Juan se sienta en el parque con su buena provisión de maíz para las palomas, tiene previsto estar allí hasta que oscurezca para volver a su casa, prepararse un bocadillo, ver el telediario y ponerse a leer hasta que los ojos se le cierren.

Lanza Un primer puñado y unas cien palomas se agrupan a su alrededor revoloteando, alguna rabiosa, más robusta o belicosa logra empujar a las otras, pero por lo general tiene la impresión de que todas prueban su maíz.

Como todos los días jugó a contarlas, sabía que era inútil, pero así se le pasaba el tiempo, empezó: uno, dos, tres… abstraído en su tarea logró llegar hasta cuarenta cuando una paloma levantó el vuelo y en vez de buscar algún maíz lejano fue a posarse sobre una mujer que se hallaba sentada frente a Juan.

Juan la miró, pero no se extrañó. En ella empezó a descubrir los ojos, las cejas, el dulce gesto de la boca, la pasión de esa mirada que parecía emanar vida a todo objeto donde se posaba. Era Lina Guzmán Pérez, la Lina de la universidad, de las noches enloquecidas por el alcohol y la salsa, la Lina de su noche de bodas, la Lina de sus treinta años de matrimonio, la Lina que había muerto hoy hacía un año.

Juan abandonó su banco, se acercó, posó una de sus manos sobre el muslo de Lina, hablaron, soñaron, volverían a ser una familia en cuanto se encontraran con sus hijos.

Ahora los dos abandonan el parque, van en busca de sus hijos,  se abrazan entre ellos, llegan hasta la puerta de su casa. Allí está toda la familia reunida, hijos, primos, hermanos, cuñados, vecinos y amigos, parece que hay un funeral.

- Lina: Por qué no me lo dijiste antes.

- Juan: Al principio quise hacerlo, pero luego, entre una cosa y otra lo dejé pasar.

- Lina: Bueno, no te iba dejar solo en tu propio funeral. Pero antes, demos un recorrido por la casa. Tenemos tiempo antes de que mueran también nuestros hijos. Vamos.

 

Fueron a la habitación compartida, repasaron los objetos amados y conservados durante los años de matrimonio, el cenicero azul, el jarrón de cristal, los teveos que acompañaron la infancia de los hijos. Sobre la mesita de noche, el libro que no terminó de leer.

Lina se acercó a la ventana y le dijo a Juan:

¡Ven a ver! – palmoteó Lina entusiasmada - Mira las hojas de las plantas, las copas de los árboles, los techos de las casas, la ciudad, el mundo entero está limpio, como nuevo… listo para ser estrenado.

No. – Dijo Juan – Esperemos a nuestros hijos.

Por: Gladys