En medio del trancón, que en el Anillo Vial era habitual pero me parecía peor que siempre, yo trataba de ver por encima de los carros que estaban parados adelante. Quizás había un accidente o un auto varado. Los cuatro nuevos carriles se habían agregado con tantos años de retraso que ya no solucionaban en nada el tráfico, el problema eterno de Bucaramanga. Las citas son siempre más importantes que el tráfico y la mía era más importante que cualquier cita. Alejandra de Merak había llamado esa mañana a mi oficina. Llevaba años sin verla, desde que en una pataleta se había ido a Nirvana poco antes de que estallara la guerra. Sin que importara que mi oficina se desmoronara de trabajo, hablamos un rato largo. Me contó que luego había estudiado en Europa, de su matrimonio y de su reciente divorcio. De que había estado dirigiendo minas en África y luego en la reconstrucción de la carretera al llano hasta que los gobiernos de Colombia del Norte y Colombia del Sur rompieron relaciones por enésima vez y el proyecto se canceló, que le había salido un contrato para la reparación de la carretera a la costa, destrozada tras el último invierno, y por eso regresaba a Bucaramanga. Ella habló en pasado simple. Yo hablé en pasado lejano. Hablé de los viajes que hicimos juntos vendiendo traducciones de canciones como si fueran poemas y del que nunca hicimos hasta Argentina en autostop con la gran foto final enviada a los amigos y firmada por detrás “Miren lo que se están perdiendo, hijueputas”. Habían pasado quince años o algo así desde que supe que no haríamos ese viaje. Cuando estábamos juntos jugábamos a hablar por teléfono como si tuviéramos cuarenta años, y ahora que los teníamos, nos dedicamos a recordar. Hablamos de cómo habíamos pasado la guerra (mal, como todo el mundo, pero nos dimos algunos detalles) y de cómo, contra toda probabilidad, habíamos sobrevivido sin estar juntos. Tengo que decir que ese pensamiento me hizo sentir horriblemente del montón.

Había sido horriblemente del montón todo este tiempo.

Todavía estaba lejos del bar donde nos veríamos, pero decidí tranquilizarme y esperar con las dos manos sobre el volante que el tráfico avanzara. Encendí el radio. El locutor anunció un programa de “Clásicos del Trance”, busqué otra estación, si no me había gustado el trance cuando salió no iba a comenzar a gustarme ahora. En la emisora vecina sonaba una canción de tecno-vallenato cristiano. Seguí cambiando hasta encontrar las noticias. Se iniciarían diálogos de paz con las guerrillas, cada vez más fortalecidas y apoyadas por el gobierno del sur, (en el sur dirían que se iniciarían diálogos con las guerrillas apoyadas por el norte). El Pibe Valderrama había anunciado otra vez su retiro definitivo como director técnico de la selección Colombia del Norte y recientes investigaciones habían demostrado que el consumo de una taza de chocolate diaria disminuía en un 12% el nivel de colesterol en la sangre y en un 2% el riesgo de contraer juanetes.

Yo tomaba sobre todo café. Aún no tenía juanetes, pero estaba empezando a quedarme calvo. En la radio no decían si el chocolate evitaba la calvicie. Supongo que no, porque yo tomaba chocolate con frecuencia.

¿Qué diría Alejandra de Merak cuando me viera con el cabello corto? ¿Y poco?

¿Qué es lo primero que uno se dice cuando lleva tiempo sin verse con la persona con la que siempre pensó que se iba a ver todos los días de su vida?

El doctor Rogelio Aguas retomó en un estudio las ideas de Sausage sobre las relaciones humanas y describió dos síndromes que me parecen interesantes, el uno es el “Síndrome del Hotel de Berlín”, el otro el “Síndrome del último café de Annie Hall” Yo los conocía porque a mí me habían encargado la traducción del libro del doctor Aguas y había utilizado la palabra “síndrome” de mala gana porque me parecía que agregaba una idea de enfermedad a lo que para mí eran dos estados de ánimo. Tampoco me convencía que el doctor Aguas citaba a Sausage y otros filósofos, pero se olvidaba de varias referencias literarias bastante obvias. El síndrome del último café de Annie Hall tiene que ver con el momento en el que uno puede reencontrarse en paz con la persona con la que ha terminado una relación. Lo que más me molestaba de la definición del doctor Aguas es que omitía el deseo de volver a poseer lo perdido y las enormes heridas que volvían a abrirse como consecuencia de la imposibilidad de cumplir ese deseo.

Por un lado había estado traduciendo mucho sicoanálisis en esos días.

Por otro lado el café que toman Alvy Singer y Annie Hall es el más triste del mundo.

El causante del trancón en el que había pasado tres cuartos de hora era un Clío blanco, uno de esos modelos que uno cree extintos desde la posguerra. El conductor gritaba explicaciones a través de su teléfono a la mujer que lo escuchaba. Ella debía decirle que no importaba, porque él insistía en que había adelantado su regreso para verla.

Pasé a su lado cuando él decía “Te estaré esperando”. De ahí en adelante el Anillo Vial estaba despejado. En diez minutos estaba en el centro. Me estacioné exactamente en la entrada del bar. Aunque lo visitaba con frecuencia nunca me había fijado bien en la parte de afuera. Al lado izquierdo de la puerta había un letrero que orgullosamente anunciaba “Sueños de Pan - Café Video-Bar” y al lado derecho el dibujo bastante improvisado de un hombre que sostenía una guitarra eléctrica con el mástil hacia la derecha que, careciendo del afro que haría pensar en Hendrix, debía ser Kurt Cobain, aunque no se pareciera en nada. Debajo del guitarrista había otro cartel más pequeño que decía: “Música del Recuerdo”.

El propietario era un tipo al que llamaban el Cartagenero. Todo mundo creía que lo habían matado en el incendio de San Alonso, pero no sólo no hacía parte de las cuatrocientos cuarenta y un víctimas del fuego que destruyó el barrio y cuyo inicio que los dos bandos seguían atribuyéndose mutuamente, sino que se había ido a vivir a la Costa y ahora regresaba a poner un bar con el mismo nombre del que había tenido en su juventud. La nueva sede era una casa muy vieja en una de las tres manzanas del barrio que sobrevivieron al incendio. La época de oro de los bares de rock en Bucaramanga había sido la preguerra y los pocos clientes presentes, casi todos estudiantes de la UPIS, lo confirmaban.

“Es como en tú época, Dani. Vienen y no consumen nada” dijo el Cartagenero. El hecho de que hubiera dicho “tu época” encerraba un montón de cosas. Por ejemplo que no era ya esta mi época, ni la suya. A eso iba la pregunta con la que le contesté.

“¿Cuándo dejó de ser nuestra época?”

“La tuya cuando te empezaste a quedar calvo. La mía cuando me di cuenta que toda la música de 1991 ya había cumplido veinte años”.

“A lo mejor tienes razón, el 91 fue el año de Nevermind”

“De los Illusion, del álbum negro, del Ten. Un día en el que me estaba afeitando escuché en la radio que en Seattle estaban conmemorando los veinte años de ‘Spirit’. Entonces me sentí viejo”

“No jodas, Cartagenero, con esa nostalgia por los noventa. Tú en el bar sólo ponías música de los sesenta”.

“De todo”

“Mi recuerdo es por el lado Beatles y Doors. Si Sueños de Pan hubiera sido noventero, di tú como Calabozo o Funkadelik, yo recordaría que la fiesta se prendía con ‘Killing in the name’ y lo que recuerdo es que aquí se prendía con ‘Light My Fire’”

“Aquí nunca se prendía la fiesta, Dani. Tú recuerdas Doors porque con tu novia se la pasaban bailando Doors”

Era cierto. Bailábamos Doors. Ella sobre todo. Le gustaba la quinta canción del primer álbum. Ella la llamaba “Whisky Bar” y yo “Alabama Song”. Una vez la había escuchado en la versión original, una cantante de opereta alemana, aunque a lo mejor esa no era tampoco la original. No importaba.

 “¿Todavía tienes la canción?”

“The Doors sigue en la lista de la música prohibida. Tú sabes. Demasiada droga”

“¿Nada de rock de los 60?”

“Volvieron a autorizar Beatles. Casi todo. Es una política de abertura pero siguen por fuera The Doors”

“Deberías ponerla. Nunca va a venir aquí alguien del SCPI”

“No se sabe. No quiero que me cierren el bar”

“En los noventa la policía te lo cerraba siempre por tener menores de edad”

“Esta gente es tan pesada que me hace extrañar a la policía”

“De todas maneras no viene casi nadie”

“Casi nadie, pero de vez en cuando viene gente interesante. No como tú, Dani. En el segundo piso hay una morena que se ha tomado casi un litro de vino. Es linda. Tiene los ojos como de un café raro” 

‘Tiene los ojos como de un café raro’ era la manera más torpe como alguien podría describir a Alejandra de Merak.

Los afiches que adornaban la escalera eran típicos de la preguerra. A la derecha había uno de Elkin Ramírez en concierto rodeado por su público. Agarraba el micrófono igual que Eddie Vedder en el afiche del lado. Varios afiches de ediciones de Rock al Parque en el muro de enfrente. Alejandra estaba sentada en el piso, recostada contra la pared como solía hacerlo siempre. No me imaginé que aún se sentara en el piso. Apagó la colilla contra el piso. Le pregunté si todavía fumaba.

Yo no había dejado de hacer preguntas idiotas a ella no le habían cambiado los ojos ebrios.

“Me gusta esa canción” dijo ella “Whisky Bar”

“Alabama Song”

“Nunca te pude convencer de lo contrario. Siempre fuiste terco”

“Si empiezas con ‘Siempre fuiste’ no llegarás a contar hasta tres antes de que empiece a coquetearte”

Alejandra sonríe. Se pone de pie.

“El Cartagenero me dijo que ya no ponía Doors, que seguía prohibida por el SCPI”

Alejandra sonríe de nuevo. Estira la mano.

“Nunca fui bueno bailando”

“Nunca me dijiste que no cuando te invitaba a bailar”
Alejandra retira la mano. Comienza a bailar sola.

Eso hizo. Comenzó a bailar sola. Afuera llovía y pensé que no debería llover en noches como esa porque la lluvia se lleva los olores y los perros vagabundos no pueden regresar a casa y esa noche Alejandra y yo éramos perros de lluvia. Yo había imaginado que ella iba a abrazarme y a llorar, yo imagino siempre un drama y no un baile. Alejandra bailó hasta que Morrison lanzó el “…and must have whisky you know why” que daba por terminada la canción. 

“Está lloviendo” dijo. Yo dije “Es una lástima”.

En el momento en que habían colgado el teléfono luego de ponerse una cita para esa noche Alejandra pensó “He cambiado” y esa conciencia de cambio había sido la marca de su día. En eso pensaba mientras conducía a la cita, agradeciendo que el que la iba a esperar más tarde, el que la esperaba todas las noches luego del divorcio se hubiera quedado atascado en el Anillo Vial en el auto viejo que acababa de comprar, porque en últimas le darías más tiempo para lo que tenía que hablar, porque hace unos días se había despertado con la idea de que extrañaba una época que no extrañaba hacía mucho y le venía la imagen de un bar donde sonaba “Whisky Bar” y un tipo, que habría dicho que la canción se llamaba “Alabama Song” pero que a pesar del desacuerdo le escribía un poema  en el que la declaraba Dama de la Lluvia porque ella hacía llover cada vez que se veían y de allí siempre los besos en los pórticos, las ropas tiradas donde cayeran, la convicción de que no habría por qué huirle a la lluvia ni al frío. Ella pensaba en eso mientras se estacionaba, en que a lo mejor él aún no le tendría miedo al frío ni a la lluvia.

El Cartagenero estaba encantado de verla. Los dos sabían que Dani pediría esa canción. Los dos inventaron una mentira rebuscada. Todo mundo sabía que los del SCPI eran de lo más ineficientes. Alejandra subió la escalera. Seguía pensando “He cambiado” Encendió un cigarrillo. Lo vio llegar en un auto. Lo escucho subir. Bailarían, saldrían a caminar bajo la lluvia. A lo mejor, aunque ahora anduviera en auto, aún le escribiría un poema. Dani cruzo la puerta. Ella apagó contra el suelo lo que le quedaba de cigarrillo. Él preguntó si ella aún fumaba. Ella sonrío. Él no había dejado de hacer preguntas idiotas. Bailarían juntos. Saldrían a caminar bajo la lluvia. Aunque se hubiera cortado el cabello, aún podrían caminar bajo la lluvia. Ella extendió su mano. Él dijo que nunca había sido bueno bailando. 

“Nunca me dijiste que no cuando te invitaba a bailar” dijo ella, pero no se desanimó. Saldrían a caminar bajo la lluvia. Un tipo que tenía un Clío blanco se iba a quedar esperándola por primera vez. Tal vez él también imaginaría explicaciones y algún día se darían cita en un bar para volver a verse. Hacer llover le costó esta vez un trabajo inmenso. Lo importante era que él no notara la dificultad. Ella pensó que él pensaba en que saldrían a caminar.

“Está lloviendo” dijo, él dijo “Es una lástima”

“Sí. Es una lástima” dijo ella y mientras cuando la canción que acababa de empezar anunciaba que era el momento de encender el fuego comenzó a pensar en una excusa para justificar su tardanza.

Por:Ricardo Abdahllah