cae la noche

...y las palabras emergen por los rincones de la ciudad...

Enero del 2008


Invisible rojo sangre

Publicado el 26 de Enero, 2008, 12:57. en Alaprima.
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La gente pasa a mi alrededor
y yo sólo soy ya
una gran mancha de sangre.

Por: Selvática

Entre una cosa y otra

Publicado el 26 de Enero, 2008, 12:45. en General.
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Juan se sienta en el parque con su buena provisión de maíz para las palomas, tiene previsto estar allí hasta que oscurezca para volver a su casa, prepararse un bocadillo, ver el telediario y ponerse a leer hasta que los ojos se le cierren.

Lanza Un primer puñado y unas cien palomas se agrupan a su alrededor revoloteando, alguna rabiosa, más robusta o belicosa logra empujar a las otras, pero por lo general tiene la impresión de que todas prueban su maíz.

Como todos los días jugó a contarlas, sabía que era inútil, pero así se le pasaba el tiempo, empezó: uno, dos, tres… abstraído en su tarea logró llegar hasta cuarenta cuando una paloma levantó el vuelo y en vez de buscar algún maíz lejano fue a posarse sobre una mujer que se hallaba sentada frente a Juan.

Juan la miró, pero no se extrañó. En ella empezó a descubrir los ojos, las cejas, el dulce gesto de la boca, la pasión de esa mirada que parecía emanar vida a todo objeto donde se posaba. Era Lina Guzmán Pérez, la Lina de la universidad, de las noches enloquecidas por el alcohol y la salsa, la Lina de su noche de bodas, la Lina de sus treinta años de matrimonio, la Lina que había muerto hoy hacía un año.

Juan abandonó su banco, se acercó, posó una de sus manos sobre el muslo de Lina, hablaron, soñaron, volverían a ser una familia en cuanto se encontraran con sus hijos.

Ahora los dos abandonan el parque, van en busca de sus hijos,  se abrazan entre ellos, llegan hasta la puerta de su casa. Allí está toda la familia reunida, hijos, primos, hermanos, cuñados, vecinos y amigos, parece que hay un funeral.

- Lina: Por qué no me lo dijiste antes.

- Juan: Al principio quise hacerlo, pero luego, entre una cosa y otra lo dejé pasar.

- Lina: Bueno, no te iba dejar solo en tu propio funeral. Pero antes, demos un recorrido por la casa. Tenemos tiempo antes de que mueran también nuestros hijos. Vamos.

 

Fueron a la habitación compartida, repasaron los objetos amados y conservados durante los años de matrimonio, el cenicero azul, el jarrón de cristal, los teveos que acompañaron la infancia de los hijos. Sobre la mesita de noche, el libro que no terminó de leer.

Lina se acercó a la ventana y le dijo a Juan:

¡Ven a ver! – palmoteó Lina entusiasmada - Mira las hojas de las plantas, las copas de los árboles, los techos de las casas, la ciudad, el mundo entero está limpio, como nuevo… listo para ser estrenado.

No. – Dijo Juan – Esperemos a nuestros hijos.

Por: Gladys

 

 


Imagina...

Publicado el 26 de Enero, 2008, 12:41. en Hablando de....
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"Restos de ideas quedan mezclados con presuntas condiciones de aclaraciones y divagaciones, que esos pedazos permanezcan latentes en el enjambre de incongruencias."

"Intentos, posibilidades, presunciones...... más tarde, mañana, tal vez......
se difuminan las acciones en esperas desesperanzadas, prácticas  adultas de niños desencantados."

"Dejarnos gritar, por los que no pueden hacerlo, al menos no nos quitéis ese derecho."

"Y permanecemos mirando más allá del horizonte notando como la línea se desvanece al llenarse nuestros ojos de lágrimas."

"Las espinas de la rosa rasgaron las páginas del Quijote al intentar besar al caballero de La Mancha."

Por: Charo González


Réquiem por la sabiduría popular

Publicado el 26 de Enero, 2008, 12:36. en General.
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    La ciencia de vez en cuando nos recuerda cosas que tenemos enquistadas en el cerebro y que alguna vez recibimos de la abuela, los campesinos, o los brujos del pueblo... bueno, los que en este siglo XXI, todavía podemos recordar tener abuelas o haber vivido en un pueblo, un grato inconveniente del que se libran las nuevas generaciones de citadinos.
    Ahora resulta que la ciencia, esa bruja de silicona, nos anuncia con letras tamaño 38 puntos que hay que mover las neuronas para permanecer jóvenes. Según un estudio realizado por la Universidad de Barcelona y del hospital Clinic de Barcelona, “la educación continua desde la más tierna infancia permite llegar a la vejez con reservas mentales que permiten que el cerebro funcione bien, pese al deterioro físico”.
    Ya lo decía mi abuela, estudie mijo, lea mucho, que en las páginas de los libros se esconde el mundo. ¡Cuanta razón tenías abuela!
    Yo te hice caso, un poco tarde, pero cuando dejaste de contarme historias, las busqué en los libros y así he podido vivir más o menos en armonía con el mundo, ese es mi caso, único y personal, pues no tengo estadísticas, ni tiempo para hacerlas. En un rincón de mi cerebro tengo la certeza de ello, por eso me pregunto, qué preparará la ciencia para las nuevas generaciones sin abuela y sin pueblos. No dudo que siempre habrá gente inquieta por la lectura, estudiosa y critica, pero esos conocimientos no tendrán la calidez que imprimía la entonación de los abuelos o los campesinos, con su voz lenta y profunda, incluso hasta las dudas que surgían de esas charlas en el comedor (cuántas veces no pensamos, pobre abuela está un poco loca y hay que seguirle la corriente), pues esas dudas son las que se nos quedaban en la memoria y cuando leíamos en los periódicos o escuchábamos a los profesores algo en nuestro interior nos hacía CLICK, y le concedíamos la razón a  la abuela.
    Dicen también que los seres humanos poseemos una memoria genética que trasciende generaciones, yo deseo que sea así porque sería lindo que los jóvenes, cuando se hagan mayores, de repente se vean asaltados por esos recuerdos y logren ser más sabios que nosotros, pero no con una sabiduría académica, sino con el sentido conocimiento de los campesinos. Vale, me olvidaba que ya no quedan muchos y que las mujeres de esta generación (la mía también) jamás corresponderán al papel de abuelas, pues han decidido no envejecer y  hablan y se visten como sus nietas.

La Dirección



Otras voces, otros ámbitos

Publicado el 26 de Enero, 2008, 12:17. en Un libro para ti.
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Título:   Otras voces, otros ámbitos
Autor:    Truman Capote

 "¿Qué son casi todas las vidas sino una serie de episodios incompletos?"

     Me he tomado un tiempo en escribir una reseña para esta sección y el motivo para tal silencio fue una especie de apatía frente a lo que leía. No les ha pasado que a veces se leen algunos libros y al cerrarlos inmediatamente aparecen unos puntos suspensivos en la mente.
    Pues precisamente eso me sucedió estos meses, desde noviembre decidí sumergirme en el mar de autores recomendados por diversos suplementos literarios de la prensa o por revistas dedicadas a leer por nosotros, y a pesar de que algunos de ellos despertaron cierto interés, la mayoría de las veces, esos puntos suspensivos me asaltaban peligrosamente, obligándome a replantearme esta sección. ¿Un libro para ti?,  Cómo voy a recomendar un libro que no ha logrado impresionarme y que más bien me ha dejado con un amargo sabor en la memoria... esto es posible, de verdad.
    Pensando no solo en escribir para este blog, sino en mi propio alimento espiritual, me sentí descorazonada, como caminando por el desierto, nada es más parecido a ello, que vagar por los pasillos de una biblioteca pública, o una gran librería teniendo a la mano tantos volúmenes y escoger precisamente el que menos nos gusta.  
    Pero, quizás por eso, para quitarme ese sabor amargo de la boca, volví a lo conocido, a lo leído para verlo desde la nueva perspectiva que dan los años y la experiencia.
    Sí, volví a Truman Capote, volví a leer Otras voces, otros ámbitos y mi espíritu sintió renacer sus alas.
    Descubrí a un nuevo Randhol, encerrado en su cuarto, respirando con dificultad esa vida que le tocó vivir, procurando ocupar su tiempo de la manera más honesta posible, consciente de que nuestros pies nos llevan hasta cierto punto y ahí deciden no andar más, no se someten a la tiranía del calzado, aceptan de mala gana las pantuflas y aún así, en el momento menos pensado se deshacen de ellas, mientras la vida florece a su lado, la vida y el despertar del adolescente Joel. Es entonces cuando nuestra existencia  se circunscribe a una sentencia como esta: "¿Qué son casi todas las vidas sino una serie de episodios incompletos?"
    Frases así nos estallan en la cabeza y nos llevan a reflexionar sobre el misterioso encanto de la buena literatura, una magia que no acaba con los años, que sigue ahí, esperando pacientemente a que volvamos a restaurarnos el alma herida de tanta vaciedad.
    Cerramos el libro y en vez de puntos suspensivos aparece un interrogante: ¿Seré capaz  de completar el episodio que me correspondió vivir?
    Por lo pronto, el capítulo de reseñas se cierra con Otras voces, otros ámbitos, un libro que hay que tener a mano cuando la aridez nos rodee.

Por: Ágata

La 15

Publicado el 26 de Enero, 2008, 9:40. en General.
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¿ A qué precio, a cambio de qué sacrificio nace la ciudad ?
Jim Morrison

Calle 37 Carrera 15. 6 y 22 PM. Pasas por delante de un bus y no hay nada más: si te vas a subir se detiene y si no te lo echa por encima. Un día, frente a Maxitelas, atropellaron a una muchacha y tú ibas pasando. Luego viste llegar al novio corriendo y la cara que hacía no se te va a olvidar “Qué mierda esta vida” piensas y luego “la Quince es una mierda a cualquier hora del día” y te das cuenta que a lo mejor la mitad de las personas que tratan de cruzar la calle piensan lo mismo. Gente. Gente india. Gente indigente. Te volvió a dar la pensadora, Ramón, esa cosa que te lleva a pensar que tienes un nombre feo, que el mundo no anda bien y los periódicos no ayudan y los aguacates envueltos en periódico no se dañan y los alemanes mataron a los judíos y los judíos mataron a los árabes y los árabes mataron a los rehenes y no encaja la cosa, no tiene sentido y ese vacío y el nombre horrible y ahí estás Ramón pero cuando estabas con Elizabeth era diferente, ella te metía la lengua en la oreja y te sacaba las tristezas. Y cuando estaban tristes estaban tristes los dos. Así cualquiera aguanta. El día en que a Federico lo encerraron en San Camilo los dos se pusieron tristes. Ella porque Federico era su único hermano y tú porque lo conocías hace rato. Al principio se les hacía pedacitos el alma cuando iban a visitarlo los domingos, pero luego se fueron acostumbrando. Cada mañana, eso decían y ustedes lo vieron a veces, Federico se paraba en la mitad del patio con un trapo rojo amarrado al cuello como un superhéroe y decía un discurso. El tema podían ser los poetas, que la redención, o la pesadez del espíritu. Vainas así. Y en cambio nunca habló de la salsa que era lo que más le interesaba hasta entonces. Una vez lo escuchaste hablar de las tarántulas, pero de la salsa no habló nunca ¿Que de la guerra? Sí, a veces habla de la guerra. Te acuerdas de tu papá. Él fue un héroe de la guerra y tu mamá te repetía con frecuencia el orgullo que representaba que llevaras su nombre. En un portarretratos ovalado, junto al teléfono, estaba la única foto de los tres. Tú acababas de nacer y tu mamá llevaba gafas oscuras y vestido rojo con blanco. Tu papá, el uniforme militar que llenaba inflando el pecho. Al fondo un cielo azul claro adornado por la estela de un avión de caza y en la parte de atrás una nota en la cuál sólo podía leerse bien el “amón” final de la firma. Entonces y sólo entonces eras feliz de saber que llevabas el nombre de un héroe de guerra y querías a tu papá aunque en tus recuerdos no quedara mucho de él. “La foto, sobre todo” le dijiste a Elizabeth “me cuesta imaginar a mi papá de otra manera” y lo que te costaba era imaginarlo vestido de otra manera y parado de otra manera y a Elizabeth le decías eso en la fila de entrada de San Camilo pensando que cada vez visitar a Federico dolía menos. Llegaban los domingos temprano y mientras hacían fila Elizabeth y tú comían raspados. No eran tan ricos como los del parque de Girón pero servían. Había que comprarlos en la fila de enfrente, donde la gente esperaba para la visita dominical a la cárcel. Un domingo eran hombres y el domingo siguiente eran mujeres y niños que corrían de un lado a otro. Piensas que dos cuadras arriba y dos cuadras abajo había cementerios y que en el domingo de sol, cárcel y manicomio también había gente que visitaba sus muertos. Domingos de sol y cementerio. De cárcel y raspado. De niños y manicomio y nadie tiene la culpa de tanta gente en las fila. Una de las últimas cosas que el Federico de antes había hecho había sido una fila. Pagó una botella de ron y una bolsa pequeña de papas fritas en la caja tres del Ley Cabecera. La cajera tenía un pañuelo en rojo que una compañera le había regalado en Estados Unidos, pero nadie pudo probar una conexión entre ese pañuelo y el hecho de que apenas al salir Federico se pusiera a gritar en los parqueaderos que quería ser un Superman latino y feliz. La familia lo tuvo un tiempo en la clínica San Pablo y tú lo visitaste el último día antes de que lo trasladaran a San Camilo. Recuerdas la cara de Elizabeth el día del traslado, en taxi, sin ningún escándalo y si te lo preguntaran (“¿pero quién va a preguntarme?” te preguntas) dirías que Elizabeth desde entonces siempre miró a Federico de la misma manera y te parece que no era el mismo, que no había casi nada que uniera al Federico que desde el jueves iba a bailar a Calisón e impresionaba a la colonia tulueña con sus conocimientos de salsa con el que ahora cuando iban a visitarlo se quejaba de que no lo dejaban poner música. Domingos de sol. Domingos sin salsa.
Elizabeth en cambio era rockera, cada vez que se emborrachaba se alocaba gritando “Pónganme niu blod yoin tis er”. No era buena para el inglés, pero tú y ella pasaban buenos momentos y a veces en su casa se combinaban batería y timbales y así pasaban noches completas y de noche en noche pasaban los días. Pasas la Quince sin utilizar el puente metálico. La gente sale de Sanandresito Centro. Como el edificio parece un panal enorme, las personas que salen parecen abejitas con contrabando y se suben a los buses que pasan perezosos, pitando de norte a sur, de sur a norte, de occidente a oriente y viceversa. La quince es una mierda a cualquier hora del día. Pero no de la noche, claro, porque está esa noche que te fuiste a caminar la 15 con Fercho Barajas por la época en que tenía la obsesión de acostarse con dos mujeres al tiempo. Le encantaba la portada del Bloody Kisses. Un día te invitó a buscar en los bares de la 15 a dos mujeres. Andrea Camila, la novia de Fercho, nunca se enteró. Doce de la noche, una rubia y una morena. Tan lindas que parecían de un bar de Cabecera. No les dijeron sus nombres; es decir, dijeron cualquier cosa “Estrella y Esmeralda”, “Libertad y Desafío” o “Anyi y Yuli”. Nunca supiste lo que pasó entre ellos. Fercho dijo que luego te contaba y se metió al cuarto con las dos mujeres y una garrafa de vino. Te quedaste hablando con otra de las peladas del lugar. Se llamaba Marcela y tenía piercing en la nariz. Te pareció que el nombre era real y el piercing de mentiras. Tomaron ron con coca cola, todo a la cuenta de Fercho. Y ella que vamos para el cuarto y tú que no, que querías era hablar y ella insistió y el ron con coca cola, y ante tanta insistencia entraste al cuarto. Y mientras cruzabas la puerta te imaginabas que iba a ser pura lujuria, que te iba a hacer un montón de cosas que no creías posibles, y al final ella era torpe hasta la ternura. Cuando salieron, Fernando ya se había ido. Luego siempre te decía que después te contaba, que después hablaban y llegó el día en que se mató Andrea Camila y Fercho no volvió a hablar con nadie. La última vez lo viste por los lados del Parque Centenario diciendo “El miedo siempre triunfa”.
Todos los miércoles le decías a Elizabeth que querías ir solo a las películas de la Casa Sur y visitabas a Marcela. Nunca volvieron a entrar a su cuarto, es decir, a ningún cuarto. Tomaban ron con coca cola y fumaban bareta a la vuelta de la esquina. La yerba de puta es buena yerba. ¿La hierba de puta es buena hierba ?. Noches de miércoles y hierba y ron con coca cola. Jueves de cerveza con Elizabeth en Sueños de Pan. Viernes con los amigos en el Gabiente, sábados de Moscato en Las Palmas. Domingos de San Camilo. Cuando iban a visitar a Federico hablabas con los otros locos. Tu teoría iba por el lado de los porcentajes, de que se está tanto por ciento cuerdo y tanto por ciento loco y a partir de cierto límite todo mundo notaba que habías cambiado de lado. Eso le había pasado a Federico, también a Eduardo Acevedo. Esa es la conclusión que sacaste. Con Elizabeth y Federico a veces jugaban a inventar obras de teatro. El público era el loco Ricardo. El loco Ricardo que tenía las rastas más bacanas de Bucaramanga y se paraba a insultar a los transeúntes de la calle 36.36  con 21, Lotería de Santander. 36 con 20, Club del Comercio. 36 con 19, la fuente del Parque Santander, donde el loco Ricardo se bañaba cuando se sentía muy acalorado. 36 con, 18, 17, 16. Treinta y seis con quince, donde ahora estas parado, s e i s   y  v e n t i t r é s  m i- n u - t o s   d e   l a  † a r - de . La quince es una mierda a cualquier hora del día. Graffiti a la izquierda: “Si no actuamos ahora, no esperemos nada más tarde”. Cruzas la calle otra vez y te preguntas qué diablos haces ahí. Un domingo, te pusiste a hablar con el loco Ricardo. Ya no tenía rastas ni insultaba a la gente. Te contó del día en que lo calvearon y tú de la vez que fueron con Elizabeth a un motel de la antigua carretera a Floridablanca y luego de jugar en la bañera leyeron poemas hasta la madrugada.
“¿Le contaste eso?” te dijo Elizabeth pero te lo dijo sonriendo.
“Me inspira confianza el loco Ricardo” dijiste.
Al lado del semáforo venden mango con sal. Mango con el humo de todos los carros del día. Mango. Mango. Mango. ¿Podredumbre y corrupción, todo es caos en la nación?. Quinientos pesos la bolsita. Negocias por tres cincuenta. Retacar es indispensable en estos días. Tratas de recordar un café cercano donde puedas tomar un Tall Mocha Frapuccino o un Té Pennyroyal que te destile la vida que llevas adentro. Las calles no tienen nombre. Caminas temeroso entre concreto y polvo. Un diablo pintado en la pared. 6:24. 6:25 Verificas que todavía tengas la billetera en el bolsillo del pantalón. Federico se voló de San Camilo y Elizabeth no tenía motivos para regresar los domingos, pero seguiste visitando al loco Ricardo. Ya no estaba tan calvo. Te contaba sus cosas y tú las tuyas. Le contaste que perdiste a Elizabeth cuando se enteró de que todos los miércoles en lugar de ir a ver películas a la Casa Sur te encontrabas con una prostituta y que no te creyó que nunca había pasado nada. Un día llegó a tu casa un sobrecito con las cenizas de todas las flores que le habías regalado y ya. Luego te la encontrabas en los bares pidiendo a gritos niu blod yoin tis er y no te determinaba. Después de que Elizabeth te dejó seguiste visitando a Marcela. Fumaban bareta a la vuelta de la esquina, tomaban ron con coca cola y no, nunca más se volvieron a meter al cuarto. Le contabas al loco Ricardo que estabas orgulloso de tu papá que fue héroe de la guerra y él te contaba que había sido militar también, pero no héroe, qué va héroe, me echaron antes de ir a la guerra. Te contaba de sus días en San Camilo. La rutina lo estaba volviendo loco. Hablaban toda la mañana del domingo. Domingos con el loco Ricardo. Domingos sin Elizabeth. Por qué la recuerdas tanto, tú qué eras tan desprendido, que cambiaste tantas veces de pueblo cuando niño sin volver a ver a los de antes, que eres tan malo para lo nombres que a veces se te olvida el tuyo y te ríes con lo que dices “Un tipo con tan mala memoria que tenía anotado el teléfono de la mamá para preguntarle cómo se llamaba cuando era pequeño” y orbitas alrededor del semáforo y preguntas la hora. Te sorprendes de la cantidad de cosas que se te pueden meter en el procesador en un instante. 6:26:07 6:26:08 6:26:09 6:26:10 6:26:11. 6:26:12. 6:26:13. La quince con treinta y siete. Todo el día piensas cosas pero nada parece satisfacerte. Estás cansándote de todo. Estás triste y sobre todo estás solo. Primero Elizabeth y después Marcela. Una noche de bareta y ron con coca cola te dijo que se iba para Cali. Le dijiste muchas veces que escribiera, que te llamara y nunca más y debió quedarse en Calí y cómo sería la manera de putiar allá. Luego en ningún local de la quince ni en ninguna casa de los alrededores del Cine Riviera encontraste una mujer como ella. Nada. Siempre terminaban en el cuarto después de dos cervezas. Pensaste agarrar para Cali pero luego te convenciste de que no la encontrarías.
Si pudieras empezar de nuevo lo harías a un millón de millas de donde estás. Estabas muy orgulloso de tu padre pero te hubiera gustado conocerlo más. Así se lo contaste al loco Ricardo. Él te contó un día porque no había ido a la guerra. Estaba en el ejército y en un retén había parado dos muchachos. Él tenía rastas, ella una pulsera de caracoles. Le estaban pidiendo resultados y él los dio y nunca se destapo nada, pero luego tuvo que tomar pastillas para dormirse porque le volvía la imagen de los dos en el barranco. Las pastillas funcionaron bien, eso obligo al perico en las mañanas. Lo echaron porque le encontraron tres tubos de cocaína entre sus cosas. Ahí comenzó su espiral descendente, el trago sobe todo, hasta que su esposa lo dejó llevándose al hijo de ambos.
“Y de ellos dos no supe más” te dijo el loco Ricardo y luego sacó de un bolsillo de su pantalón la única fotografía que le quedaba de la época. Todo lo que ahora se le había vuelto estómago era pecho entonces y lucía con orgullo patriota su uniforme militar junto a una mujer de vestido rojo con blanco y gafas negras alzaba un niño recién nacido. El fondo era un cielo azul claro adornado por la estela de un avión de caza.
6:27. Caen algunas gotas de llovizna. No quieres que nadie te diga cómo te sientes porque nadie sabe cómo te sientes. Tu madre te contó todo, el cambio de nombre acompañado del hecho de agregar “amón" a la R de Ricardo que firmaba la foto. No lloró mientras te lo contaba y quizás por eso te largaste de la casa. Últimamente has vuelto a visitarla. Y bien. Piensas que es tenaz sentir que uno nació de la nada. Que no hay héroes de la guerra como en las películas. Que siempre te mintieron, Ricardo Junior. Siempre y el viejo Ricardo te espera en la casa con sus vestidos perfectamente desordenados. Ya no mete tanto pero todas las noches se toma una botella de Moscatel de pasas. Tarde o temprano dejará de beber. Así le ha pasado a casi todos tus amigos. Piensas en Elizabeth y en Marcela. Las dos, a su manera, eran divinidad y lujuria. Por ellas te le tirarías a un bus. En realidad te le tirarías a un bus por muchas razones y no te tirarías por una, porque recuerdas cómo quedó la muchacha que viste atropellar un día y no quisieras verte así. Entonces das un paso al frente desde la andén y piensas que la quince es una mierda a cualquier hora del día y las personas que van para su casa no merecen otro trancón.

Por: Ricardo Abdahllah



Enmanuel

Publicado el 26 de Enero, 2008, 9:08. en Hablando de....
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Volvió a recordar aquellos días salvajes, perdidos en un laberinto de maleza exuberante. Lo veía a él con ese aspecto delgaducho, pero robusto, de tez morena, un auténtico bombón. Para colmo era inteligente y sensible. Entonces, ¿por qué seguía en aquella situación, con aquella panda de maleantes? Esta pregunta y otras muchas más se las hacía cada vez que veía a su pequeño, Enmanuel, su niño, calco perfecto de una relación prohibida entre víctima y verdugo.
 Pero llegó aquella fría mañana de otoño, en la que el jefe de la guerrilla y sus propios compañeros le arrebataron las dos cosas que más quería, a su hijo, y a su confort espiritual. Sabía que sería la última vez que vería a ambos.
Hoy, la vida le ha dado una segunda oportunidad, vive en libertad y con aquel hijo fruto del amor y la libertad en una sociedad esclavista y carcelaria.

Por: Jimul

 



Las FARC: ¿terroristas o auténticos guerrilleros?

Publicado el 26 de Enero, 2008, 8:03. en Hablando de....
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                Quienes me conocen saben lo sagrado que es para mí el compromiso con mi filiación política, evidente e irreversiblemente de izquierda. Ello no implica la negación a la autocrítica y la asepción dogmática de cuantos postulados emergen de las tendencias que allí aseveran inscribirse; al contrario, tal actitud desvirtuaría, de por sí, a la misma izquierda.
       Por tanto, no puedo dejar de sentir indiganción -como ser humano, como colombiano, como hombre comprometido con misociedad y con los más necesitados, en fin, como militante honesto de la izquierda- por los terribles actos cometidos por una organización que, como las Farc, se han encargado de manchar y desprestigiar nuestra sincera lucha por el alcance de una sociedad más justa, más humana y digna.
       No puedo adherirme a la posición, un tanto oportunista de Chávez, a quien si bien he admirado por varias de sus agresivas, pero eficaces y humanistas inicitivas, no puedo respaldar en esta ocasión, pues se vislumbra en su discurso un tinte propio del maquiavelismo uribista, que justifica cualquier medio para la obtención de un fin que ya deja de ser altruista, vistos los caminos que debe recorrer. Sería aceptable sólo en la medida en que esta postura se presentase con la única intención depromover el alcance de un marco jurídico que permita las negociaciones entre el Estado colombiano -como tal- y la guerrilla; falta ver si es este el objetivo que persigue el estadista venezolano, lo cual no justificaría el respaldo a las Farc, pero sí las declaraciones del mandatario de la hermana nación.
       Preocupado por esta situación, recordé y releí una entrevista que en 1972 Oriana Falacci realizó a la líder sionista Golda Meir, a quien no reconozco precisamente como un ejemplo a seguir, pero que reponde certera y conluyentemente ante el terrorismo, en su caso, promovido por algunos representantes del maltratado pueblo palestino: "La suya no es una guerra.
      Ni siquiera un movimiento revolucionario, porque un movimiento que aspira a matar no puede definirse como revolucionario"aseguró la en ese entonces primera ministra del Estado israelí;  absolutamente aplicable al hoy de las Farc, como pueden comprobarlo.
       En definitiva, lo que quiero resaltar es que no podemos vender filantropía a través de la misantropía, como lo han hecho las Farc durante lós últimos años. Además, y por otra parte, recordemos que la lucha de clases que algunos de nosotros pretendemos promover sólo plantea la imposición de la clase que representamos sobre la otra, como una fase de transición encaminada a la abolición de ambas, en torno a un marco de justicia,equidad, humanismo y dignidad, difícilmente igualables. Nuestra lucha final no es por una clase en particular sino por el hombre.
      
      Un saludo,
      Giovanni

Imagina...

Publicado el 13 de Enero, 2008, 15:14. en Hablando de....
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"Imagina que necesitas volver a casa y no consigues encontrarla... imagina que deseas contar tu dolor a aquellos que amas... Hay millones de seres humanos, en este mismo instante, que no necesitan imaginarlo"

"Si mis pasos se vuelven cansinos, si mi voz se rompe y no da respuesta a los gritos, si mis brazos no consiguen acercarse a tus hombros, si sigo escuchando lo mismo... es que se me terminaron las palabras... para evitarlo intento que no se apague mi rabia"

"Cuando despiertas del letargo no debes dejar que la carroña te haga volver a él, por muy duro que sea mantener los ojos abiertos."

"El sordo dolor es el hijo del grito de los libertadores."

"El hechizo de la sincera sonrisa no acompaña nunca ni a la ironía ni a la falsedad, por mucho que algunos crean que han engatusado a su auditorio." 

Por: Charo González


Harira

Publicado el 13 de Enero, 2008, 15:10. en General.
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Carlos y María se habían casado el día anterior como Dios y la sociedad manda, familia, amigos, conocidos, vecinos o personajes convenientes tuvieron su lugar como testigos del juramento amoroso en la ceremonia. El padre de la novia les regaló el viaje con destino abierto. Los novios decidirían donde irían a pasar su luna de miel.

Carlos delegó en María la decisión y ella soñaba con una playa caribeña donde pudiera encontrarse con los famosos. Su piel se erizaba en cuanto pensaba en la posibilidad de atisbar, así fuera de lejos a Brad Pit o a George Cloony, en traje de baño… o no, bueno, se conformaría con un famoso menos atractivo, lo excitante era contar a sus amigas, al regreso, que se había bañado en las mismas aguas de… por eso, cuando en la agencia de viajes le informaron que lamentablemente no había plazas hasta dentro de un par de semanas, su cerebro se bloqueó,  escuchaba de lejos la voz monótona de la dependienta, sin saber de qué le hablaba pidió ver un folleto turístico y sin preguntar más ordenó los billetes. Carlos, entre tanto se entretenía mirando las tetas de otra de las dependientas y sólo volvió a la vida de María cuando ella le dijo que todo estaba listo, que se dieran prisa pues apenas si tenían tiempo de hacer el equipaje y salir corriendo al aeropuerto.

Carlos obedeció sin preguntar dónde iban, cerró las maletas y lamentó no tener un tiempo para un ratito de éxtasis, pero bueno, ya había tiempo para eso. Tomó los pasaportes y salieron al aeropuerto.

Al caminar por la sala de embarque, Carlos preguntó dónde tendrían que pedir el pasa bordo. María miró los billetes y sintió escalofrío en su espina dorsal. A Marruecos, dijo en un hilo de voz.

Carlos se detuvo en seco. La miró y un presentimiento de abandono lo poseyó, pero al mirar los ojos de María, pensó en que quizás era una buena idea pasar sus primeros días como marido y mujer sumergidos en una cultura tan diferente.

María por su parte pensaba lo mismo de Carlos. Quizás a él le pareciera maravilloso empezar su vida de casado en un país extraño. Lo de las playas caribeñas podría esperar.

Durante el vuelo, la imagen de mujeres envueltas en chilabas rondaban la cabeza de María e intentaba hurgar en su memoria en busca de referencias marroquis, evocó una película y se concentró en los ojos negros del protagonista, pero enseguida la imagen cambió y surgió el desierto, las enormes dunas, el calor del sol y un grupo de seres humanos montados en camellos ascendiendo y descendiendo delante de una cámara. Se sintió feliz. Iba a tener una luna de miel de película.

Carlos cerraba los ojos, fingía dormir para no tener que hablar con María. Claro que le encantaba la expectativa del viaje, pero temía que no precisamente por las razones que hicieron a Maria tomar esa decisión. El pensaba en enormes salones con cojines de seda, velas perfumadas aromatizando el ambiente, música sensual y una mujer bailando delante de él, agitando sus siete velos. Se sintió feliz, iba a tener una luna de miel de película.

Cuando llegaron al aeropuerto fueron recibidos por un guía que los condujo al hotel, les invitó a un té y les propuso un itinerario turístico con lujo de detalles dejándolo a su consideración por esa noche. Ya mañana hablarían y tomarían una decisión.

A la mañana siguiente y sin hablarlo mucho coincidieron en que irían por libre. Si había decidido de manera impulsiva el destino de su luna de miel, dejarían igualmente al destino que los llevara donde le pareciera los días que estuvieran allí.

En el comedor del hotel oyeron hablar del mercado. María se empeñó en conocerlo y decidieron asistir en las horas de la tarde noche.

María escogió la ropa con cuidado, el resultado en el espejo la complació sobre manera. Carlos igualmente dedicó más tiempo del habitual en ponerse a punto.

Salieron del hotel, tomaron un taxi que los dejó a la entrada del mercado. María contuvo el aliento, la multitud que llenaba la plaza la mareó, donde quiera que miraba encontraba representantes de todas las razas humanas, allí confundían sus humores europeos, asiáticos, orientales, hindúes, sudamericanos en una babel que la atraía y la repelía al mismo tiempo.

Carlos escudriñaba por su parte los lugares donde se formaban corrillos y hacía ellos se dirigía con la esperanza de encontrarse de frente con la bailarina de sus sueños.

Caminaron entre la multitud, María absorbía humanidad, Carlos desesperaba de ansiedad, cada corrillo de gente contenía encantadores de serpientes, escanciadores de agua, adivinadoras, dentistas, acróbatas, pero ni una sola bailarina.

La noche iba cayendo, el cielo iba limando diferencias y la Babel poco a poco se iba amalgamando en una sola marea humana.

Se sentaron en un chiringuito y pidieron probar de eso cuyo nombre no sabían y que sólo podían señalar con el dedo.

El cocinero apenas los miró, les hizo un gesto mientras se limpiaba las manos en el pantalón, luego tomo de un cazo un terrón de harina y lo lanzó a la olla. En una esquina se hallaba un palo grueso, el hombre con mano decidida lo empuñó, empezó a remover el líquido de aquella enorme olla. María sintió nauseas, Carlos miró para otro lado.

Ante su mesa se hallaban dos cazos con un líquido espeso y amarillento, humeante y una pequeña cuchara de palo. Se miraron a los ojos. Casi al mismo tiempo tomaron la cuchara, soplando sobre ésta se llevaron a la boca un sorbo de esa sopa. Al principio, la temperatura del líquido no les permitió apreciar su sabor, sin embargo a la quinta cucharada algo parecido al lejano sabor de una sopa de lentejas se fue apoderando de su razón. No habían terminado de identificar ese sabor cuando un grupo de adolescentes se sentó frente a ellos. Eran cinco jóvenes que reían y se movían como si fueran dueños del mundo. María se quedó con los ojos de los jóvenes, admiraba la sedosidad de sus pestañas, la profundidad de su mirada y la sinceridad de esos gestos al llevar la cuchara a la boca.

Cada cucharada introducía en su interior el mundo del Islam, el líquido espeso al confundirse con su saliva iba sembrando en su ser una mujer totalmente diferente. Aquello de contarle a sus amigas donde había pasado su luna de miel perdió importancia, su mundo anterior se desvaneció y Carlos sentía lo mismo. Un terremoto arrasó con el pasado de esa pareja.

¡C´est la vie!

En su país, por largo tiempo, la familia intentó por todos los medios posibles hallar a la pareja. Nadie volvió a saber de ellos.

Por: Gladys


Descripción de tu patio

Publicado el 13 de Enero, 2008, 14:54. en General.
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There are places I’ll remember all my life

                                                Lennon/McCartney
 

No sé a qué viene la pregunta pero voy a contestarte: Claro que me acuerdo del patio de tu casa. Me acuerdo bien, tú sabes, la virtud de la memoria, que no sé si es causa o consecuencia de toda esta nostalgia. Sólo la mitad del patio estaba cubierta, una teja metálica, me acuerdo como sonaba cuando hacía calor, algunas de las personas que vivieron en la casa decían que eran fantasmas, pero los fantasmas no podían hacer su ruido sólo en los días de sol. Entonces era el calor. En la parte del patio que no estaba cubierta había unas plantas descuidadas y en una época una de las niñas tuvo un conejo blanco que se llamaba Pepo y se escondía entre esas plantas, en el rincón más oscuro y allí pasaba días, apenas una bola de pelo que se movía de vez en cuando, y yo en esa época, las lecturas y todo eso, pensaba que el conejo odiaba el mundo y tenía suerte de haber encontrado un rincón oscuro y yo pensaba que sentía que quería un rincón así, lo que por supuesto era mentira, pero tú sabes, la época, el hecho de que si hubiera encontrado el rincón habría vivido muy bien allí, como el conejo, jamás escuchamos alguna queja de parte del conejo y si no te hubiera encontrado, por esa época en la que vivías en la casa, tampoco habría sabido que el rincón no era necesario.
Pero me encontré y quise algo de luz desde entonces y, habría que preguntarle al conejo peor creo que es así, en el mundo lo único más difícil de encontrar que un rincón oscuro, es un rincón soleado.
El conejo lo sabía, su esquina de sombras no iba a cambiar nunca. Yo estaba leyendo en esa época a Filemón de Sausage “La luz se apaga, las tinieblas son eternas”.Yo estaba leyendo Filemón de Sausage en una silla mientras tu sacabas dos cervezas en lata de la nevera. Tú serviste las cervezas. Nos pusimos a bailar lo que sonaba en la radio. El libro quedó no en el medio, en un rincón del patio. No el rincón del conejo, ni siquiera el pesimismo sausagiano podría alcanzarlo, en otro rincón, en el rincón opuesto. En esta esquina el conejo misántropo, en esta otra Filemón de Sausage.
Desde arriba, como árbitros, los canarios de doña Alcira, que cantaban mal, que le quitaban el sentido a la expresión “canta como un canario”, que miraban desde el otro lado de la jaula, que se preguntaban porqué el mundo está dividido por rayitas.
El patio era el centro de la casa y la casa era una de esas casas viejas del barrio San Alonso de las que remodelación tras remodelación sólo queda el patio, porque el hueco del patio es el patio, y el patio no tenía paredes y por eso cuando llovía por la tarde el primer piso era un desastre y las inquilinas del primer piso tenían que subir sus cosas a la cama y la niña decía que el conejo se iba a ahogar y nosotros subíamos los pies y a mi no me importaba en realidad, todo conejo antipático sabe nadar y te miraba y siempre te estabas riendo y escuchaba los canarios que se alborotaban mientras Fania corría de un lado a otro con un balde y un trapeador y nunca ocurría ninguna catástrofe y cuando volvía a llover por la noche ya todos estaban dormidos, ya todos sabían que no hay catástrofes en estos tiempos y ni siquiera se levantaban y escuchábamos a pesar de la lluvia la respiración de las niñas y los ronquidos de doña Alcira y a Fania que como buena loca hablaba dormida.

“¿Las escuchas?”

“¿A Fania y doña Alcira o a las niñas?”

“A las gotas contra los tubos”

“Estas casa viejas, los tubos metálicos”

“Escúchalas bien, tonto”

“…”

“…”

“Las gotas hablan”

“No. Las gotas están cantando”

Eras así, Alejandra de Merak. A veces creo que eran las gotas o los tubos, pero en realidad eras tú. Recuerdo esa canción de las gotas, recuerdo el patio y la casa. Podría hacer un plano aún, aunque debe haber cambiado, podría hacer un plano de la casa. El patio central, el techo a medias, la cocina al fondo, las dos estufas, el hecho de que sólo una sirviera y esa, donde cocinábamos pastas y arroz y café sobre todo, era la menos importante. Hay una razón para que la gente no deshaga de los electrodomésticos, sabiendo que las casas se transforman pero son inmortales y que a las cosas pequeñas se las comen los animalitos que viven dentro del polvo, las estufas y las neveras se parecen a nosotros hasta en el tamaño y nos ayudan a mantener la ilusión de que podemos durar. Todo el fuego del mundo y sus alrededores no alcanzaría para encender esa estufa, pero Doña Alcira siempre hablaba de mandarla a arreglar. “Este mes hay que arreglarla” decía. “Este mes” repetía Fania y supongo que al principio las cucarachas que vivían adentro habían creído en esa advertencia indirecta de desalojo, pero con el tiempo, desde hacía tiempo, desde antes de que llegarás allí, cuando la casa no existía porque no la conocíamos, se reían cuando la escuchaban y seguían seguros en la oscuridad del óxido y no salían, para qué si allí estaban bien y afuera se podían encontrar con la sandalia de plástico de doña Alcira, que era para ellos como la bomba nuclear porque doña Alcira era buena con esa sandalia pero había una vieja profecía de las cucarachas que se repetía en todas las estufas viejas, y bajo los suelos de madera y en los fosos de los ascensores: algún día explotaría la bomba atómica y no habría más sandalias de plástico y ellas podrían salir y caminar con las antenas en alto.
Desde entonces no pisamos más a las cucarachas, a doña Alcira le dijimos que la sangre de cucaracha hacía estéril la tierra, pero no nos creyó y siguió pisoteándolas y barriendo los cadáveres y a veces empujándolos con la escoba a la hoguera que hacía con las hojas secas que se caían de las plantas del patio.
También las cucarachas creen que las brujas tienen escobas.
Claro que me acuerdo del patio. A la derecha estaba el comedor, aunque “comedor” no sería la palabra para la mesa equilibrada a la fuerza con tapas de gaseosa donde nadie nunca se sentaba a comer. Doña Alcira tomaba los alimentos en su cuarto. Desayunaba a las siete, almorzaba a la una y comía a las seis, con la exactitud de un tren ruso. Fania le subía todo en una bandejita. Las niñas almorzaban en el colegio y tú y las demás ocupantes (luego hubo tipos pero no en tu época) en los comedores de la universidad. Los fines de semana pedían arroz chino o sacaban algo fiado en la tienda de enfrente, donde atendían una señora que era fan de Vicente Fernández y un señor de bigote chistoso que dizque era músico y había tenido una academia, dos cosas que no servirían para identificarlo porque todas las señores de tienda admiran a Vicente y todos los músicos que terminan de tenderos tuvieron alguna vez una academia de música. Una vez comimos en la mesa. Era un domingo por la noche y la tele mostraba a Pacheco haciendo chistes en uno de sus programas de concurso. Cada chiste estaba dedicado a un patrocinador. Preparaste sandwichs y Chocolisto. De resto la mesa sólo era para que las niñas hicieran sus tareas. Día tras día ellas escribían planas y planas de una misma frase. La más pequeñita se moría de ganas por dibujar pero nunca le quedó suficiente tiempo. Fania las vigilaba toda la tarde. A veces le escondía los colores. No había mucho que pudiéramos hacer, en las oficinas altamente jerarquizadas y en las pensiones uno no se queja. Si te digo que si lo hubiéramos regalado otros colores, ella hubiera podido ser una gran artista, es porque hace poco me la encontré trabajando como cajera en el Davivienda de lo que antes llamaban Cabecera y ella atendía a los ahorradores felices y en el momento no supe quién era y ella dijo “A la orden” y uno no puede hablar mucho y yo le dije que cuando era pequeña vivía en San Alonso. Me dijo que el conejo se había perdido un día que lo llevaron a pasear por los lados de la UNAB. Se acordó de ti. Tenía que acordarse, le enseñabas esos juegos con el lazo que yo nunca entendí muy bien. No me dio su teléfono, pero puedes visitarla si pasas por el Davivienda, podrías decirle que recuerdas a Pepo. A su abuela doña Alcira de ella no del conejo. A Fania.
Yo recuerdo a Fania, por ejemplo.
El cuarto de Fania quedaba al fondo, pasando el patio. No creo que ninguna de ustedes hubiera entrado alguna vez, ni siquiera cuando ella no estaba, porque dejaba con llave. Con su llavero amarillo y verde del Atlético Bucaramanga. Fania tenía dos obsesiones, los ratoncitos y el Atlético Bucaramanga. Ella hablaba todo el tiempo de los ratoncitos (y con los ratoncitos), aunque nadie llegó a verlos porque aparte del conejo nunca hubo en la casa otro roedor y, si no contamos los canarios de doña Alcira, aparte de las cucarachas no hubo otra plaga. Los ratoncitos y el Atlético. Fania no se perdía partido de los Búcaros y los idolatraba a muerte. El momento cumbre de su vida debería haber sido el partido contra el Barcelona de Ecuador, el único que alguna vez jugó Bucaramanga por Copa Libertadores, pero Bucaramanga perdió y Fania negó siempre que ese partido se hubiera jugado. Decía que un hincha disfrazado de Guaitipul se había enfrentado con los soldados que habían llevado para llenar la tribuna norte y el partido se había cancelado. Fania estaba medio loca, pero era buena persona. Abría la puerta y saludaba siempre con “Qué más mi rey, hace rato no venía”, aunque yo me hubiera ido hacía quince minutos. Luego gritaba “¡Aleja ya llegó su flaco!” y se entraba cruzando el patio y murmurando quién sabe qué cosas. Tú salías o me invitabas a entrar. Los domingos sobre todo porque estabas vestida toda desechable y te daba pena que te vieran así y tras de todo haciendo visita en la puerta. Si nos quedábamos afuera nos sentábamos en el anden y hablábamos toda la tarde, hasta que nos daba hambre y nos íbamos a tomar una cerveza en los bares del Pequeño Ámsterdam o a comer a los carritos de perros de enfrente del estadio; una porción de papas o si había plata un cóctel de camarones, porque te encantaba el cóctel de camarones que vendían en un carrito azul que tenía una sirena dibujada.

Y si había más plata, una hamburguesa.

“¿Y para la señorita?”

“No. Una sola para los dos. ¿La puede cortar por la mitad?”

Le decían Chunga, que es un nombre horrible para alguien que prepara comida, pero nadie cortaba las hamburguesas a la mitad como Chunga. Si teníamos dinero íbamos a Sueños de Pan, donde no vendían pan, sino cerveza o vino, igual que en el Pequeño Ámsterdam, pero con más espacio para sentarse. No pedíamos música, pero el Cartagenero siempre nos ponía “Alabama Song” y tú siempre decías que se llamaba “Whisky Bar”.

“¿Dónde vive?” preguntó el Cartagenero como quien pregunta cualquier cosa a un tipo que pide una cerveza con cara de esperar a alguien.

“¿Dónde vive quién?”

“Alejandra. Su novia”

“En el 16-66 de Love Street”

“Típica casa de estudiantes”

“No sé si típica”

“¿Hay un televisor en la sala?”

“Hay uno. Uno viejo”

“Típica casa de estudiantes en San Alonso”

Entrando a la izquierda, frente al comedor, quedaba el centro de la vida social de la casa, el de todas las residencias de estudiantes del barrio San Alonso, el “Templo del Cíclope Catódico” como la llamaba tu amiga Natalia, que compartió cuarto contigo antes de sacar un apartamento en el Paseo España. Natalia era buena para los nombres, a Fania le hubiera puesto “la pitonisa de la imagen”, porque veía novelas todo el tiempo, con ella descubrimos eso, que uno podía no hacer nada más en la vida que ver telenovelas, hablar con ratones, apoyar al Atlético Bucaramanga y acompañar a la patrona a la iglesia los domingos, Cuatro acciones para resumir una vida. La tuya ahora debe al menos requerir ocho, a lo mejor ves la tele. Nosotros teníamos que verla en la casa, a veces desde el patio, a veces desde el sofá de cuerina rosada donde nos quedábamos hasta que todos se iban a dormir renegando del mal final de una mala película de un mal canal peruano.

“Creo que mejor subimos. Puede que alguien baje”

“Nadie va a bajar. Todos duermen”

“La gente se despierta a veces”

“Doña Alcira ronca como ballena, en el tiempo que le tome terminar de roncar, yo puedo acomodarme la ropa y salir con calma. Son dos acciones.”

“Son tres acciones. Salir. Acomodarte la ropa. Salir con calma”

“Salir toma un segundo y un movimiento”

“Si te dejo”

“Si no me dejas salir me puedo quedar a vivir allí”

“Mejor subimos”

“Aleja, no tienes que ser paranoica. En tu casa en Nirvana nunca te asustabas”

“Dani. ¿Te tengo que dar la orden?”

La escalera tenía dieciocho peldaños, al final estaba tu cuarto. Tenías un afiche de Kurt Cobain que decía “I hate myself and I want to die” y un letrero hecho a computador que decía “Carpe Diem”. El afiche te lo regalé yo, el letrero te lo dio Natalia cuando vivió contigo. Ella decía que eran dos frases perfectas para empezar el día. Tenías dos pósters del Che en la misma foto de siempre. Uno era regalo de un compañero tuyo en Texto Diario y otro de un compañero de la Universidad. Tenías un afiche gigante de Trainspottin que escogiste robarte el día que dieron la película en el auditorio Luis A. Calvo. Tenías un anuncio de de Prohibido Parquear, robado de la puerta del garaje de los vecinos, una señal de PARE que recogimos un 25 de diciembre en la madrugada, media docena de tarjetas de Timoteo cortesía de media docena de admiradores que ya no recuerdas y una caja de whisky vacía. Un palo de escoba para colgar la ropa y una colección de piedritas traídas de todas partes. Un cenicero lleno, una botella de agua vacía y una fotocopia del reglamento de la casa con la sexta regla resaltada.

“Márquelo bien” dijo Doña Alcira “LA ENTRADA DE VISTANTES MASCULINOS A LAS HABITACIONES ESTÁ PROHIBIDA”

La tercera regla era mantener la música a bajo volumen.

Esa era la regla más incumplida.

Doña Alcira era cristiana. Eso podía explicar que no la desesperaran su canarios y sí la música metálica (palabras suyas). Las tres veces que la había visitado el pastor de la Sagrada Iglesia del Reino, un costarricense que se llamaba Pedro, le había dicho que esa música te estaba perdiendo, y de paso a Natalia, y de paso a las niñas y al resto de la casa. De allí nació la idea de los canarios. Eran un par y doña Alicia los puso a reproducirse para que hicieran más ruido y taparan la música y se reprodujeron rápido y cantaban como el demonio y recuerdo bien ese canto demoníaco y el canto de las gotas y el canto de ballena roncadora que doña Alcira hacia cada noche y pienso si todas las personas que pasaron por San Alonso, que pasaron y pasan, porque en Bucaramanga nada cambia y si algo cambia sigue la regla de que antes de cambiar tiene que esperar que los árboles crezcan. Y había un árbol a la entrada de la casa y las ramas alcanzaban el patio y en cada puerta había un árbol y cada casa escondía en cada metro de pared todo el ruido que hacían los estudiantes desde hace años y la revolvía con el silencio de óxido que llenaba la calle en época de vacaciones. Una calle en una cuadra como todas, San Alonso era, eso, la cuadrícula como quien piensa que un barrio de estudiantes debe parecer un cuaderno cuadriculado y en cada calle había mínimo habría cinco casas de costeños y cinco casas de boyacos y una tienda sostenida por las tomatas de los estudiantes y una señora que vendía almuerzos caseros y una taberna en la esquina donde varios ancianos pasaron sus últimos años, que fueron muchos, viendo fútbol y boxeo. Una calle con una papelería y un local de llamadas. Recuerdo el local de llamadas, recuerdo que doña Alcira no prestaba el teléfono con el argumento imbatible de que “para tomar sí tenían” y que a ti nada te desesperaba tanto como una tarde de domingo sin llamar a casa. Me acuerdo muy bien de todo, del patio y de Doña Alcira, de la primera vez que soñaste que estabas en el desierto, de las escaleras y de tu cuarto y si me acuerdo de cada cosa que había en tu cuarto es porque al fin y al cabo me la pasaba ahí metido, en discreto desafío a la regla número seis de Doña Alcira. Me acuerdo de todo y sobre todo me acuerdo del grito que pegó cuando entró un domingo por la mañana antes de que nos despertáramos y nos encontró en tu cama y encontró mi ropa tirada en el piso y coronada por una botella de Moscatel. Me acuerdo de la vaciada que se debió escuchar desde la UIS hasta la Avenida Quebradaseca, me acuerdo que no dejaba de nombrar a tus papás y a Dios, y que gritaba algo del ejemplo y que, antes de que yo tuviera tiempo de vestirme del todo, Fania y las demás habitantes de la casa ya habían llegado a mirar por qué doña Alcira gritaba como si hubiera encontrado una escena de primera plana para El Espacio. Me acuerdo que me pediste que saliera, que tú ibas a arreglar las cosas, que así era mejor. Me acuerdo que volví por la tarde para ayudarte a empacar y que empacamos muertos de la risa mientras Doña Alcira llamaba de urgencia al hermano Pedro para que orara por nosotros y por la casa y creo que hasta el hermano Pedro le dijo que exageraba. Recuerdo haberlo escuchado decir eso, cuando llegó por la tarde mientras con dos cervezas en el andén celebrábamos tu gloriosa expulsión de la casa de dos pisos marcada con el 16-66 de Love Street.

“Así son las cosas” dijo la señora de la tienda. Las señoras de tienda no sólo son fans de Vicente sino que filosofan de vez en cuando.
Yo la recuerdo a ella. Recuerdo que te hiciste amiga de la muchacha que ocupó tu cuarto y le dejaste la mitad del camarote. Recuerdo que siempre decíamos que era triste esperar el día el grado y nunca volver a San Alonso y eso fue lo que hiciste y eso fue lo que hice también al final.
Recuerdo sobre todo el patio, recuerdo que una noche en la que estaba lloviendo y cantaban las gotas contestaste el teléfono y era yo que llamaba y jugamos a que habían pasado veinte años y yo te llamaba y te decía que quería verte y recordaba todo. El patio y cada cosa que había dicho y que en esa llamada de juego pensaba invitarte a salir a tomar algo, ya sabes, por los recuerdos, y que al final no te decía nada porque mientras hablaba, en el juego y ahora, parecía que sólo tenía recuerdos, que la buena memoria nunca se sabe si causa o es consecuencia de una cierta incapacidad para vivir en el presente.
Eso te decía en el juego, que yo ahora que entonces, cuando recordemos todo esto te diré que en esa época, como ahora que ha pasado el tiempo, saldré sobrando.

Por: Ricardo Abdahllah


Te cambio un ser humano por unos kilómetros de tierra.

Publicado el 13 de Enero, 2008, 14:42. en General.
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El rostro de Clara Rojas, recientemente puesta en libertad por las FARC, su voz intentando mantenerse firme ante los periodistas, su sonrisa sincera, su imponente humanidad contrasta con la prepotencia de los bandos que se desangran en Colombia y que no dudan en utilizar el medio que sea para lograr sus propósitos.

¿Pero desde cuándo, en la historia de la humanidad, los seres humanos se convirtieron en artículos de cambio? Lamentablemente debemos contestarnos que desde siempre, desde que unos de ellos se irguieron más pronto que los otros. Sin llegar a atrevernos a lanzar teorías acerca de la evolución del hombre, podríamos evaluar la hipótesis de que tal comportamiento es propio del ser humano, único espécimen capaz de torturar, sentir placer en ello, o utilizarlos para beneficios propios.

Lo que nos llama a reflexión, en este momento no es sólo la capacidad del hombre para torturar a sus semejantes, sino la resignación de los dominados ante tales hechos ¿Por qué aceptamos que nos encarcelen, que nos aten con cadenas y nos obliguen a andar por la selva, en el caso de los secuestrados por las Farc, que es el ejemplo extremo, ya que si ampliamos la visión nos encontraremos con situaciones de tortura, menos mediáticas, pero igualmente intolerables dada la supuesta cultura, desarrollo y tecnología que caracteriza el mundo del siglo XXI.

Es acaso el instinto de supervivencia el que nos obliga a resignarnos pensando que quizás la tortura cese pronto y podamos volver a ser libres, o en el caso de Clara, el instinto maternal fue lo que la mantuvo viva. Y de ser así, por qué ese mismo instinto no nos ayuda a la hora de buscar soluciones a los conflictos, por qué no es capaz de cuestionar y replantear las ideas en vez de eliminar o torturar a los hombres.

¿Necesitará el hombre aniquilarse para evolucionar?

L.D.  



Tender puentes

Publicado el 6 de Enero, 2008, 14:12. en Alaprima.
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Hay una escalera tendida como un puente entre los muros de un museo.

Si se acciona un botón los peldaños se unen y forman una plataforma colgante.

Se hizo esto para trasladar a un rico paralítico de un lado a otro.

Yo vi el esfuerzo reflejado en el rostro del guardia que lo  transportaba en brazos. La silla de ruedas era demasiado ancha para los peldaños.

Vi mi propio cuerpo levantando el del lisiado. Me caí para llamar la atención, para que me ayudaran. Nadie lo hizo.

Por: Selvática


Lo prometido es deuda

Publicado el 6 de Enero, 2008, 13:14. en General.
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Ya estoy en la fila, delante de mí, unas cuatrocientas personas con más de cuatrocientas ilusiones apretadas en el cerebro.

El cielo es profundamente azul, el blanco de la balaustrada del barco interrumpe rabiosamente el azul infinito, mientras mi alma se pregunta trémula, ¿cómo he podido vivir sin tu carne tanto tiempo, cómo han podido mis sentidos funcionar si tu no estabas a mi lado para excitarlos?

Y mientras, la fila se mueve, me llega el olor de una mujer que espera justo enfrente de mí y de repente, la tibieza de un beso detrás de la oreja despierta mi piel; como una ola expansiva se extiende hasta el dedo gordo del pie y abro los ojos, pero no, no los abro como todos los días no, se me rasgan, las membranas de los párpados se agrietan, se van cuarteando, se van abriendo poco a poco y veo, veo, veo…

Veo una fila de más de cuatrocientas ilusiones esperando abordar a otras cuatrocientas personas, veo el azul del cielo, veo a la mujer que huele a humanidad, justo a mi lado… ¿todo es igual?

¡Mentira!

Ahora veo que estas a mi lado en una dimensión absoluta u definitiva.

II

Un día me preguntaste cómo sería, y qué pasaría si después de muertos volviéramos a encontrarnos, al menos un segundo.

Yo te miré y vi, en el resplandor de tus ojos, que hablabas en serio, que tus ojos habían alcanzado una dimensión infinita y te daban el don de mirar a través de mi, en esa visión yo era el paisaje que abarcaba la amplitud de tu mirada, y sin embargo, ese paisaje era totalmente desconocido para mi, lejano y sin embargo palpitante como la propia esencia de mi ser.

No supe que decirte, no sabia nada, sigo sin saberlo mientras que tu si tomaste la decisión inexorable. Te fuiste, convertiste en polvo tu cuerpo, te llevaste el calor de mi cama y me dejaste un hueco en la palma de mis manos.

Ahora yo he tenido que abrir los ojos todos los días para ir conociendo tu ausencia, he tenido que recoger arena para llenar el hueco de mis manos, he tenido que sacar tus cosas materiales para dejar entrar tu esencia, he saboreado el pan frío, la comida desabrida, he trastabillado por la vida hasta ir recobrando poco a poco el equilibrio, he roto mis oídos en la profundidad de la noche por si me llegaba desde el infinito tu señal.

Y aquí estoy, a punto de partir hacía ninguna parte, con dos millones de nudos en la barriga, y me pregunto si todo esto que hierve en mí es un prólogo a ese conocimiento del que me hablabas aquella noche en que descubriste un mundo diferente a través de mí, pero sin mí.

III

Y él se sienta a su lado, ella percibe un olor familiar, él sonríe pero sus ojos están pegados a la postal de montañas que se alejan del barco.

Luego la mira mientras siente que su cuerpo colma el vacío del asiento plenamente, como si fuera la pieza justa que faltaba a ese rompecabezas que llamamos vida.

Y las miradas se cruzan por primera vez, ¿o por enésima?

Y las pupilas titilan febrilmente.

Y los cuerpos se van acercando.

Y una urgencia demoledora les nace entre las piernas.

Y con los ojos pegados recorren el pasillo hasta el baño.

Y en ese diminuto recinto, cuando las ropas reaprenden un vuelo muchísimas veces practicado, las carnes se reconocen, se abren, se atraviesan, se inflan…

Y estallan.

Y la calma deja en sus pieles manchitas rojas, mientras se sientan de nuevo sin mirarse.

Sus billetes por favor.

Por: Gladys


Nuevos mundos posibles

Publicado el 6 de Enero, 2008, 13:06. en Hablando de....
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"Hay palabras que se vuelven silencios y silencios que resuenan como las palabras."

"Hay personas que no pueden ni hablar ni callar" 

"Tan oscuro.... como el túnel que se traga al tren lleno de almas despreocupadas porque están seguras que les inundará la luz de la salida, brindando, leyendo, durmiendo, riendo.... y la luz llega....pero ahora  demasiado rojiza."

"Su aliento empaña el cristal de la misma manera que el mío"

"Los sueños, pequeños momentos de conciencia dentro de nuestra inconsciencia, pequeños momentos en los que la realidad puede llegar a ser perfecta, en los que la vida puede permitirnos respirar."

"Travesías encontradas que permiten distinguir a los viajeros que cansados se arrastran por los cruces sin dar ya importancia a la dirección tomada."

Por: Charo González




Whisky bar (Alabama Song)

Publicado el 6 de Enero, 2008, 12:33. en General.
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En medio del trancón, que en el Anillo Vial era habitual pero me parecía peor que siempre, yo trataba de ver por encima de los carros que estaban parados adelante. Quizás había un accidente o un auto varado. Los cuatro nuevos carriles se habían agregado con tantos años de retraso que ya no solucionaban en nada el tráfico, el problema eterno de Bucaramanga. Las citas son siempre más importantes que el tráfico y la mía era más importante que cualquier cita. Alejandra de Merak había llamado esa mañana a mi oficina. Llevaba años sin verla, desde que en una pataleta se había ido a Nirvana poco antes de que estallara la guerra. Sin que importara que mi oficina se desmoronara de trabajo, hablamos un rato largo. Me contó que luego había estudiado en Europa, de su matrimonio y de su reciente divorcio. De que había estado dirigiendo minas en África y luego en la reconstrucción de la carretera al llano hasta que los gobiernos de Colombia del Norte y Colombia del Sur rompieron relaciones por enésima vez y el proyecto se canceló, que le había salido un contrato para la reparación de la carretera a la costa, destrozada tras el último invierno, y por eso regresaba a Bucaramanga. Ella habló en pasado simple. Yo hablé en pasado lejano. Hablé de los viajes que hicimos juntos vendiendo traducciones de canciones como si fueran poemas y del que nunca hicimos hasta Argentina en autostop con la gran foto final enviada a los amigos y firmada por detrás “Miren lo que se están perdiendo, hijueputas”. Habían pasado quince años o algo así desde que supe que no haríamos ese viaje. Cuando estábamos juntos jugábamos a hablar por teléfono como si tuviéramos cuarenta años, y ahora que los teníamos, nos dedicamos a recordar. Hablamos de cómo habíamos pasado la guerra (mal, como todo el mundo, pero nos dimos algunos detalles) y de cómo, contra toda probabilidad, habíamos sobrevivido sin estar juntos. Tengo que decir que ese pensamiento me hizo sentir horriblemente del montón.

Había sido horriblemente del montón todo este tiempo.

Todavía estaba lejos del bar donde nos veríamos, pero decidí tranquilizarme y esperar con las dos manos sobre el volante que el tráfico avanzara. Encendí el radio. El locutor anunció un programa de “Clásicos del Trance”, busqué otra estación, si no me había gustado el trance cuando salió no iba a comenzar a gustarme ahora. En la emisora vecina sonaba una canción de tecno-vallenato cristiano. Seguí cambiando hasta encontrar las noticias. Se iniciarían diálogos de paz con las guerrillas, cada vez más fortalecidas y apoyadas por el gobierno del sur, (en el sur dirían que se iniciarían diálogos con las guerrillas apoyadas por el norte). El Pibe Valderrama había anunciado otra vez su retiro definitivo como director técnico de la selección Colombia del Norte y recientes investigaciones habían demostrado que el consumo de una taza de chocolate diaria disminuía en un 12% el nivel de colesterol en la sangre y en un 2% el riesgo de contraer juanetes.

Yo tomaba sobre todo café. Aún no tenía juanetes, pero estaba empezando a quedarme calvo. En la radio no decían si el chocolate evitaba la calvicie. Supongo que no, porque yo tomaba chocolate con frecuencia.

¿Qué diría Alejandra de Merak cuando me viera con el cabello corto? ¿Y poco?

¿Qué es lo primero que uno se dice cuando lleva tiempo sin verse con la persona con la que siempre pensó que se iba a ver todos los días de su vida?

El doctor Rogelio Aguas retomó en un estudio las ideas de Sausage sobre las relaciones humanas y describió dos síndromes que me parecen interesantes, el uno es el “Síndrome del Hotel de Berlín”, el otro el “Síndrome del último café de Annie Hall” Yo los conocía porque a mí me habían encargado la traducción del libro del doctor Aguas y había utilizado la palabra “síndrome” de mala gana porque me parecía que agregaba una idea de enfermedad a lo que para mí eran dos estados de ánimo. Tampoco me convencía que el doctor Aguas citaba a Sausage y otros filósofos, pero se olvidaba de varias referencias literarias bastante obvias. El síndrome del último café de Annie Hall tiene que ver con el momento en el que uno puede reencontrarse en paz con la persona con la que ha terminado una relación. Lo que más me molestaba de la definición del doctor Aguas es que omitía el deseo de volver a poseer lo perdido y las enormes heridas que volvían a abrirse como consecuencia de la imposibilidad de cumplir ese deseo.

Por un lado había estado traduciendo mucho sicoanálisis en esos días.

Por otro lado el café que toman Alvy Singer y Annie Hall es el más triste del mundo.

El causante del trancón en el que había pasado tres cuartos de hora era un Clío blanco, uno de esos modelos que uno cree extintos desde la posguerra. El conductor gritaba explicaciones a través de su teléfono a la mujer que lo escuchaba. Ella debía decirle que no importaba, porque él insistía en que había adelantado su regreso para verla.

Pasé a su lado cuando él decía “Te estaré esperando”. De ahí en adelante el Anillo Vial estaba despejado. En diez minutos estaba en el centro. Me estacioné exactamente en la entrada del bar. Aunque lo visitaba con frecuencia nunca me había fijado bien en la parte de afuera. Al lado izquierdo de la puerta había un letrero que orgullosamente anunciaba “Sueños de Pan - Café Video-Bar” y al lado derecho el dibujo bastante improvisado de un hombre que sostenía una guitarra eléctrica con el mástil hacia la derecha que, careciendo del afro que haría pensar en Hendrix, debía ser Kurt Cobain, aunque no se pareciera en nada. Debajo del guitarrista había otro cartel más pequeño que decía: “Música del Recuerdo”.

El propietario era un tipo al que llamaban el Cartagenero. Todo mundo creía que lo habían matado en el incendio de San Alonso, pero no sólo no hacía parte de las cuatrocientos cuarenta y un víctimas del fuego que destruyó el barrio y cuyo inicio que los dos bandos seguían atribuyéndose mutuamente, sino que se había ido a vivir a la Costa y ahora regresaba a poner un bar con el mismo nombre del que había tenido en su juventud. La nueva sede era una casa muy vieja en una de las tres manzanas del barrio que sobrevivieron al incendio. La época de oro de los bares de rock en Bucaramanga había sido la preguerra y los pocos clientes presentes, casi todos estudiantes de la UPIS, lo confirmaban.

“Es como en tú época, Dani. Vienen y no consumen nada” dijo el Cartagenero. El hecho de que hubiera dicho “tu época” encerraba un montón de cosas. Por ejemplo que no era ya esta mi época, ni la suya. A eso iba la pregunta con la que le contesté.

“¿Cuándo dejó de ser nuestra época?”

“La tuya cuando te empezaste a quedar calvo. La mía cuando me di cuenta que toda la música de 1991 ya había cumplido veinte años”.

“A lo mejor tienes razón, el 91 fue el año de Nevermind”

“De los Illusion, del álbum negro, del Ten. Un día en el que me estaba afeitando escuché en la radio que en Seattle estaban conmemorando los veinte años de ‘Spirit’. Entonces me sentí viejo”

“No jodas, Cartagenero, con esa nostalgia por los noventa. Tú en el bar sólo ponías música de los sesenta”.

“De todo”

“Mi recuerdo es por el lado Beatles y Doors. Si Sueños de Pan hubiera sido noventero, di tú como Calabozo o Funkadelik, yo recordaría que la fiesta se prendía con ‘Killing in the name’ y lo que recuerdo es que aquí se prendía con ‘Light My Fire’”

“Aquí nunca se prendía la fiesta, Dani. Tú recuerdas Doors porque con tu novia se la pasaban bailando Doors”

Era cierto. Bailábamos Doors. Ella sobre todo. Le gustaba la quinta canción del primer álbum. Ella la llamaba “Whisky Bar” y yo “Alabama Song”. Una vez la había escuchado en la versión original, una cantante de opereta alemana, aunque a lo mejor esa no era tampoco la original. No importaba.

 “¿Todavía tienes la canción?”

“The Doors sigue en la lista de la música prohibida. Tú sabes. Demasiada droga”

“¿Nada de rock de los 60?”

“Volvieron a autorizar Beatles. Casi todo. Es una política de abertura pero siguen por fuera The Doors”

“Deberías ponerla. Nunca va a venir aquí alguien del SCPI”

“No se sabe. No quiero que me cierren el bar”

“En los noventa la policía te lo cerraba siempre por tener menores de edad”

“Esta gente es tan pesada que me hace extrañar a la policía”

“De todas maneras no viene casi nadie”

“Casi nadie, pero de vez en cuando viene gente interesante. No como tú, Dani. En el segundo piso hay una morena que se ha tomado casi un litro de vino. Es linda. Tiene los ojos como de un café raro” 

‘Tiene los ojos como de un café raro’ era la manera más torpe como alguien podría describir a Alejandra de Merak.

Los afiches que adornaban la escalera eran típicos de la preguerra. A la derecha había uno de Elkin Ramírez en concierto rodeado por su público. Agarraba el micrófono igual que Eddie Vedder en el afiche del lado. Varios afiches de ediciones de Rock al Parque en el muro de enfrente. Alejandra estaba sentada en el piso, recostada contra la pared como solía hacerlo siempre. No me imaginé que aún se sentara en el piso. Apagó la colilla contra el piso. Le pregunté si todavía fumaba.

Yo no había dejado de hacer preguntas idiotas a ella no le habían cambiado los ojos ebrios.

“Me gusta esa canción” dijo ella “Whisky Bar”

“Alabama Song”

“Nunca te pude convencer de lo contrario. Siempre fuiste terco”

“Si empiezas con ‘Siempre fuiste’ no llegarás a contar hasta tres antes de que empiece a coquetearte”

Alejandra sonríe. Se pone de pie.

“El Cartagenero me dijo que ya no ponía Doors, que seguía prohibida por el SCPI”

Alejandra sonríe de nuevo. Estira la mano.