26 de Enero, 2008, 12:57: SelváticaAlaprima

La gente pasa a mi alrededor
y yo sólo soy ya
una gran mancha de sangre.

Por: Selvática
26 de Enero, 2008, 12:45: GladysGeneral

Juan se sienta en el parque con su buena provisión de maíz para las palomas, tiene previsto estar allí hasta que oscurezca para volver a su casa, prepararse un bocadillo, ver el telediario y ponerse a leer hasta que los ojos se le cierren.

Lanza Un primer puñado y unas cien palomas se agrupan a su alrededor revoloteando, alguna rabiosa, más robusta o belicosa logra empujar a las otras, pero por lo general tiene la impresión de que todas prueban su maíz.

Como todos los días jugó a contarlas, sabía que era inútil, pero así se le pasaba el tiempo, empezó: uno, dos, tres… abstraído en su tarea logró llegar hasta cuarenta cuando una paloma levantó el vuelo y en vez de buscar algún maíz lejano fue a posarse sobre una mujer que se hallaba sentada frente a Juan.

Juan la miró, pero no se extrañó. En ella empezó a descubrir los ojos, las cejas, el dulce gesto de la boca, la pasión de esa mirada que parecía emanar vida a todo objeto donde se posaba. Era Lina Guzmán Pérez, la Lina de la universidad, de las noches enloquecidas por el alcohol y la salsa, la Lina de su noche de bodas, la Lina de sus treinta años de matrimonio, la Lina que había muerto hoy hacía un año.

Juan abandonó su banco, se acercó, posó una de sus manos sobre el muslo de Lina, hablaron, soñaron, volverían a ser una familia en cuanto se encontraran con sus hijos.

Ahora los dos abandonan el parque, van en busca de sus hijos,  se abrazan entre ellos, llegan hasta la puerta de su casa. Allí está toda la familia reunida, hijos, primos, hermanos, cuñados, vecinos y amigos, parece que hay un funeral.

- Lina: Por qué no me lo dijiste antes.

- Juan: Al principio quise hacerlo, pero luego, entre una cosa y otra lo dejé pasar.

- Lina: Bueno, no te iba dejar solo en tu propio funeral. Pero antes, demos un recorrido por la casa. Tenemos tiempo antes de que mueran también nuestros hijos. Vamos.

 

Fueron a la habitación compartida, repasaron los objetos amados y conservados durante los años de matrimonio, el cenicero azul, el jarrón de cristal, los teveos que acompañaron la infancia de los hijos. Sobre la mesita de noche, el libro que no terminó de leer.

Lina se acercó a la ventana y le dijo a Juan:

¡Ven a ver! – palmoteó Lina entusiasmada - Mira las hojas de las plantas, las copas de los árboles, los techos de las casas, la ciudad, el mundo entero está limpio, como nuevo… listo para ser estrenado.

No. – Dijo Juan – Esperemos a nuestros hijos.

Por: Gladys

 

 

26 de Enero, 2008, 12:41: Charo GonzálezHablando de...


"Restos de ideas quedan mezclados con presuntas condiciones de aclaraciones y divagaciones, que esos pedazos permanezcan latentes en el enjambre de incongruencias."

"Intentos, posibilidades, presunciones...... más tarde, mañana, tal vez......
se difuminan las acciones en esperas desesperanzadas, prácticas  adultas de niños desencantados."

"Dejarnos gritar, por los que no pueden hacerlo, al menos no nos quitéis ese derecho."

"Y permanecemos mirando más allá del horizonte notando como la línea se desvanece al llenarse nuestros ojos de lágrimas."

"Las espinas de la rosa rasgaron las páginas del Quijote al intentar besar al caballero de La Mancha."

Por: Charo González

26 de Enero, 2008, 12:36: La DirecciónGeneral


    La ciencia de vez en cuando nos recuerda cosas que tenemos enquistadas en el cerebro y que alguna vez recibimos de la abuela, los campesinos, o los brujos del pueblo... bueno, los que en este siglo XXI, todavía podemos recordar tener abuelas o haber vivido en un pueblo, un grato inconveniente del que se libran las nuevas generaciones de citadinos.
    Ahora resulta que la ciencia, esa bruja de silicona, nos anuncia con letras tamaño 38 puntos que hay que mover las neuronas para permanecer jóvenes. Según un estudio realizado por la Universidad de Barcelona y del hospital Clinic de Barcelona, “la educación continua desde la más tierna infancia permite llegar a la vejez con reservas mentales que permiten que el cerebro funcione bien, pese al deterioro físico”.
    Ya lo decía mi abuela, estudie mijo, lea mucho, que en las páginas de los libros se esconde el mundo. ¡Cuanta razón tenías abuela!
    Yo te hice caso, un poco tarde, pero cuando dejaste de contarme historias, las busqué en los libros y así he podido vivir más o menos en armonía con el mundo, ese es mi caso, único y personal, pues no tengo estadísticas, ni tiempo para hacerlas. En un rincón de mi cerebro tengo la certeza de ello, por eso me pregunto, qué preparará la ciencia para las nuevas generaciones sin abuela y sin pueblos. No dudo que siempre habrá gente inquieta por la lectura, estudiosa y critica, pero esos conocimientos no tendrán la calidez que imprimía la entonación de los abuelos o los campesinos, con su voz lenta y profunda, incluso hasta las dudas que surgían de esas charlas en el comedor (cuántas veces no pensamos, pobre abuela está un poco loca y hay que seguirle la corriente), pues esas dudas son las que se nos quedaban en la memoria y cuando leíamos en los periódicos o escuchábamos a los profesores algo en nuestro interior nos hacía CLICK, y le concedíamos la razón a  la abuela.
    Dicen también que los seres humanos poseemos una memoria genética que trasciende generaciones, yo deseo que sea así porque sería lindo que los jóvenes, cuando se hagan mayores, de repente se vean asaltados por esos recuerdos y logren ser más sabios que nosotros, pero no con una sabiduría académica, sino con el sentido conocimiento de los campesinos. Vale, me olvidaba que ya no quedan muchos y que las mujeres de esta generación (la mía también) jamás corresponderán al papel de abuelas, pues han decidido no envejecer y  hablan y se visten como sus nietas.

La Dirección


26 de Enero, 2008, 12:17: ÁgataUn libro para ti


Título:   Otras voces, otros ámbitos
Autor:    Truman Capote

 "¿Qué son casi todas las vidas sino una serie de episodios incompletos?"

     Me he tomado un tiempo en escribir una reseña para esta sección y el motivo para tal silencio fue una especie de apatía frente a lo que leía. No les ha pasado que a veces se leen algunos libros y al cerrarlos inmediatamente aparecen unos puntos suspensivos en la mente.
    Pues precisamente eso me sucedió estos meses, desde noviembre decidí sumergirme en el mar de autores recomendados por diversos suplementos literarios de la prensa o por revistas dedicadas a leer por nosotros, y a pesar de que algunos de ellos despertaron cierto interés, la mayoría de las veces, esos puntos suspensivos me asaltaban peligrosamente, obligándome a replantearme esta sección. ¿Un libro para ti?,  Cómo voy a recomendar un libro que no ha logrado impresionarme y que más bien me ha dejado con un amargo sabor en la memoria... esto es posible, de verdad.
    Pensando no solo en escribir para este blog, sino en mi propio alimento espiritual, me sentí descorazonada, como caminando por el desierto, nada es más parecido a ello, que vagar por los pasillos de una biblioteca pública, o una gran librería teniendo a la mano tantos volúmenes y escoger precisamente el que menos nos gusta.  
    Pero, quizás por eso, para quitarme ese sabor amargo de la boca, volví a lo conocido, a lo leído para verlo desde la nueva perspectiva que dan los años y la experiencia.
    Sí, volví a Truman Capote, volví a leer Otras voces, otros ámbitos y mi espíritu sintió renacer sus alas.
    Descubrí a un nuevo Randhol, encerrado en su cuarto, respirando con dificultad esa vida que le tocó vivir, procurando ocupar su tiempo de la manera más honesta posible, consciente de que nuestros pies nos llevan hasta cierto punto y ahí deciden no andar más, no se someten a la tiranía del calzado, aceptan de mala gana las pantuflas y aún así, en el momento menos pensado se deshacen de ellas, mientras la vida florece a su lado, la vida y el despertar del adolescente Joel. Es entonces cuando nuestra existencia  se circunscribe a una sentencia como esta: "¿Qué son casi todas las vidas sino una serie de episodios incompletos?"
    Frases así nos estallan en la cabeza y nos llevan a reflexionar sobre el misterioso encanto de la buena literatura, una magia que no acaba con los años, que sigue ahí, esperando pacientemente a que volvamos a restaurarnos el alma herida de tanta vaciedad.
    Cerramos el libro y en vez de puntos suspensivos aparece un interrogante: ¿Seré capaz  de completar el episodio que me correspondió vivir?
    Por lo pronto, el capítulo de reseñas se cierra con Otras voces, otros ámbitos, un libro que hay que tener a mano cuando la aridez nos rodee.

Por: Ágata
26 de Enero, 2008, 9:40: Ricardo AbdahllahGeneral



¿ A qué precio, a cambio de qué sacrificio nace la ciudad ?
Jim Morrison

Calle 37 Carrera 15. 6 y 22 PM. Pasas por delante de un bus y no hay nada más: si te vas a subir se detiene y si no te lo echa por encima. Un día, frente a Maxitelas, atropellaron a una muchacha y tú ibas pasando. Luego viste llegar al novio corriendo y la cara que hacía no se te va a olvidar “Qué mierda esta vida” piensas y luego “la Quince es una mierda a cualquier hora del día” y te das cuenta que a lo mejor la mitad de las personas que tratan de cruzar la calle piensan lo mismo. Gente. Gente india. Gente indigente. Te volvió a dar la pensadora, Ramón, esa cosa que te lleva a pensar que tienes un nombre feo, que el mundo no anda bien y los periódicos no ayudan y los aguacates envueltos en periódico no se dañan y los alemanes mataron a los judíos y los judíos mataron a los árabes y los árabes mataron a los rehenes y no encaja la cosa, no tiene sentido y ese vacío y el nombre horrible y ahí estás Ramón pero cuando estabas con Elizabeth era diferente, ella te metía la lengua en la oreja y te sacaba las tristezas. Y cuando estaban tristes estaban tristes los dos. Así cualquiera aguanta. El día en que a Federico lo encerraron en San Camilo los dos se pusieron tristes. Ella porque Federico era su único hermano y tú porque lo conocías hace rato. Al principio se les hacía pedacitos el alma cuando iban a visitarlo los domingos, pero luego se fueron acostumbrando. Cada mañana, eso decían y ustedes lo vieron a veces, Federico se paraba en la mitad del patio con un trapo rojo amarrado al cuello como un superhéroe y decía un discurso. El tema podían ser los poetas, que la redención, o la pesadez del espíritu. Vainas así. Y en cambio nunca habló de la salsa que era lo que más le interesaba hasta entonces. Una vez lo escuchaste hablar de las tarántulas, pero de la salsa no habló nunca ¿Que de la guerra? Sí, a veces habla de la guerra. Te acuerdas de tu papá. Él fue un héroe de la guerra y tu mamá te repetía con frecuencia el orgullo que representaba que llevaras su nombre. En un portarretratos ovalado, junto al teléfono, estaba la única foto de los tres. Tú acababas de nacer y tu mamá llevaba gafas oscuras y vestido rojo con blanco. Tu papá, el uniforme militar que llenaba inflando el pecho. Al fondo un cielo azul claro adornado por la estela de un avión de caza y en la parte de atrás una nota en la cuál sólo podía leerse bien el “amón” final de la firma. Entonces y sólo entonces eras feliz de saber que llevabas el nombre de un héroe de guerra y querías a tu papá aunque en tus recuerdos no quedara mucho de él. “La foto, sobre todo” le dijiste a Elizabeth “me cuesta imaginar a mi papá de otra manera” y lo que te costaba era imaginarlo vestido de otra manera y parado de otra manera y a Elizabeth le decías eso en la fila de entrada de San Camilo pensando que cada vez visitar a Federico dolía menos. Llegaban los domingos temprano y mientras hacían fila Elizabeth y tú comían raspados. No eran tan ricos como los del parque de Girón pero servían. Había que comprarlos en la fila de enfrente, donde la gente esperaba para la visita dominical a la cárcel. Un domingo eran hombres y el domingo siguiente eran mujeres y niños que corrían de un lado a otro. Piensas que dos cuadras arriba y dos cuadras abajo había cementerios y que en el domingo de sol, cárcel y manicomio también había gente que visitaba sus muertos. Domingos de sol y cementerio. De cárcel y raspado. De niños y manicomio y nadie tiene la culpa de tanta gente en las fila. Una de las últimas cosas que el Federico de antes había hecho había sido una fila. Pagó una botella de ron y una bolsa pequeña de papas fritas en la caja tres del Ley Cabecera. La cajera tenía un pañuelo en rojo que una compañera le había regalado en Estados Unidos, pero nadie pudo probar una conexión entre ese pañuelo y el hecho de que apenas al salir Federico se pusiera a gritar en los parqueaderos que quería ser un Superman latino y feliz. La familia lo tuvo un tiempo en la clínica San Pablo y tú lo visitaste el último día antes de que lo trasladaran a San Camilo. Recuerdas la cara de Elizabeth el día del traslado, en taxi, sin ningún escándalo y si te lo preguntaran (“¿pero quién va a preguntarme?” te preguntas) dirías que Elizabeth desde entonces siempre miró a Federico de la misma manera y te parece que no era el mismo, que no había casi nada que uniera al Federico que desde el jueves iba a bailar a Calisón e impresionaba a la colonia tulueña con sus conocimientos de salsa con el que ahora cuando iban a visitarlo se quejaba de que no lo dejaban poner música. Domingos de sol. Domingos sin salsa.
Elizabeth en cambio era rockera, cada vez que se emborrachaba se alocaba gritando “Pónganme niu blod yoin tis er”. No era buena para el inglés, pero tú y ella pasaban buenos momentos y a veces en su casa se combinaban batería y timbales y así pasaban noches completas y de noche en noche pasaban los días. Pasas la Quince sin utilizar el puente metálico. La gente sale de Sanandresito Centro. Como el edificio parece un panal enorme, las personas que salen parecen abejitas con contrabando y se suben a los buses que pasan perezosos, pitando de norte a sur, de sur a norte, de occidente a oriente y viceversa. La quince es una mierda a cualquier hora del día. Pero no de la noche, claro, porque está esa noche que te fuiste a caminar la 15 con Fercho Barajas por la época en que tenía la obsesión de acostarse con dos mujeres al tiempo. Le encantaba la portada del Bloody Kisses. Un día te invitó a buscar en los bares de la 15 a dos mujeres. Andrea Camila, la novia de Fercho, nunca se enteró. Doce de la noche, una rubia y una morena. Tan lindas que parecían de un bar de Cabecera. No les dijeron sus nombres; es decir, dijeron cualquier cosa “Estrella y Esmeralda”, “Libertad y Desafío” o “Anyi y Yuli”. Nunca supiste lo que pasó entre ellos. Fercho dijo que luego te contaba y se metió al cuarto con las dos mujeres y una garrafa de vino. Te quedaste hablando con otra de las peladas del lugar. Se llamaba Marcela y tenía piercing en la nariz. Te pareció que el nombre era real y el piercing de mentiras. Tomaron ron con coca cola, todo a la cuenta de Fercho. Y ella que vamos para el cuarto y tú que no, que querías era hablar y ella insistió y el ron con coca cola, y ante tanta insistencia entraste al cuarto. Y mientras cruzabas la puerta te imaginabas que iba a ser pura lujuria, que te iba a hacer un montón de cosas que no creías posibles, y al final ella era torpe hasta la ternura. Cuando salieron, Fernando ya se había ido. Luego siempre te decía que después te contaba, que después hablaban y llegó el día en que se mató Andrea Camila y Fercho no volvió a hablar con nadie. La última vez lo viste por los lados del Parque Centenario diciendo “El miedo siempre triunfa”.
Todos los miércoles le decías a Elizabeth que querías ir solo a las películas de la Casa Sur y visitabas a Marcela. Nunca volvieron a entrar a su cuarto, es decir, a ningún cuarto. Tomaban ron con coca cola y fumaban bareta a la vuelta de la esquina. La yerba de puta es buena yerba. ¿La hierba de puta es buena hierba ?. Noches de miércoles y hierba y ron con coca cola. Jueves de cerveza con Elizabeth en Sueños de Pan. Viernes con los amigos en el Gabiente, sábados de Moscato en Las Palmas. Domingos de San Camilo. Cuando iban a visitar a Federico hablabas con los otros locos. Tu teoría iba por el lado de los porcentajes, de que se está tanto por ciento cuerdo y tanto por ciento loco y a partir de cierto límite todo mundo notaba que habías cambiado de lado. Eso le había pasado a Federico, también a Eduardo Acevedo. Esa es la conclusión que sacaste. Con Elizabeth y Federico a veces jugaban a inventar obras de teatro. El público era el loco Ricardo. El loco Ricardo que tenía las rastas más bacanas de Bucaramanga y se paraba a insultar a los transeúntes de la calle 36.36  con 21, Lotería de Santander. 36 con 20, Club del Comercio. 36 con 19, la fuente del Parque Santander, donde el loco Ricardo se bañaba cuando se sentía muy acalorado. 36 con, 18, 17, 16. Treinta y seis con quince, donde ahora estas parado, s e i s   y  v e n t i t r é s  m i- n u - t o s   d e   l a  † a r - de . La quince es una mierda a cualquier hora del día. Graffiti a la izquierda: “Si no actuamos ahora, no esperemos nada más tarde”. Cruzas la calle otra vez y te preguntas qué diablos haces ahí. Un domingo, te pusiste a hablar con el loco Ricardo. Ya no tenía rastas ni insultaba a la gente. Te contó del día en que lo calvearon y tú de la vez que fueron con Elizabeth a un motel de la antigua carretera a Floridablanca y luego de jugar en la bañera leyeron poemas hasta la madrugada.
“¿Le contaste eso?” te dijo Elizabeth pero te lo dijo sonriendo.
“Me inspira confianza el loco Ricardo” dijiste.
Al lado del semáforo venden mango con sal. Mango con el humo de todos los carros del día. Mango. Mango. Mango. ¿Podredumbre y corrupción, todo es caos en la nación?. Quinientos pesos la bolsita. Negocias por tres cincuenta. Retacar es indispensable en estos días. Tratas de recordar un café cercano donde puedas tomar un Tall Mocha Frapuccino o un Té Pennyroyal que te destile la vida que llevas adentro. Las calles no tienen nombre. Caminas temeroso entre concreto y polvo. Un diablo pintado en la pared. 6:24. 6:25 Verificas que todavía tengas la billetera en el bolsillo del pantalón. Federico se voló de San Camilo y Elizabeth no tenía motivos para regresar los domingos, pero seguiste visitando al loco Ricardo. Ya no estaba tan calvo. Te contaba sus cosas y tú las tuyas. Le contaste que perdiste a Elizabeth cuando se enteró de que todos los miércoles en lugar de ir a ver películas a la Casa Sur te encontrabas con una prostituta y que no te creyó que nunca había pasado nada. Un día llegó a tu casa un sobrecito con las cenizas de todas las flores que le habías regalado y ya. Luego te la encontrabas en los bares pidiendo a gritos niu blod yoin tis er y no te determinaba. Después de que Elizabeth te dejó seguiste visitando a Marcela. Fumaban bareta a la vuelta de la esquina, tomaban ron con coca cola y no, nunca más se volvieron a meter al cuarto. Le contabas al loco Ricardo que estabas orgulloso de tu papá que fue héroe de la guerra y él te contaba que había sido militar también, pero no héroe, qué va héroe, me echaron antes de ir a la guerra. Te contaba de sus días en San Camilo. La rutina lo estaba volviendo loco. Hablaban toda la mañana del domingo. Domingos con el loco Ricardo. Domingos sin Elizabeth. Por qué la recuerdas tanto, tú qué eras tan desprendido, que cambiaste tantas veces de pueblo cuando niño sin volver a ver a los de antes, que eres tan malo para lo nombres que a veces se te olvida el tuyo y te ríes con lo que dices “Un tipo con tan mala memoria que tenía anotado el teléfono de la mamá para preguntarle cómo se llamaba cuando era pequeño” y orbitas alrededor del semáforo y preguntas la hora. Te sorprendes de la cantidad de cosas que se te pueden meter en el procesador en un instante. 6:26:07 6:26:08 6:26:09 6:26:10 6:26:11. 6:26:12. 6:26:13. La quince con treinta y siete. Todo el día piensas cosas pero nada parece satisfacerte. Estás cansándote de todo. Estás triste y sobre todo estás solo. Primero Elizabeth y después Marcela. Una noche de bareta y ron con coca cola te dijo que se iba para Cali. Le dijiste muchas veces que escribiera, que te llamara y nunca más y debió quedarse en Calí y cómo sería la manera de putiar allá. Luego en ningún local de la quince ni en ninguna casa de los alrededores del Cine Riviera encontraste una mujer como ella. Nada. Siempre terminaban en el cuarto después de dos cervezas. Pensaste agarrar para Cali pero luego te convenciste de que no la encontrarías.
Si pudieras empezar de nuevo lo harías a un millón de millas de donde estás. Estabas muy orgulloso de tu padre pero te hubiera gustado conocerlo más. Así se lo contaste al loco Ricardo. Él te contó un día porque no había ido a la guerra. Estaba en el ejército y en un retén había parado dos muchachos. Él tenía rastas, ella una pulsera de caracoles. Le estaban pidiendo resultados y él los dio y nunca se destapo nada, pero luego tuvo que tomar pastillas para dormirse porque le volvía la imagen de los dos en el barranco. Las pastillas funcionaron bien, eso obligo al perico en las mañanas. Lo echaron porque le encontraron tres tubos de cocaína entre sus cosas. Ahí comenzó su espiral descendente, el trago sobe todo, hasta que su esposa lo dejó llevándose al hijo de ambos.
“Y de ellos dos no supe más” te dijo el loco Ricardo y luego sacó de un bolsillo de su pantalón la única fotografía que le quedaba de la época. Todo lo que ahora se le había vuelto estómago era pecho entonces y lucía con orgullo patriota su uniforme militar junto a una mujer de vestido rojo con blanco y gafas negras alzaba un niño recién nacido. El fondo era un cielo azul claro adornado por la estela de un avión de caza.
6:27. Caen algunas gotas de llovizna. No quieres que nadie te diga cómo te sientes porque nadie sabe cómo te sientes. Tu madre te contó todo, el cambio de nombre acompañado del hecho de agregar “amón" a la R de Ricardo que firmaba la foto. No lloró mientras te lo contaba y quizás por eso te largaste de la casa. Últimamente has vuelto a visitarla. Y bien. Piensas que es tenaz sentir que uno nació de la nada. Que no hay héroes de la guerra como en las películas. Que siempre te mintieron, Ricardo Junior. Siempre y el viejo Ricardo te espera en la casa con sus vestidos perfectamente desordenados. Ya no mete tanto pero todas las noches se toma una botella de Moscatel de pasas. Tarde o temprano dejará de beber. Así le ha pasado a casi todos tus amigos. Piensas en Elizabeth y en Marcela. Las dos, a su manera, eran divinidad y lujuria. Por ellas te le tirarías a un bus. En realidad te le tirarías a un bus por muchas razones y no te tirarías por una, porque recuerdas cómo quedó la muchacha que viste atropellar un día y no quisieras verte así. Entonces das un paso al frente desde la andén y piensas que la quince es una mierda a cualquier hora del día y las personas que van para su casa no merecen otro trancón.

Por: Ricardo Abdahllah


26 de Enero, 2008, 9:08: JimulHablando de...


Volvió a recordar aquellos días salvajes, perdidos en un laberinto de maleza exuberante. Lo veía a él con ese aspecto delgaducho, pero robusto, de tez morena, un auténtico bombón. Para colmo era inteligente y sensible. Entonces, ¿por qué seguía en aquella situación, con aquella panda de maleantes? Esta pregunta y otras muchas más se las hacía cada vez que veía a su pequeño, Enmanuel, su niño, calco perfecto de una relación prohibida entre víctima y verdugo.
 Pero llegó aquella fría mañana de otoño, en la que el jefe de la guerrilla y sus propios compañeros le arrebataron las dos cosas que más quería, a su hijo, y a su confort espiritual. Sabía que sería la última vez que vería a ambos.
Hoy, la vida le ha dado una segunda oportunidad, vive en libertad y con aquel hijo fruto del amor y la libertad en una sociedad esclavista y carcelaria.

Por: Jimul

 


26 de Enero, 2008, 8:03: Giovanni GonzálezHablando de...
          


                Quienes me conocen saben lo sagrado que es para mí el compromiso con mi filiación política, evidente e irreversiblemente de izquierda. Ello no implica la negación a la autocrítica y la asepción dogmática de cuantos postulados emergen de las tendencias que allí aseveran inscribirse; al contrario, tal actitud desvirtuaría, de por sí, a la misma izquierda.
       Por tanto, no puedo dejar de sentir indiganción -como ser humano, como colombiano, como hombre comprometido con misociedad y con los más necesitados, en fin, como militante honesto de la izquierda- por los terribles actos cometidos por una organización que, como las Farc, se han encargado de manchar y desprestigiar nuestra sincera lucha por el alcance de una sociedad más justa, más humana y digna.
       No puedo adherirme a la posición, un tanto oportunista de Chávez, a quien si bien he admirado por varias de sus agresivas, pero eficaces y humanistas inicitivas, no puedo respaldar en esta ocasión, pues se vislumbra en su discurso un tinte propio del maquiavelismo uribista, que justifica cualquier medio para la obtención de un fin que ya deja de ser altruista, vistos los caminos que debe recorrer. Sería aceptable sólo en la medida en que esta postura se presentase con la única intención depromover el alcance de un marco jurídico que permita las negociaciones entre el Estado colombiano -como tal- y la guerrilla; falta ver si es este el objetivo que persigue el estadista venezolano, lo cual no justificaría el respaldo a las Farc, pero sí las declaraciones del mandatario de la hermana nación.
       Preocupado por esta situación, recordé y releí una entrevista que en 1972 Oriana Falacci realizó a la líder sionista Golda Meir, a quien no reconozco precisamente como un ejemplo a seguir, pero que reponde certera y conluyentemente ante el terrorismo, en su caso, promovido por algunos representantes del maltratado pueblo palestino: "La suya no es una guerra.
      Ni siquiera un movimiento revolucionario, porque un movimiento que aspira a matar no puede definirse como revolucionario"aseguró la en ese entonces primera ministra del Estado israelí;  absolutamente aplicable al hoy de las Farc, como pueden comprobarlo.
       En definitiva, lo que quiero resaltar es que no podemos vender filantropía a través de la misantropía, como lo han hecho las Farc durante lós últimos años. Además, y por otra parte, recordemos que la lucha de clases que algunos de nosotros pretendemos promover sólo plantea la imposición de la clase que representamos sobre la otra, como una fase de transición encaminada a la abolición de ambas, en torno a un marco de justicia,equidad, humanismo y dignidad, difícilmente igualables. Nuestra lucha final no es por una clase en particular sino por el hombre.
      
      Un saludo,
      Giovanni
13 de Enero, 2008, 15:14: Charo GonzálezHablando de...


"Imagina que necesitas volver a casa y no consigues encontrarla... imagina que deseas contar tu dolor a aquellos que amas... Hay millones de seres humanos, en este mismo instante, que no necesitan imaginarlo"

"Si mis pasos se vuelven cansinos, si mi voz se rompe y no da respuesta a los gritos, si mis brazos no consiguen acercarse a tus hombros, si sigo escuchando lo mismo... es que se me terminaron las palabras... para evitarlo intento que no se apague mi rabia"

"Cuando despiertas del letargo no debes dejar que la carroña te haga volver a él, por muy duro que sea mantener los ojos abiertos."

"El sordo dolor es el hijo del grito de los libertadores."

"El hechizo de la sincera sonrisa no acompaña nunca ni a la ironía ni a la falsedad, por mucho que algunos crean que han engatusado a su auditorio." 

Por: Charo González

13 de Enero, 2008, 15:10: GladysGeneral

Carlos y María se habían casado el día anterior como Dios y la sociedad manda, familia, amigos, conocidos, vecinos o personajes convenientes tuvieron su lugar como testigos del juramento amoroso en la ceremonia. El padre de la novia les regaló el viaje con destino abierto. Los novios decidirían donde irían a pasar su luna de miel.

Carlos delegó en María la decisión y ella soñaba con una playa caribeña donde pudiera encontrarse con los famosos. Su piel se erizaba en cuanto pensaba en la posibilidad de atisbar, así fuera de lejos a Brad Pit o a George Cloony, en traje de baño… o no, bueno, se conformaría con un famoso menos atractivo, lo excitante era contar a sus amigas, al regreso, que se había bañado en las mismas aguas de… por eso, cuando en la agencia de viajes le informaron que lamentablemente no había plazas hasta dentro de un par de semanas, su cerebro se bloqueó,  escuchaba de lejos la voz monótona de la dependienta, sin saber de qué le hablaba pidió ver un folleto turístico y sin preguntar más ordenó los billetes. Carlos, entre tanto se entretenía mirando las tetas de otra de las dependientas y sólo volvió a la vida de María cuando ella le dijo que todo estaba listo, que se dieran prisa pues apenas si tenían tiempo de hacer el equipaje y salir corriendo al aeropuerto.

Carlos obedeció sin preguntar dónde iban, cerró las maletas y lamentó no tener un tiempo para un ratito de éxtasis, pero bueno, ya había tiempo para eso. Tomó los pasaportes y salieron al aeropuerto.

Al caminar por la sala de embarque, Carlos preguntó dónde tendrían que pedir el pasa bordo. María miró los billetes y sintió escalofrío en su espina dorsal. A Marruecos, dijo en un hilo de voz.

Carlos se detuvo en seco. La miró y un presentimiento de abandono lo poseyó, pero al mirar los ojos de María, pensó en que quizás era una buena idea pasar sus primeros días como marido y mujer sumergidos en una cultura tan diferente.

María por su parte pensaba lo mismo de Carlos. Quizás a él le pareciera maravilloso empezar su vida de casado en un país extraño. Lo de las playas caribeñas podría esperar.

Durante el vuelo, la imagen de mujeres envueltas en chilabas rondaban la cabeza de María e intentaba hurgar en su memoria en busca de referencias marroquis, evocó una película y se concentró en los ojos negros del protagonista, pero enseguida la imagen cambió y surgió el desierto, las enormes dunas, el calor del sol y un grupo de seres humanos montados en camellos ascendiendo y descendiendo delante de una cámara. Se sintió feliz. Iba a tener una luna de miel de película.

Carlos cerraba los ojos, fingía dormir para no tener que hablar con María. Claro que le encantaba la expectativa del viaje, pero temía que no precisamente por las razones que hicieron a Maria tomar esa decisión. El pensaba en enormes salones con cojines de seda, velas perfumadas aromatizando el ambiente, música sensual y una mujer bailando delante de él, agitando sus siete velos. Se sintió feliz, iba a tener una luna de miel de película.

Cuando llegaron al aeropuerto fueron recibidos por un guía que los condujo al hotel, les invitó a un té y les propuso un itinerario turístico con lujo de detalles dejándolo a su consideración por esa noche. Ya mañana hablarían y tomarían una decisión.

A la mañana siguiente y sin hablarlo mucho coincidieron en que irían por libre. Si había decidido de manera impulsiva el destino de su luna de miel, dejarían igualmente al destino que los llevara donde le pareciera los días que estuvieran allí.

En el comedor del hotel oyeron hablar del mercado. María se empeñó en conocerlo y decidieron asistir en las horas de la tarde noche.

María escogió la ropa con cuidado, el resultado en el espejo la complació sobre manera. Carlos igualmente dedicó más tiempo del habitual en ponerse a punto.

Salieron del hotel, tomaron un taxi que los dejó a la entrada del mercado. María contuvo el aliento, la multitud que llenaba la plaza la mareó, donde quiera que miraba encontraba representantes de todas las razas humanas, allí confundían sus humores europeos, asiáticos, orientales, hindúes, sudamericanos en una babel que la atraía y la repelía al mismo tiempo.

Carlos escudriñaba por su parte los lugares donde se formaban corrillos y hacía ellos se dirigía con la esperanza de encontrarse de frente con la bailarina de sus sueños.

Caminaron entre la multitud, María absorbía humanidad, Carlos desesperaba de ansiedad, cada corrillo de gente contenía encantadores de serpientes, escanciadores de agua, adivinadoras, dentistas, acróbatas, pero ni una sola bailarina.

La noche iba cayendo, el cielo iba limando diferencias y la Babel poco a poco se iba amalgamando en una sola marea humana.

Se sentaron en un chiringuito y pidieron probar de eso cuyo nombre no sabían y que sólo podían señalar con el dedo.

El cocinero apenas los miró, les hizo un gesto mientras se limpiaba las manos en el pantalón, luego tomo de un cazo un terrón de harina y lo lanzó a la olla. En una esquina se hallaba un palo grueso, el hombre con mano decidida lo empuñó, empezó a remover el líquido de aquella enorme olla. María sintió nauseas, Carlos miró para otro lado.

Ante su mesa se hallaban dos cazos con un líquido espeso y amarillento, humeante y una pequeña cuchara de palo. Se miraron a los ojos. Casi al mismo tiempo tomaron la cuchara, soplando sobre ésta se llevaron a la boca un sorbo de esa sopa. Al principio, la temperatura del líquido no les permitió apreciar su sabor, sin embargo a la quinta cucharada algo parecido al lejano sabor de una sopa de lentejas se fue apoderando de su razón. No habían terminado de identificar ese sabor cuando un grupo de adolescentes se sentó frente a ellos. Eran cinco jóvenes que reían y se movían como si fueran dueños del mundo. María se quedó con los ojos de los jóvenes, admiraba la sedosidad de sus pestañas, la profundidad de su mirada y la sinceridad de esos gestos al llevar la cuchara a la boca.

Cada cucharada introducía en su interior el mundo del Islam, el líquido espeso al confundirse con su saliva iba sembrando en su ser una mujer totalmente diferente. Aquello de contarle a sus amigas donde había pasado su luna de miel perdió importancia, su mundo anterior se desvaneció y Carlos sentía lo mismo. Un terremoto arrasó con el pasado de esa pareja.

¡C´est la vie!

En su país, por largo tiempo, la familia intentó por todos los medios posibles hallar a la pareja. Nadie volvió a saber de ellos.

Por: Gladys

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