Ainoa vive en una habitación bajo las escaleras. Fue su decisión cuando le ofrecieron un piso de protección oficial. No, ella no quería irse del barrio, ¿cómo iba a dejar sus escaleras abandonadas? o ¿a la señora del segundo con esas piernas tan infladas que ya ni caminar puede? ¿Y las hojas doradas que se enredan en los hierros de la escalera? Si ella se marchara, en seguida perderían su brillo, ese brillo que es su vida, por otra parte, una hoja de metal que no brilla es una hoja muerta.

No, sólo abandonaría aquel edificio con los pies por delante, como se dice popularmente. Mientras tenga poder de decisión y su voz resuene clara y fuerte preguntando a los inquilinos que diariamente salían: ¿de compras? y éstos le contestaban: no de viaje. O ¿de viaje? y ellos: no, de compras. Porque nunca acierta con ellos. Siempre le responden lo contrario de lo que pregunta. Por eso le gusta, por eso tiene que vivir allí. Seguramente en otro edificio le contestarían de forma adecuada y ella ya no está para aprender a vivir de esa manera.

Por el olor adivina perfectamente los ingredientes del pimentón relleno de la del quinto, el bistec a la plancha de los chicos del tercero izquierda, o los cocidos de la familia del cuarto derecha. Es que Ainoa está rellena de olores, de sabores, de voces, de imágenes creadas en esas escaleras y las guarda como un tesoro en lo más tibio de su cerebro.

Pero también, y eso es lo fundamental, no cambiaría por nada en el mundo su tesoro encontrado entre el tercer y cuarto escalón del portal un día de enero, no recuerda muy bien de qué año, en que unos golpes suaves la despertaron. Sonaban muy cerca de sus oídos, pero no sabía de donde procedían, pues su ventana, que daba al rellano no tenía cristales, se le habían roto hacía poco y estaba esperando el dinero que le traerían los reyes para poder reemplazarlo, tampoco podían provenir del portón de la calle, estaba muy lejos y era de hierro forjado, además tenía timbre y esos golpes eran producto de los nudillos de una mano sobre algo suave, una madera, quizás, pues sonaba a “despiértate, ya es hora y el mundo te necesita”. En ese duermevela no pudo precisar de donde provenían, pero no dejaban de sonar en sus orejas, por más que se tapara la cara con la almohada. Así que decidió levantarse, ponerse la bata abrigada y salir, primero hasta la puerta de su habitación; los golpes seguían, después se asomó a las escaleras, desde donde podía ver la puerta del primero derecha y no había nadie, se volvió entonces al portal de la entrada, abrió la puerta y allí, en un rincón junto a la pared, se encontró tres monedas de tamaño mediano, gruesas como doblones antiguos. Miró a uno y otro lado, nadie parecía dispuesto a salir en una mañana como aquella, donde el aliento se congelaba, apenas se abrían un poquitín los labios.

Esperó un rato hasta que los dedos empezaron a paralizarse. Claro, se había puesto unas chanclas delgadas y el piso estaba congelado, levantó el pie derecho y se lo frotó contra el muslo de la pierna izquierda y luego hizo lo mismo con el otro, dándose un poco de tiempo por si aparecía alguien. Nadie. La calle se hallaba desierta y lo mejor que podía hacer recoger sus tres monedas y volver a la cama. Esperaba que no se le hubieran enfriado las sábanas.

Se acostó de nuevo, tuvo que volver a frotar las sábanas con sus manos para entrar en calor. Luego contempló las monedas, las acarició, lentamente las frotaba y éstas iban recobrando su antiguo brillo, lo cual despertó en el pecho de Ainoa, el mismo orgullo que le producían sus hojas relucientes entre los barrotes de la escalera.

Una vez que recuperaron su brillo, sintió el calor del metal en la palma de su mano. Eran lindas. Tenían el rostro de una mujer hermosa en una cara y una corona en la otra. Ainoa miraba a la mujer y se preguntaba ¿quién sería?, alguna reina, seguramente, una reina de algún país poderoso, casada con su rey y viviendo en un hermoso palacio, como en los cuentos de hadas. Esa era la prueba de que los cuentos de hadas son más reales que la vida misma.

Pensando en esa reina y su familia, Ainoa volvió a dormirse profundamente.

Cuando despertó, abrió los ojos rápidamente y no a intervalos como solía hacer siempre, buscó las monedas en el sostén y volvió a acariciarlas. Supo para qué le servirían. Eran su pequeña fortuna, las guardaría para cuando necesitara comprarle más tiempo al destino.

Por: Gladys