedecieron y con rabia vio como el papel se deshacía y las tripas del tabaco se quedaban prendidas de sus dedos. Mierda!!!

 

El tráfico estaba imposible y el tobillo le dolía cada vez más. Parecía como si respirara y en cada exhalación el dolor era más fuerte. Mientas cambiaba la luz del semáforo apretaba el tobillo contra la pierna, parecía que así aliviaba un poco el dolor. Al cabo de unos minutos el tráfico disminuyó, dobló a la derecha y ante ella apareció la franja ancha de la playa. Le llegó el olor del agua salada, el olor a azufre se le metió directamente al cerebro y logró anular cualquier otra sensación, a pesar de que el tobillo había aumentado unas cinco veces su tamaño. Buscó aparcamiento, lo cual no le fue difícil. A esa hora no muchos bañistas se entregan a las delicias del mar.

 

No sale. Habrá pasado algo, se preguntaba alzando de nuevo la cabeza hasta que la nuca volvió a dolerle. Arriba, la ventana era un agujero negro que iba absorbiendo sus deseos de verla esa noche.

 

 

Se quitó la ropa lentamente, más lentamente que de costumbre. Algo en su interior le decía que esa noche era distinto. Aunque el tobillo seguía doliéndole, no le importaba. Cada pieza de ropa que se sacaba del cuerpo era una especie de paso hacía su liberación. Hoy sí. Hoy por fin. No pensó más. Mecánicamente se despojó hasta de los anillos, armó un montón con su ropa y sus sandalias. Se acercó a la orilla. Dejó que las olas bañaran sus pies. Sintió alivio en el tobillo y miró hacía el horizonte.  La luna se balanceaba suavemente. A través de las olas ésta le mandaba mensajes tranquilizadores que se estrellaban en sus pantorrillas, que la teñían de plata y no lo pensó más. Se acostó sobre las olas, extendió los brazos y se dejo llevar.

Era el cuerpo de una mujer balanceándose en el agua, cobijada por millones de estrellas que alumbraban sólo para ella, que temblaban como su piel temblaba a cada onda de ola. Esa era la paz. Esa era la inmensidad que a ella le estaba dada.

 

 

Otro cigarrillo y me voy. No puede ser que hoy, precisamente hoy no asista. No puede ser. Y encima la lluvia ahora estaba convertida en un aguacero torrencial que bajaba arrasando con todo. Se decidió a levantarse. Se encaminó hasta el portal e hizo lo que durante cinco años se había negado a hacer. Pulsó el timbre. La mano se le quedo pegada a éste en un intento por insuflarle las palabras que siempre le faltaron. Nadie respondió en el quinto piso, 3º derecha.

 

Los minutos pasaban. Los minutos pasaron.

 

Ya amanecía. En el horizonte la negra noche se desgarró suavemente. ¿Cuántas horas había pasado sobre el agua? La piel estaba arrugada, blanda como de anfibio. El frío la estremecía. Se frotó los brazos y las piernas para entrar en calor. Nadó hasta la orilla y a su espalda el sol se acomodaba sobre las aguas achicharrando sus sueños.

 

Supo que esa sería la última vez.

Por: Gladys