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Carlos y María se habían casado el día anterior como Dios y la
sociedad manda, familia, amigos, conocidos, vecinos o personajes convenientes
tuvieron su lugar como testigos del juramento amoroso en la ceremonia. El padre
de la novia les regaló el viaje con destino abierto. Los novios decidirían
donde irían a pasar su luna de miel.
Carlos delegó en María la decisión y ella soñaba con una playa
caribeña donde pudiera encontrarse con los famosos. Su piel se erizaba en
cuanto pensaba en la posibilidad de atisbar, así fuera de lejos a Brad Pit o a
George Cloony, en traje de baño… o no, bueno, se conformaría con un famoso
menos atractivo, lo excitante era contar a sus amigas, al regreso, que se había
bañado en las mismas aguas de… por eso, cuando en la agencia de viajes le
informaron que lamentablemente no había plazas hasta dentro de un par de semanas,
su cerebro se bloqueó, escuchaba de
lejos la voz monótona de la dependienta, sin saber de qué le hablaba pidió ver
un folleto turístico y sin preguntar más ordenó los billetes. Carlos, entre
tanto se entretenía mirando las tetas de otra de las dependientas y sólo volvió
a la vida de María cuando ella le dijo que todo estaba listo, que se dieran
prisa pues apenas si tenían tiempo de hacer el equipaje y salir corriendo al
aeropuerto.
Carlos obedeció sin preguntar dónde iban, cerró las maletas y
lamentó no tener un tiempo para un ratito de éxtasis, pero bueno, ya había tiempo
para eso. Tomó los pasaportes y salieron al aeropuerto.
Al caminar por la sala de embarque, Carlos preguntó dónde tendrían
que pedir el pasa bordo. María miró los billetes y sintió escalofrío en su
espina dorsal. A Marruecos, dijo en un hilo de voz.
Carlos se detuvo en seco. La miró y un presentimiento de abandono
lo poseyó, pero al mirar los ojos de María, pensó en que quizás era una buena
idea pasar sus primeros días como marido y mujer sumergidos en una cultura tan
diferente.
María por su parte pensaba lo mismo de Carlos. Quizás a él le
pareciera maravilloso empezar su vida de casado en un país extraño. Lo de las
playas caribeñas podría esperar.
Durante el vuelo, la imagen de mujeres envueltas en chilabas
rondaban la cabeza de María e intentaba hurgar en su memoria en busca de
referencias marroquis, evocó una película y se concentró en los ojos negros del
protagonista, pero enseguida la imagen cambió y surgió el desierto, las enormes
dunas, el calor del sol y un grupo de seres humanos montados en camellos
ascendiendo y descendiendo delante de una cámara. Se sintió feliz. Iba a tener
una luna de miel de película.
Carlos cerraba los ojos, fingía dormir para no tener que hablar
con María. Claro que le encantaba la expectativa del viaje, pero temía que no
precisamente por las razones que hicieron a Maria tomar esa decisión. El
pensaba en enormes salones con cojines de seda, velas perfumadas aromatizando
el ambiente, música sensual y una mujer bailando delante de él, agitando sus
siete velos. Se sintió feliz, iba a tener una luna de miel de película.
Cuando llegaron al aeropuerto fueron recibidos por un guía que los
condujo al hotel, les invitó a un té y les propuso un itinerario turístico con
lujo de detalles dejándolo a su consideración por esa noche. Ya mañana
hablarían y tomarían una decisión.
A la mañana siguiente y sin hablarlo mucho coincidieron en que
irían por libre. Si había decidido de manera impulsiva el destino de su luna de
miel, dejarían igualmente al destino que los llevara donde le pareciera los
días que estuvieran allí.
En el comedor del hotel oyeron hablar del mercado. María se empeñó
en conocerlo y decidieron asistir en las horas de la tarde noche.
María escogió la ropa con cuidado, el resultado en el espejo la
complació sobre manera. Carlos igualmente dedicó más tiempo del habitual en
ponerse a punto.
Salieron del hotel, tomaron un taxi que los dejó a la entrada del
mercado. María contuvo el aliento, la multitud que llenaba la plaza la mareó,
donde quiera que miraba encontraba representantes de todas las razas humanas,
allí confundían sus humores europeos, asiáticos, orientales, hindúes,
sudamericanos en una babel que la atraía y la repelía al mismo tiempo.
Carlos escudriñaba por su parte los lugares donde se formaban
corrillos y hacía ellos se dirigía con la esperanza de encontrarse de frente
con la bailarina de sus sueños.
Caminaron entre la multitud, María absorbía humanidad, Carlos
desesperaba de ansiedad, cada corrillo de gente contenía encantadores de
serpientes, escanciadores de agua, adivinadoras, dentistas, acróbatas, pero ni
una sola bailarina.
La noche iba cayendo, el cielo iba limando diferencias y la Babel
poco a poco se iba amalgamando en una sola marea humana.
Se sentaron en un chiringuito y pidieron probar de eso cuyo nombre
no sabían y que sólo podían señalar con el dedo.
El cocinero apenas los miró, les hizo un gesto mientras se
limpiaba las manos en el pantalón, luego tomo de un cazo un terrón de harina y
lo lanzó a la olla. En una esquina se hallaba un palo grueso, el hombre con
mano decidida lo empuñó, empezó a remover el líquido de aquella enorme olla.
María sintió nauseas, Carlos miró para otro lado.
Ante su mesa se hallaban dos cazos con un líquido espeso y
amarillento, humeante y una pequeña cuchara de palo. Se miraron a los ojos.
Casi al mismo tiempo tomaron la cuchara, soplando sobre ésta se llevaron a la
boca un sorbo de esa sopa. Al principio, la temperatura del líquido no les
permitió apreciar su sabor, sin embargo a la quinta cucharada algo parecido al
lejano sabor de una sopa de lentejas se fue apoderando de su razón. No habían
terminado de identificar ese sabor cuando un grupo de adolescentes se sentó
frente a ellos. Eran cinco jóvenes que reían y se movían como si fueran dueños
del mundo. María se quedó con los ojos de los jóvenes, admiraba la sedosidad de
sus pestañas, la profundidad de su mirada y la sinceridad de esos gestos al
llevar la cuchara a la boca.
Cada cucharada introducía en su interior el mundo del Islam, el
líquido espeso al confundirse con su saliva iba sembrando en su ser una mujer
totalmente diferente. Aquello de contarle a sus amigas donde había pasado su
luna de miel perdió importancia, su mundo anterior se desvaneció y Carlos
sentía lo mismo. Un terremoto arrasó con el pasado de esa pareja.
¡C´est la vie!
En su país, por largo tiempo, la familia intentó por todos los
medios posibles hallar a la pareja. Nadie volvió a saber de ellos.
Por: Gladys
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