Con las primeras horas de un nuevo año la expectación nos muerde la barriga, tenemos en primera fila de nuestra mente los propósitos que año tras año vamos acumulando, algunos se realizan otros no, ese no es el caso de esta reflexión, no vamos a juzgar a nadie. Nos referimos más bien a la exitación de una especie de vida nueva lista para estrenar, de 365 días, repletos de minutos, de toda aquella gente que quizá conoceremos, de aquellos con quienes nos reencontraremos, de los platos que probaremos, de los sitios que visitaremos y por supuesto, de las desiluciones, los momentos tristes, las esperas; toda una serie de acontecimientos que insuflaran vida a este nuevo año que está por venir.

    Este nuevo año es como el vestido que nos hemos comprado y que descansa sobre la cama, esperando el momento de cubrir nuestro cuerpo, de amoldarse a nuestras curvas, de recibir nuestro perfume y ajarse con nuestros movimientos. Ya está, ha llegado la hora. Dejamos que se deslice sobre nuestro cuerpo. Estamos listos para salir a lucirlo ¿Y ahora qué?

    El uso que le demos depende sólo de nosotros.

L.D.