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26 de Enero, 2008
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Publicado el 26 de Enero, 2008, 12:45.
en General.
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Juan se sienta en el parque con su buena provisión de maíz para
las palomas, tiene previsto estar allí hasta que oscurezca para volver a su
casa, prepararse un bocadillo, ver el telediario y ponerse a leer hasta que los
ojos se le cierren.
Lanza Un primer puñado y unas cien palomas se agrupan a su
alrededor revoloteando, alguna rabiosa, más robusta o belicosa logra empujar
a las otras, pero por lo general tiene la impresión de que todas prueban su
maíz.
Como todos los días jugó a contarlas, sabía que era inútil, pero
así se le pasaba el tiempo, empezó: uno, dos, tres… abstraído en su tarea logró
llegar hasta cuarenta cuando una paloma levantó el vuelo y en vez de buscar algún
maíz lejano fue a posarse sobre una mujer que se hallaba sentada
frente a Juan.
Juan la miró, pero no se extrañó. En ella empezó a descubrir los
ojos, las cejas, el dulce gesto de la boca, la pasión de esa mirada que parecía
emanar vida a todo objeto donde se posaba. Era Lina Guzmán Pérez, la Lina de la
universidad, de las noches enloquecidas por el alcohol y la salsa, la Lina de
su noche de bodas, la Lina de sus treinta años de matrimonio, la Lina que había
muerto hoy hacía un año.
Juan abandonó su banco, se acercó, posó una de sus manos sobre el
muslo de Lina, hablaron, soñaron, volverían a ser una familia en cuanto se
encontraran con sus hijos.
Ahora los dos abandonan el parque, van en busca de sus hijos, se abrazan entre ellos, llegan hasta la puerta
de su casa. Allí está toda la familia reunida, hijos, primos, hermanos,
cuñados, vecinos y amigos, parece que hay un funeral.
- Lina: Por qué no me lo dijiste antes.
- Juan: Al principio quise hacerlo, pero luego, entre una cosa y
otra lo dejé pasar.
- Lina: Bueno, no te iba dejar solo en tu propio funeral. Pero
antes, demos un recorrido por la casa. Tenemos tiempo antes de que mueran
también nuestros hijos. Vamos.
Fueron a la habitación compartida, repasaron los objetos amados y
conservados durante los años de matrimonio, el cenicero azul, el jarrón de
cristal, los teveos que acompañaron la infancia de los hijos. Sobre la mesita
de noche, el libro que no terminó de leer.
Lina se acercó a la ventana y le dijo a Juan:
¡Ven a ver! – palmoteó Lina entusiasmada - Mira las hojas de las
plantas, las copas de los árboles, los techos de las casas, la ciudad, el mundo
entero está limpio, como nuevo… listo para ser estrenado.
No. – Dijo Juan – Esperemos a nuestros hijos.
Por: Gladys
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Publicado el 26 de Enero, 2008, 12:41.
en Hablando de....
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"Restos
de ideas quedan mezclados con presuntas condiciones de aclaraciones y
divagaciones, que esos pedazos permanezcan latentes en el enjambre de
incongruencias."
"Intentos,
posibilidades, presunciones...... más tarde, mañana, tal vez...... se
difuminan las acciones en esperas desesperanzadas, prácticas adultas de niños desencantados."
"Dejarnos
gritar, por los que no pueden hacerlo, al menos no nos quitéis ese
derecho."
"Y
permanecemos mirando más allá del horizonte notando como la línea se desvanece
al llenarse nuestros ojos de lágrimas."
"Las
espinas de la rosa rasgaron las páginas del Quijote al intentar besar al
caballero de La Mancha."
Por: Charo González
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Publicado el 26 de Enero, 2008, 12:36.
en General.
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La ciencia de vez en cuando nos recuerda cosas que tenemos
enquistadas en el cerebro y que alguna vez recibimos de la abuela, los
campesinos, o los brujos del pueblo... bueno, los que en este siglo XXI,
todavía podemos recordar tener abuelas o haber vivido en un pueblo, un grato
inconveniente del que se libran las nuevas generaciones de citadinos. Ahora resulta que la ciencia, esa bruja de silicona, nos
anuncia con letras tamaño 38 puntos que hay que mover las neuronas para
permanecer jóvenes. Según un estudio realizado por la Universidad de Barcelona
y del hospital Clinic de Barcelona, “la educación continua desde la más tierna
infancia permite llegar a la vejez con reservas mentales que permiten que el
cerebro funcione bien, pese al deterioro físico”. Ya lo decía mi abuela, estudie mijo, lea mucho, que en las
páginas de los libros se esconde el mundo. ¡Cuanta razón tenías abuela! Yo te hice caso, un poco tarde, pero cuando dejaste de
contarme historias, las busqué en los libros y así he podido vivir más o menos
en armonía con el mundo, ese es mi caso, único y personal, pues no tengo
estadísticas, ni tiempo para hacerlas. En un rincón de mi cerebro tengo la
certeza de ello, por eso me pregunto, qué preparará la ciencia para las nuevas
generaciones sin abuela y sin pueblos. No dudo que siempre habrá gente inquieta
por la lectura, estudiosa y critica, pero esos conocimientos no tendrán la
calidez que imprimía la entonación de los abuelos o los campesinos, con su voz
lenta y profunda, incluso hasta las dudas que surgían de esas charlas en el
comedor (cuántas veces no pensamos, pobre abuela está un poco loca y hay que
seguirle la corriente), pues esas dudas son las que se nos quedaban en la
memoria y cuando leíamos en los periódicos o escuchábamos a los profesores algo
en nuestro interior nos hacía CLICK, y le concedíamos la razón a la abuela. Dicen también que los seres humanos poseemos una memoria
genética que trasciende generaciones, yo deseo que sea así porque sería lindo
que los jóvenes, cuando se hagan mayores, de repente se vean asaltados por esos
recuerdos y logren ser más sabios que nosotros, pero no con una sabiduría
académica, sino con el sentido conocimiento de los campesinos. Vale, me olvidaba
que ya no quedan muchos y que las mujeres de esta generación (la mía también)
jamás corresponderán al papel de abuelas, pues han decidido no envejecer y hablan y se visten como sus nietas.
La Dirección
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Publicado el 26 de Enero, 2008, 12:17.
en Un libro para ti.
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Título: Otras
voces, otros ámbitos Autor: Truman
Capote
"¿Qué son casi todas las vidas sino una serie de episodios
incompletos?"
Me he tomado un tiempo en escribir una reseña para esta
sección y el motivo para tal silencio fue una especie de apatía frente a lo que
leía. No les ha pasado que a veces se leen algunos libros y al cerrarlos
inmediatamente aparecen unos puntos suspensivos en la mente. Pues precisamente eso me sucedió estos meses, desde
noviembre decidí sumergirme en el mar de autores recomendados por diversos
suplementos literarios de la prensa o por revistas dedicadas a leer por
nosotros, y a pesar de que algunos de ellos despertaron cierto interés, la
mayoría de las veces, esos puntos suspensivos me asaltaban peligrosamente,
obligándome a replantearme esta sección. ¿Un libro para ti?, Cómo voy a recomendar un libro que no ha
logrado impresionarme y que más bien me ha dejado con un amargo sabor en la
memoria... esto es posible, de verdad. Pensando no solo en escribir para este blog, sino en mi
propio alimento espiritual, me sentí descorazonada, como caminando por el
desierto, nada es más parecido a ello, que vagar por los pasillos de una
biblioteca pública, o una gran librería teniendo a la mano tantos volúmenes y escoger
precisamente el que menos nos gusta. Pero, quizás por eso, para quitarme ese sabor amargo de la
boca, volví a lo conocido, a lo leído para verlo desde la nueva perspectiva que
dan los años y la experiencia. Sí, volví a Truman Capote, volví a leer Otras voces, otros
ámbitos y mi espíritu sintió renacer sus alas. Descubrí a un nuevo Randhol, encerrado en su cuarto,
respirando con dificultad esa vida que le tocó vivir, procurando ocupar su
tiempo de la manera más honesta posible, consciente de que nuestros pies nos
llevan hasta cierto punto y ahí deciden no andar más, no se someten a la
tiranía del calzado, aceptan de mala gana las pantuflas y aún así, en el
momento menos pensado se deshacen de ellas, mientras la vida florece a su lado,
la vida y el despertar del adolescente Joel. Es entonces cuando nuestra
existencia se circunscribe a una
sentencia como esta: "¿Qué son casi todas las vidas sino una serie de episodios
incompletos?" Frases así nos estallan en la cabeza y nos llevan a
reflexionar sobre el misterioso encanto de la buena literatura, una magia que
no acaba con los años, que sigue ahí, esperando pacientemente a que volvamos a
restaurarnos el alma herida de tanta vaciedad. Cerramos el libro y en vez de puntos suspensivos aparece un
interrogante: ¿Seré capaz de completar
el episodio que me correspondió vivir? Por lo pronto, el capítulo de reseñas se cierra con Otras
voces, otros ámbitos, un libro que hay que tener a mano cuando la aridez nos
rodee.
Por: Ágata
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Publicado el 26 de Enero, 2008, 9:40.
en General.
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¿ A qué precio, a cambio de qué sacrificio nace la
ciudad ? Jim Morrison
Calle 37 Carrera 15. 6 y 22 PM. Pasas por
delante de un bus y no hay nada más: si te vas a subir se detiene y si no te lo
echa por encima. Un día, frente a Maxitelas, atropellaron a una muchacha y tú
ibas pasando. Luego viste llegar al novio corriendo y la cara que hacía no se
te va a olvidar “Qué mierda esta vida” piensas y luego “la Quince es una mierda a
cualquier hora del día” y te das cuenta que a lo mejor la mitad de las personas
que tratan de cruzar la calle piensan lo mismo. Gente. Gente india. Gente
indigente. Te volvió a dar la pensadora, Ramón, esa cosa que te lleva a pensar
que tienes un nombre feo, que el mundo no anda bien y los periódicos no ayudan
y los aguacates envueltos en periódico no se dañan y los alemanes mataron a los
judíos y los judíos mataron a los árabes y los árabes mataron a los rehenes y
no encaja la cosa, no tiene sentido y ese vacío y el nombre horrible y ahí
estás Ramón pero cuando estabas con Elizabeth era diferente, ella te metía la
lengua en la oreja y te sacaba las tristezas. Y cuando estaban tristes estaban
tristes los dos. Así cualquiera aguanta. El día en que a Federico lo encerraron
en San Camilo los dos se pusieron tristes. Ella porque Federico era su único
hermano y tú porque lo conocías hace rato. Al principio se les hacía pedacitos
el alma cuando iban a visitarlo los domingos, pero luego se fueron
acostumbrando. Cada mañana, eso decían y ustedes lo vieron a veces, Federico se
paraba en la mitad del patio con un trapo rojo amarrado al cuello como un
superhéroe y decía un discurso. El tema podían ser los poetas, que la
redención, o la pesadez del espíritu. Vainas así. Y en cambio nunca habló de la
salsa que era lo que más le interesaba hasta entonces. Una vez lo escuchaste
hablar de las tarántulas, pero de la salsa no habló nunca ¿Que de la guerra?
Sí, a veces habla de la guerra. Te acuerdas de tu papá. Él fue un héroe de la
guerra y tu mamá te repetía con frecuencia el orgullo que representaba que
llevaras su nombre. En un portarretratos ovalado, junto al teléfono, estaba la
única foto de los tres. Tú acababas de nacer y tu mamá llevaba gafas oscuras y
vestido rojo con blanco. Tu papá, el uniforme militar que llenaba inflando el
pecho. Al fondo un cielo azul claro adornado por la estela de un avión de caza
y en la parte de atrás una nota en la cuál sólo podía leerse bien el “amón”
final de la firma. Entonces y sólo entonces eras feliz de saber que llevabas el
nombre de un héroe de guerra y querías a tu papá aunque en tus recuerdos no
quedara mucho de él. “La foto, sobre todo” le dijiste a Elizabeth “me cuesta
imaginar a mi papá de otra manera” y lo que te costaba era imaginarlo vestido
de otra manera y parado de otra manera y a Elizabeth le decías eso en la fila
de entrada de San Camilo pensando que cada vez visitar a Federico dolía menos.
Llegaban los domingos temprano y mientras hacían fila Elizabeth y tú comían
raspados. No eran tan ricos como los del parque de Girón pero servían. Había
que comprarlos en la fila de enfrente, donde la gente esperaba para la visita
dominical a la cárcel. Un domingo eran hombres y el domingo siguiente eran
mujeres y niños que corrían de un lado a otro. Piensas que dos cuadras arriba y
dos cuadras abajo había cementerios y que en el domingo de sol, cárcel y
manicomio también había gente que visitaba sus muertos. Domingos de sol y
cementerio. De cárcel y raspado. De niños y manicomio y nadie tiene la culpa de
tanta gente en las fila. Una de las últimas cosas que el Federico de antes
había hecho había sido una fila. Pagó una botella de ron y una bolsa pequeña de
papas fritas en la caja tres del Ley Cabecera. La cajera tenía un pañuelo en
rojo que una compañera le había regalado en Estados Unidos, pero nadie pudo
probar una conexión entre ese pañuelo y el hecho de que apenas al salir
Federico se pusiera a gritar en los parqueaderos que quería ser un Superman
latino y feliz. La familia lo tuvo un tiempo en la clínica San Pablo y tú lo
visitaste el último día antes de que lo trasladaran a San Camilo. Recuerdas la
cara de Elizabeth el día del traslado, en taxi, sin ningún escándalo y si te lo
preguntaran (“¿pero quién va a preguntarme?” te preguntas) dirías que Elizabeth
desde entonces siempre miró a Federico de la misma manera y te parece que no
era el mismo, que no había casi nada que uniera al Federico que desde el jueves
iba a bailar a Calisón e impresionaba a la colonia tulueña con sus
conocimientos de salsa con el que ahora cuando iban a visitarlo se quejaba de
que no lo dejaban poner música. Domingos de sol. Domingos sin salsa. Elizabeth en cambio era rockera, cada vez
que se emborrachaba se alocaba gritando “Pónganme niu blod yoin tis er”. No era buena para el inglés, pero tú y ella
pasaban buenos momentos y a veces en su casa se combinaban batería y timbales y
así pasaban noches completas y de noche en noche pasaban los días. Pasas la Quince sin utilizar el
puente metálico. La gente sale de Sanandresito Centro. Como el edificio parece
un panal enorme, las personas que salen parecen abejitas con contrabando y se
suben a los buses que pasan perezosos, pitando de norte a sur, de sur a norte,
de occidente a oriente y viceversa. La quince es una mierda a cualquier hora
del día. Pero no de la noche, claro, porque está esa noche que te fuiste a
caminar la 15 con Fercho Barajas por la época en que tenía la obsesión de
acostarse con dos mujeres al tiempo. Le encantaba la portada del Bloody Kisses.
Un día te invitó a buscar en los bares de la 15 a dos mujeres. Andrea
Camila, la novia de Fercho, nunca se enteró. Doce de la noche, una rubia y una
morena. Tan lindas que parecían de un bar de Cabecera. No les dijeron sus
nombres; es decir, dijeron cualquier cosa “Estrella y Esmeralda”, “Libertad y
Desafío” o “Anyi y Yuli”. Nunca supiste lo que pasó entre ellos. Fercho dijo
que luego te contaba y se metió al cuarto con las dos mujeres y una garrafa de
vino. Te quedaste hablando con otra de las peladas del lugar. Se llamaba Marcela
y tenía piercing en la nariz. Te pareció que el nombre era real y el piercing
de mentiras. Tomaron ron con coca cola, todo a la cuenta de Fercho. Y ella que
vamos para el cuarto y tú que no, que querías era hablar y ella insistió y el
ron con coca cola, y ante tanta insistencia entraste al cuarto. Y mientras
cruzabas la puerta te imaginabas que iba a ser pura lujuria, que te iba a hacer
un montón de cosas que no creías posibles, y al final ella era torpe hasta la
ternura. Cuando salieron, Fernando ya se había ido. Luego siempre te decía que
después te contaba, que después hablaban y llegó el día en que se mató Andrea
Camila y Fercho no volvió a hablar con nadie. La última vez lo viste por los
lados del Parque Centenario diciendo “El miedo siempre triunfa”. Todos los miércoles le decías a Elizabeth
que querías ir solo a las películas de la Casa
Sur y visitabas a Marcela. Nunca volvieron a entrar a su
cuarto, es decir, a ningún cuarto. Tomaban ron con coca cola y fumaban bareta a
la vuelta de la esquina. La yerba de puta es buena yerba. ¿La hierba de puta es
buena hierba ?. Noches de miércoles y hierba y ron con coca cola. Jueves
de cerveza con Elizabeth en Sueños de Pan. Viernes con los amigos en el
Gabiente, sábados de Moscato en Las Palmas. Domingos de San Camilo. Cuando iban
a visitar a Federico hablabas con los otros locos. Tu teoría iba por el lado de
los porcentajes, de que se está tanto por ciento cuerdo y tanto por ciento loco
y a partir de cierto límite todo mundo notaba que habías cambiado de lado. Eso
le había pasado a Federico, también a Eduardo Acevedo. Esa es la conclusión que
sacaste. Con Elizabeth y Federico a veces jugaban a inventar obras de teatro.
El público era el loco Ricardo. El loco Ricardo que tenía las rastas más
bacanas de Bucaramanga y se paraba a insultar a los transeúntes de la calle
36.36 con 21, Lotería de Santander. 36
con 20, Club del Comercio. 36 con 19, la fuente del Parque Santander, donde el
loco Ricardo se bañaba cuando se sentía muy acalorado. 36 con, 18, 17, 16. Treinta
y seis con quince, donde ahora estas parado, s e i s y v e
n t i t r é s m i- n u - t o s d e
l a † a r - de . La quince es una
mierda a cualquier hora del día. Graffiti a la izquierda: “Si no actuamos
ahora, no esperemos nada más tarde”. Cruzas la calle otra vez y te preguntas
qué diablos haces ahí. Un domingo, te pusiste a hablar con el loco Ricardo. Ya
no tenía rastas ni insultaba a la gente. Te contó del día en que lo calvearon y
tú de la vez que fueron con Elizabeth a un motel de la antigua carretera a
Floridablanca y luego de jugar en la bañera leyeron poemas hasta la madrugada. “¿Le contaste eso?” te dijo Elizabeth
pero te lo dijo sonriendo. “Me inspira confianza el loco Ricardo”
dijiste. Al lado del semáforo venden mango con
sal. Mango con el humo de todos los carros del día. Mango. Mango. Mango.
¿Podredumbre y corrupción, todo es caos en la nación?. Quinientos pesos la
bolsita. Negocias por tres cincuenta. Retacar es indispensable en estos días.
Tratas de recordar un café cercano donde puedas tomar un Tall Mocha Frapuccino
o un Té Pennyroyal que te destile la vida que llevas adentro. Las calles no
tienen nombre. Caminas temeroso entre concreto y polvo. Un diablo pintado en la
pared. 6:24. 6:25 Verificas que todavía tengas la billetera en el bolsillo del
pantalón. Federico se voló de San Camilo y Elizabeth no tenía motivos para
regresar los domingos, pero seguiste visitando al loco Ricardo. Ya no estaba
tan calvo. Te contaba sus cosas y tú las tuyas. Le contaste que perdiste a
Elizabeth cuando se enteró de que todos los miércoles en lugar de ir a ver
películas a la Casa Sur te
encontrabas con una prostituta y que no te creyó que nunca había pasado nada.
Un día llegó a tu casa un sobrecito con las cenizas de todas las flores que le
habías regalado y ya. Luego te la encontrabas en los bares pidiendo a gritos niu blod yoin tis er y no te
determinaba. Después de que Elizabeth te dejó seguiste visitando a Marcela.
Fumaban bareta a la vuelta de la esquina, tomaban ron con coca cola y no, nunca
más se volvieron a meter al cuarto. Le contabas al loco Ricardo que estabas
orgulloso de tu papá que fue héroe de la guerra y él te contaba que había sido
militar también, pero no héroe, qué va héroe, me echaron antes de ir a la
guerra. Te contaba de sus días en San Camilo. La rutina lo estaba volviendo
loco. Hablaban toda la mañana del domingo. Domingos con el loco Ricardo.
Domingos sin Elizabeth. Por qué la recuerdas tanto, tú qué eras tan
desprendido, que cambiaste tantas veces de pueblo cuando niño sin volver a ver
a los de antes, que eres tan malo para lo nombres que a veces se te olvida el
tuyo y te ríes con lo que dices “Un tipo con tan mala memoria que tenía anotado
el teléfono de la mamá para preguntarle cómo se llamaba cuando era pequeño” y
orbitas alrededor del semáforo y preguntas la hora. Te sorprendes de la
cantidad de cosas que se te pueden meter en el procesador en un instante.
6:26:07 6:26:08 6:26:09 6:26:10 6:26:11. 6:26:12. 6:26:13. La quince con
treinta y siete. Todo el día piensas cosas pero nada parece satisfacerte. Estás
cansándote de todo. Estás triste y sobre todo estás solo. Primero Elizabeth y
después Marcela. Una noche de bareta y ron con coca cola te dijo que se iba
para Cali. Le dijiste muchas veces que escribiera, que te llamara y nunca más y
debió quedarse en Calí y cómo sería la manera de putiar allá. Luego en ningún
local de la quince ni en ninguna casa de los alrededores del Cine Riviera
encontraste una mujer como ella. Nada. Siempre terminaban en el cuarto después
de dos cervezas. Pensaste agarrar para Cali pero luego te convenciste de que no
la encontrarías. Si pudieras empezar de nuevo lo harías a
un millón de millas de donde estás. Estabas muy orgulloso de tu padre pero te
hubiera gustado conocerlo más. Así se lo contaste al loco Ricardo. Él te contó
un día porque no había ido a la guerra. Estaba en el ejército y en un retén
había parado dos muchachos. Él tenía rastas, ella una pulsera de caracoles. Le
estaban pidiendo resultados y él los dio y nunca se destapo nada, pero luego
tuvo que tomar pastillas para dormirse porque le volvía la imagen de los dos en
el barranco. Las pastillas funcionaron bien, eso obligo al perico en las
mañanas. Lo echaron porque le encontraron tres tubos de cocaína entre sus
cosas. Ahí comenzó su espiral descendente, el trago sobe todo, hasta que su
esposa lo dejó llevándose al hijo de ambos. “Y de ellos dos no supe más” te dijo el
loco Ricardo y luego sacó de un bolsillo de su pantalón la única fotografía que
le quedaba de la época. Todo lo que ahora se le había vuelto estómago era pecho
entonces y lucía con orgullo patriota su uniforme militar junto a una mujer de
vestido rojo con blanco y gafas negras alzaba un niño recién nacido. El fondo
era un cielo azul claro adornado por la estela de un avión de caza. 6:27. Caen algunas gotas de llovizna. No
quieres que nadie te diga cómo te sientes porque nadie sabe cómo te sientes. Tu
madre te contó todo, el cambio de nombre acompañado del hecho de agregar
“amón" a la R
de Ricardo que firmaba la foto. No lloró mientras te lo contaba y quizás por
eso te largaste de la casa. Últimamente has vuelto a visitarla. Y bien. Piensas
que es tenaz sentir que uno nació de la nada. Que no hay héroes de la guerra
como en las películas. Que siempre te mintieron, Ricardo Junior. Siempre y el
viejo Ricardo te espera en la casa con sus vestidos perfectamente desordenados.
Ya no mete tanto pero todas las noches se toma una botella de Moscatel de
pasas. Tarde o temprano dejará de beber. Así le ha pasado a casi todos tus amigos.
Piensas en Elizabeth y en Marcela. Las dos, a su manera, eran divinidad y
lujuria. Por ellas te le tirarías a un bus. En realidad te le tirarías a un bus
por muchas razones y no te tirarías por una, porque recuerdas cómo quedó la
muchacha que viste atropellar un día y no quisieras verte así. Entonces das un
paso al frente desde la andén y piensas que la quince es una mierda a cualquier
hora del día y las personas que van para su casa no merecen otro trancón.
Por: Ricardo Abdahllah
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Publicado el 26 de Enero, 2008, 9:08.
en Hablando de....
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Volvió a recordar aquellos
días salvajes, perdidos en un laberinto de maleza exuberante. Lo veía a él con
ese aspecto delgaducho, pero robusto, de tez morena, un auténtico bombón. Para
colmo era inteligente y sensible. Entonces, ¿por qué seguía en aquella
situación, con aquella panda de maleantes? Esta pregunta y otras muchas más se
las hacía cada vez que veía a su pequeño, Enmanuel, su niño, calco perfecto de
una relación prohibida entre víctima y verdugo. Pero llegó aquella fría mañana de otoño, en la que el jefe
de la guerrilla y sus propios compañeros le arrebataron las dos cosas que más
quería, a su hijo, y a su confort espiritual. Sabía que sería la última vez que
vería a ambos. Hoy, la vida le ha dado una segunda oportunidad, vive en
libertad y con aquel hijo fruto del amor y la libertad en una sociedad
esclavista y carcelaria.
Por: Jimul
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Publicado el 26 de Enero, 2008, 8:03.
en Hablando de....
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Q uienes me conocen saben lo sagrado que es para mí el compromiso con mi filiación política, evidente e irreversiblemente de izquierda. Ello no implica la negación a la autocrítica y la asepción dogmática de cuantos postulados emergen de las tendencias que allí aseveran inscribirse; al contrario, tal actitud desvirtuaría, de por sí, a la misma izquierda. Por tanto, no puedo dejar de sentir indiganción -como ser humano, como colombiano, como hombre comprometido con misociedad y con los más necesitados, en fin, como militante honesto de la izquierda- por los terribles actos cometidos por una organización que, como las Farc, se han encargado de manchar y desprestigiar nuestra sincera lucha por el alcance de una sociedad más justa, más humana y digna. No puedo adherirme a la posición, un tanto oportunista de Chávez, a quien si bien he admirado por varias de sus agresivas, pero eficaces y humanistas inicitivas, no puedo respaldar en esta ocasión, pues se vislumbra en su discurso un tinte propio del maquiavelismo uribista, que justifica cualquier medio para la obtención de un fin que ya deja de ser altruista, vistos los caminos que debe recorrer. Sería aceptable sólo en la medida en que esta postura se presentase con la única intención depromover el alcance de un marco jurídico que permita las negociaciones entre el Estado colombiano -como tal- y la guerrilla; falta ver si es este el objetivo que persigue el estadista venezolano, lo cual no justificaría el respaldo a las Farc, pero sí las declaraciones del mandatario de la hermana nación. Preocupado por esta situación, recordé y releí una entrevista que en 1972 Oriana Falacci realizó a la líder sionista Golda Meir, a quien no reconozco precisamente como un ejemplo a seguir, pero que reponde certera y conluyentemente ante el terrorismo, en su caso, promovido por algunos representantes del maltratado pueblo palestino: "La suya no es una guerra. Ni siquiera un movimiento revolucionario, porque un movimiento que aspira a matar no puede definirse como revolucionario"aseguró la en ese entonces primera ministra del Estado israelí; absolutamente aplicable al hoy de las Farc, como pueden comprobarlo. En definitiva, lo que quiero resaltar es que no podemos vender filantropía a través de la misantropía, como lo han hecho las Farc durante lós últimos años. Además, y por otra parte, recordemos que la lucha de clases que algunos de nosotros pretendemos promover sólo plantea la imposición de la clase que representamos sobre la otra, como una fase de transición encaminada a la abolición de ambas, en torno a un marco de justicia,equidad, humanismo y dignidad, difícilmente igualables. Nuestra lucha final no es por una clase en particular sino por el hombre. Un saludo, Giovanni
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