
Los
límites de la cordura están deshilachados y el miedo siempre triunfa. Casi me
gusta decirlo porque cada vez que digo que el miedo triunfa siempre me siento
más cerca de convencerme de que no tenía ninguna posibilidad. Cuando sucedieron
estos hechos, yo vivía en el último piso de un apartamento sobre el Paseo
España, casi a medio camino entre la Casa
Argos y la Casa Sur y
a la vuelta del Hotel Oppenheim. El sitio no estaba en buenas condiciones, pero
era barato. No había muchas personas interesadas en arrendar el apartamento
donde habían asesinado a Ilana Zunz y a otra tipa de apellido Valeria, pero si
habían construido un edificio de apartamentos sobre las ruinas del incendio de
Love Street 16-66 (y allí hubo muertos, se sabe) y si Trent Reznor había
comprado la mansión de Cielo Drive, y mi presupuesto no iba bien, yo no tenía
problema en alquilarlo. Lo que había pasado en ese apartamento nada tiene que
ver con la historia que voy a contar excepto en un detalle: el hecho de vivir
en un lugar como ese había logrado que me autoconvenciera de mi inmunidad al
miedo. Desde mis primeras semanas en el apartamento, donde hasta la decoración
de vitrales y la cama antigua bastaban para desconcertar incluso a alguien que
no estuviera al corriente de lo que había pasado, dejaron de preocuparme los
pasos que uno siempre escucha cuando camina una calle sola y los ruidos que
encierran todas las escaleras. Un par de
veces acompañé a Daza Carreño a tomar fotos nocturnas entre los árboles secos
del Mamre. Alguna vez pasé una noche caminando por el cementerio de La Colina sólo por sentir el
placer de saber que no había nada en el mundo que pudiera hacerme dar un paso
atrás, que no existía ningún sonido que pudiera llevarme a tapar con mis manos
mis oídos.
Lo
diré de nuevo: el miedo siempre triunfa.
La carcajada parecía repetirse a intervalos regulares, aunque en
principio no le presté mayor atención, atribuyéndola a alguna joven borracha
que a pesar de la tormenta recorrería las calles con sus amigos riéndose de
alguna broma simple. Si no estuviera lloviendo, es posible que no hubiera
llegado jamás a ocuparme de la risa, pero los aguaceros no son habituales en
Bucaramanga y cuando me asomé a la ventana vi que el agua recorría las calles y
arrastraba la tierra de las macetas de los jardines. Es posible que tampoco
hubiera notado que la risa regresaba cada cierto tiempo sino fuera por los
relojes de pared. La colección la había empezado algún antepasado por el lado
Barajas, pero era pequeña hasta que empecé añadir los que iba comprando. Total,
tenía casi toda una pared cubierta de relojes y así era fácil contar el tiempo
que pasaba. Las primeras veces conté mentalmente. A pesar de los truenos, e
incluso por encima de su ruido, la risa se escuchaba cada seis segundos que
comprobé exactos cuando validé la precisión de mi cuenta con los saltitos de la
manecilla larga de un relojito en madera que colgaba casi en el ángulo que se
formaba entre la pared de los relojes y la de la ventana. Otro reloj, pequeño,
en esmalte y porcelana de Limoges, confirmó los seis segundos.
“¿Quién puede reírse así?” fue la
pregunta que me hice en voz alta justo antes de que golpearan a la puerta.
Uno puede pensar dos cosas al tiempo pero
el lenguajes es lineal, he ahí su defecto insalvable. Mientras caminaba hasta
la puerta pensaba al mismo tiempo en quién podría llegar a esa hora y en cuál
podría ser la causa de esa risa. Era su recurrencia la que me había hecho notarla,
pero era su naturaleza la que me intrigaba. Nadie me visitaba nunca a excepción
de mi madre y yo no vivía en una casa en medio del campo como para que alguien
viniera con la excusa cinematográfica del auto averiado. Nadie podría visitarme
con esa lluvia. Nadie, con esa lluvia, podría estarse riendo. No pregunté nada.
No miré por el ojo vigía de la puerta. Abrí la puerta como quien espera que al
otro lado esté la explicación de la risa.
Al otro lado estaba Andrea Camila Delic
Crow y estaba llorando.
La última vez que la vi también estaba
llorando. Camila lloraba con lágrimas pequeñas como cristales derretidos, pero
desde entonces había pasado mucho tiempo (¿tres años es mucho tiempo ?) y
lo último que había sabido de ella era que de la casa de dos pisos donde vivía
cuando andábamos juntos se había mudado a un edificio de apartamentos en los
cerros de Cabecera. Allí nunca fui a visitarla aunque es cierto que a veces
pasaba un par de cuartos de hora mirando algunas fotografías donde aparecíamos
juntos e imaginaba que ella hacía lo mismo si es que aún tenía el corcho en la
pared donde pegaba nuestras fotografías. Camila estaba en las fotos, en un par
de canciones que nunca escuchamos juntos y en otras que sí y en un montón de
referencias regadas por Bucaramanga, pero en cierta forma se había convertido
en una idea, en un símbolo de los tiempos que pasamos, Camila era una época.
Las personas son las maneras de recordar temporadas de la vida. Ideas. Camila
era una idea y ahora esa idea encarnaba nuevamente en un cuerpo que abracé
apenas cruzó la puerta, pero al que no sabía si tratar como recuerdo o como
persona. En el último grado del bachillerato nos habían expulsado del colegio
por que no nos dejamos poner la cruz en la frente el Miércoles de Ceniza. En ese
entonces creíamos en gestos y símbolos y ese era un gesto contra el gesto de
los demás y estaba bien no dejarse marcar, menos de una manera tan notoria. Ese
fue nuestro primer gran pacto. El segundo lo hicimos una noche junto al fuego.
Entonces dijimos que seríamos la excepción a nada dura para siempre.
Poco tiempo después dejamos de vernos.
Probablemente aquella noche, cuando volví a verla aún recordaba la razón, pero
desde entonces me he metido tantas cosas en el cerebro que lo he olvidado, o
confundido si no es lo mismo y tengo dos escenas en mente. Una donde ella subía
a un auto rojo con un tipo y lo besaba apenas cerrando la puerta y otra donde
yo le confesaba que desde hacía un tiempo era el amante de una cierta Natalia
Hetfield y quería tener sexo con ella y Camila al tiempo. No recuerdo que pasó
primero. Hace un tiempo tengo problemas para recordar el orden de las cosas,
pero recuerdo que Camila dijo que no me perdonaría por el resto de su vida. Ese
fue nuestro tercer y último pacto, que ella no iba a perdonarme y a mí no me
iba a importar.
Sin embargo, Camila estaba en mi
apartamento y antes de decirle cualquier cosa la tomé de la mano y la llevé
hasta la ventana de mi cuarto. “Tienes que escuchar esto”, dije, y concentré
toda mi atención tratando de captar nuevamente la risotada. Fue inútil, el
silencio sólo estaba lleno de la lluvia y los truenos que ahora parecían
alejarse. Un tiempo después, y digo un tiempo después porque no sé cuántos
segundos tardé en reaccionar, volví a mirarla. Seguía llorando y su cabello le
tapaba la cara. Lo separé con las dos manos, como quien abre una cortina
oriental. Le pregunté si quería tomar algo o en todo caso le hice una pregunta
idiota de ese estilo. Dijo “Hasta hoy” (y repitió ‘has-ta-ho-y’ deletreando). “Hasta
hoy me aguanté a mi papá”.
Nunca nos presentaron, pero lo había
visto muchas veces y sabía cómo trataba a Camila. Ahora, que también él ha
sufrido tanto, no veo por qué yo debería adentrarme en los detalles, pero para
dejar un ejemplo, con cierta frecuencia él cerraba con llave la puerta de su
cuarto y para salir ella tenía que arrojar un lazo por la ventana. Entonces yo
tenía ese grito de guerra “Tira el lazo, somos jóvenes” y en esa noche que
había comenzado con un aguacero y una carcajada recurrente yo sentía como si
ella una vez más hubiera tirado el lazo para escapar. Ahora sé que estaba
equivocado, eso es lo único de lo que aún tengo certeza. La abracé y nos
quedamos callados mirando al cielo, la tormenta había terminado y la luna llena
iluminaba la ciudad arruinando con su luz de lámpara fluorescente los rincones
oscuros que necesitan los amantes y los ladrones. Camila se recostó en mi
regazo y pensaba que con un leve giro podría sentir su corazón latiendo junto
al mío, pero ella no giró para mirarme. “Nunca nos escapamos” dijo.
“Un montón de veces” dije yo pensando en
el lazo que se quedaba colgando toda la noche y al que yo le ayudaba a subir
antes de que acabara de amanecer.
“Cuando uno regresa es como si nunca
hubiera tenido la valentía de escapar” dijo ella.
Y era una frase contundente del tipo tras
el cual en los cuentos y las películas sigue siempre un silencio largo o una
acción dramática. Camila no dijo nada, se levantó de mi regazo sin que yo
hubiera escuchado su corazón y comenzó a descolgar los relojes que adornaban
las paredes. Cuando terminó de poner el último de ellos de cara al suelo,
volvió a acostarse a mi lado y apenas abrió los labios para decir que me
perdonaba. Pensé besarla, es el tipo de cosas en las que piensa la gente y no soy
más que nadie, pero ya Andrea Camila era una cosa dormida y sonriente y
entonces lo que hice fue recostar mi cabeza contra la pared. Ignoraba por
completo la hora y terminé por quedarme dormido mientras trataba de imaginar si
Andrea Camila estaba soñando que esta vez escapábamos del todo.
Tal vez el teléfono ya había sonado
muchas veces cuando por fin desperté y sonó algunas más mientras decidí pararme
a contestar. La mañana era fría y gris, como pasa cada vez que de Ciudad Norte
sube esa niebla densa que tapa toda Bucaramanga hasta que el calor termina por
dispersarla. Camila no estaba en el apartamento, pero no era la primera vez que
partía sin despedirse. Entonces pensé que en la época del lazo ella había
tenido a veces que trepar sola su regreso porque soy un tipo difícil de
levantar. Habían colgado cuando contesté, pero el teléfono sonó de nuevo
mientras estaba en el baño. Era mi hermana la que llamaba y me dio la noticia
sin muchos detalles. El miedo ya había triunfado, pero no lo supe hasta mediodía
cuando llamé a la oficina del padre de Camila y pregunté el número de su casa.
Justo antes de que él contestara creí tener las imágenes en mi mente, Camila
saliendo de mi casa en la madrugada, saltando al paso de un autobús, tal vez
tomando pastillas a manotadas.
“Fue anoche. Saltó por la ventana” dijo
el señor Delic. Su tono ya había desarmado cualquier posible recriminación de
su parte. Una muerte cierra todas las deudas y todos los rencores posibles o
eso pensé antes de que cayera en cuenta de lo que “anoche” quería decir.
“¿Anoche a qué hora?” pregunté y las tres
veces que volví a ver al señor Delic, en el funeral, en el tribunal y meses
después en un almacén de artículos para caza al que los dos habíamos entrado
por casualidad, le repetí la pregunta que contestó irremediablemente con la
hora en la que la carcajada había llamado mi atención.
Las tres veces también, y la última
francamente desesperado, me dijo que él no había escuchado ninguna carcajada ni
risa particular antes del ruido del cuerpo contra el pavimento.
Por: Ricardo Abdahllah
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