13 de Enero, 2008, 15:14: Charo GonzálezHablando de...


"Imagina que necesitas volver a casa y no consigues encontrarla... imagina que deseas contar tu dolor a aquellos que amas... Hay millones de seres humanos, en este mismo instante, que no necesitan imaginarlo"

"Si mis pasos se vuelven cansinos, si mi voz se rompe y no da respuesta a los gritos, si mis brazos no consiguen acercarse a tus hombros, si sigo escuchando lo mismo... es que se me terminaron las palabras... para evitarlo intento que no se apague mi rabia"

"Cuando despiertas del letargo no debes dejar que la carroña te haga volver a él, por muy duro que sea mantener los ojos abiertos."

"El sordo dolor es el hijo del grito de los libertadores."

"El hechizo de la sincera sonrisa no acompaña nunca ni a la ironía ni a la falsedad, por mucho que algunos crean que han engatusado a su auditorio." 

Por: Charo González

13 de Enero, 2008, 15:10: GladysGeneral

Carlos y María se habían casado el día anterior como Dios y la sociedad manda, familia, amigos, conocidos, vecinos o personajes convenientes tuvieron su lugar como testigos del juramento amoroso en la ceremonia. El padre de la novia les regaló el viaje con destino abierto. Los novios decidirían donde irían a pasar su luna de miel.

Carlos delegó en María la decisión y ella soñaba con una playa caribeña donde pudiera encontrarse con los famosos. Su piel se erizaba en cuanto pensaba en la posibilidad de atisbar, así fuera de lejos a Brad Pit o a George Cloony, en traje de baño… o no, bueno, se conformaría con un famoso menos atractivo, lo excitante era contar a sus amigas, al regreso, que se había bañado en las mismas aguas de… por eso, cuando en la agencia de viajes le informaron que lamentablemente no había plazas hasta dentro de un par de semanas, su cerebro se bloqueó,  escuchaba de lejos la voz monótona de la dependienta, sin saber de qué le hablaba pidió ver un folleto turístico y sin preguntar más ordenó los billetes. Carlos, entre tanto se entretenía mirando las tetas de otra de las dependientas y sólo volvió a la vida de María cuando ella le dijo que todo estaba listo, que se dieran prisa pues apenas si tenían tiempo de hacer el equipaje y salir corriendo al aeropuerto.

Carlos obedeció sin preguntar dónde iban, cerró las maletas y lamentó no tener un tiempo para un ratito de éxtasis, pero bueno, ya había tiempo para eso. Tomó los pasaportes y salieron al aeropuerto.

Al caminar por la sala de embarque, Carlos preguntó dónde tendrían que pedir el pasa bordo. María miró los billetes y sintió escalofrío en su espina dorsal. A Marruecos, dijo en un hilo de voz.

Carlos se detuvo en seco. La miró y un presentimiento de abandono lo poseyó, pero al mirar los ojos de María, pensó en que quizás era una buena idea pasar sus primeros días como marido y mujer sumergidos en una cultura tan diferente.

María por su parte pensaba lo mismo de Carlos. Quizás a él le pareciera maravilloso empezar su vida de casado en un país extraño. Lo de las playas caribeñas podría esperar.

Durante el vuelo, la imagen de mujeres envueltas en chilabas rondaban la cabeza de María e intentaba hurgar en su memoria en busca de referencias marroquis, evocó una película y se concentró en los ojos negros del protagonista, pero enseguida la imagen cambió y surgió el desierto, las enormes dunas, el calor del sol y un grupo de seres humanos montados en camellos ascendiendo y descendiendo delante de una cámara. Se sintió feliz. Iba a tener una luna de miel de película.

Carlos cerraba los ojos, fingía dormir para no tener que hablar con María. Claro que le encantaba la expectativa del viaje, pero temía que no precisamente por las razones que hicieron a Maria tomar esa decisión. El pensaba en enormes salones con cojines de seda, velas perfumadas aromatizando el ambiente, música sensual y una mujer bailando delante de él, agitando sus siete velos. Se sintió feliz, iba a tener una luna de miel de película.

Cuando llegaron al aeropuerto fueron recibidos por un guía que los condujo al hotel, les invitó a un té y les propuso un itinerario turístico con lujo de detalles dejándolo a su consideración por esa noche. Ya mañana hablarían y tomarían una decisión.

A la mañana siguiente y sin hablarlo mucho coincidieron en que irían por libre. Si había decidido de manera impulsiva el destino de su luna de miel, dejarían igualmente al destino que los llevara donde le pareciera los días que estuvieran allí.

En el comedor del hotel oyeron hablar del mercado. María se empeñó en conocerlo y decidieron asistir en las horas de la tarde noche.

María escogió la ropa con cuidado, el resultado en el espejo la complació sobre manera. Carlos igualmente dedicó más tiempo del habitual en ponerse a punto.

Salieron del hotel, tomaron un taxi que los dejó a la entrada del mercado. María contuvo el aliento, la multitud que llenaba la plaza la mareó, donde quiera que miraba encontraba representantes de todas las razas humanas, allí confundían sus humores europeos, asiáticos, orientales, hindúes, sudamericanos en una babel que la atraía y la repelía al mismo tiempo.

Carlos escudriñaba por su parte los lugares donde se formaban corrillos y hacía ellos se dirigía con la esperanza de encontrarse de frente con la bailarina de sus sueños.

Caminaron entre la multitud, María absorbía humanidad, Carlos desesperaba de ansiedad, cada corrillo de gente contenía encantadores de serpientes, escanciadores de agua, adivinadoras, dentistas, acróbatas, pero ni una sola bailarina.

La noche iba cayendo, el cielo iba limando diferencias y la Babel poco a poco se iba amalgamando en una sola marea humana.

Se sentaron en un chiringuito y pidieron probar de eso cuyo nombre no sabían y que sólo podían señalar con el dedo.

El cocinero apenas los miró, les hizo un gesto mientras se limpiaba las manos en el pantalón, luego tomo de un cazo un terrón de harina y lo lanzó a la olla. En una esquina se hallaba un palo grueso, el hombre con mano decidida lo empuñó, empezó a remover el líquido de aquella enorme olla. María sintió nauseas, Carlos miró para otro lado.

Ante su mesa se hallaban dos cazos con un líquido espeso y amarillento, humeante y una pequeña cuchara de palo. Se miraron a los ojos. Casi al mismo tiempo tomaron la cuchara, soplando sobre ésta se llevaron a la boca un sorbo de esa sopa. Al principio, la temperatura del líquido no les permitió apreciar su sabor, sin embargo a la quinta cucharada algo parecido al lejano sabor de una sopa de lentejas se fue apoderando de su razón. No habían terminado de identificar ese sabor cuando un grupo de adolescentes se sentó frente a ellos. Eran cinco jóvenes que reían y se movían como si fueran dueños del mundo. María se quedó con los ojos de los jóvenes, admiraba la sedosidad de sus pestañas, la profundidad de su mirada y la sinceridad de esos gestos al llevar la cuchara a la boca.

Cada cucharada introducía en su interior el mundo del Islam, el líquido espeso al confundirse con su saliva iba sembrando en su ser una mujer totalmente diferente. Aquello de contarle a sus amigas donde había pasado su luna de miel perdió importancia, su mundo anterior se desvaneció y Carlos sentía lo mismo. Un terremoto arrasó con el pasado de esa pareja.

¡C´est la vie!

En su país, por largo tiempo, la familia intentó por todos los medios posibles hallar a la pareja. Nadie volvió a saber de ellos.

Por: Gladys

13 de Enero, 2008, 14:54: Ricardo AbdahllahGeneral

 

There are places I’ll remember all my life

                                                Lennon/McCartney
 

No sé a qué viene la pregunta pero voy a contestarte: Claro que me acuerdo del patio de tu casa. Me acuerdo bien, tú sabes, la virtud de la memoria, que no sé si es causa o consecuencia de toda esta nostalgia. Sólo la mitad del patio estaba cubierta, una teja metálica, me acuerdo como sonaba cuando hacía calor, algunas de las personas que vivieron en la casa decían que eran fantasmas, pero los fantasmas no podían hacer su ruido sólo en los días de sol. Entonces era el calor. En la parte del patio que no estaba cubierta había unas plantas descuidadas y en una época una de las niñas tuvo un conejo blanco que se llamaba Pepo y se escondía entre esas plantas, en el rincón más oscuro y allí pasaba días, apenas una bola de pelo que se movía de vez en cuando, y yo en esa época, las lecturas y todo eso, pensaba que el conejo odiaba el mundo y tenía suerte de haber encontrado un rincón oscuro y yo pensaba que sentía que quería un rincón así, lo que por supuesto era mentira, pero tú sabes, la época, el hecho de que si hubiera encontrado el rincón habría vivido muy bien allí, como el conejo, jamás escuchamos alguna queja de parte del conejo y si no te hubiera encontrado, por esa época en la que vivías en la casa, tampoco habría sabido que el rincón no era necesario.
Pero me encontré y quise algo de luz desde entonces y, habría que preguntarle al conejo peor creo que es así, en el mundo lo único más difícil de encontrar que un rincón oscuro, es un rincón soleado.
El conejo lo sabía, su esquina de sombras no iba a cambiar nunca. Yo estaba leyendo en esa época a Filemón de Sausage “La luz se apaga, las tinieblas son eternas”.Yo estaba leyendo Filemón de Sausage en una silla mientras tu sacabas dos cervezas en lata de la nevera. Tú serviste las cervezas. Nos pusimos a bailar lo que sonaba en la radio. El libro quedó no en el medio, en un rincón del patio. No el rincón del conejo, ni siquiera el pesimismo sausagiano podría alcanzarlo, en otro rincón, en el rincón opuesto. En esta esquina el conejo misántropo, en esta otra Filemón de Sausage.
Desde arriba, como árbitros, los canarios de doña Alcira, que cantaban mal, que le quitaban el sentido a la expresión “canta como un canario”, que miraban desde el otro lado de la jaula, que se preguntaban porqué el mundo está dividido por rayitas.
El patio era el centro de la casa y la casa era una de esas casas viejas del barrio San Alonso de las que remodelación tras remodelación sólo queda el patio, porque el hueco del patio es el patio, y el patio no tenía paredes y por eso cuando llovía por la tarde el primer piso era un desastre y las inquilinas del primer piso tenían que subir sus cosas a la cama y la niña decía que el conejo se iba a ahogar y nosotros subíamos los pies y a mi no me importaba en realidad, todo conejo antipático sabe nadar y te miraba y siempre te estabas riendo y escuchaba los canarios que se alborotaban mientras Fania corría de un lado a otro con un balde y un trapeador y nunca ocurría ninguna catástrofe y cuando volvía a llover por la noche ya todos estaban dormidos, ya todos sabían que no hay catástrofes en estos tiempos y ni siquiera se levantaban y escuchábamos a pesar de la lluvia la respiración de las niñas y los ronquidos de doña Alcira y a Fania que como buena loca hablaba dormida.

“¿Las escuchas?”

“¿A Fania y doña Alcira o a las niñas?”

“A las gotas contra los tubos”

“Estas casa viejas, los tubos metálicos”

“Escúchalas bien, tonto”

“…”

“…”

“Las gotas hablan”

“No. Las gotas están cantando”

Eras así, Alejandra de Merak. A veces creo que eran las gotas o los tubos, pero en realidad eras tú. Recuerdo esa canción de las gotas, recuerdo el patio y la casa. Podría hacer un plano aún, aunque debe haber cambiado, podría hacer un plano de la casa. El patio central, el techo a medias, la cocina al fondo, las dos estufas, el hecho de que sólo una sirviera y esa, donde cocinábamos pastas y arroz y café sobre todo, era la menos importante. Hay una razón para que la gente no deshaga de los electrodomésticos, sabiendo que las casas se transforman pero son inmortales y que a las cosas pequeñas se las comen los animalitos que viven dentro del polvo, las estufas y las neveras se parecen a nosotros hasta en el tamaño y nos ayudan a mantener la ilusión de que podemos durar. Todo el fuego del mundo y sus alrededores no alcanzaría para encender esa estufa, pero Doña Alcira siempre hablaba de mandarla a arreglar. “Este mes hay que arreglarla” decía. “Este mes” repetía Fania y supongo que al principio las cucarachas que vivían adentro habían creído en esa advertencia indirecta de desalojo, pero con el tiempo, desde hacía tiempo, desde antes de que llegarás allí, cuando la casa no existía porque no la conocíamos, se reían cuando la escuchaban y seguían seguros en la oscuridad del óxido y no salían, para qué si allí estaban bien y afuera se podían encontrar con la sandalia de plástico de doña Alcira, que era para ellos como la bomba nuclear porque doña Alcira era buena con esa sandalia pero había una vieja profecía de las cucarachas que se repetía en todas las estufas viejas, y bajo los suelos de madera y en los fosos de los ascensores: algún día explotaría la bomba atómica y no habría más sandalias de plástico y ellas podrían salir y caminar con las antenas en alto.
Desde entonces no pisamos más a las cucarachas, a doña Alcira le dijimos que la sangre de cucaracha hacía estéril la tierra, pero no nos creyó y siguió pisoteándolas y barriendo los cadáveres y a veces empujándolos con la escoba a la hoguera que hacía con las hojas secas que se caían de las plantas del patio.
También las cucarachas creen que las brujas tienen escobas.
Claro que me acuerdo del patio. A la derecha estaba el comedor, aunque “comedor” no sería la palabra para la mesa equilibrada a la fuerza con tapas de gaseosa donde nadie nunca se sentaba a comer. Doña Alcira tomaba los alimentos en su cuarto. Desayunaba a las siete, almorzaba a la una y comía a las seis, con la exactitud de un tren ruso. Fania le subía todo en una bandejita. Las niñas almorzaban en el colegio y tú y las demás ocupantes (luego hubo tipos pero no en tu época) en los comedores de la universidad. Los fines de semana pedían arroz chino o sacaban algo fiado en la tienda de enfrente, donde atendían una señora que era fan de Vicente Fernández y un señor de bigote chistoso que dizque era músico y había tenido una academia, dos cosas que no servirían para identificarlo porque todas las señores de tienda admiran a Vicente y todos los músicos que terminan de tenderos tuvieron alguna vez una academia de música. Una vez comimos en la mesa. Era un domingo por la noche y la tele mostraba a Pacheco haciendo chistes en uno de sus programas de concurso. Cada chiste estaba dedicado a un patrocinador. Preparaste sandwichs y Chocolisto. De resto la mesa sólo era para que las niñas hicieran sus tareas. Día tras día ellas escribían planas y planas de una misma frase. La más pequeñita se moría de ganas por dibujar pero nunca le quedó suficiente tiempo. Fania las vigilaba toda la tarde. A veces le escondía los colores. No había mucho que pudiéramos hacer, en las oficinas altamente jerarquizadas y en las pensiones uno no se queja. Si te digo que si lo hubiéramos regalado otros colores, ella hubiera podido ser una gran artista, es porque hace poco me la encontré trabajando como cajera en el Davivienda de lo que antes llamaban Cabecera y ella atendía a los ahorradores felices y en el momento no supe quién era y ella dijo “A la orden” y uno no puede hablar mucho y yo le dije que cuando era pequeña vivía en San Alonso. Me dijo que el conejo se había perdido un día que lo llevaron a pasear por los lados de la UNAB. Se acordó de ti. Tenía que acordarse, le enseñabas esos juegos con el lazo que yo nunca entendí muy bien. No me dio su teléfono, pero puedes visitarla si pasas por el Davivienda, podrías decirle que recuerdas a Pepo. A su abuela doña Alcira de ella no del conejo. A Fania.
Yo recuerdo a Fania, por ejemplo.
El cuarto de Fania quedaba al fondo, pasando el patio. No creo que ninguna de ustedes hubiera entrado alguna vez, ni siquiera cuando ella no estaba, porque dejaba con llave. Con su llavero amarillo y verde del Atlético Bucaramanga. Fania tenía dos obsesiones, los ratoncitos y el Atlético Bucaramanga. Ella hablaba todo el tiempo de los ratoncitos (y con los ratoncitos), aunque nadie llegó a verlos porque aparte del conejo nunca hubo en la casa otro roedor y, si no contamos los canarios de doña Alcira, aparte de las cucarachas no hubo otra plaga. Los ratoncitos y el Atlético. Fania no se perdía partido de los Búcaros y los idolatraba a muerte. El momento cumbre de su vida debería haber sido el partido contra el Barcelona de Ecuador, el único que alguna vez jugó Bucaramanga por Copa Libertadores, pero Bucaramanga perdió y Fania negó siempre que ese partido se hubiera jugado. Decía que un hincha disfrazado de Guaitipul se había enfrentado con los soldados que habían llevado para llenar la tribuna norte y el partido se había cancelado. Fania estaba medio loca, pero era buena persona. Abría la puerta y saludaba siempre con “Qué más mi rey, hace rato no venía”, aunque yo me hubiera ido hacía quince minutos. Luego gritaba “¡Aleja ya llegó su flaco!” y se entraba cruzando el patio y murmurando quién sabe qué cosas. Tú salías o me invitabas a entrar. Los domingos sobre todo porque estabas vestida toda desechable y te daba pena que te vieran así y tras de todo haciendo visita en la puerta. Si nos quedábamos afuera nos sentábamos en el anden y hablábamos toda la tarde, hasta que nos daba hambre y nos íbamos a tomar una cerveza en los bares del Pequeño Ámsterdam o a comer a los carritos de perros de enfrente del estadio; una porción de papas o si había plata un cóctel de camarones, porque te encantaba el cóctel de camarones que vendían en un carrito azul que tenía una sirena dibujada.

Y si había más plata, una hamburguesa.

“¿Y para la señorita?”

“No. Una sola para los dos. ¿La puede cortar por la mitad?”

Le decían Chunga, que es un nombre horrible para alguien que prepara comida, pero nadie cortaba las hamburguesas a la mitad como Chunga. Si teníamos dinero íbamos a Sueños de Pan, donde no vendían pan, sino cerveza o vino, igual que en el Pequeño Ámsterdam, pero con más espacio para sentarse. No pedíamos música, pero el Cartagenero siempre nos ponía “Alabama Song” y tú siempre decías que se llamaba “Whisky Bar”.

“¿Dónde vive?” preguntó el Cartagenero como quien pregunta cualquier cosa a un tipo que pide una cerveza con cara de esperar a alguien.

“¿Dónde vive quién?”

“Alejandra. Su novia”

“En el 16-66 de Love Street”

“Típica casa de estudiantes”

“No sé si típica”

“¿Hay un televisor en la sala?”

“Hay uno. Uno viejo”

“Típica casa de estudiantes en San Alonso”

Entrando a la izquierda, frente al comedor, quedaba el centro de la vida social de la casa, el de todas las residencias de estudiantes del barrio San Alonso, el “Templo del Cíclope Catódico” como la llamaba tu amiga Natalia, que compartió cuarto contigo antes de sacar un apartamento en el Paseo España. Natalia era buena para los nombres, a Fania le hubiera puesto “la pitonisa de la imagen”, porque veía novelas todo el tiempo, con ella descubrimos eso, que uno podía no hacer nada más en la vida que ver telenovelas, hablar con ratones, apoyar al Atlético Bucaramanga y acompañar a la patrona a la iglesia los domingos, Cuatro acciones para resumir una vida. La tuya ahora debe al menos requerir ocho, a lo mejor ves la tele. Nosotros teníamos que verla en la casa, a veces desde el patio, a veces desde el sofá de cuerina rosada donde nos quedábamos hasta que todos se iban a dormir renegando del mal final de una mala película de un mal canal peruano.

“Creo que mejor subimos. Puede que alguien baje”

“Nadie va a bajar. Todos duermen”

“La gente se despierta a veces”

“Doña Alcira ronca como ballena, en el tiempo que le tome terminar de roncar, yo puedo acomodarme la ropa y salir con calma. Son dos acciones.”

“Son tres acciones. Salir. Acomodarte la ropa. Salir con calma”

“Salir toma un segundo y un movimiento”

“Si te dejo”

“Si no me dejas salir me puedo quedar a vivir allí”

“Mejor subimos”

“Aleja, no tienes que ser paranoica. En tu casa en Nirvana nunca te asustabas”

“Dani. ¿Te tengo que dar la orden?”

La escalera tenía dieciocho peldaños, al final estaba tu cuarto. Tenías un afiche de Kurt Cobain que decía “I hate myself and I want to die” y un letrero hecho a computador que decía “Carpe Diem”. El afiche te lo regalé yo, el letrero te lo dio Natalia cuando vivió contigo. Ella decía que eran dos frases perfectas para empezar el día. Tenías dos pósters del Che en la misma foto de siempre. Uno era regalo de un compañero tuyo en Texto Diario y otro de un compañero de la Universidad. Tenías un afiche gigante de Trainspottin que escogiste robarte el día que dieron la película en el auditorio Luis A. Calvo. Tenías un anuncio de de Prohibido Parquear, robado de la puerta del garaje de los vecinos, una señal de PARE que recogimos un 25 de diciembre en la madrugada, media docena de tarjetas de Timoteo cortesía de media docena de admiradores que ya no recuerdas y una caja de whisky vacía. Un palo de escoba para colgar la ropa y una colección de piedritas traídas de todas partes. Un cenicero lleno, una botella de agua vacía y una fotocopia del reglamento de la casa con la sexta regla resaltada.

“Márquelo bien” dijo Doña Alcira “LA ENTRADA DE VISTANTES MASCULINOS A LAS HABITACIONES ESTÁ PROHIBIDA”

La tercera regla era mantener la música a bajo volumen.

Esa era la regla más incumplida.

Doña Alcira era cristiana. Eso podía explicar que no la desesperaran su canarios y sí la música metálica (palabras suyas). Las tres veces que la había visitado el pastor de la Sagrada Iglesia del Reino, un costarricense que se llamaba Pedro, le había dicho que esa música te estaba perdiendo, y de paso a Natalia, y de paso a las niñas y al resto de la casa. De allí nació la idea de los canarios. Eran un par y doña Alicia los puso a reproducirse para que hicieran más ruido y taparan la música y se reprodujeron rápido y cantaban como el demonio y recuerdo bien ese canto demoníaco y el canto de las gotas y el canto de ballena roncadora que doña Alcira hacia cada noche y pienso si todas las personas que pasaron por San Alonso, que pasaron y pasan, porque en Bucaramanga nada cambia y si algo cambia sigue la regla de que antes de cambiar tiene que esperar que los árboles crezcan. Y había un árbol a la entrada de la casa y las ramas alcanzaban el patio y en cada puerta había un árbol y cada casa escondía en cada metro de pared todo el ruido que hacían los estudiantes desde hace años y la revolvía con el silencio de óxido que llenaba la calle en época de vacaciones. Una calle en una cuadra como todas, San Alonso era, eso, la cuadrícula como quien piensa que un barrio de estudiantes debe parecer un cuaderno cuadriculado y en cada calle había mínimo habría cinco casas de costeños y cinco casas de boyacos y una tienda sostenida por las tomatas de los estudiantes y una señora que vendía almuerzos caseros y una taberna en la esquina donde varios ancianos pasaron sus últimos años, que fueron muchos, viendo fútbol y boxeo. Una calle con una papelería y un local de llamadas. Recuerdo el local de llamadas, recuerdo que doña Alcira no prestaba el teléfono con el argumento imbatible de que “para tomar sí tenían” y que a ti nada te desesperaba tanto como una tarde de domingo sin llamar a casa. Me acuerdo muy bien de todo, del patio y de Doña Alcira, de la primera vez que soñaste que estabas en el desierto, de las escaleras y de tu cuarto y si me acuerdo de cada cosa que había en tu cuarto es porque al fin y al cabo me la pasaba ahí metido, en discreto desafío a la regla número seis de Doña Alcira. Me acuerdo de todo y sobre todo me acuerdo del grito que pegó cuando entró un domingo por la mañana antes de que nos despertáramos y nos encontró en tu cama y encontró mi ropa tirada en el piso y coronada por una botella de Moscatel. Me acuerdo de la vaciada que se debió escuchar desde la UIS hasta la Avenida Quebradaseca, me acuerdo que no dejaba de nombrar a tus papás y a Dios, y que gritaba algo del ejemplo y que, antes de que yo tuviera tiempo de vestirme del todo, Fania y las demás habitantes de la casa ya habían llegado a mirar por qué doña Alcira gritaba como si hubiera encontrado una escena de primera plana para El Espacio. Me acuerdo que me pediste que saliera, que tú ibas a arreglar las cosas, que así era mejor. Me acuerdo que volví por la tarde para ayudarte a empacar y que empacamos muertos de la risa mientras Doña Alcira llamaba de urgencia al hermano Pedro para que orara por nosotros y por la casa y creo que hasta el hermano Pedro le dijo que exageraba. Recuerdo haberlo escuchado decir eso, cuando llegó por la tarde mientras con dos cervezas en el andén celebrábamos tu gloriosa expulsión de la casa de dos pisos marcada con el 16-66 de Love Street.

“Así son las cosas” dijo la señora de la tienda. Las señoras de tienda no sólo son fans de Vicente sino que filosofan de vez en cuando.
Yo la recuerdo a ella. Recuerdo que te hiciste amiga de la muchacha que ocupó tu cuarto y le dejaste la mitad del camarote. Recuerdo que siempre decíamos que era triste esperar el día el grado y nunca volver a San Alonso y eso fue lo que hiciste y eso fue lo que hice también al final.
Recuerdo sobre todo el patio, recuerdo que una noche en la que estaba lloviendo y cantaban las gotas contestaste el teléfono y era yo que llamaba y jugamos a que habían pasado veinte años y yo te llamaba y te decía que quería verte y recordaba todo. El patio y cada cosa que había dicho y que en esa llamada de juego pensaba invitarte a salir a tomar algo, ya sabes, por los recuerdos, y que al final no te decía nada porque mientras hablaba, en el juego y ahora, parecía que sólo tenía recuerdos, que la buena memoria nunca se sabe si causa o es consecuencia de una cierta incapacidad para vivir en el presente.
Eso te decía en el juego, que yo ahora que entonces, cuando recordemos todo esto te diré que en esa época, como ahora que ha pasado el tiempo, saldré sobrando.

Por: Ricardo Abdahllah

13 de Enero, 2008, 14:42: La DirecciónGeneral


El rostro de Clara Rojas, recientemente puesta en libertad por las FARC, su voz intentando mantenerse firme ante los periodistas, su sonrisa sincera, su imponente humanidad contrasta con la prepotencia de los bandos que se desangran en Colombia y que no dudan en utilizar el medio que sea para lograr sus propósitos.

¿Pero desde cuándo, en la historia de la humanidad, los seres humanos se convirtieron en artículos de cambio? Lamentablemente debemos contestarnos que desde siempre, desde que unos de ellos se irguieron más pronto que los otros. Sin llegar a atrevernos a lanzar teorías acerca de la evolución del hombre, podríamos evaluar la hipótesis de que tal comportamiento es propio del ser humano, único espécimen capaz de torturar, sentir placer en ello, o utilizarlos para beneficios propios.

Lo que nos llama a reflexión, en este momento no es sólo la capacidad del hombre para torturar a sus semejantes, sino la resignación de los dominados ante tales hechos ¿Por qué aceptamos que nos encarcelen, que nos aten con cadenas y nos obliguen a andar por la selva, en el caso de los secuestrados por las Farc, que es el ejemplo extremo, ya que si ampliamos la visión nos encontraremos con situaciones de tortura, menos mediáticas, pero igualmente intolerables dada la supuesta cultura, desarrollo y tecnología que caracteriza el mundo del siglo XXI.

Es acaso el instinto de supervivencia el que nos obliga a resignarnos pensando que quizás la tortura cese pronto y podamos volver a ser libres, o en el caso de Clara, el instinto maternal fue lo que la mantuvo viva. Y de ser así, por qué ese mismo instinto no nos ayuda a la hora de buscar soluciones a los conflictos, por qué no es capaz de cuestionar y replantear las ideas en vez de eliminar o torturar a los hombres.

¿Necesitará el hombre aniquilarse para evolucionar?

L.D.