There are places I’ll remember all my life

                                                Lennon/McCartney
 

No sé a qué viene la pregunta pero voy a contestarte: Claro que me acuerdo del patio de tu casa. Me acuerdo bien, tú sabes, la virtud de la memoria, que no sé si es causa o consecuencia de toda esta nostalgia. Sólo la mitad del patio estaba cubierta, una teja metálica, me acuerdo como sonaba cuando hacía calor, algunas de las personas que vivieron en la casa decían que eran fantasmas, pero los fantasmas no podían hacer su ruido sólo en los días de sol. Entonces era el calor. En la parte del patio que no estaba cubierta había unas plantas descuidadas y en una época una de las niñas tuvo un conejo blanco que se llamaba Pepo y se escondía entre esas plantas, en el rincón más oscuro y allí pasaba días, apenas una bola de pelo que se movía de vez en cuando, y yo en esa época, las lecturas y todo eso, pensaba que el conejo odiaba el mundo y tenía suerte de haber encontrado un rincón oscuro y yo pensaba que sentía que quería un rincón así, lo que por supuesto era mentira, pero tú sabes, la época, el hecho de que si hubiera encontrado el rincón habría vivido muy bien allí, como el conejo, jamás escuchamos alguna queja de parte del conejo y si no te hubiera encontrado, por esa época en la que vivías en la casa, tampoco habría sabido que el rincón no era necesario.
Pero me encontré y quise algo de luz desde entonces y, habría que preguntarle al conejo peor creo que es así, en el mundo lo único más difícil de encontrar que un rincón oscuro, es un rincón soleado.
El conejo lo sabía, su esquina de sombras no iba a cambiar nunca. Yo estaba leyendo en esa época a Filemón de Sausage “La luz se apaga, las tinieblas son eternas”.Yo estaba leyendo Filemón de Sausage en una silla mientras tu sacabas dos cervezas en lata de la nevera. Tú serviste las cervezas. Nos pusimos a bailar lo que sonaba en la radio. El libro quedó no en el medio, en un rincón del patio. No el rincón del conejo, ni siquiera el pesimismo sausagiano podría alcanzarlo, en otro rincón, en el rincón opuesto. En esta esquina el conejo misántropo, en esta otra Filemón de Sausage.
Desde arriba, como árbitros, los canarios de doña Alcira, que cantaban mal, que le quitaban el sentido a la expresión “canta como un canario”, que miraban desde el otro lado de la jaula, que se preguntaban porqué el mundo está dividido por rayitas.
El patio era el centro de la casa y la casa era una de esas casas viejas del barrio San Alonso de las que remodelación tras remodelación sólo queda el patio, porque el hueco del patio es el patio, y el patio no tenía paredes y por eso cuando llovía por la tarde el primer piso era un desastre y las inquilinas del primer piso tenían que subir sus cosas a la cama y la niña decía que el conejo se iba a ahogar y nosotros subíamos los pies y a mi no me importaba en realidad, todo conejo antipático sabe nadar y te miraba y siempre te estabas riendo y escuchaba los canarios que se alborotaban mientras Fania corría de un lado a otro con un balde y un trapeador y nunca ocurría ninguna catástrofe y cuando volvía a llover por la noche ya todos estaban dormidos, ya todos sabían que no hay catástrofes en estos tiempos y ni siquiera se levantaban y escuchábamos a pesar de la lluvia la respiración de las niñas y los ronquidos de doña Alcira y a Fania que como buena loca hablaba dormida.

“¿Las escuchas?”

“¿A Fania y doña Alcira o a las niñas?”

“A las gotas contra los tubos”

“Estas casa viejas, los tubos metálicos”

“Escúchalas bien, tonto”

“…”

“…”

“Las gotas hablan”

“No. Las gotas están cantando”

Eras así, Alejandra de Merak. A veces creo que eran las gotas o los tubos, pero en realidad eras tú. Recuerdo esa canción de las gotas, recuerdo el patio y la casa. Podría hacer un plano aún, aunque debe haber cambiado, podría hacer un plano de la casa. El patio central, el techo a medias, la cocina al fondo, las dos estufas, el hecho de que sólo una sirviera y esa, donde cocinábamos pastas y arroz y café sobre todo, era la menos importante. Hay una razón para que la gente no deshaga de los electrodomésticos, sabiendo que las casas se transforman pero son inmortales y que a las cosas pequeñas se las comen los animalitos que viven dentro del polvo, las estufas y las neveras se parecen a nosotros hasta en el tamaño y nos ayudan a mantener la ilusión de que podemos durar. Todo el fuego del mundo y sus alrededores no alcanzaría para encender esa estufa, pero Doña Alcira siempre hablaba de mandarla a arreglar. “Este mes hay que arreglarla” decía. “Este mes” repetía Fania y supongo que al principio las cucarachas que vivían adentro habían creído en esa advertencia indirecta de desalojo, pero con el tiempo, desde hacía tiempo, desde antes de que llegarás allí, cuando la casa no existía porque no la conocíamos, se reían cuando la escuchaban y seguían seguros en la oscuridad del óxido y no salían, para qué si allí estaban bien y afuera se podían encontrar con la sandalia de plástico de doña Alcira, que era para ellos como la bomba nuclear porque doña Alcira era buena con esa sandalia pero había una vieja profecía de las cucarachas que se repetía en todas las estufas viejas, y bajo los suelos de madera y en los fosos de los ascensores: algún día explotaría la bomba atómica y no habría más sandalias de plástico y ellas podrían salir y caminar con las antenas en alto.
Desde entonces no pisamos más a las cucarachas, a doña Alcira le dijimos que la sangre de cucaracha hacía estéril la tierra, pero no nos creyó y siguió pisoteándolas y barriendo los cadáveres y a veces empujándolos con la escoba a la hoguera que hacía con las hojas secas que se caían de las plantas del patio.
También las cucarachas creen que las brujas tienen escobas.
Claro que me acuerdo del patio. A la derecha estaba el comedor, aunque “comedor” no sería la palabra para la mesa equilibrada a la fuerza con tapas de gaseosa donde nadie nunca se sentaba a comer. Doña Alcira tomaba los alimentos en su cuarto. Desayunaba a las siete, almorzaba a la una y comía a las seis, con la exactitud de un tren ruso. Fania le subía todo en una bandejita. Las niñas almorzaban en el colegio y tú y las demás ocupantes (luego hubo tipos pero no en tu época) en los comedores de la universidad. Los fines de semana pedían arroz chino o sacaban algo fiado en la tienda de enfrente, donde atendían una señora que era fan de Vicente Fernández y un señor de bigote chistoso que dizque era músico y había tenido una academia, dos cosas que no servirían para identificarlo porque todas las señores de tienda admiran a Vicente y todos los músicos que terminan de tenderos tuvieron alguna vez una academia de música. Una vez comimos en la mesa. Era un domingo por la noche y la tele mostraba a Pacheco haciendo chistes en uno de sus programas de concurso. Cada chiste estaba dedicado a un patrocinador. Preparaste sandwichs y Chocolisto. De resto la mesa sólo era para que las niñas hicieran sus tareas. Día tras día ellas escribían planas y planas de una misma frase. La más pequeñita se moría de ganas por dibujar pero nunca le quedó suficiente tiempo. Fania las vigilaba toda la tarde. A veces le escondía los colores. No había mucho que pudiéramos hacer, en las oficinas altamente jerarquizadas y en las pensiones uno no se queja. Si te digo que si lo hubiéramos regalado otros colores, ella hubiera podido ser una gran artista, es porque hace poco me la encontré trabajando como cajera en el Davivienda de lo que antes llamaban Cabecera y ella atendía a los ahorradores felices y en el momento no supe quién era y ella dijo “A la orden” y uno no puede hablar mucho y yo le dije que cuando era pequeña vivía en San Alonso. Me dijo que el conejo se había perdido un día que lo llevaron a pasear por los lados de la UNAB. Se acordó de ti. Tenía que acordarse, le enseñabas esos juegos con el lazo que yo nunca entendí muy bien. No me dio su teléfono, pero puedes visitarla si pasas por el Davivienda, podrías decirle que recuerdas a Pepo. A su abuela doña Alcira de ella no del conejo. A Fania.
Yo recuerdo a Fania, por ejemplo.
El cuarto de Fania quedaba al fondo, pasando el patio. No creo que ninguna de ustedes hubiera entrado alguna vez, ni siquiera cuando ella no estaba, porque dejaba con llave. Con su llavero amarillo y verde del Atlético Bucaramanga. Fania tenía dos obsesiones, los ratoncitos y el Atlético Bucaramanga. Ella hablaba todo el tiempo de los ratoncitos (y con los ratoncitos), aunque nadie llegó a verlos porque aparte del conejo nunca hubo en la casa otro roedor y, si no contamos los canarios de doña Alcira, aparte de las cucarachas no hubo otra plaga. Los ratoncitos y el Atlético. Fania no se perdía partido de los Búcaros y los idolatraba a muerte. El momento cumbre de su vida debería haber sido el partido contra el Barcelona de Ecuador, el único que alguna vez jugó Bucaramanga por Copa Libertadores, pero Bucaramanga perdió y Fania negó siempre que ese partido se hubiera jugado. Decía que un hincha disfrazado de Guaitipul se había enfrentado con los soldados que habían llevado para llenar la tribuna norte y el partido se había cancelado. Fania estaba medio loca, pero era buena persona. Abría la puerta y saludaba siempre con “Qué más mi rey, hace rato no venía”, aunque yo me hubiera ido hacía quince minutos. Luego gritaba “¡Aleja ya llegó su flaco!” y se entraba cruzando el patio y murmurando quién sabe qué cosas. Tú salías o me invitabas a entrar. Los domingos sobre todo porque estabas vestida toda desechable y te daba pena que te vieran así y tras de todo haciendo visita en la puerta. Si nos quedábamos afuera nos sentábamos en el anden y hablábamos toda la tarde, hasta que nos daba hambre y nos íbamos a tomar una cerveza en los bares del Pequeño Ámsterdam o a comer a los carritos de perros de enfrente del estadio; una porción de papas o si había plata un cóctel de camarones, porque te encantaba el cóctel de camarones que vendían en un carrito azul que tenía una sirena dibujada.

Y si había más plata, una hamburguesa.

“¿Y para la señorita?”

“No. Una sola para los dos. ¿La puede cortar por la mitad?”

Le decían Chunga, que es un nombre horrible para alguien que prepara comida, pero nadie cortaba las hamburguesas a la mitad como Chunga. Si teníamos dinero íbamos a Sueños de Pan, donde no vendían pan, sino cerveza o vino, igual que en el Pequeño Ámsterdam, pero con más espacio para sentarse. No pedíamos música, pero el Cartagenero siempre nos ponía “Alabama Song” y tú siempre decías que se llamaba “Whisky Bar”.

“¿Dónde vive?” preguntó el Cartagenero como quien pregunta cualquier cosa a un tipo que pide una cerveza con cara de esperar a alguien.

“¿Dónde vive quién?”

“Alejandra. Su novia”

“En el 16-66 de Love Street”

“Típica casa de estudiantes”

“No sé si típica”

“¿Hay un televisor en la sala?”

“Hay uno. Uno viejo”

“Típica casa de estudiantes en San Alonso”

Entrando a la izquierda, frente al comedor, quedaba el centro de la vida social de la casa, el de todas las residencias de estudiantes del barrio San Alonso, el “Templo del Cíclope Catódico” como la llamaba tu amiga Natalia, que compartió cuarto contigo antes de sacar un apartamento en el Paseo España. Natalia era buena para los nombres, a Fania le hubiera puesto “la pitonisa de la imagen”, porque veía novelas todo el tiempo, con ella descubrimos eso, que uno podía no hacer nada más en la vida que ver telenovelas, hablar con ratones, apoyar al Atlético Bucaramanga y acompañar a la patrona a la iglesia los domingos, Cuatro acciones para resumir una vida. La tuya ahora debe al menos requerir ocho, a lo mejor ves la tele. Nosotros teníamos que verla en la casa, a veces desde el patio, a veces desde el sofá de cuerina rosada donde nos quedábamos hasta que todos se iban a dormir renegando del mal final de una mala película de un mal canal peruano.

“Creo que mejor subimos. Puede que alguien baje”

“Nadie va a bajar. Todos duermen”

“La gente se despierta a veces”

“Doña Alcira ronca como ballena, en el tiempo que le tome terminar de roncar, yo puedo acomodarme la ropa y salir con calma. Son dos acciones.”

“Son tres acciones. Salir. Acomodarte la ropa. Salir con calma”

“Salir toma un segundo y un movimiento”

“Si te dejo”

“Si no me dejas salir me puedo quedar a vivir allí”

“Mejor subimos”

“Aleja, no tienes que ser paranoica. En tu casa en Nirvana nunca te asustabas”

“Dani. ¿Te tengo que dar la orden?”

La escalera tenía dieciocho peldaños, al final estaba tu cuarto. Tenías un afiche de Kurt Cobain que decía “I hate myself and I want to die” y un letrero hecho a computador que decía “Carpe Diem”. El afiche te lo regalé yo, el letrero te lo dio Natalia cuando vivió contigo. Ella decía que eran dos frases perfectas para empezar el día. Tenías dos pósters del Che en la misma foto de siempre. Uno era regalo de un compañero tuyo en Texto Diario y otro de un compañero de la Universidad. Tenías un afiche gigante de Trainspottin que escogiste robarte el día que dieron la película en el auditorio Luis A. Calvo. Tenías un anuncio de de Prohibido Parquear, robado de la puerta del garaje de los vecinos, una señal de PARE que recogimos un 25 de diciembre en la madrugada, media docena de tarjetas de Timoteo cortesía de media docena de admiradores que ya no recuerdas y una caja de whisky vacía. Un palo de escoba para colgar la ropa y una colección de piedritas traídas de todas partes. Un cenicero lleno, una botella de agua vacía y una fotocopia del reglamento de la casa con la sexta regla resaltada.

“Márquelo bien” dijo Doña Alcira “LA ENTRADA DE VISTANTES MASCULINOS A LAS HABITACIONES ESTÁ PROHIBIDA”

La tercera regla era mantener la música a bajo volumen.

Esa era la regla más incumplida.

Doña Alcira era cristiana. Eso podía explicar que no la desesperaran su canarios y sí la música metálica (palabras suyas). Las tres veces que la había visitado el pastor de la Sagrada Iglesia del Reino, un costarricense que se llamaba Pedro, le había dicho que esa música te estaba perdiendo, y de paso a Natalia, y de paso a las niñas y al resto de la casa. De allí nació la idea de los canarios. Eran un par y doña Alicia los puso a reproducirse para que hicieran más ruido y taparan la música y se reprodujeron rápido y cantaban como el demonio y recuerdo bien ese canto demoníaco y el canto de las gotas y el canto de ballena roncadora que doña Alcira hacia cada noche y pienso si todas las personas que pasaron por San Alonso, que pasaron y pasan, porque en Bucaramanga nada cambia y si algo cambia sigue la regla de que antes de cambiar tiene que esperar que los árboles crezcan. Y había un árbol a la entrada de la casa y las ramas alcanzaban el patio y en cada puerta había un árbol y cada casa escondía en cada metro de pared todo el ruido que hacían los estudiantes desde hace años y la revolvía con el silencio de óxido que llenaba la calle en época de vacaciones. Una calle en una cuadra como todas, San Alonso era, eso, la cuadrícula como quien piensa que un barrio de estudiantes debe parecer un cuaderno cuadriculado y en cada calle había mínimo habría cinco casas de costeños y cinco casas de boyacos y una tienda sostenida por las tomatas de los estudiantes y una señora que vendía almuerzos caseros y una taberna en la esquina donde varios ancianos pasaron sus últimos años, que fueron muchos, viendo fútbol y boxeo. Una calle con una papelería y un local de llamadas. Recuerdo el local de llamadas, recuerdo que doña Alcira no prestaba el teléfono con el argumento imbatible de que “para tomar sí tenían” y que a ti nada te desesperaba tanto como una tarde de domingo sin llamar a casa. Me acuerdo muy bien de todo, del patio y de Doña Alcira, de la primera vez que soñaste que estabas en el desierto, de las escaleras y de tu cuarto y si me acuerdo de cada cosa que había en tu cuarto es porque al fin y al cabo me la pasaba ahí metido, en discreto desafío a la regla número seis de Doña Alcira. Me acuerdo de todo y sobre todo me acuerdo del grito que pegó cuando entró un domingo por la mañana antes de que nos despertáramos y nos encontró en tu cama y encontró mi ropa tirada en el piso y coronada por una botella de Moscatel. Me acuerdo de la vaciada que se debió escuchar desde la UIS hasta la Avenida Quebradaseca, me acuerdo que no dejaba de nombrar a tus papás y a Dios, y que gritaba algo del ejemplo y que, antes de que yo tuviera tiempo de vestirme del todo, Fania y las demás habitantes de la casa ya habían llegado a mirar por qué doña Alcira gritaba como si hubiera encontrado una escena de primera plana para El Espacio. Me acuerdo que me pediste que saliera, que tú ibas a arreglar las cosas, que así era mejor. Me acuerdo que volví por la tarde para ayudarte a empacar y que empacamos muertos de la risa mientras Doña Alcira llamaba de urgencia al hermano Pedro para que orara por nosotros y por la casa y creo que hasta el hermano Pedro le dijo que exageraba. Recuerdo haberlo escuchado decir eso, cuando llegó por la tarde mientras con dos cervezas en el andén celebrábamos tu gloriosa expulsión de la casa de dos pisos marcada con el 16-66 de Love Street.

“Así son las cosas” dijo la señora de la tienda. Las señoras de tienda no sólo son fans de Vicente sino que filosofan de vez en cuando.
Yo la recuerdo a ella. Recuerdo que te hiciste amiga de la muchacha que ocupó tu cuarto y le dejaste la mitad del camarote. Recuerdo que siempre decíamos que era triste esperar el día el grado y nunca volver a San Alonso y eso fue lo que hiciste y eso fue lo que hice también al final.
Recuerdo sobre todo el patio, recuerdo que una noche en la que estaba lloviendo y cantaban las gotas contestaste el teléfono y era yo que llamaba y jugamos a que habían pasado veinte años y yo te llamaba y te decía que quería verte y recordaba todo. El patio y cada cosa que había dicho y que en esa llamada de juego pensaba invitarte a salir a tomar algo, ya sabes, por los recuerdos, y que al final no te decía nada porque mientras hablaba, en el juego y ahora, parecía que sólo tenía recuerdos, que la buena memoria nunca se sabe si causa o es consecuencia de una cierta incapacidad para vivir en el presente.
Eso te decía en el juego, que yo ahora que entonces, cuando recordemos todo esto te diré que en esa época, como ahora que ha pasado el tiempo, saldré sobrando.

Por: Ricardo Abdahllah